jueves, 7 de mayo de 2026

Anhelo de raíces

(de May Sarton)


Aquí está la nueva reseña elaborada por Josune con su mimo y cuidado habitual. Gracias, como siempre. 



Reseña sobre Anhelo de raíces, de May Sarton

            Anhelo de raíces es un libro de memorias que tiene como centro el proyecto de su autora, a finales de la década de los cincuenta, de convertir una casa de campo del siglo XVIII en su verdadero hogar: «El 7 de junio de 1958 firmé las escrituras y me convertí en dueña de una casa en ruinas, un granero y treinta y seis acres en un remoto pueblo de New Hampshire, un pueblo del que no sabía absolutamente nada.» Ese pueblo es Nelson, situado a dos horas de Boston.

            Fuimos varios los que expresamos falta de entusiasmo por esta obra y lo costosa que en determinados tramos nos resultó su lectura, y, como suele ocurrir en nuestro Sofá, otros tantos manifestaron lo mucho que habían disfrutado con ella. Y así celebramos, una vez más, una interesante y enriquecedora tertulia.

May Sarton detalla pormenorizadamente las reformas que emprende en la casa, las dificultades a las que debe enfrentarse y el modo en que, con ayuda de otros, las va resolviendo. Especial protagonismo adquiere el jardín, cuya creación será lograda con la imprescindible colaboración de Perley Cole, quien se ofrece a trabajar para ella. «Poco a poco, lo que había sido una granja abandonada se fue convirtiendo en una pequeña hacienda.» Es ella la experta en flores  ̶ zinnias, caléndulas, peonías… ̶ , y será él quien cave enormes agujeros para plantar, pode los árboles, abone con cal, recorte el césped y sus bordes, y cuide de la casa y el terreno cuando ella se ausenta.

Cabe destacar la importancia que para la autora tienen sus muebles y los objetos decorativos que irá colocando: el escritorio de su madre, la cómoda donde guarda la ropa de cama, la larga mesa de comedor, el sillón orejero, el enorme y viejo bahut (aparador), los grabados japoneses, el jarrón azul oscuro estampado con flores blancas, tres platos chinos azules… Cada mueble y cada objeto contienen su historia y aportan el afecto de un regalo o de un recuerdo: «De repente me di cuenta de que lo que había traído a la casa, la propia casa, estaba haciendo posible que por primera vez desde la muerte de mis padres los evocara con alegría. Por primera vez, la alegría con que los recordaba en mi mente podía arraigar de nuevo, tener un lugar donde echar raíces.»

En la cita anterior se alude al concepto incluido en el título como aspiración esencial, relacionado, además, con el deseo de fundir en su nuevo hogar su origen europeo (belga) y su condición de estadounidense. Se diría que el proyecto de la casa materializa su empeño de asentarse en un lugar concreto elegido por ella, de transformarlo hasta donde resulta posible, sin dejar de plegarse a las condiciones climáticas y a las peculiaridades de la naturaleza del entorno. Creo que algunas de las páginas más bellas del libro son precisamente las alusivas al paisaje y a los cambios estacionales.

Defensora de su soledad como de un territorio íntimo y sagrado  ̶ «La soledad misma es una manera de esperar que lo inaudible y lo invisible se hagan sentir. Y por eso la soledad nunca es estática ni desesperada»- , abre, no obstante, su casa a un reducido grupo de invitados así como a algunos habitantes de Nelson con los que entablará cordial relación: Bessie Lyman y su hermana Myra, la señorita Morrison (Maurie), o el matrimonio formado por Mildred y Albert Quigley (Quig). Todos ellos aparecen como personajes reales e incrementan la amenidad y el interés de este libro, que contiene también amplia referencia al oficio de escribir, principal ocupación de May Sarton, en algunos de los capítulos que a mí más me han gustado. En uno de ellos la escritura y la jardinería aparecen comparadas con gran acierto, en tanto que en ambas actividades hay que elegir: «Entre el rico material que requieren los enunciados no todo se puede utilizar. Así como uno intenta una palabra y luego otra, junta una frase para luego separarla, del mismo modo uno arregla las flores.» «¿Hay algún otro goce, salvo la jardinería, que pida tanto y dé tanto? No conozco otro excepto, quizá, la escritura de un poema. Son muy parecidos, incluso en la cantidad de desperdicio que hay que aceptar en aras a un casual y raro goce, en el caso de que se consiga. También coinciden en que ambas son pasiones que traen con ellas la renovación. Sin embargo, existe una diferencia: la poesía es para todas las edades; la jardinería es uno de los goces tardíos, ya que la juventud es demasiado impaciente y está demasiado absorta en sí misma y, por lo general, carece del suficiente anhelo de arraigo como para crear un jardín. La jardinería es una de las recompensas de la madurez (…)»


May Sarton se halla, tal como ella misma indica, en plena madurez vital y creativa (en torno a los cincuenta años) y en el capítulo siete, “Al borde de la nada”, se refiere con admirable franqueza a los demonios del escritor: «Soy feliz cuando escribo. Los demonios vuelven en cuanto me detengo a considerar lo que he escrito, cuando el crítico se apodera del creador.» Las dudas sobre la calidad del trabajo, la necesidad de reconocimiento, el juicio de los críticos profesionales, la presión y las servidumbres del éxito, el poder de determinados nombres «sin cuya aprobación no se concede ningún premio ni se publica ninguna revista»…, todo ello forma parte de la amplia reflexión concedida a un oficio que le apasiona y que atañe a su intimidad: «Lo que ocurre cuando estoy trabajando ocurre entre Dios y yo.» Por último, considera la culpa el peor de esos demonios, incontrolable cuando aparece y devastador en su formulación de enmienda a la totalidad, dando voz a la eterna e irresoluble inquietud en torno al sentido y utilidad de la creación artística: «¿Cómo puedo estar segura de que todos los años que he pasado sentada frente al escritorio valen la pena de verdad, comparado con lo que podría haber hecho si, por ejemplo, los hubiera dedicado a enseñar a niños desfavorecidos?»

El libro está plagado de hermosas y profundas reflexiones sobre la vida, el arte, la vejez y el paso del tiempo, y, por supuesto, la muerte. Quiero  destacar los capítulos once (“La muerte y el arce”) y doce (“Aprender sobre  el agua”). En el once refiere el fallecimiento de su amigo Quig. Describe el inmenso vacío que desencadena la desaparición de un ser querido y recuerda esa capacidad radical de la experiencia de la muerte para situarnos ante la realidad: «La muerte pone el foco en lo esencial. Lo que se nos hace patente en ese último día es difícil de expresar con palabras, escurridizo. Quizá lo que lloramos sea al hombre completo. Todos los fragmentos de una vida que a veces parece dispersarse entre demasiados dones se unen y lo vemos completo.» El capítulo doce tiene que ver, a mi juicio, con la condición impredecible e incierta de la vida. Narra las enormes dificultades que debe atravesar para conseguir extraer agua de un pozo, a la vez que experimenta una verdadera mala racha profesional: su agente le aconseja no publicar su última novela y la universidad en la que imparte cursos le comunica que no cuenta con ella en el próximo semestre, con lo cual se siente amenazada por una total inseguridad. Sin embargo, a pesar de todo, no deja de crear. Es capaz de escribir unos poemas con verdadero goce y a continuación admite que «El mundo interior, el mundo de la poesía, se nutre tanto de los malos tiempos como de cualquier otra cosa.» Y la mala racha concluye en enero de 1965. Por fin ha conseguido agua y a través del correo le llegan dos magníficas noticias: a su editor le ha encantado su obra, la va a publicar e incluso le pregunta cuánto quiere de anticipo; y la Universidad de Lindenwood le ofrece un trabajo de poeta con residencia y un salario mejor que el que percibía antes. El viento ahora sopla a su favor…

Alguien comentó en la tertulia que el detallismo en la descripción de las reformas emprendidas en la casa, por tedioso y excesivo que a algunos nos haya parecido, probablemente es necesario para mostrar exactamente eso, el proceso, más que los resultados del mismo. El asunto del agua corrobora esa perspectiva, igual que la alusión a los demonios presentes en la creación literaria. Es decir, May Sarton se propone mostrar la vida en construcción, paso a paso, con sus resistencias, tanto las que hallamos fuera como las producidas por nuestra mente y nuestras turbulencias anímicas. Tal vez el mayor acierto de esta obra resida en la honesta plasmación por parte de la autora de un tramo de su existencia en esa edad de plena madurez en que experimenta la urgencia de sentir arraigo, de vivir una soledad querida y placentera pero conectada con un lugar concreto y sus habitantes, de dar testimonio de su pasión por la escritura sin esconder ni atenuar su fragilidad y sus dudas.

El último capítulo  ̶ titulado como el propio libro, “Anhelo de raíces” ̶ contiene, a mi juicio, algunas de las afirmaciones más lúcidas y bellas de la obra, relativas al paso del tiempo, el envejecimiento y la conciencia de la muerte: «A los veinte somos inmortales; hasta los cincuenta estamos demasiado atrapados por la vida como para pensar en el final; pero de los cincuenta y cinco en adelante la índole de la vida más profunda cambia debido a este conocimiento. El tiempo de repente se hace telescópico. La vida en sí misma se vuelve más preciosa de cuanto hubiera podido serlo antes(…). Hay goces tardíos al igual que los hay tempranos. De joven, ¿quién tiene tiempo para pararse a mirar al trasluz el brillo de una amapola Shirley? El mundo exterior es solo la resonancia de los propios sentimientos. Pero, en la madurez, la luz de la tarde reflejada en el mármol de un muro blanco puede adquirir cualidad de revelación.»


Y para terminar, si nos quedaba alguna duda sobre el propósito de May Sarton al escribir Anhelo de raíces, creo que las siguientes líneas pertenecientes a sus últimas páginas lo reflejan con claridad: «Es momento de abandonar la ambición del mundo y Nelson ha sido mi modo de aprender precisamente a hacer eso.  Estuve tan absorta haciendo el jardín que apenas me daba cuenta de lo que estaba sucediendo. No ha habido ningún acto de renuncia, solo la apertura de una puerta a este nuevo silencio. Y muy sutilmente, en estos últimos años de abundancia, lo que más valoro ha cambiado, pero lo que por encima de todo valoro ha sido el giro hacia el interior de la aventura de mi vida.» Pienso que “abandonar la ambición del mundo” puede significar la necesidad de volver a casa, a la compañía de nuestras cosas, y contemplar sin prisa la luz del atardecer sobre las flores del jardín, como un velo protector que las resguarda. No es preciso renunciar a nada, pues todo está dentro, y se sostiene firme y en silencio, como las raíces de una buena siembra.