(de Juan Gabriel Vásquez).
Aquí está la esperada reseña de la última novela leída en nuestra tertulia. Un trabajo impecable e inspirado como siempre. Gracias, Josune.
Por fin y por suerte hemos leído
esta obra, mencionada en varias ocasiones en nuestras propuestas de posibles
lecturas. Casi todos reconocimos la fuerte impresión que nos había causado la peripecia
vital de sus protagonistas, la familia del cineasta colombiano Sergio Cabrera Cárdenas,
y elogiamos de manera unánime tanto el exhaustivo trabajo de documentación
realizado por el autor como la destreza narrativa y el impecable estilo que lo
caracterizan.
La novela comienza cuando, en
octubre de 2016, Sergio se encuentra en Lisboa visitando a su mujer y a su hija
(de las que está temporalmente separado) y recibe la noticia del fallecimiento
de su padre, Fausto Cabrera. La escala en Lisboa de Sergio forma parte de su
viaje a Barcelona, donde participará en una retrospectiva de su obra organizada
por la Filmoteca de Catalunya. Aunque podría
volar a Bogotá para asistir a las exequias de su padre y retomar su
compromiso con un mínimo retraso, Sergio decide no ir; sin embargo, cuando, en
la primera entrevista que le hacen, le expresan las condolencias, él las
agradece, y miente al decir que no puede acudir al funeral. Evidentemente, esa
ausencia voluntaria le genera un conflicto. Algunos en la tertulia opinamos que
este hecho condiciona la estructura del relato: una decisión así debe
explicarse y, en este caso, la explicación exige “volver la vista atrás” para recordar
quién fue su padre y cómo marcó su vida
y la de su hermana Marianella.
En el capítulo siguiente el autor se ocupa del origen de Fausto, de familia española y republicana, en la que destaca un hermano de su madre, su tío Felipe Díaz Sandino, importante militar de Aviación que acaba siendo perseguido por los franquistas y que se convertirá en su héroe, su referente ideológico y vital. Se ven obligados todos a exiliarse, primero a Francia y desde allí a América Latina: Santo Domingo, Venezuela y, finalmente, Colombia. La pasión de Fausto por la poesía y sus dotes declamatorias lo conducen al mundo del teatro, la radio y posteriormente la televisión: se convertirá en un buen actor. Conoce en Medellín a Luz Elena Cárdenas, hija del adinerado dueño de un laboratorio farmacéutico, bella, inteligente y culta, con quien se casa en diciembre de 1947. Su primer hijo, Sergio Fausto, nace el 20 de abril de 1950, y su hija Marianella, dos años después. Fausto va entablando relación con otros veinteañeros como él, unidos por el entusiasmo y el deseo de hacer cosas importantes en un mundo en creciente ebullición. Resulta determinante para ellos la evidencia de que la revolución cubana contaba con firmes simpatizantes en Colombia: «Todo lo que estaba ocurriendo en América Latina era lo que Fausto soñaba para su España republicana, su España de derrotados, la España que parecía incapaz de hacer con Franco lo que Castro y Guevara habían hecho con Batista. Fausto sintió, por primera vez desde que lo llamaran judío en el puerto de Ciudad Trujillo, que su vida de exiliado no era una vida perdida: que la historia, después de todo, podía tener una misión o un propósito. Vientos del pueblo me llevan, recitó para sus adentros, vientos del pueblo me arrastran. Y qué ganas, qué ganas tenía Fausto de dejarse arrastrar.»
Pero en Colombia se iba instalando
en plena Guerra Fría el miedo a la amenaza roja, de modo que el montaje de
teleteatro de El espía de Bertolt
Brecht, en el que participaron Fausto, Luz Elena y el propio Sergio,
desencadenó en la prensa una reacción sumamente adversa. A partir de ahí Fausto
ve cómo van retirando de la programación sus espacios. La televisión le ofrece
hacerse cargo de programas más comerciales y de melodramas dirigidos a un
público más amplio, algo a lo que él se niega. Emulando a su tío Felipe, se
mantiene fiel a sus principios: «Pues
aguantaremos lo que se pueda, dijo. Pero yo babosadas no voy a hacer.»
Todo esto es el preludio de una
crisis familiar desencadenada por los problemas laborales de Fausto, el
naufragio de su matrimonio y la conflictiva y precoz adolescencia que aqueja a
Sergio. La situación da un vuelco con la llegada de una carta procedente de
China: un conocido de Fausto, Mario Arancibia, que trabaja en Pekín como
profesor de español, le propone, a instancias del gobierno chino,que se
traslade allí con su familia para acompañarlo en esa tarea. Las condiciones que
le ofrecen parecen inmejorables y Fausto lo ve como una oportunidad de cambio
que tal vez salve su matrimonio, le permita a él estudiar teatro y vivir de
cerca la revolución de Mao, de quien el tío Felipe le hablara con admiración.
Así que la familia Cabrera Cárdenas se marcha al país asiático.
A partir de aquí comienza, a mi
juicio, la parte más sorprendente de la novela y sumamente clarificadora para
comprender la confusión de Sergio y sus sentimientos encontrados al recibir la
noticia de la muerte de su padre. La detallada descripción de la vida en la
China comunista resulta impresionante. Los Cabrera residen en el Hotel de la
Amistad, junto con otros occidentales como ellos, contratados por el gobierno
chino para ayudar en la enseñanza de idiomas. A Fausto le lleva muy poco tiempo
considerar que el viaje había sido un acierto: su relación con Luz Elena había
mejorado y él estaba fascinado por lo que había conseguido la revolución:
comida, ropa y vivienda para todo el mundo. «Sí, el Gran Salto Adelante había cometido errores, se había topado con
accidentes imprevisibles y con la oposición de las derechas saboteadoras que
existen en todos los procesos revolucionarios del mundo, pero tenía los ojos
puestos en objetivos más altos. En esto estaban de acuerdo Fausto y Luz Elena:
de todo esto había mucho que aprender. Para ellos, por supuesto, pero también
para sus hijos.»
Y así, Sergio y Marianella
aprenderán chino y se irán aclimatando a ese mundo, aunque su verdadera
inmersión se producirá al abandonar, por decisión de su padre, las clases en el
Hotel de la Amistad para ingresar en el internado de la escuela Chong Wen.
Acabado el curso y llegado el verano, sus padres viajarán a Colombia, y a la
vuelta les comunicarán una inesperada noticia: Sergio y Marianella continuarán
su formación en China mientras Fausto y Luz Elena regresan a Colombia para
hacer la revolución. A partir de ese momento, Sergio y Marianella, dos
adolescentes arrojados por sus padres a los brazos del estricto adoctrinamiento
desarrollado por la Revolución Cultural, se convierten en indiscutibles protagonistas
de la historia. Se entregarán a la causa del comunismo con absoluto fervor.
Participarán en una comuna popular y trabajarán en una fábrica de relojes en la
que los trabajadores se encomiendan a Mao tras el desayuno y antes de la cena
con actitud idéntica a la de personas religiosas que le rezan a Dios. Impera el
pensamiento único, férreo, sin fisuras, refractario por completo a cualquier
atisbo de crítica que de inmediato se condena como traición y concesión al
diablo burgués capitalista. La conciencia individual queda anulada por el
cobijo del grupo, de la masa, cuyas acciones pueden adquirir una brutalidad
animal. Cabe destacar el tristísimo episodio del profesor de Dibujo agredido por
haber afirmado, al tratar cuestiones de aerodinámica y comparar dos aviones de
combate, que el modelo norteamericano resultó mejor que el soviético. Queda detallado
el cambio en la actitud de Sergio, el modo en que su convicción de que aquello
que sus compañeros estaban haciendo con el profesor era deleznable es aplastada
por el miedo a significarse y a que esa ira se vuelva contra él, hasta el punto
de que participa en la agresión grupal propinándole una patada al supuesto
traidor, contrarrevolucionario y enemigo.
La práctica del adoctrinamiento recibido
podrán ejercitarla Sergio y Marianella cuando, también por decisión paterna,
vuelvan a Colombia e ingresen en la clandestinidad de las guerrillas, amparada
por la dureza de la selva. La revolución ha abrazado la violencia como
inevitable camino para la construcción de un mundo nuevo. La entrega de los dos
hermanos será total, pasarán por situaciones extremas, de verdadero riesgo, y
conocerán a algunos seres miserables como el comandante Fernando. Poco a poco
irán comprendiendo que esa vida no es para ellos; sin
embargo, no será fácil abandonarla. La detención de su madre constituirá el
detonante para el nuevo cambio de rumbo de toda la familia con la decisiva
intervención de don Emilio, el padre de Luz Elena, quien utilizando su
influencia logra la liberación de su hija. Después será la propia Luz Elena la
que negocie con los compañeros del partido el regreso de su hijo y su marido
sanos y salvos, y libres de sufrir represalias. Marianella, casada con
Guillermo, un exguerrillero, se quedará en Colombia. Sergio y sus padres
regresarán a China, donde el encuentro con el cineasta Joris Ivens acabará de
encaminar a Sergio hacia su verdadera vocación. El momento en que le comunica a
Fausto su decisión de marchar a Londres a estudiar cine resulta del todo
elocuente, pues su padre se lo toma como una traición. Cuando Fausto le
pregunta a su hijo dónde quedan, entonces, todos los planes que habían hecho,
Sergio, por fin, responde con su propia voz: «Yo no hice planes, mamá no hizo planes, mi hermana no hizo planes. Los
hiciste tú. (…) Toda la vida nos has hecho creer que lo decidíamos nosotros,
pero no es verdad: lo decidías tú. Toda la vida he hecho lo que tú querías,
toda la vida la he pasado callado, tratando de complacerte. Pero ya me he dado
cuenta, papá. Me he dado cuenta de que callar no es una cuestión de
temperamento: es una enfermedad. Yo me he callado mucho, sí, me he callado para
adaptarme a lo que esperaban los demás. Y he tomado muchos riesgos, ahora me
doy cuenta, he vivido una vida de riesgos, pero no me he arriesgado por mí,
sino por lo que esperaban que yo fuera, por lo que tú esperabas de mí. Y ya no
quiero ser eso: ya no quiero ser el joven valiente y prometedor. Ya no más.
Esto, esto de ahora es lo mío. Esto de ahora lo decido yo, éstos son mis
planes, los míos, no los de nadie más. Esto es lo que yo quiero hacer con mi
puta vida.»
Creo que a estas alturas el
lector ha comprendido sobradamente la decisión de Sergio de no estar presente
en el funeral de Fausto Cabrera, en ningún caso motivada por la falta de amor
hacia él. En la revisión de su filmografía en Barcelona, acompañado por su hijo
Raúl, de dieciocho años, con quien tiene oportunidad de conversar sobre su vida
y la conflictiva relación que mantuvo con su padre, deja muy claro que su
huella es indeleble, y reconoce que con La
estrategia del caracol, película en la que Fausto hace de sí mismo, trató
de rendirle un homenaje.
Comentamos en la tertulia la importancia del contexto histórico y social de los años sesenta para valorar una actitud tan drástica, la entrega sin condiciones a unos ideales que estaban por encima de la estructura familiar, y la creencia fanática de que esos ideales constituían el mayor legado que ofrecer a los hijos, por encima del respeto a su libertad. En la biografía de Sergio y Marianella Cabrera resulta innegable el dolor infligido por las decisiones de su padre, un hombre que parece un personaje inventado, pero que fue asombrosamente real, y hacia el que ellos profesaron amor y lealtad hasta el borde de la propia aniquilación. La ausencia en su funeral por parte de Sergio supone, a mi juicio, el reconocimiento de ese dolor, y la narración de sus vidas, la explicación del mismo y la aceptación definitiva de lo acontecido.
Para terminar es preciso aludir a
la Nota del autor que aparece al
final del libro, en la que Juan Gabriel Vásquez afirma que «Volver la vista atrás es una obra de
ficción, pero no hay en ella episodios imaginarios. (…) el acto de la ficción
ha consistido en extraer la figura de esta novela del gigantesco pedazo de
montaña que es la experiencia de Sergio Cabrera y su familia, tal como me fue
revelada a lo largo de siete años de encuentros y más de treinta horas de
conversaciones grabadas.» Se apoya Vásquez para explicar su propósito en
una cita del novelista y editor inglés Ford Madox Ford: «(…) una novela debería ser la biografía de un hombre o un caso, y toda
biografía de un hombre o un caso debería ser una novela, siendo ambas, si se
ejecutan de manera eficiente, interpretaciones de tales casos como son las
vidas humanas.» Reconoce el autor esa labor de interpretación frente a los acontecimientos
de la vida de Sergio Cabrera, el afán de darles un orden que trascendiera el
mero recuento biográfico y sugiriera significados ocultos tras los hechos. Y
añade: «No es otra cosa lo que hacen las
novelas. A esto nos referimos, creo, cuando hablamos de imaginación moral: a
esa lectura de una vida ajena que consiste en observar para conjeturar, o en
penetrar lo que es manifiesto para descubrir lo oculto o lo secreto. La
interpretación es también parte del arte de la ficción; que el personaje en
cuestión sea real o inventado es, en la
práctica, una distinción inconducente y superflua.»
En mi opinión, en estas últimas
líneas se halla la clave del gran acierto del autor: no se siente limitado por
los hechos reales porque trata a sus protagonistas como personajes, y, en
determinados tipos de novela, a los que Volver
la vista atrás pertenece, los personajes son lo esencial, se convierten en
imprescindibles, pues en ellos el autor deposita el “alma” del relato, reflejo de
la suya y alimentada por la audacia de su libertad creadora. Y me parece
evidente que en la obra esto ocurre de manera irremediable cuando su mirada se
centra en Sergio y Marianella, esos dos adolescentes entregados por su padre a
la causa revolucionaria del comunismo.
Tal como reza en el libro, Juan
Gabriel Vásquez lo concluyó en Bogotá, en octubre de 2020, en plena pandemia
del coronavirus, y confiesa que su escritura lo ayudó a transitar por aquel
tiempo caótico: «ordenar un pasado ajeno
fue la manera más eficaz de lidiar con el desorden de mi presente.» Al fin y
al cabo, construir un universo dotado de cierto orden es lo que suelen
pretender los novelistas, ya sea su inspiración la realidad o el arrebato de su
imaginación. Tanto los habitantes de aquella como las criaturas emergidas de
esta conceden al autor el poder de cincelar sus vidas con la verdad y la
belleza de la palabra, acaso el más prodigioso instrumento humano con el que
seguir intentando desentrañar la complejidad de la existencia y su misterioso
sentido.

