(de Delphine de Vigan y Raúl Quinto)
Llega el ya tradicional extra veraniego doble, con las reseñas de las dos últimas tertulias al precio de una. Refrescante como siempre, la voz de Josune nos transporta con sus alas al evocador universo literario. Disfrutad de su relato y, como siempre, gracias, Josune.
Reseña
sobre Las gratitudes, de Delphine de
Vigan
La lectura de esta delicada y conmovedora novela nos brindó
la oportunidad de conversar sobre la gratitud, una de las más bellas emociones
de la vida, en tanto nos mueve a conceder valor y reconocimiento a algo que nos
ha sido dado. Se nos enseña desde la infancia a dar las gracias, sobre todo por
aquello que recibimos como señal de simpatía, afecto o generosidad, y más
efusiva y reiteradamente cuanto más inesperada es la dádiva y sorprendente su
procedencia. La necesidad de agradecer puede incomodarnos por cuanto acarrea a
veces un sentimiento de deuda que no sabemos cómo manejar, pero que, por otro
lado, impone en nuestra balanza vital un saldo positivo por encima de nuestras carencias
y fracasos.
A mi juicio, uno de los mayores aciertos de la obra lo constituye el trío de protagonistas. En el centro de la trama, Michka, una anciana que se ve obligada a ingresar en una residencia geriátrica, a la cual visita la joven Marie y a quien trata Jérôme, el logopeda que intenta frenar la afasia que la aqueja y que la lleva a confundir las palabras. La autora proporciona sobre los tres la información imprescindible para abordar, además del tema de la gratitud, el de los inconvenientes de la vejez, el de la necesidad de comunicación como insustituible anclaje de la vida, y el de los sólidos vínculos que los seres humanos somos capaces de establecer al margen de la propia familia.
Sobre
Michèle (Michka) Seld sabemos que es una culta mujer judía que ha trabajado en
un periódico como correctora. Hace tiempo que intenta encontrar al matrimonio
que de niña la acogió y escondió en su casa durante la ocupación alemana, con
el fin de agradecerles que le salvaran la vida. Marie y Jérôme la ayudarán a
ello. A su vez Marie contó desde su infancia con la generosa ayuda de su vecina
Michka cuando su madre, por motivos no detallados, se ausentaba, de modo que se
siente en deuda con ella y le profesa un gran cariño. Por su parte Jérôme,
huérfano de madre, mantiene una conflictiva relación con su padre, al que hace
tiempo que no ve. Él siente que no es el hijo con el que su padre soñó. Michka
lo empuja a reconciliarse con él, a comunicarse, a decir…
Tanto
Marie como Jérôme muestran una gran delicadeza y respeto hacia la vejez. La
contemplan como una realidad que les concierne, con la lucidez de quien sabe
que llegar a ella es una mera cuestión de tiempo. «Envejecer es aprender a perder», expresa Jérôme en uno de los
capítulos más hermosos del libro. Consciente del valor vital de la capacidad de
comunicación, su trabajo de logopeda pretende ralentizar la pérdida paulatina e
imparable de las palabras. Intuye el inminente final de Michka cuando percibe
que la anciana se ha rendido: «Las
palabras han desaparecido y las imágenes no consiguen reemplazarlas. Su voz,
asfixiada por el yugo de la derrota, se desintegra. Obstáculos desconocidos le
obstruyen el paso. Masas oscuras, igualmente innombrables. Ya nada puede
compartirse. (…) Busca en mis ojos un indicio, una clave, un atajo. Pero mis
ojos no le ofrecen ninguna ayuda, ningún desvío. La ruta está cortada. El hilo de la comunicación se ha
roto. El silencio le ha ganado la partida. Y ya nada la retiene.»
Hubo
diversidad de opiniones sobre el tratamiento que la autora concede a la afasia
de Michka. Algunos consideraron que se trata de una perspectiva demasiado amable,
alejada de la extraordinaria dureza de esa circunstancia. Se diría que las divertidas
confusiones de Michka configuran un ingenioso juego que colorea la irremisible
oscuridad del silencio final. En cualquier caso, en esta obra se advierte la
convicción de que “el decir” nos amarra a la vida y, en la intensidad y
precisión del estilo con que se aborda el tema, Las gratitudes recuerda un poco a La clase de griego, de Han Kang. Me parece que las dos novelas
comparten un indiscutible lirismo y una encomiable audacia al abordar el
asunto.
No quiero concluir sin destacar la conversación en que Marie comparte con Michka los miedos que la embargan ante su próxima maternidad, que afrontará en solitario. Lejos de animarla a eliminar esos temores, la anciana le hace ver que tener miedo por otro constituye una gran suerte, en tanto nos obliga a desviar la atención de nosotros mismos y nos convierte en una persona mejor. Nuestro mundo se abre, se complica, se humaniza cuando alguien se cruza en nuestro camino y nos empuja a actuar porque tememos por él y lo que le ocurre nos importa. Así le sucedió a ella misma al conocer a la pequeña y desprotegida Marie, quien crece sabiendo que su vida es la que es gracias a la generosidad de esa vecina que le abrió la puerta de su casa y le ofreció la seguridad de la que ella en ese momento carecía. Ahora, cerca del final, es Marie quien cuida y protege a Michka. Y en el pasado, cuando Michka no tenía más que siete años, Nicole y Henri Olfinger la escondieron en su casa salvándola de una muerte segura y precedida del horror más inconcebible. Las pesquisas acometidas por Jérôme le permiten a Michka poder cumplir su deseo de dar las gracias a través de una breve carta dirigida a una Nicole casi centenaria y asombrosamente lúcida.
En
el fondo, la gratitud brota al reconocer los abismos que hemos ido sorteando
aferrados a la mano de alguien que emerge de repente en medio de la niebla y nos
sostiene. Sentir agradecimiento es celebrar la vida, respirar despacio el
alivio insuflado por un viento propicio que más adelante nos conducirá hasta otro viajero perdido para convertirnos en su decisivo
apoyo. Escondido tras la fatigosa incertidumbre de la existencia, un azar
benévolo y misterioso parece empeñado en mostrarnos una salida. Creo que, por
encima de todo, esto es lo que Delphine de Vigan ha querido expresar con esta
novela de vidas trenzadas y buenos sentimientos. Y la perspectiva resulta tan
alentadora que cuesta muy poco darle las gracias.
Reseña sobre Martinete del rey sombra, de Raúl Quinto
El pasado miércoles 1 de julio cerramos el curso
tertuliano 2025/2026 comentando esta premiada novela que aborda un tema
interesante y poco trillado, el de la persecución a que fueron sometidos los
gitanos en el siglo XVIII, durante el reinado de Fernando VI.
Coincidimos en destacar el indiscutible esmero estilístico que la caracteriza y que revela, por su intensidad y por la profusión de construcciones sintácticas breves, la condición de poeta de su autor, sobre todo en los capítulos centrados en la descripción de las atrocidades infligidas a la población gitana, de manera que la lectura de esta parte resulta especialmente densa y dificultosa, en contraste con el otro bloque constitutivo de la obra, el de la vida de la Corte, mucho más fluida desde el punto de vista narrativo.
Alguien mencionó los significados del término que
encabeza el título y conviene destacar la pertinencia de dos de ellos: martillo
pesado que se usa para golpear metales o cuero, y canto flamenco proveniente de
las antiguas fraguas gitanas y que se canta “a palo seco”, sin guitarra ni
música de fondo, de modo que solo se escucha la voz del cantaor y el sonido del
martillo sobre el yunque. Se diría que ambos sentidos aluden al efecto
dramático logrado por el autor en el relato protagonizado por ese “pueblo de tinieblas” que tanto recelo
despierta allá donde acampa con su incorregible itinerancia y su rechazo a la
vida convencional: «Quiénes son estos
seres cuya mera existencia es ya una forma declarada de disidencia para las
otras naciones de Europa. Los hay por todas partes y de todas partes quieren
expulsarlos.» Como la del cantaor, la voz de Raúl Quinto entona un lamento amargo
y repetitivo que golpea la sensibilidad del escuchante-lector en una atmósfera
lorquiana presidida por la luna, gitana también y cómplice doliente ̶ los
ecos del Romancero acompañan con su
inconfundible latido ̶ .
Estuvimos de acuerdo en resaltar la amenidad con que se
refleja la vida en la Corte, así como el acierto con que son descritos sus
protagonistas, empezando por los principales, el rey Fernando VI (el chico triste de los hermanos muertos)
y la reina, Bárbara de Braganza (la chica
a la que no dejaban salir a la calle de tan fea). Cabe destacar la belleza
de las páginas alusivas a la complicidad que siempre mantuvieron, igual que
aquellas en que se plasma el intenso dolor que embarga al monarca durante la
enfermedad de su esposa, así como la negra soledad y el desvarío que lo atrapan
tras quedar viudo: «El rey es un desecho,
una segregación ridícula del pánico, hecha de carne y basura. Intenta
suicidarse varias veces con tiras de tela rasgada de sus camisas, aprieta su
garganta con la esperanza de ahorcarse, pero no tiene ni fuerzas ni agallas, y
sólo sabe llorar.»
Resulta evidente la trabajosa labor de documentación de
la que parte el autor para reflejar con tanto detalle el prendimiento y arresto
de toda la población gitana ejecutados en la larga noche del 30 de julio de
1749, en cumplimiento de la orden firmada por el Marqués de la Ensenada. «El objetivo era la salud del reino, la
desinfección y el exterminio.» Se nos ofrece una completa semblanza del
pueblo gitano desde sus inciertos orígenes, pasando por las cuatro etapas en
que los estudiosos dividen su historia, siempre basada en hipótesis. Además, Raúl
Quinto no pierde ocasión de relacionar esta masacre con otros episodios de
nuestra historia en que desde el poder se instala y propaga la obsesión por la
pureza, racial, religiosa o de otra índole, como aquella dirigida en tiempos de
los Reyes Católicos contra judíos y musulmanes. Este paralelismo subraya la
reiterada tendencia a condenar y apartar a determinada colectividad, y vuelve a
destacar a los gitanos como destinatarios preferentes de la exclusión no solo
en España sino en toda Europa. Mantuvimos un interesante debate en torno a las
peculiaridades de sus tradiciones y de su cultura, que a menudo suponen una
dificultad, a veces insalvable, para su integración, algo que hemos constatado
frecuentemente en nuestros institutos.
La novela da cuenta de cómo el plan se les fue yendo de las manos a sus ejecutores y del modo en que aquel perverso empeño deviene en rotundo fracaso. Siendo rey el hermanastro de Fernando VI se declarará el indulto general para todos los gitanos que seguían presos. «Nunca terminó de acabar esa noche. El dolor es largo, pero siempre lo arrasa el olvido.» Hasta que alguien golpea con la palabra el pesado yunque de la desmemoria y el humo negro de la infamia queda cifrado en la verdad y la belleza de la buena Literatura, a la que Martinete del rey sombra pertenece con todo merecimiento.
Y llegamos al final de la sesión con la tradicional
votación de cierre del curso. Salió elegida como mejor obra Volver la vista atrás, de Juan Gabriel
Vásquez, y como mejor tertulia la correspondiente a Libre, de Lea Ypi. Un año más
̶ y en marzo cumplimos veinte ̶
ha sido un placer haber compartido estos ratos de estimulante
conversación en nuestro Sofá.
Acordamos iniciar la próxima temporada con El verano en que mi madre tuvo los ojos
verdes, de Tatiana Tîbuleac. Comunicaré la fecha más adelante.
¡Feliz resto de verano y felices
lecturas a todos! Nos vemos en otoño, cuando ya no apriete el calor…















