lunes, 3 de abril de 2017

Patria

(de Fernando Aramburu)


RESEÑA DE JOSUNE

Han pasado varias semanas desde que celebramos nuestra última tertulia y, sin embargo, me resulta muy fácil recordarla. Acudimos prácticamente todos, llenábamos el espacio que se nos reservó en Pynchon y tuvimos que concluir porque nos dijeron que era hora de cerrar. De algún modo, la tertulia continuó. Posiblemente continúa aún, no solo entre nosotros, sino entre quienes han leído Patria en Alicante, en el País Vasco y en España entera. Así lo atestiguan conversaciones en las que participamos, y críticas que no dejan de aparecer en la prensa, en alguna de las cuales incluso reconocemos opiniones vertidas aquella tarde de febrero.
         A ninguno de los asistentes le desagradó la novela y la inmensa mayoría se mostró gratamente impresionada. Es preciso indicar, antes de seguir recordando cuanto dijimos, que la última obra de Aramburu ha tenido una extraordinaria repercusión social, de modo que hablar sobre ella implica hablar también de la realidad histórica de la que parte, realidad tan triste, amarga, injusta e intolerable que tengo la sensación de que en algunos momentos le lanzamos a la novela reproches que en el fondo queríamos dirigir a lo ocurrido en la sociedad vasca durante los largos años del terrorismo de ETA. Después me referiré a las objeciones que algunos contertulios le pusieron a esta obra, objeciones acertadas y bien fundadas, pero no quiero perder la oportunidad de repetir aquí algo de lo que afirmé al abrir la tertulia: a mí me parece una novela inmensa, valiente y verdadera, que obedece a una deuda de carácter moral contraída por el propio autor y por todos los que sentimos vergüenza al reconocer lo poco que hicimos —tal vez nada― y lo mucho que callamos.
         La sociedad vasca que yo he conocido es familiar, tribal y gregaria. Si en condiciones extremas de peligro a los humanos nos salva nuestro arraigado instinto de supervivencia, cuando el riesgo que corremos es el de la exclusión y el rechazo social, lo que se activa es nuestra inconmensurable capacidad de adaptación al grupo. Lo sabemos hace mucho tiempo: sobrevive el que mejor se acomoda. Se trata de seguir vivos y de no estar solos, aunque para ello tengamos que anestesiarnos frente a la crueldad, la violencia, la extorsión, el terror y, en definitiva, la alienación a la que nos entregamos en un execrable proceso de deshumanización. Y, ya que, como dice la sabiduría popular, ningún mal dura cien años, todo pasa. El efecto de la anestesia se termina. Los supervivientes miran atrás, algunos recapacitan y se preguntan, entre perplejos y avergonzados, cómo pudieron ser partícipes de tanta infamia. Creo que esta es la razón de que Patria haya traspasado el ámbito literario y se haya convertido en la excusa de un debate más sociológico que artístico. Sin embargo, por más que pueda parecer otra cosa, este impresionante libro solo es una novela.
         Patria ofrece, a mi juicio, dos valores apreciables desde el principio: la ubicación espaciotemporal de la historia ―el presente del País Vasco sin el terrorismo de ETA— y la prodigiosa oralidad que se desprende tanto de sus diálogos como de la narración indirecta de los mismos. La lectura se transforma en atenta escucha de unas voces  tan reales  que desde ellas resulta muy fácil dibujar todo lo demás, de modo que leer es oír y ver a sus personajes moviéndose en su vida. Los personajes son sus palabras o sus silencios, y, en medio, esas frases inacabadas como sugerentes brochazos que el lector, espectador y oyente cómplice, concluye.
La narración fluye de un modo asombroso, sin que el lector perciba la existencia de una estructuración fija del tiempo. Pasamos del presente de cada personaje a un tramo concreto de su pasado con absoluta naturalidad  y volvemos al momento actual conociendo lo que precisamos conocer. La extensión de la obra (642 páginas) no es un obstáculo y la brevedad de los capítulos constituye, sin duda, un gran acierto. Se lee sin fatiga ninguna.
Además, resulta muy original la mezcla del narrador omnisciente con el yo en la misma secuencia, incluso en la misma frase, como si el autor se desplazara desde la distancia al interior del personaje en un movimiento que para mí define su posición frente al tema de la novela: entre la objetividad y la clemencia que implica la comprensión. 
         El centro de la trama lo ocupan dos mujeres que fueron como hermanas, Miren y Bittori, muy parecidas en lo esencial, aunque enfrentadas por las circunstancias. Reconocemos sus similitudes, por ejemplo, en el modo áspero de tratar a sus maridos, en la predilección por sus hijos varones (Joxe Mari y Xabier), en el choque con sus hijas (Arantxa y Nerea). También sus respectivos esposos (Joxian y el Txato) se parecen en su actitud hacia ellas: leales y resignados se refugian en su camaradería y en su cotidianidad (salen en bici, comen y beben juntos). Al comienzo de la obra sabemos que el Txato fue asesinado por ETA y que Joxe Mari lleva años en la cárcel por pertenencia a la banda. El punto de partida del relato es la novedad de la paz, la noticia de que ETA abandona las armas. La justicia pendular ofrecida por el devenir de la historia parece ponerse ahora del lado de las víctimas: Bittori regresa a su pueblo, del que salió tras el asesinato del Txato. Quiere recuperar su espacio, dejarse ver por todos los que le dieron la espalda a su marido, lo dejaron solo y lo convirtieron en un condenado a muerte. Quiere saber si fue Joxe Mari, ese chaval al que el Txato compraba helados de pequeño, su asesino. Quiere, antes de morir, que le pidan perdón.
         Las dos familias están muy bien retratadas y en las dos se percibe un velo de infelicidad que cubre a todos sus miembros. Bittori y sus hijos jamás se repondrán de lo ocurrido. Xabier, el médico, no se permite ser feliz, y se hace cargo de su madre hasta el final; Nerea no puede afrontar la muerte de su padre y no acude al funeral, algo que su madre jamás le perdonará. En Nerea se refleja también el modo en que muchos jóvenes asistían a las manifestaciones, sin convencimiento ninguno, simplemente porque había que dejarse ver. Lo mismo le sucedía a Gorka, el hijo pequeño de Miren, gran lector, escritor, pusilánime y homosexual. Lo salva su dominio del euskera, pero es un creador cautivo: no puede escribir lo que quiere.
         Joxe Mari, primario y simplón, cae fácilmente en las redes de ETA y enseguida cuenta con el apoyo incondicional de su madre. Acaba en la cárcel, y es ahí donde alcanza dolorosa conciencia de haber malgastado su juventud por una causa en la que ya ha dejado de creer. Por último, Arantxa, la más lúcida, la más valiente, «la mejor de todos ellos», en opinión de Bittori, vive atrapada en las graves secuelas físicas provocadas por un ictus, pero posee la fuerza y la determinación de una mujer libre e indómita. Se trata de un personaje espléndido. Ella mediará para que Joxe Mari le escriba a Bittori y le pida perdón.

         No tenía fácil Aramburu concluir su obra con un final adecuado; sin embargo, lo ha conseguido: El encuentro se produjo a la altura del quiosco de música. Fue un abrazo breve. Las dos se miraron un instante a los ojos antes de separarse. ¿Se dijeron algo? Nada. No se dijeron nada.
         Un libro inmenso, insisto, valiente y, por más que me duela, lleno de verdad. He afirmado antes que no es más que una novela, y una sola novela no tiene por qué mostrarlo todo, explicarlo y reflejarlo todo, abarcar otras miradas posibles. Las opiniones críticas de nuestra tertulia apuntaban esta carencia y se preguntaban, por ejemplo, dónde están en Patria los nacionalistas sensatos, inteligentes, capaces de defender su ideología con un discurso mínimamente racional y complejo. Es cierto, aquí no están, y a mí no me parece necesario que estén porque seguro que para ellos existirá otra novela.
Creo que la obra de Fernando Aramburu ha definido las voces de una sociedad que, presa del miedo y el fanatismo, se fue degradando hasta extremos insospechados, se acostumbró a convivir con la violencia y a guardar las propias ideas en el silencio. Sería algo muy bueno y muy esperanzador que esta magnífica novela se convirtiera, especialmente en el País Vasco, en un libro imprescindible, de esos que te sacuden el entendimiento, te pellizcan el alma y, desde la responsabilidad compartida, encienden la necesidad urgente de trascender la vergüenza y pedir perdón. Una y mil veces perdón, y nunca serán bastantes.


Recordad que la próxima tertulia (fecha aún por determinar) versará sobre Middlesex, de Jeffrey Eugenides.

          

sábado, 7 de enero de 2017

La mujer de sombre

(de Luisgé Martín)

RESEÑA DE JOSUNE

La tertulia sobre esta novela será difícil de olvidar. El tema era peliagudo: las relaciones sexuales heterodoxas, por decirlo de un modo neutro, en el ámbito de otro tema de fondo que es el de «lo oscuro», «la sombra», la parte escondida, poco presentable, de la naturaleza humana. Muy apropiada me parece para el planteamiento adoptado por el autor al construir su obra la cita de Céline que la encabeza, perteneciente a Viaje al fin de la noche: «Todo lo que es interesante ocurre en la sombra. No se sabe nada de la verdadera historia de los hombres».

         El argumento se resume en pocas líneas: Guillermo y Olivia forman una pareja estable y bien avenida. Acaban de tener un hijo, lo cual supone para Guillermo una experiencia extraordinaria y gozosa. Pocos días antes de morir en un accidente, se encuentra con su amigo Eusebio, a quien confiesa que mantiene relaciones sexuales sadomasoquistas con una misteriosa mujer. El relato, por otra parte inesperado, enciende en Eusebio una curiosidad creciente por conocerla. Cuando por azar lo logra, no le revela la verdad (que sabe quién es y que Guillermo ha muerto) y, subyugado por ella, entabla una relación amorosa presidida por la ternura, con sexo plácido, carente de dolor ni sufrimiento, y emprende, paralelamente, un arriesgado camino de experimentación sexual nada ortodoxa. En este recorrido, sin duda, lo que más impacto nos causó a todos fue el episodio de pedofilia ―terrible, durísimo—, que motivó también el momento más delicado de la tertulia y el que se pueda considerar este relato como la crónica de una depravación.

         Desde la unanimidad en el rechazo radical hacia este tipo de actos, se suscitó un inquietante debate sobre qué puede empujar a un adulto a comportarse así. Se aludió a la dificultad  de abordar sin prejuicios la materia sexual, sometidos como estamos a determinados moldes culturales. Se mencionó la naturaleza cambiante y pasajera de esos moldes, que condenan en un tiempo lo que en otro aprueban. Se defendió como razón universal, por encima de los vaivenes espaciotemporales, la de rechazar absolutamente aquello que cause daño —físico, mental, espiritual― a otro.

         Hay ámbitos de la realidad que cuesta nombrar. El sexo es uno de ellos. Por eso la apuesta de Luisgé Martín resulta arriesgada y valiente. Se sumerge, además, en una cuestión de gran actualidad: el anonimato que facilita internet y  su fuerte poder adictivo. La posibilidad de penetrar en el abismo, en «el fin de la noche», en silencio y sin testigos, bajo la máscara de otra identidad (muy significativo a este respecto el juego de varios personajes con sus nombres: Guillermo/Segismundo, Olivia/Nicole, Julia/Marcia).

         El final de la novela resulta descorazonador. Julia descubre la verdad sobre Eusebio y le envía una carta reveladora. Ella, que había encontrado con él el placer de la ternura, lo cita en su casa: No sé si lo que puedo ofrecerte es brutalidad o dulzura. Eusebio acude: Piensa que la vida es un cenagal, una emboscada. Luego el cerrojo se descorre.

         Podemos sospechar que tras esa puerta Eusebio va a hallar la crueldad y el dolor que la misteriosa Marcia (Julia) infligiera a su amigo Guillermo, culminando así su obsesiva y delirante búsqueda. Los dos (Eusebio y Marcia/Julia) son personajes extraños, al servicio de la exploración que el autor se propone realizar sobre las oscuridades de la conducta sexual. Toda la construcción novelesca, el ritmo del relato, la asepsia del tono descriptivo, el empleo del presente como tiempo que facilita la visualización de lo narrado, la inmediatez con que Eusebio y Julia se convierten en una pareja, el drástico cambio operado en ella, del sadomasoquismo a la delicadeza y el cariño, el perfil del protagonista ―rico, ocioso, con todo el tiempo libre, sin obligaciones ni responsabilidades—…, todo se halla al servicio de esa indagación cruda, despiadada, atroz, en las prácticas sexuales heterodoxas.

         Yo no sé si es por completo acertada la cita de Céline que he mencionado al principio. Desde luego es sugerente, como lo es la sombra, lo oscuro, lo secreto, lo escondido, lo que no se ve, lo que no se dice. Sin embargo, me parece a mí que verdad es todo. También la luz, la claridad, la transparencia, lo que aflora a la superficie, lo que se descubre, lo que vemos, lo que nombramos. En esa penumbra mestiza de día y noche, en ese incierto claroscuro, se desenvuelve nuestra historia.

         En la misma época en que los grandes novelistas franceses del Realismo levantaban algunos de los mejores monumentos de la literatura universal, un grupo de jóvenes poetas, los llamados Simbolistas, habitaban noctívagos los tugurios parisinos, empeñados en apresar la negrura, que la rutilante sociedad burguesa negaba, para convertirla en materia poética. Probablemente el resultado más notable de tal propósito lo constituye Las flores del mal, de Charles Baudelaire, cuya publicación en 1857 le costó a su autor un proceso judicial que acabó en una multa y en la obligación de excluir algunos poemas, y que le supuso, por encima de todo, un gran dolor moral. El valor y la importancia de esta obra se hallan hace ya tiempo fuera de toda discusión. En su título está contenida su esencia: la belleza de lo oscuro, la innegable humanidad del mal. Vuelvo al comienzo de estas líneas: insisto en mi opinión de que el tema subyacente en esta novela es la dolorosa conciencia de nuestra condición humana, dual y contradictoria, viajera entre las alturas y el abismo. Así lo expresó Baudelaire en su «Himno a la Belleza»:

                   ¿Que vengas del Infierno o del Cielo, qué importa,
                   ¡Belleza! ¡Monstruo enorme, ingenuo y espantoso!
                   Si tus ojos, tu risa, tu pie, me abren la puerta
                   De un infinito al que amo y nunca he conocido?

         Ya lo he dicho, tertulia difícil de olvidar. Novela arriesgada, valiente, durísima, poblada de escenas desasosegantes, difícilmente transitables. No ha resultado cómodo leerla ni comentarla, pero, si algo hemos aprendido en nuestro sofá, es a leer de todo y a intentar comprender la realidad que nos descubren las palabras.


Os recordamos que la próxima tertulia, para el 9 de febrero, versará sobre la novela Patria, de Fernando Aramburu.