jueves, 7 de mayo de 2026

Anhelo de raíces

(de May Sarton)


Aquí está la nueva reseña elaborada por Josune con su mimo y cuidado habitual. Gracias, como siempre. 



Reseña sobre Anhelo de raíces, de May Sarton

            Anhelo de raíces es un libro de memorias que tiene como centro el proyecto de su autora, a finales de la década de los cincuenta, de convertir una casa de campo del siglo XVIII en su verdadero hogar: «El 7 de junio de 1958 firmé las escrituras y me convertí en dueña de una casa en ruinas, un granero y treinta y seis acres en un remoto pueblo de New Hampshire, un pueblo del que no sabía absolutamente nada.» Ese pueblo es Nelson, situado a dos horas de Boston.

            Fuimos varios los que expresamos falta de entusiasmo por esta obra y lo costosa que en determinados tramos nos resultó su lectura, y, como suele ocurrir en nuestro Sofá, otros tantos manifestaron lo mucho que habían disfrutado con ella. Y así celebramos, una vez más, una interesante y enriquecedora tertulia.

May Sarton detalla pormenorizadamente las reformas que emprende en la casa, las dificultades a las que debe enfrentarse y el modo en que, con ayuda de otros, las va resolviendo. Especial protagonismo adquiere el jardín, cuya creación será lograda con la imprescindible colaboración de Perley Cole, quien se ofrece a trabajar para ella. «Poco a poco, lo que había sido una granja abandonada se fue convirtiendo en una pequeña hacienda.» Es ella la experta en flores  ̶ zinnias, caléndulas, peonías… ̶ , y será él quien cave enormes agujeros para plantar, pode los árboles, abone con cal, recorte el césped y sus bordes, y cuide de la casa y el terreno cuando ella se ausenta.

Cabe destacar la importancia que para la autora tienen sus muebles y los objetos decorativos que irá colocando: el escritorio de su madre, la cómoda donde guarda la ropa de cama, la larga mesa de comedor, el sillón orejero, el enorme y viejo bahut (aparador), los grabados japoneses, el jarrón azul oscuro estampado con flores blancas, tres platos chinos azules… Cada mueble y cada objeto contienen su historia y aportan el afecto de un regalo o de un recuerdo: «De repente me di cuenta de que lo que había traído a la casa, la propia casa, estaba haciendo posible que por primera vez desde la muerte de mis padres los evocara con alegría. Por primera vez, la alegría con que los recordaba en mi mente podía arraigar de nuevo, tener un lugar donde echar raíces.»

En la cita anterior se alude al concepto incluido en el título como aspiración esencial, relacionado, además, con el deseo de fundir en su nuevo hogar su origen europeo (belga) y su condición de estadounidense. Se diría que el proyecto de la casa materializa su empeño de asentarse en un lugar concreto elegido por ella, de transformarlo hasta donde resulta posible, sin dejar de plegarse a las condiciones climáticas y a las peculiaridades de la naturaleza del entorno. Creo que algunas de las páginas más bellas del libro son precisamente las alusivas al paisaje y a los cambios estacionales.

Defensora de su soledad como de un territorio íntimo y sagrado  ̶ «La soledad misma es una manera de esperar que lo inaudible y lo invisible se hagan sentir. Y por eso la soledad nunca es estática ni desesperada»- , abre, no obstante, su casa a un reducido grupo de invitados así como a algunos habitantes de Nelson con los que entablará cordial relación: Bessie Lyman y su hermana Myra, la señorita Morrison (Maurie), o el matrimonio formado por Mildred y Albert Quigley (Quig). Todos ellos aparecen como personajes reales e incrementan la amenidad y el interés de este libro, que contiene también amplia referencia al oficio de escribir, principal ocupación de May Sarton, en algunos de los capítulos que a mí más me han gustado. En uno de ellos la escritura y la jardinería aparecen comparadas con gran acierto, en tanto que en ambas actividades hay que elegir: «Entre el rico material que requieren los enunciados no todo se puede utilizar. Así como uno intenta una palabra y luego otra, junta una frase para luego separarla, del mismo modo uno arregla las flores.» «¿Hay algún otro goce, salvo la jardinería, que pida tanto y dé tanto? No conozco otro excepto, quizá, la escritura de un poema. Son muy parecidos, incluso en la cantidad de desperdicio que hay que aceptar en aras a un casual y raro goce, en el caso de que se consiga. También coinciden en que ambas son pasiones que traen con ellas la renovación. Sin embargo, existe una diferencia: la poesía es para todas las edades; la jardinería es uno de los goces tardíos, ya que la juventud es demasiado impaciente y está demasiado absorta en sí misma y, por lo general, carece del suficiente anhelo de arraigo como para crear un jardín. La jardinería es una de las recompensas de la madurez (…)»


May Sarton se halla, tal como ella misma indica, en plena madurez vital y creativa (en torno a los cincuenta años) y en el capítulo siete, “Al borde de la nada”, se refiere con admirable franqueza a los demonios del escritor: «Soy feliz cuando escribo. Los demonios vuelven en cuanto me detengo a considerar lo que he escrito, cuando el crítico se apodera del creador.» Las dudas sobre la calidad del trabajo, la necesidad de reconocimiento, el juicio de los críticos profesionales, la presión y las servidumbres del éxito, el poder de determinados nombres «sin cuya aprobación no se concede ningún premio ni se publica ninguna revista»…, todo ello forma parte de la amplia reflexión concedida a un oficio que le apasiona y que atañe a su intimidad: «Lo que ocurre cuando estoy trabajando ocurre entre Dios y yo.» Por último, considera la culpa el peor de esos demonios, incontrolable cuando aparece y devastador en su formulación de enmienda a la totalidad, dando voz a la eterna e irresoluble inquietud en torno al sentido y utilidad de la creación artística: «¿Cómo puedo estar segura de que todos los años que he pasado sentada frente al escritorio valen la pena de verdad, comparado con lo que podría haber hecho si, por ejemplo, los hubiera dedicado a enseñar a niños desfavorecidos?»

El libro está plagado de hermosas y profundas reflexiones sobre la vida, el arte, la vejez y el paso del tiempo, y, por supuesto, la muerte. Quiero  destacar los capítulos once (“La muerte y el arce”) y doce (“Aprender sobre  el agua”). En el once refiere el fallecimiento de su amigo Quig. Describe el inmenso vacío que desencadena la desaparición de un ser querido y recuerda esa capacidad radical de la experiencia de la muerte para situarnos ante la realidad: «La muerte pone el foco en lo esencial. Lo que se nos hace patente en ese último día es difícil de expresar con palabras, escurridizo. Quizá lo que lloramos sea al hombre completo. Todos los fragmentos de una vida que a veces parece dispersarse entre demasiados dones se unen y lo vemos completo.» El capítulo doce tiene que ver, a mi juicio, con la condición impredecible e incierta de la vida. Narra las enormes dificultades que debe atravesar para conseguir extraer agua de un pozo, a la vez que experimenta una verdadera mala racha profesional: su agente le aconseja no publicar su última novela y la universidad en la que imparte cursos le comunica que no cuenta con ella en el próximo semestre, con lo cual se siente amenazada por una total inseguridad. Sin embargo, a pesar de todo, no deja de crear. Es capaz de escribir unos poemas con verdadero goce y a continuación admite que «El mundo interior, el mundo de la poesía, se nutre tanto de los malos tiempos como de cualquier otra cosa.» Y la mala racha concluye en enero de 1965. Por fin ha conseguido agua y a través del correo le llegan dos magníficas noticias: a su editor le ha encantado su obra, la va a publicar e incluso le pregunta cuánto quiere de anticipo; y la Universidad de Lindenwood le ofrece un trabajo de poeta con residencia y un salario mejor que el que percibía antes. El viento ahora sopla a su favor…

Alguien comentó en la tertulia que el detallismo en la descripción de las reformas emprendidas en la casa, por tedioso y excesivo que a algunos nos haya parecido, probablemente es necesario para mostrar exactamente eso, el proceso, más que los resultados del mismo. El asunto del agua corrobora esa perspectiva, igual que la alusión a los demonios presentes en la creación literaria. Es decir, May Sarton se propone mostrar la vida en construcción, paso a paso, con sus resistencias, tanto las que hallamos fuera como las producidas por nuestra mente y nuestras turbulencias anímicas. Tal vez el mayor acierto de esta obra resida en la honesta plasmación por parte de la autora de un tramo de su existencia en esa edad de plena madurez en que experimenta la urgencia de sentir arraigo, de vivir una soledad querida y placentera pero conectada con un lugar concreto y sus habitantes, de dar testimonio de su pasión por la escritura sin esconder ni atenuar su fragilidad y sus dudas.

El último capítulo  ̶ titulado como el propio libro, “Anhelo de raíces” ̶ contiene, a mi juicio, algunas de las afirmaciones más lúcidas y bellas de la obra, relativas al paso del tiempo, el envejecimiento y la conciencia de la muerte: «A los veinte somos inmortales; hasta los cincuenta estamos demasiado atrapados por la vida como para pensar en el final; pero de los cincuenta y cinco en adelante la índole de la vida más profunda cambia debido a este conocimiento. El tiempo de repente se hace telescópico. La vida en sí misma se vuelve más preciosa de cuanto hubiera podido serlo antes(…). Hay goces tardíos al igual que los hay tempranos. De joven, ¿quién tiene tiempo para pararse a mirar al trasluz el brillo de una amapola Shirley? El mundo exterior es solo la resonancia de los propios sentimientos. Pero, en la madurez, la luz de la tarde reflejada en el mármol de un muro blanco puede adquirir cualidad de revelación.»


Y para terminar, si nos quedaba alguna duda sobre el propósito de May Sarton al escribir Anhelo de raíces, creo que las siguientes líneas pertenecientes a sus últimas páginas lo reflejan con claridad: «Es momento de abandonar la ambición del mundo y Nelson ha sido mi modo de aprender precisamente a hacer eso.  Estuve tan absorta haciendo el jardín que apenas me daba cuenta de lo que estaba sucediendo. No ha habido ningún acto de renuncia, solo la apertura de una puerta a este nuevo silencio. Y muy sutilmente, en estos últimos años de abundancia, lo que más valoro ha cambiado, pero lo que por encima de todo valoro ha sido el giro hacia el interior de la aventura de mi vida.» Pienso que “abandonar la ambición del mundo” puede significar la necesidad de volver a casa, a la compañía de nuestras cosas, y contemplar sin prisa la luz del atardecer sobre las flores del jardín, como un velo protector que las resguarda. No es preciso renunciar a nada, pues todo está dentro, y se sostiene firme y en silencio, como las raíces de una buena siembra.

 


martes, 10 de marzo de 2026

Volver la vista atrás

 (de Juan Gabriel Vásquez).


Aquí está la esperada reseña de la última novela leída en nuestra tertulia. Un trabajo impecable e inspirado como siempre. Gracias, Josune.


                        

            Por fin y por suerte hemos leído esta obra, mencionada en varias ocasiones en nuestras propuestas de posibles lecturas. Casi todos reconocimos la fuerte impresión que nos había causado la peripecia vital de sus protagonistas, la familia del cineasta colombiano Sergio Cabrera Cárdenas, y elogiamos de manera unánime tanto el exhaustivo trabajo de documentación realizado por el autor como la destreza narrativa y el impecable estilo que lo caracterizan.

La novela comienza cuando, en octubre de 2016, Sergio se encuentra en Lisboa visitando a su mujer y a su hija (de las que está temporalmente separado) y recibe la noticia del fallecimiento de su padre, Fausto Cabrera. La escala en Lisboa de Sergio forma parte de su viaje a Barcelona, donde participará en una retrospectiva de su obra organizada por la Filmoteca de Catalunya. Aunque podría  volar a Bogotá para asistir a las exequias de su padre y retomar su compromiso con un mínimo retraso, Sergio decide no ir; sin embargo, cuando, en la primera entrevista que le hacen, le expresan las condolencias, él las agradece, y miente al decir que no puede acudir al funeral. Evidentemente, esa ausencia voluntaria le genera un conflicto. Algunos en la tertulia opinamos que este hecho condiciona la estructura del relato: una decisión así debe explicarse y, en este caso, la explicación exige “volver la vista atrás” para recordar quién fue su padre y cómo  marcó su vida y la de su hermana Marianella.

            En el capítulo siguiente el autor se ocupa del origen de Fausto, de familia española y republicana, en la que destaca un hermano de su madre, su tío Felipe Díaz Sandino, importante militar de Aviación que acaba siendo perseguido por los franquistas y que se convertirá en su héroe, su referente ideológico y vital. Se ven obligados todos a exiliarse, primero a Francia y desde allí a América Latina: Santo Domingo, Venezuela y, finalmente, Colombia. La pasión de Fausto por la poesía y sus dotes declamatorias lo conducen al mundo del teatro, la radio y posteriormente la televisión: se convertirá en un buen actor. Conoce en Medellín a Luz Elena Cárdenas, hija del adinerado dueño de un laboratorio farmacéutico, bella, inteligente y culta, con quien se casa en diciembre de 1947. Su primer hijo, Sergio Fausto, nace el 20 de abril de 1950, y su hija Marianella, dos años después. Fausto va entablando relación con otros veinteañeros como él, unidos por el entusiasmo y el deseo de hacer cosas importantes en un mundo en creciente ebullición. Resulta determinante para ellos la evidencia de que la revolución cubana contaba con firmes simpatizantes en Colombia: «Todo lo que estaba ocurriendo en América Latina era lo que Fausto soñaba para su España republicana, su España de derrotados, la España que parecía incapaz de hacer con Franco lo que Castro y Guevara habían hecho con Batista. Fausto sintió, por primera vez desde que lo llamaran judío en el puerto de Ciudad Trujillo, que su vida de exiliado no era una vida perdida: que la historia, después de todo, podía tener una misión o un propósito. Vientos del pueblo me llevan, recitó para sus adentros, vientos del pueblo me arrastran. Y qué ganas, qué ganas tenía Fausto de dejarse arrastrar.»


            Pero en Colombia se iba instalando en plena Guerra Fría el miedo a la amenaza roja, de modo que el montaje de teleteatro de El espía de Bertolt Brecht, en el que participaron Fausto, Luz Elena y el propio Sergio, desencadenó en la prensa una reacción sumamente adversa. A partir de ahí Fausto ve cómo van retirando de la programación sus espacios. La televisión le ofrece hacerse cargo de programas más comerciales y de melodramas dirigidos a un público más amplio, algo a lo que él se niega. Emulando a su tío Felipe, se mantiene fiel a sus principios: «Pues aguantaremos lo que se pueda, dijo. Pero yo babosadas no voy a hacer.»

            Todo esto es el preludio de una crisis familiar desencadenada por los problemas laborales de Fausto, el naufragio de su matrimonio y la conflictiva y precoz adolescencia que aqueja a Sergio. La situación da un vuelco con la llegada de una carta procedente de China: un conocido de Fausto, Mario Arancibia, que trabaja en Pekín como profesor de español, le propone, a instancias del gobierno chino,que se traslade allí con su familia para acompañarlo en esa tarea. Las condiciones que le ofrecen parecen inmejorables y Fausto lo ve como una oportunidad de cambio que tal vez salve su matrimonio, le permita a él estudiar teatro y vivir de cerca la revolución de Mao, de quien el tío Felipe le hablara con admiración. Así que la familia Cabrera Cárdenas se marcha al país asiático.

A partir de aquí comienza, a mi juicio, la parte más sorprendente de la novela y sumamente clarificadora para comprender la confusión de Sergio y sus sentimientos encontrados al recibir la noticia de la muerte de su padre. La detallada descripción de la vida en la China comunista resulta impresionante. Los Cabrera residen en el Hotel de la Amistad, junto con otros occidentales como ellos, contratados por el gobierno chino para ayudar en la enseñanza de idiomas. A Fausto le lleva muy poco tiempo considerar que el viaje había sido un acierto: su relación con Luz Elena había mejorado y él estaba fascinado por lo que había conseguido la revolución: comida, ropa y vivienda para todo el mundo. «Sí, el Gran Salto Adelante había cometido errores, se había topado con accidentes imprevisibles y con la oposición de las derechas saboteadoras que existen en todos los procesos revolucionarios del mundo, pero tenía los ojos puestos en objetivos más altos. En esto estaban de acuerdo Fausto y Luz Elena: de todo esto había mucho que aprender. Para ellos, por supuesto, pero también para sus hijos.»

Y así, Sergio y Marianella aprenderán chino y se irán aclimatando a ese mundo, aunque su verdadera inmersión se producirá al abandonar, por decisión de su padre, las clases en el Hotel de la Amistad para ingresar en el internado de la escuela Chong Wen. Acabado el curso y llegado el verano, sus padres viajarán a Colombia, y a la vuelta les comunicarán una inesperada noticia: Sergio y Marianella continuarán su formación en China mientras Fausto y Luz Elena regresan a Colombia para hacer la revolución. A partir de ese momento, Sergio y Marianella, dos adolescentes arrojados por sus padres a los brazos del estricto adoctrinamiento desarrollado por la Revolución Cultural, se convierten en indiscutibles protagonistas de la historia. Se entregarán a la causa del comunismo con absoluto fervor. Participarán en una comuna popular y trabajarán en una fábrica de relojes en la que los trabajadores se encomiendan a Mao tras el desayuno y antes de la cena con actitud idéntica a la de personas religiosas que le rezan a Dios. Impera el pensamiento único, férreo, sin fisuras, refractario por completo a cualquier atisbo de crítica que de inmediato se condena como traición y concesión al diablo burgués capitalista. La conciencia individual queda anulada por el cobijo del grupo, de la masa, cuyas acciones pueden adquirir una brutalidad animal. Cabe destacar el tristísimo episodio del profesor de Dibujo agredido por haber afirmado, al tratar cuestiones de aerodinámica y comparar dos aviones de combate, que el modelo norteamericano resultó mejor que el soviético. Queda detallado el cambio en la actitud de Sergio, el modo en que su convicción de que aquello que sus compañeros estaban haciendo con el profesor era deleznable es aplastada por el miedo a significarse y a que esa ira se vuelva contra él, hasta el punto de que participa en la agresión grupal propinándole una patada al supuesto traidor, contrarrevolucionario y enemigo.

La práctica del adoctrinamiento recibido podrán ejercitarla Sergio y Marianella cuando, también por decisión paterna, vuelvan a Colombia e ingresen en la clandestinidad de las guerrillas, amparada por la dureza de la selva. La revolución ha abrazado la violencia como inevitable camino para la construcción de un mundo nuevo. La entrega de los dos hermanos será total, pasarán por situaciones extremas, de verdadero riesgo, y conocerán a algunos seres miserables como el comandante Fernando. Poco a poco irán comprendiendo que esa vida no es para ellos; sin embargo, no será fácil abandonarla. La detención de su madre constituirá el detonante para el nuevo cambio de rumbo de toda la familia con la decisiva intervención de don Emilio, el padre de Luz Elena, quien utilizando su influencia logra la liberación de su hija. Después será la propia Luz Elena la que negocie con los compañeros del partido el regreso de su hijo y su marido sanos y salvos, y libres de sufrir represalias. Marianella, casada con Guillermo, un exguerrillero, se quedará en Colombia. Sergio y sus padres regresarán a China, donde el encuentro con el cineasta Joris Ivens acabará de encaminar a Sergio hacia su verdadera vocación. El momento en que le comunica a Fausto su decisión de marchar a Londres a estudiar cine resulta del todo elocuente, pues su padre se lo toma como una traición. Cuando Fausto le pregunta a su hijo dónde quedan, entonces, todos los planes que habían hecho, Sergio, por fin, responde con su propia voz: «Yo no hice planes, mamá no hizo planes, mi hermana no hizo planes. Los hiciste tú. (…) Toda la vida nos has hecho creer que lo decidíamos nosotros, pero no es verdad: lo decidías tú. Toda la vida he hecho lo que tú querías, toda la vida la he pasado callado, tratando de complacerte. Pero ya me he dado cuenta, papá. Me he dado cuenta de que callar no es una cuestión de temperamento: es una enfermedad. Yo me he callado mucho, sí, me he callado para adaptarme a lo que esperaban los demás. Y he tomado muchos riesgos, ahora me doy cuenta, he vivido una vida de riesgos, pero no me he arriesgado por mí, sino por lo que esperaban que yo fuera, por lo que tú esperabas de mí. Y ya no quiero ser eso: ya no quiero ser el joven valiente y prometedor. Ya no más. Esto, esto de ahora es lo mío. Esto de ahora lo decido yo, éstos son mis planes, los míos, no los de nadie más. Esto es lo que yo quiero hacer con mi puta vida.»

Creo que a estas alturas el lector ha comprendido sobradamente la decisión de Sergio de no estar presente en el funeral de Fausto Cabrera, en ningún caso motivada por la falta de amor hacia él. En la revisión de su filmografía en Barcelona, acompañado por su hijo Raúl, de dieciocho años, con quien tiene oportunidad de conversar sobre su vida y la conflictiva relación que mantuvo con su padre, deja muy claro que su huella es indeleble, y reconoce que con La estrategia del caracol, película en la que Fausto hace de sí mismo, trató de rendirle un homenaje.


Comentamos en la tertulia la importancia del contexto histórico y social de los años sesenta para valorar una actitud tan drástica, la entrega sin condiciones a unos ideales que estaban por encima de la estructura familiar, y la creencia fanática de que esos ideales constituían el mayor legado que ofrecer a los hijos, por encima del respeto a su libertad. En la biografía de Sergio y Marianella Cabrera resulta innegable el dolor infligido por las decisiones de su padre, un hombre que parece un personaje inventado, pero que fue asombrosamente real, y hacia el que ellos profesaron amor y lealtad hasta el borde de la propia aniquilación. La ausencia en su funeral por parte de Sergio supone, a mi juicio, el reconocimiento de ese dolor, y la narración de sus vidas, la explicación del mismo y la aceptación definitiva de lo acontecido.

Para terminar es preciso aludir a la Nota del autor que aparece al final del libro, en la que Juan Gabriel Vásquez afirma que «Volver la vista atrás es una obra de ficción, pero no hay en ella episodios imaginarios. (…) el acto de la ficción ha consistido en extraer la figura de esta novela del gigantesco pedazo de montaña que es la experiencia de Sergio Cabrera y su familia, tal como me fue revelada a lo largo de siete años de encuentros y más de treinta horas de conversaciones grabadas.» Se apoya Vásquez para explicar su propósito en una cita del novelista y editor inglés Ford Madox Ford: «(…) una novela debería ser la biografía de un hombre o un caso, y toda biografía de un hombre o un caso debería ser una novela, siendo ambas, si se ejecutan de manera eficiente, interpretaciones de tales casos como son las vidas humanas.» Reconoce el autor esa labor de interpretación frente a los acontecimientos de la vida de Sergio Cabrera, el afán de darles un orden que trascendiera el mero recuento biográfico y sugiriera significados ocultos tras los hechos. Y añade: «No es otra cosa lo que hacen las novelas. A esto nos referimos, creo, cuando hablamos de imaginación moral: a esa lectura de una vida ajena que consiste en observar para conjeturar, o en penetrar lo que es manifiesto para descubrir lo oculto o lo secreto. La interpretación es también parte del arte de la ficción; que el personaje en cuestión sea  real o inventado es, en la práctica, una distinción inconducente y superflua.»

En mi opinión, en estas últimas líneas se halla la clave del gran acierto del autor: no se siente limitado por los hechos reales porque trata a sus protagonistas como personajes, y, en determinados tipos de novela, a los que Volver la vista atrás pertenece, los personajes son lo esencial, se convierten en imprescindibles, pues en ellos el autor deposita el “alma” del relato, reflejo de la suya y alimentada por la audacia de su libertad creadora. Y me parece evidente que en la obra esto ocurre de manera irremediable cuando su mirada se centra en Sergio y Marianella, esos dos adolescentes entregados por su padre a la causa revolucionaria del comunismo.

Tal como reza en el libro, Juan Gabriel Vásquez lo concluyó en Bogotá, en octubre de 2020, en plena pandemia del coronavirus, y confiesa que su escritura lo ayudó a transitar por aquel tiempo caótico: «ordenar un pasado ajeno fue la manera más eficaz de lidiar con el desorden de mi presente.» Al fin y al cabo, construir un universo dotado de cierto orden es lo que suelen pretender los novelistas, ya sea su inspiración la realidad o el arrebato de su imaginación. Tanto los habitantes de aquella como las criaturas emergidas de esta conceden al autor el poder de cincelar sus vidas con la verdad y la belleza de la palabra, acaso el más prodigioso instrumento humano con el que seguir intentando desentrañar la complejidad de la existencia y su misterioso sentido.

 

 


jueves, 22 de enero de 2026

El apellido de las mujeres

 (de Aurora Tamigio)


Aquí tenéis la espléndida reseña de la última tertulia a cargo de nuestra fiel cronista Josune. Como siempre, gracias.


                                          Reseña sobre El apellido de las mujeres

            Casi todos reconocimos haber leído con inmenso agrado esta novela, que nos permite recorrer el siglo XX de la mano de una familia siciliana a través de tres generaciones de mujeres presentadas en el primer capítulo. La abuela, Rosa, y sus tres nietas, Patrizia, Lavinia y Marinella, rodean a Selma, hija de la primera y madre de las muchachas, encamada desde hace tiempo. El 18 de junio de 1970 asisten al terremoto que se produce bajo sus pies y que precede al otro cataclismo, el de la muerte de la enferma.

            A continuación la historia se presenta organizada cronológicamente en bloques correspondientes a cada una de las cinco mujeres y dividido cada bloque en un número de capítulos que, a partir de los tres que componen la historia de Rosa, irá sumando uno con respecto al bloque de la protagonista anterior, en una creciente estructura que acaso intente sugerir de qué modo los avatares de cada una nutren y hacen progresar la existencia de la siguiente, mediante una trabajosa extensión que va desplazando los límites impuestos a la condición femenina desde comienzos del siglo XX hasta 1983, fecha en la que concluye la historia.

            Se trata de una obra amena, dinámica, sorprendente, que capta el interés del lector desde la primera línea y sabe mantenerlo sin decaimiento, con un estilo brillante, ágil y poético, que recuerda, en la soltura narrativa y en lo irreal y fantasmagórico, a los relatos de Isabel Allende, por ejemplo. Podríamos situarla en una especie de Realismo mágico europeo, aunque más próximo a la realidad que al ensueño, sembrada aquella, eso sí, de las creencias y supersticiones propias de la cultura y tradición de los países latinos.


            Los personajes están muy bien perfilados y los conocemos fundamentalmente a través de sus acciones, de su comportamiento. El protagonismo de la narración recae en las cinco mujeres, y cada retrato, enfocado en el bloque titulado con su nombre, se va completando en los bloques sucesivos, puesto que entre todas sostienen el hilo que va tejiendo el tapiz del clan al que pertenecen, y esto lo hacen con tanta eficacia que atenúa lo que se podría considerar la principal carencia de la novela: la falta de una mayor profundización psicológica en las protagonistas. Y así, cuanto sucede contribuye al desarrollo de una historia familiar estrechamente ligada al contexto espaciotemporal que la encuadra  ̶ la localización geográfica y la datación son continuas ̶ , y en la que el espíritu combativo de Rosa alienta la trepidante y compleja peripecia vital de sus descendientes, con personalidades tan atractivas como diversas.

            Aunque resulta indudable que el mundo de las mujeres ocupa en esta novela un espacio mayor que el de los hombres, estos son tratados con rigor y desde el respeto a su individualidad. Los primeros retratos masculinos que conocemos, el padre maltratador y los hermanos de Rosa, inauguran una galería que, para alivio de ella, mejorará con el joven que habrá de convertirse en su marido, Sebastiano Quaranta, quien «no tenía padre, madre ni hermanas, por lo que Rosa había dado con el único hombre del mundo que no sabía golpear a una mujer.»  Junto a él cabe destacar a Fernando y Donato, sus dos hijos varones, leales a la familia y protectores de sus sobrinas durante toda su vida;  a Peppino Incammisa, el amigo fiel que considera a Donato su verdadero padre; a Cosimo Passalacqua, cuya paciencia y perseverancia finalmente lo convertirán en marido de la temperamental Patrizia; a Luciano Vaglio, el caballeroso enamorado de Marinella. Mención especial merece Santi Maraviglia, o Santidevidrio, con quien se casó Selma sin percatarse de que «no era nada del otro mundo» y junto al que tuvo a sus tres hijas en un matrimonio infeliz como tantos otros. Su peor versión, de padre injusto y violento, aparecerá tras la muerte de Selma y al irrumpir en su vida Carolina Brancaforte, con quien contraerá nuevas nupcias y que resultará una auténtica madrastra de cuento para las muchachas, las cuales acabarán abandonando el domicilio familiar después del altercado entre Patrizia y Valentino Brancaforte, de la misma calaña que su hermana. Es decir, la novela no es en absoluto maniquea al presentar a los personajes femeninos y masculinos. Todos resultan, en general, seres humanos imperfectos   -aunque unos más que otros-, reales y creíbles.

            Patrizia y Lavinia ingresan por mediación de su tío Donato en el internado de Santa Anastasia, y Patrizia, excelente estudiante y con vocación de maestra, llega a matricularse en la universidad gracias a una beca; sin embargo, no acabará la carrera. Las circunstancias obligarán a las dos hermanas a trabajar para poder vivir independientes de Santi Maraviglia y su nueva familia, haciéndose cargo ellas de Marinella, quien probablemente sí logrará culminar su formación. Esta era muy pequeña cuando murió su madre y pierde a su padre cuando entra en la mayoría de edad.  Parece que el rencor hacia él no llega a anidar en ella como sí lo hace en sus hermanas, tal vez por eso la busca Santi el día de su decimoctavo cumpleaños para darle su regalo y pedirle que le diga a Patrizia que debe comunicarle cosas importantes; en realidad, quiere hablar con las tres. Nunca se producirá ese encuentro. Santi Maraviglia habrá de conformarse con ver de vez en cuando a Marinella. Ella será la única que lo vea muerto y acuda a su funeral: « (…) Santi Maraviglia moría donde había muerto Selma. Por supuesto, no tenía a Patrizia montando guardia en la puerta, ni a Lavinia presidiendo la cama: pero tenía a Marinella, sentada en el otro extremo de la colcha, que solo podía mirarlo. También a su madre solo había podido mirarla.»


En la escena final de la novela, Patrizia, acompañada por sus hermanas, se está probando su traje de novia. Las tres conversan sobre la posibilidad que ya concede la ley a las mujeres de conservar una vez casadas su apellido de solteras.Y aunque, tal como matiza Patrizia, es siempre el apellido de un hombre, ellas se muestran decididas a mantenerlo, en un gesto de reivindicación de su identidad y de su propia historia familiar frente a la de su marido. Así lo afirma Lavinia: «una puede decir: de ahora en adelante, mi apellido es el mío y de nadie más.» No parece casual la referencia, en el primer capítulo de la obra, al apellido: «Maraviglia» es lo que quería bordarle Selma a la menor de sus hijas para coserlo en el delantal del colegio, y duda si ponerle solo la inicial, que coincide con la de su nombre. Es decir, el asunto del apellido no constituye, a mi juicio, una cuestión menor. Además de figurar en el título, creo que enmarca la narración en una circularidad calculada. Desde la infancia de Rosa, bajo un patriarcado ejercido con infame violencia y absoluto desprecio hacia las mujeres, estas han ido ejecutando su rebeldía con inteligencia, determinación y coraje, guiándose unas a otras, tejiendo resistentes redes familiares desde el amor, el respeto y una generosidad a veces traducida en fértil renuncia  ̶ Patrizia y Lavinia no cumplirán sus sueños, pero gracias a sus desvelos Marinella tendrá la oportunidad de alcanzar los suyos ̶ . Y en ese proceso imparable las mujeres se han visto acompañadas también por hombres cabales, entregados con naturalidad y sincera convicción a una causa que han hecho suya.

Para concluir se me ocurre que un apellido puede resultar una ventaja o un lastre, un motivo de orgullo o de vergüenza, o no ser más que una palabra que nos coloca en el tapiz infinito de la historia humana, que nos sitúa en el espacio y en el tiempo en que nos ha tocado vivir, que nos recuerda nuestra pertenencia a una estirpe y una herencia genética o material. Apropiarnos de él del modo que sugieren las palabras de Lavinia no deja de ser un acto liberador de afirmación de la identidad particular, del derecho a escribirlo con el trazo genuino e inimitable de nuestro puño y letra, y llenarlo del valor,  único e intransferible, de la propia vida.

 


sábado, 29 de noviembre de 2025

Libre

 (de Lea Ypi)


Aquí tenemos la reseña de la primera tertulia de este curso. Como de costumbre, Josune nos ilustra con sus palabras haciendo más interesante el debate que se planteó que el libro en sí. Gracias de nuevo.


Reseña sobre Libre, de Lea Ypi

El pasado 20 de octubre inauguramos curso tertuliano comentando Libre, de la albanesa Lea Ypi. El libro gustó mucho a la mayoría y algunos reconocimos haberlo leído con agrado e interés, aunque sin demasiado entusiasmo. El debate que generó resultó, sin duda, de lo más interesante; de esos que se producen con frecuencia en nuestro Sofá, de los que salimos con una opinión sobre la obra bastante mejor que aquella con la que llegamos. Reconozco que, en esta ocasión, es lo que a mí me ha sucedido.

La autora, profesora de Teoría Política y Filosofía, reside en Londres y nació en Tirana en 1979. Con apenas once años fue testigo de la caída del régimen comunista en su país, y presenció, en los seis o siete años siguientes, los cambios que se fueron produciendo a su alrededor  mientras en Albania se establecían la democracia y el liberalismo. La reestructuración de la economía supuso que buena parte de la población perdiera su empleo y tuvo lugar el primer movimiento migratorio hacia Italia. El intento de reconstrucción capitalista fracasó y, tras el estallido de una estafa financiera, buena parte de la población respondió con una guerra civil, causada por la desesperación, la falta de un horizonte de mejora a corto y medio plazo, y el profundo desengaño experimentado con un sistema que, junto con la libertad política, trajo sus propios abusos y corrupciones. Y todo esto en el corazón de Europa y no hace tanto tiempo. Comentamos en la tertulia el recuerdo de aquellas tremendas imágenes emitidas por televisión: el 28 de marzo de 1997 en el estrecho de Otranto el barco albanés Kateri i Radës se hundió en una colisión con la corbeta italiana Sibilla. Perecieron más de ochenta personas y a consecuencia de esta tragedia se abrió un intenso debate en la opinión pública internacional sobre el modo de afrontar la crisis humanitaria desencadenada por esta segunda salida masiva de albaneses hacia la cercana Italia.

Estamos ante unas memorias narradas desde una fina ironía y en las que nos encontramos con la mirada de una niña  ̶ enseguida adolescente ̶  que asume con naturalidad el orden en el que vive, y contempla perpleja la rapidez con que ese orden va a cambiar radicalmente: «Yo siempre había pensado que no había nada mejor que el comunismo. Todas las mañanas de mi vida me despertaba deseando hacer algo para que llegara más rápidamente. Pero en diciembre de 1990, los mismos que habían participado en las marchas que celebraban el socialismo y el avance hacia el comunismo se echaron a las calles para exigir su fin. Los representantes del pueblo manifestaron que las únicas cosas que habían conocido bajo el socialismo no eran la libertad y la democracia, sino la tiranía y la coacción.» (p. 139)


La autora reconstruye la historia de su propia familia, en la que destaca su abuela paterna, Nini, nacida en 1918, en un medio aristocrático y culto que le proporciona una formación y la oportunidad de desempeñar muy joven cargos de responsabilidad en la Administración estatal albanesa. Conoció a su marido en la boda del rey Zog. Los acontecimientos históricos dieron un vuelco a su vida y a los treinta y dos años faenaba  en los campos de trabajo. Su biografía muestra “cómo puedes tenerlo todo al nacer y perderlo todo después”. Sin embargo, no siente nostalgia de su pasado. Nunca había sido comunista, pero tampoco añora los privilegios y desigualdades del antiguo régimen. Considera esencial, aun habiéndolo perdido todo, haber conservado la dignidad, y afirma ser la misma persona. Pretende que su nieta comprenda que siempre había sido “la autora de su vida”, que había logrado ser “dueña de su destino” a pesar de todos los obstáculos encontrados, porque siempre había sido responsable de sus actos.

Son también muy importantes para ella sus padres, quienes, en momentos distintos, participarán activamente en la vida política del país. Pero antes de eso, no son capaces de responder con claridad a las preguntas que les formula: «Quería saber por qué la gente reclamaba libertad si ya éramos uno de los países más libres sobre la tierra, según nos decía siempre la profesora Nora. Cuando mencioné su nombre, mis padres alzaron los ojos al cielo. Empecé a sospechar que no tenían la mejor disposición para responderme y que ya no podía confiar en ellos. No solo mis preguntas sobre el país quedaron sin respuesta, sino que, además, empecé a preguntarme en qué clase de familia me había tocado nacer. Dudaba de ellos y, al hacerlo, empecé a dudar de quién era yo.» (p.39)

Creo que en las últimas líneas de la cita anterior se encuentra el principal conflicto de la autora, desencadenante de este libro de memorias que recoge también sus reflexiones personales sobre las grandes ideologías políticas y sociales responsables de la configuración del mundo desarrollado tras la Segunda Guerra Mundial. En su afán de comprender cuanto está sucediendo a su alrededor, la narradora trata de dilucidar el sentido real de la libertad desde el descubrimiento de su propia identidad, cuestionada en medio de la confusión en la que vive. No es casual que decida estudiar Filosofía, a pesar de la incomprensión de su familia.

Destacamos la capacidad crítica de la autora al mostrar por igual las limitaciones del socialismo y del liberalismo, y, a partir de ello, nos enzarzamos en una interesante discusión sobre cuál de los tres principios de la Revolución Francesa nos parecía el más importante. No hubo acuerdo, por supuesto, sino diversidad de opiniones, algo comprensible teniendo en cuenta la trascendencia de cada uno de ellos.

En la última página del libro, Lea Ypi contrapone la perspectiva que su familia tuvo del socialismo con la que ella tiene del liberalismo: «Para mi familia, el socialismo era sinónimo de negación: la negación de lo que querían ser, de su derecho a cometer errores y a aprender de ellos, de explorar el mundo a su manera. Para mí, el liberalismo era sinónimo de promesas incumplidas, de destrucción de la solidaridad, del derecho a heredar privilegios, de hacer la vista gorda ante la injusticia.» La autora expone a continuación su convencimiento de que los sistemas actuales pueden cambiar como cambiaron los anteriores, y que tanto el mundo de sus padres como el mundo en que ella vive ahora distan mucho del ideal de libertad, y considera imprescindible intentar comprender por qué. Así lo manifiesta en las palabras con que concluye su obra: «He escrito mi historia para explicar, para reconciliar y para continuar la lucha.»


Libre
nos presenta de un modo ameno, irónico y, en momentos puntuales, incluso humorístico, el modo de vida del último bastión del estalinismo en Europa, y la celeridad con que se hundieron sus supuestamente sólidos cimientos, así como los estragos causados por la aplicación de un capitalismo feroz. La autora expresa su convicción de que  “nunca se eligen las circunstancias bajo las que se desarrolla la historia”, y que resulta muy fácil cuestionar cualquier sistema o ideología y recalcar su distancia de la verdad. De este modo justificamos su fracaso, quitando peso  ̶ y esto es lo grave en su opinión ̶  a la responsabilidad individual, negando así “nuestra libertad interior: la libertad de hacer lo correcto”.

Recuperar la conciencia irrenunciable de esa libertad y actuar en consecuencia parece ser esa lucha en la que Lea Ypi con Libre se muestra dispuesta a continuar, adoptando como punto de partida la reflexión sobre las sabias palabras de su abuela: «Cuando nos resulta difícil ver con claridad el futuro hay que pensar qué podemos aprender del pasado.» El resultado de esa indagación en la memoria particular y familiar en paralelo a la reconstrucción de la historia reciente de Albania es este libro, una obra, a mi juicio, honesta, lúcida, comprometida y muy personal.


domingo, 27 de julio de 2025

Carcoma

 (de Layla Martínez).


Aquí tenemos la última reseña de este curso que, como siempre, nos presenta Josune con su habitual elegancia y acierto. Gracias.


Reseña sobre Carcoma, de Layla Martínez

            La última lectura de este curso nonos ha dejado indiferentes y ha despertado reacciones encontradas: ha provocado tanto entusiasmo en unos como desagrado en otros. Creo que ha sido más numeroso el grupo de quienes la han elogiado poniendo el acento en su sorprendente visceralidad, en la descarnada expresión del odio que corroe a los miembros de una familia y a su propia casa, y de la venganza en que desemboca ese odio, planteada como irremediable.

            La historia está narrada en primera persona por las voces de abuela y nieta, que se van alternando y que resultan indistinguibles, lo cual puede considerarse un fallo importante desde el punto de vista de la construcción de la novela o algo que la autora hace a propósito, acaso con la intención de intensificar el corrosivo resentimiento que comparten. Particularmente, yo me inclino por la primera opción. Reconozco, no obstante, un buen manejo de la lengua e indiscutible fluidez en un relato donde menudean fragmentos  ̶ enumeraciones sobre todo ̶  sin signos de puntuación, en un loable y eficaz intento estilístico de mostrar las palabras brotando “desde las tripas”, tal como alguien muy gráficamente señaló.

            La casa interviene como un personaje fundamental, con vida propia, cómplice activo de ese odio que engulle a sus moradores y por la que pasean “ángeles de verdad” que son como insectos gigantes o mantis religiosas, y sombras acechantes que se arrastran desde el suelo hasta el techo. Dada la presencia en la obra de acontecimientos sobrenaturales incorporados a lo cotidiano, debatimos sobre su adscripción al realismo mágico latinoamericano, o al subgénero de terror; probablemente, sin embargo, el parentesco literario que mejor le cuadre sea el de su vinculación con el tremendismo de Cela, por ejemplo, por la crudeza y la brutalidad presentes en varias situaciones y la atmósfera opresiva que se respira en el lugar.

         


   El trasfondo de la obra es la denuncia de la injusticia social mostrada como una realidad antigua e inamovible, en tanto abuela y nieta mantienen la misma queja e idéntica actitud, a pesar de la distancia cronológica que separa sus vivencias. En mi opinión, el tratamiento de este tema es parcial y tópico. El abuso y el desprecio de los ricos hacia quienes les sirven se presenta como un hecho indiscutible, sin fisuras ni matices. Al igual que la conducta de cada uno de los personajes, que obedece más a consignas de clase que a un carácter individual y complejo.

También hubo discrepancias al valorar la verosimilitud del ambiente rural donde se desenvuelve la historia. La nieta pertenece a nuestro presente, pero parece anclada en la misma queja proferida por su abuela, como si, a pesar del paso del tiempo, no se hubiera operado cambio alguno, lo cual creo que resulta difícilmente creíble. No se identifica la población, pero se alude a Cuenca como la capital más próxima y también se menciona Madrid; es decir, no se trata de una localización remota que podría justificar el estatismo en los comportamientos y la perpetuación de actitudes despreciables. Sin embargo, hubo quien alabó la descripción de esa atmósfera propia de los pueblos, y la consideró reconocible en la actualidad.

Algunos hechos no quedan aclarados. Por ejemplo, lo que tiene que ver con el eslabón intermedio entre las dos narradoras, hija de una y madre de la otra, la bellísima mujer que volvió transformada tras su desaparición (se la llevaron, aunque no acabamos de saber quiénes ni qué fue lo que ocurrió). Resulta especialmente terrible la venganza que la joven ejecuta sobre el niño al que cuida, el cual acaba encerrado tras los muros de la casa maldita, igual que el bisabuelo que la mandó construir y que sembró con su brutalidad la carcoma del odio: «En esta casa no se hereda dinero ni anillos de oro ni sábanas bordadas con las iniciales, aquí lo que nos dejan los muertos son las camas y el resentimiento. La mala sangre y un sitio para echarte por la noche, eso es lo único que puedes heredar en esta casa.» (p. 11)

Quiero destacar dos afirmaciones vertidas en la tertulia con las que estoy completamente de acuerdo: “el odio se aprende” y “la carcoma (el odio) se trata, se combate”. La primera idea queda de sobra demostrada y expresada en la novela: «La vieja tiene razón cuando dice que en esta casa se nos come la rabia, pero no es porque nazcamos con algo torcido dentro. Se nos va torciendo luego, poco a poco, de apretar los dientes.» (p. 98) En cambio, no se concede el menor espacio para la segunda, y considero que esta es la razón de que pueda  resultar tan ardua y agobiante su lectura, y tan cruel la venganza ejecutada sobre el niño, inocente al fin y al cabo.

En el contraste de nuestras opiniones se puso de manifiesto el desconcierto que causa siempre el odio en quien no lo padece aunque sabe identificarlo en otro, y la compasión que despierta, como la que puede provocarnos una enfermedad impensable desde un estado de salud, pero a la vez temible en el reconocimiento de la vulnerabilidad que nos envuelve. Nos espanta y nos duele el odio como concepto; sin embargo, encarnado en alguien, en el fondo quizá lo comprendemos.


Hubo unanimidad al destacar el acierto del título y la belleza de la portada del libro, cuyo éxito no admite discusión: se han vendido más de 30.000 ejemplares y ha sido traducido a más de dieciséis idiomas. Por último, antes de realizar nuestra tradicional votación de cierre del curso, comentamos que ha sido esta una temporada de altísimo nivel, por lo que no parecía nada fácil elegir una sola obra y una sola tertulia. Aun así, lo hicimos: La clase de griego, de Han Kang, resultó la obra ganadora y, como tertulia, la de Un caballero en Moscú, de Amor Towles.

Un año más  -y en marzo pasado cumplimos diecinueve ̶  ha sido un placer sentarnos en nuestro Sofá a conversar a partir de lo que hemos acordado leer. Qué suerte tenemos de que las reservas del vicio que compartimos sean inagotables…

Nos encontraremos el 14 de octubre, martes, con Libre, de Lea Ypi.

¡Felices lecturas y buen descanso estival a todos!

 

  

miércoles, 25 de junio de 2025

El tiempo de las moscas

 (de Claudia Piñeiro)


Refrescantes como siempre nos llegan las palabras de Josune para aliviarnos los sofocos estivales. Gracias por tu crónica, querida nuestra. 


Reseña sobre El tiempo de las moscas, de Claudia Piñeiro

Coincidimos, en general, en considerar El tiempo de las moscas como una narración entretenida, que capta de inmediato el interés del lector y mantiene con eficacia una intriga cuyo desarrollo, un tanto forzado e inverosímil, lleva a cuestionarse su valor como “novela negra”, etiqueta que en principio le podría cuadrar. La obra contiene una suma de ficción, documentación teórica y reflexión que algunos alabaron y otros, en cambio, no acabamos de ver bien ensamblada.

Inés Experey, la protagonista, mató a la amante de su marido y ha estado por ello  durante quince años en la cárcel. Cumplida su condena, intenta llevar una vida normal y se dedica al control de plagas con una empresa propia (MMM, iniciales de Muerte, Mujeres y Mosca, el insecto preferido de Inés, sobre el que se nos proporciona exhaustiva información). El ofrecimiento, por parte de una clienta, Susana Bonar, de una importante cantidad de dinero a cambio de un veneno con el cual eliminar, según ella dice, a quien quiere llevarse a su marido, supone una gran tentación para Inés. Si aceptara, se despejaría económicamente su futuro a la vez que se resolvería el problema de la Manca, su socia y amiga, que ha de tratarse un bulto en el pecho y no dispone de capital para hacerlo con la urgencia que debería. Sin embargo, si el envenenamiento tuviera éxito y quedara relacionado con ella, podría volver a la cárcel, algo que de ningún modo se siente capaz de aceptar. Y así, con el fin de minimizar riesgos, ella misma y la Manca, investigadora privada, tratan de recoger información sobre la señora Bonar. El descubrimiento de que Laura, la hija de Inés, está relacionada con Susana incrementa la tensión de la intriga; sin embargo, esta flaquea con la sorprendente y atrevida estrategia ideada por Rody 2, primo y colaborador de la Manca, para sonsacar a Guillermina, la hija adolescente de Laura y nieta, por tanto, de Inés, cuya existencia esta desconocía.


La acción va creciendo a un ritmo trepidante y las piezas acaban de encajar al revelarse que Timo (antes Tamara), hijo de Susana Bonar e íntimo amigo de Guille, había cambiado de sexo, hecho que su madre no aceptó jamás. El chico acabó suicidándose y la señora Bonar culpó al colegio y sobre todo a Laura, la psicopedagoga. El veneno, en realidad, lo quería para vengarse de Laura matando a Dante, su bebé. La trama concluye en un desenlace que podemos considerar feliz: la oportuna intervención de Inés y la Manca evita la tragedia, Guille muestra interés por relacionarse con su abuela, de la que hasta ese momento nada sabía, y la Manca es intervenida y tratada a tiempo. Cabe destacar lo increíble que resulta el modo en que las dos amigas consiguen que el doctor Ortiz les devuelva el dinero cobrado por la operación y el tratamiento oncológico: amenazándolo con una pistola, ni más ni menos. Si, como alguien sugirió de pasada, hay sentido del humor en la novela, tal vez habría que valorar este episodio desde la comicidad. No se me ocurre otra explicación a semejante giro.

Al final de la tertulia mencionamos varias cuestiones en las que apenas habíamos recalado y que hubiera sido interesante y necesario comentar: la maternidad como experiencia conflictiva  ̶ así la vive Inés, que nunca se entendió con su madre ni tampoco con su hija ̶ , los capítulos en los que, a modo de tragedia clásica, interviene el coro y se abre un debate sobre lo que va aconteciendo, el tema del cambio de sexo en adolescentes… No profundizamos en nada de todo esto y, en cambio, sí nos detuvimos largamente en el controvertido asunto del lenguaje inclusivo, practicado por la autora en varias ocasiones (a través del narrador o de su protagonista) y que enlaza con el enfoque feminista subyacente en su novela y claramente explicitado en los capítulos de corte ensayístico. Indiqué entonces y repito ahora que ha sido la primera vez que he observado el desdoblamiento de género en una obra literaria, y me ha causado, tal como afirmé en la tertulia, una irritación superior incluso a la que me despierta esta práctica en la comunicación cotidiana. He detectado en su empleo la misma incongruencia que percibo en el uso oral, pero ahora con la ventaja de que, al aparecer negro sobre blanco, he podido subrayarla a fin de reflexionar sobre ella. Considero incongruente el desdoblamiento cuando se realiza al comienzo de un texto escrito, o de una intervención oral, y deja de hacerse en el desarrollo posterior en las palabras afectadas por la concordancia, fundamentalmente determinantes, adjetivos y participios en función adjetival. Sirva como ejemplo esta expresión presente en las últimas líneas de la página 90: «(…) juraría que la conductora del noticiero es una de los tantos y tantas retratados en el pasillo de la señora Bonar.» Si se toma la molestia de añadir “y tantas”, ¿por qué se conforma con el genérico en “retratados” y no completa con “retratadas”?


Otro ejemplo: al final de la página 96 y al principio de la 97 escribe «sus padres madres» y «los pibes y las pibas». En el último párrafo de esa misma página 97 aparece esto: «como hace un médico cuando te manda a un especialista». ¿Por qué no «como hace un médico o una médica cuando te manda a un o una especialista»?

Creo que son muy de agradecer estas “incongruencias” o “despistes”, porque, cuando la autora se emplea a fondo y lleva cuidado, el resultado es tan insufrible, a mi juicio, como el conseguido en la redacción del aviso de Inés a sus clientes de que interrumpe por unos días su servicio (páginas 110 y 111). Opino que la práctica incompleta de la medida obedece a la innecesaria artificiosidad que supone y frente a la cual la misma lengua parece defenderse conduciendo al emisor por la senda de la naturalidad.

Pertenezco a esa parte de la población que reivindica el uso del genérico (que no masculino) en aras de la economía del lenguaje y de su fluidez esencial, con el fin de facilitar al emisor del discurso la posibilidad de concentrar su atención en el contenido y en la corrección formal de las ideas que trata de expresar, liberado de la tediosa carga del desdoblamiento de género. Siempre me sentí incluida en el genérico; jamás se me ocurrió no estarlo, y la obsesión por el desdoblamiento no ha dejado de parecerme más una invención de carácter ideológico que un ajuste lingüístico. En la tertulia fuimos varios los valedores de esta postura, y recordamos, además, que ha sido avalada desde el principio por la RAE. El debate, por supuesto, surgió, y en él expusieron sus argumentos quienes defendieron como absolutamente necesario el lenguaje inclusivo en tanto concede a las mujeres una visibilidad lingüística de la que, en su opinión, carecían, y otorga justo protagonismo a la condición femenina en ámbitos de la realidad por ella dominados. La alusión al colectivo de enfermeras ilustró este planteamiento.

Debo resaltar la esclarecedora intervención de Lluís, quien, con su mesura y brillantez habituales, describió sus dudas sobre el tema, acrecentadas por el criterio de autorizadas voces feministas provenientes del mundo universitario que muestran su hartazgo por la obligación de esta práctica a la vez que denuncian su carácter de imposición. La polémica, por tanto, es real y, aunque desconocemos en qué sentido se resolverá, me pareció curioso que en las dos posturas exista el convencimiento de que es la otra la que está vencida.

Asumo la responsabilidad de haber dificultado, al abordar este asunto, un debate literario más completo sobre El tiempo de las moscas, y quiero insistir en el motivo: es la primera obra narrativa en la que he observado su aplicación, y el tema no me parece menor. Por otro lado, se me ocurren pocos lugares donde podamos polemizar con la libertad y el respeto con que lo hacemos en nuestro Sofá, y, al margen de cuánto nos haya gustado la novela y de la opinión que su calidad nos ha merecido, además de la amenidad de la trama y la variedad de sus reflexiones y propuestas temáticas, hemos de agradecerle a la autora que nos haya brindado la oportunidad de intercambiar opiniones sobre la controversia suscitada por la práctica del lenguaje inclusivo, mucho más compleja de lo que ha quedado referido en estas líneas. Seguro que dispondremos de otras ocasiones para continuar debatiendo.

miércoles, 14 de mayo de 2025

Cuidar de ella

 (de Jean-Baptiste Andrea)


Recién salida del horno nos llega la reseña de Josune sobre la última novela que comentamos. Como siempre, gracias por tu prosa que nos hace revivir momentos tan literarios como amenos.



Reseña sobre Cuidar de ella, de Jean-Baptiste Andrea

                     No imaginaba que me sentaría a escribir sobre lo que comentamos en torno a Cuidar de ella cuando Italia, Roma y el Vaticano aparecen a todas horas en los medios informativos y la imponente Plaza de San Pedro se ha convertido en lugar de peregrinación para creyentes, turistas y corresponsales del mundo entero. Motivos religiosos y políticos convierten la muerte de un Papa en un acontecimiento de extraordinaria repercusión y en la excusa para la escenificación de una liturgia que, confesiones al margen, constituye todo un espectáculo y una oportunidad para contemplar edificios, frescos y esculturas de un valor y una belleza apabullantes. Ayer, en la tele, un periodista que se reconocía no creyente aludía a este hecho y venía a decir que, a falta de fe, la experiencia estética era el mejor y más intenso de los sucedáneos en el universo espiritual. Tal vez no le falte razón…

                     Resulta más que comprensible, pues, que el protagonista de la novela que nos ocupa, Michelangelo Vitaliani, Mimo, un hombre enano dotado de un excepcional talento para esculpir, lograra alcanzar éxito y reconocimiento bajo el cobijo de la Iglesia en la figura del entonces cardenal Pacelli (luego Papa Pío XII), y con el apoyo y mecenazgo de la poderosa familia Orsini. La obra, con claras resonancias de la picaresca, recuerda en algunos aspectos a El nombre de la rosa y a Bomarzo. A la primera, en tanto novela de aprendizaje y con un trasfondo filosófico y teológico; a la segunda, en el ambiente artístico, en las intrigas palaciegas y en las  peculiaridades del narrador, que en la obra de Mujica Láinez se trata de un jorobado, el duque Pier Francesco Orsini (reseñable coincidencia también la del apellido).

                     Cuidar de ella ha sido considerada por la mayoría de nosotros una novela entretenida, agradable y fácil de leer. Hubo quien justificó su decepción  por la superficialidad con que se perfila el contexto histórico y la inexactitud de algunas apreciaciones de carácter artístico, algo en lo que otros no habíamos reparado, habida cuenta de que nos hallamos ante una obra de ficción que, por más que aluda a hechos acontecidos a lo largo del siglo XX, no nos ha parecido una novela histórica. Es cierto que nadie la defendió como una creación sobresaliente y se entabló un interesante debate sobre si reúne o no la calidad exigible al galardón que ha recibido, nada menos que el Premio Goncourt de 2023. Parece que, en general, nos cuesta abandonar la inercia de creer que los premios célebres y prestigiosos avalan siempre la excelencia, cuando quienes conocen los entresijos de los mismos atestiguan el interés económico que persiguen,  de modo que las posibilidades de éxito comercial constituyen un criterio esencial en su concesión, sin que ello signifique, sin embargo, que las obras premiadas, si funcionan comercialmente, hayan de ser necesariamente malas. En absoluto. Creo que el asunto es más complejo que todo eso y, en cualquier caso, hablamos de la novela desde nuestra experiencia lectora, con o sin Goncourt.


                     El principal acierto de la obra radica posiblemente en la peculiar pareja protagonista: Mimo y la excéntrica Viola Orsini, dueña de una mente prodigiosa que condiciona su personalidad, su afán de conocimiento y sus anhelos de libertad, identificados con su obsesión por volar. Ella es la que va completando la formación y puliendo el talento de Mimo a través de los libros que le presta y al compartir con él sus amplios conocimientos y su sensibilidad artística. Con casi catorce años se hacen el mutuo juramento de “no dejarse caer ni decepcionarse nunca”, en tanto él la ayudará a volar y ella lo ayudará a él “a convertirse en el escultor más grande del mundo”. El relato se sostiene en la fortaleza de la amistad y el cariño que se profesan, a pesar de sus épocas de distanciamiento, ocasionados por enfados y traiciones puntuales. Cada uno de ellos será protagonista de su historia individual. Mimo logrará salir de la penuria y la marginación, y conocerá las mieles del éxito y los privilegios que conceden el dinero y el trato con los poderosos. Viola quedará maltrecha tras el fracaso de su empeño en volar e intentará someterse a las servidumbres impuestas por su clase social y su condición femenina. Ambos se traicionarán a sí mismos pero hallarán el modo de redimirse cuando el declive del fascismo y el triunfo de los aliados en la Segunda Guerra Mundial están próximos. Viola jamás perdió la lucidez y supo verle las garras al monstruo desde el principio, mientras Mimo, entregado a una vida de excesos, dio rienda suelta a su genio creador y a la peor versión de sí mismo. Lo ocurrido en el acto de entrega de la medalla que lo convierte en miembro de la Real Academia de Italia obedece a un plan orquestado por Viola y ejecutado por su amigo como venganza a la ignominia y los horrores perpetrados por los nazis con el apoyo del fascismo italiano.

                     El otro gran acierto del libro radica en la habilidad con que la intriga que rodea a “ella” determina la estructura de la obra, de modo que la narración comienza cuando Mimo se halla a las puertas de la muerte en un monasterio en el que ha vivido durante cuarenta años sin haber pronunciado los votos. Algún misterio de carácter espiritual o sobrenatural se cierne sobre el personaje y sobre “ella”, y el interés crece cuando empezamos a conocer la historia del narrador desde sus orígenes. Por otro lado, la acción aparece perfectamente secuenciada y sin decaimiento, tras lo cual es fácil adivinar la experiencia cinematográfica de Jean-Baptiste Andrea como actor, director y guionista. Hay una gran plasticidad e innegable dinamismo en la sucesión de acontecimientos sin menoscabo de la forma, sustentada en un estilo cuidado y sencillo que contribuye a la fluidez del relato.

            Ya he señalado que hubo contraste de pareceres en la tertulia a propósito de la cuestión artística, superficial y poco documentada para algunos, mientras que otros ensalzamos el sutil detallismo con que se describen las esculturas realizadas por Mimo, como el san Pedro encargado por Pacelli o el san Francisco con expresión de estar experimentando cosquillas. Por otro lado, también resulta eficaz la alusión al asalto sufrido por la Pietà de Miguel Ángel por parte de Laszlo Toth y la hipótesis de que, en realidad, el húngaro quería atacar la Pietà Vitaliani, pero, como no la encontró, se lanzó contra la de Buonarotti. Al ver el peligro, el Vaticano decidió ocultarla, a “ella”, esa escultura cuya contemplación provoca extrañas y confusas reacciones, incluso excitación sexual. Se abre una investigación en la que llega a intervenir un exorcista.  El misterio, como en las intrigas de corte clásico, se desvela al final: “(…) el cuerpo yaciente es el de una mujer, por muy andrógina que sea, con clavículas de mujer, pecho de mujer, caderas de mujer. El ojo espera a un hombre, ve a un hombre, pero todos los sentidos registran una feminidad tanto más explosiva cuanto que es casi invisible, un hálito de vida roto por los fanáticos que lo han crucificado. Algunos espectadores lo aceptan y se encogen de hombros. Otros, en cambio, los más sensibles, experimentan una reacción violenta, que a veces se acerca al deseo, inexplicable, incongruente para quien no ha entendido, es decir, para todos. Buscaron al diablo, buscaron la ciencia y qué sé yo cuántas cosas, cuando solo estaba Viola. Viola, a quien yo mismo, sin querer, había traicionado y negado con tanta fuerza  como para hacer llorar a san Pedro.” (p. 448)

            Original resolución que, a mi juicio, no precisaba más, aunque son las siguientes líneas las que clausuran el asunto: “Me habíais encargado una Piedad para reconciliaros. La Virgen que llora el cuerpo maltrecho de Cristo. Pues aquí está: si el Cristo es sufrimiento, mal que os pese, el Cristo es una mujer.” (p. 449). Creo que el autor sucumbe a la tentación de un guiño feminista demasiado explícito y tal vez innecesario, pues el personaje de Viola encarna desde el principio la reivindicación de una libertad que le es negada. Su sueño de volar, su grave accidente cuando lo intenta, la identificación de sí misma con un “dodo” (ave que no vuela) constituyen en conjunto una metáfora evidente, desplegada en el hermoso poema interceptado por su necio y cruel marido, y que con insistencia reitera estas palabras: “Soy una mujer de pie”, y anima a la mujer del futuro, a aquella que ni siquiera ha nacido, a hacer lo que tantas otras hicieron antes: “caer de las nubes y volver a levantarte”.

Y así la Pietà Vitaliani, la obra cumbre de Mimo, se yergue en esta novela como la firme expresión del sufrimiento, la compasión, el amor y la belleza. Con “ella” su talentoso autor rescata de los escombros a quien fue su amiga leal, salvadora y mecenas, cuya mano, la primera vez que la tomó, lo convirtió en escultor  ̶ “(…) fue en ese momento, el de nuestras palmas aliadas en aquel conciliábulo de maleza y lechuzas, cuando me vino la intuición de que tenía algo que esculpir” ̶ , y la hace vivir para siempre al cincelar en una enigmática figura la marmórea firmeza de su alma, genuina y libre.