(de May Sarton)
Aquí está la nueva reseña elaborada por Josune con su mimo y cuidado habitual. Gracias, como siempre.
Reseña sobre Anhelo de raíces, de May Sarton
Anhelo de raíces es un libro de
memorias que tiene como centro el proyecto de su autora, a finales de la década
de los cincuenta, de convertir una casa de campo del siglo XVIII en su
verdadero hogar: «El 7 de junio de 1958
firmé las escrituras y me convertí en dueña de una casa en ruinas, un granero y
treinta y seis acres en un remoto pueblo de New Hampshire, un pueblo del que no
sabía absolutamente nada.» Ese pueblo es Nelson, situado a dos horas de
Boston.
Fuimos varios los que expresamos
falta de entusiasmo por esta obra y lo costosa que en determinados tramos nos
resultó su lectura, y, como suele ocurrir en nuestro Sofá, otros tantos
manifestaron lo mucho que habían disfrutado con ella. Y así celebramos, una vez
más, una interesante y enriquecedora tertulia.
May
Sarton detalla
pormenorizadamente las reformas que emprende en la casa, las dificultades a las
que debe enfrentarse y el modo en que, con ayuda de otros, las va resolviendo. Especial
protagonismo adquiere el jardín, cuya creación será lograda con la
imprescindible colaboración de Perley Cole, quien se ofrece a trabajar para
ella. «Poco a poco, lo que había sido una
granja abandonada se fue convirtiendo en una pequeña hacienda.» Es ella la
experta en flores ̶ zinnias, caléndulas,
peonías… ̶ , y será él quien cave enormes agujeros para plantar, pode los
árboles, abone con cal, recorte el césped y sus bordes, y cuide de la casa y el
terreno cuando ella se ausenta.
Cabe destacar la importancia que
para la autora tienen sus muebles y los objetos decorativos que irá colocando:
el escritorio de su madre, la cómoda donde guarda la ropa de cama, la larga
mesa de comedor, el sillón orejero, el enorme y viejo bahut (aparador), los grabados japoneses, el jarrón azul oscuro
estampado con flores blancas, tres platos chinos azules… Cada mueble y cada
objeto contienen su historia y aportan el afecto de un regalo o de un recuerdo:
«De repente me di cuenta de que lo que
había traído a la casa, la propia casa, estaba haciendo posible que por primera
vez desde la muerte de mis padres los evocara con alegría. Por primera vez, la
alegría con que los recordaba en mi mente podía arraigar de nuevo, tener un
lugar donde echar raíces.»
En la cita anterior se alude al
concepto incluido en el título como aspiración esencial, relacionado, además, con
el deseo de fundir en su nuevo hogar su origen europeo (belga) y su condición
de estadounidense. Se diría que el proyecto de la casa materializa su empeño de
asentarse en un lugar concreto elegido por ella, de transformarlo hasta donde
resulta posible, sin dejar de plegarse a las condiciones climáticas y a las
peculiaridades de la naturaleza del entorno. Creo que algunas de las páginas
más bellas del libro son precisamente las alusivas al paisaje y a los cambios
estacionales.
Defensora de su soledad como de un territorio íntimo y sagrado ̶ «La soledad misma es una manera de esperar que lo inaudible y lo invisible se hagan sentir. Y por eso la soledad nunca es estática ni desesperada»- , abre, no obstante, su casa a un reducido grupo de invitados así como a algunos habitantes de Nelson con los que entablará cordial relación: Bessie Lyman y su hermana Myra, la señorita Morrison (Maurie), o el matrimonio formado por Mildred y Albert Quigley (Quig). Todos ellos aparecen como personajes reales e incrementan la amenidad y el interés de este libro, que contiene también amplia referencia al oficio de escribir, principal ocupación de May Sarton, en algunos de los capítulos que a mí más me han gustado. En uno de ellos la escritura y la jardinería aparecen comparadas con gran acierto, en tanto que en ambas actividades hay que elegir: «Entre el rico material que requieren los enunciados no todo se puede utilizar. Así como uno intenta una palabra y luego otra, junta una frase para luego separarla, del mismo modo uno arregla las flores.» «¿Hay algún otro goce, salvo la jardinería, que pida tanto y dé tanto? No conozco otro excepto, quizá, la escritura de un poema. Son muy parecidos, incluso en la cantidad de desperdicio que hay que aceptar en aras a un casual y raro goce, en el caso de que se consiga. También coinciden en que ambas son pasiones que traen con ellas la renovación. Sin embargo, existe una diferencia: la poesía es para todas las edades; la jardinería es uno de los goces tardíos, ya que la juventud es demasiado impaciente y está demasiado absorta en sí misma y, por lo general, carece del suficiente anhelo de arraigo como para crear un jardín. La jardinería es una de las recompensas de la madurez (…)»
May
Sarton se halla,
tal como ella misma indica, en plena madurez vital y creativa (en torno a los
cincuenta años) y en el capítulo siete, “Al borde de la nada”, se refiere con
admirable franqueza a los demonios del escritor: «Soy feliz cuando escribo. Los demonios vuelven en cuanto me detengo a
considerar lo que he escrito, cuando el crítico se apodera del creador.»
Las dudas sobre la calidad del trabajo, la necesidad de reconocimiento, el
juicio de los críticos profesionales, la presión y las servidumbres del éxito, el
poder de determinados nombres «sin cuya
aprobación no se concede ningún premio ni se publica ninguna revista»…,
todo ello forma parte de la amplia reflexión concedida a un oficio que le
apasiona y que atañe a su intimidad: «Lo
que ocurre cuando estoy trabajando ocurre entre Dios y yo.» Por último, considera
la culpa el peor de esos demonios, incontrolable cuando aparece y devastador en
su formulación de enmienda a la totalidad, dando voz a la eterna e irresoluble
inquietud en torno al sentido y utilidad de la creación artística: «¿Cómo puedo estar segura de que todos los
años que he pasado sentada frente al escritorio valen la pena de verdad,
comparado con lo que podría haber hecho si, por ejemplo, los hubiera dedicado a
enseñar a niños desfavorecidos?»
El libro está plagado de hermosas
y profundas reflexiones sobre la vida, el arte, la vejez y el paso del tiempo,
y, por supuesto, la muerte. Quiero
destacar los capítulos once (“La muerte y el arce”) y doce (“Aprender
sobre el agua”). En el once refiere el
fallecimiento de su amigo Quig. Describe el inmenso vacío que desencadena la desaparición
de un ser querido y recuerda esa capacidad radical de la experiencia de la
muerte para situarnos ante la realidad: «La
muerte pone el foco en lo esencial. Lo que se nos hace patente en ese último
día es difícil de expresar con palabras, escurridizo. Quizá lo que lloramos sea
al hombre completo. Todos los fragmentos de una vida que a veces parece
dispersarse entre demasiados dones se unen y lo vemos completo.» El
capítulo doce tiene que ver, a mi juicio, con la condición impredecible e
incierta de la vida. Narra las enormes dificultades que debe atravesar para
conseguir extraer agua de un pozo, a la vez que experimenta una verdadera mala
racha profesional: su agente le aconseja no publicar su última novela y la
universidad en la que imparte cursos le comunica que no cuenta con ella en el próximo semestre, con lo cual se siente amenazada por
una total inseguridad. Sin embargo, a pesar de todo, no deja de crear. Es capaz
de escribir unos poemas con verdadero goce y a continuación admite que «El mundo interior, el mundo de la poesía, se
nutre tanto de los malos tiempos como de cualquier otra cosa.» Y la mala
racha concluye en enero de 1965. Por fin ha conseguido agua y a través del
correo le llegan dos magníficas noticias: a su editor le ha encantado su obra,
la va a publicar e incluso le pregunta cuánto quiere de anticipo; y la
Universidad de Lindenwood le ofrece un trabajo de poeta con residencia y un
salario mejor que el que percibía antes. El viento ahora sopla a su favor…
Alguien comentó en la tertulia
que el detallismo en la descripción de las reformas emprendidas en la casa, por
tedioso y excesivo que a algunos nos haya parecido, probablemente es necesario
para mostrar exactamente eso, el proceso, más que los resultados del mismo. El
asunto del agua corrobora esa perspectiva, igual que la alusión a los demonios
presentes en la creación literaria. Es decir, May Sarton se propone mostrar la vida en construcción, paso a paso,
con sus resistencias, tanto las que hallamos fuera como las producidas por
nuestra mente y nuestras turbulencias anímicas. Tal vez el mayor acierto de
esta obra resida en la honesta plasmación por parte de la autora de un tramo de
su existencia en esa edad de plena madurez en que experimenta la urgencia de
sentir arraigo, de vivir una soledad querida y placentera pero conectada con un
lugar concreto y sus habitantes, de dar testimonio de su pasión por la escritura
sin esconder ni atenuar su fragilidad y sus dudas.
El último capítulo ̶ titulado como el propio libro, “Anhelo de
raíces” ̶ contiene, a mi juicio, algunas de las afirmaciones más lúcidas y bellas
de la obra, relativas al paso del tiempo, el envejecimiento y la conciencia de
la muerte: «A los veinte somos
inmortales; hasta los cincuenta estamos demasiado atrapados por la vida como
para pensar en el final; pero de los cincuenta y cinco en adelante la índole de
la vida más profunda cambia debido a este conocimiento. El tiempo de repente se
hace telescópico. La vida en sí misma se vuelve más preciosa de cuanto hubiera
podido serlo antes(…). Hay goces tardíos al igual que los hay tempranos. De
joven, ¿quién tiene tiempo para pararse a mirar al trasluz el brillo de una
amapola Shirley? El mundo exterior es solo la resonancia de los propios
sentimientos. Pero, en la madurez, la luz de la tarde reflejada en el mármol de
un muro blanco puede adquirir cualidad de revelación.»
Y para terminar, si nos quedaba alguna duda sobre el propósito de May Sarton al escribir Anhelo de raíces, creo que las siguientes líneas pertenecientes a sus últimas páginas lo reflejan con claridad: «Es momento de abandonar la ambición del mundo y Nelson ha sido mi modo de aprender precisamente a hacer eso. Estuve tan absorta haciendo el jardín que apenas me daba cuenta de lo que estaba sucediendo. No ha habido ningún acto de renuncia, solo la apertura de una puerta a este nuevo silencio. Y muy sutilmente, en estos últimos años de abundancia, lo que más valoro ha cambiado, pero lo que por encima de todo valoro ha sido el giro hacia el interior de la aventura de mi vida.» Pienso que “abandonar la ambición del mundo” puede significar la necesidad de volver a casa, a la compañía de nuestras cosas, y contemplar sin prisa la luz del atardecer sobre las flores del jardín, como un velo protector que las resguarda. No es preciso renunciar a nada, pues todo está dentro, y se sostiene firme y en silencio, como las raíces de una buena siembra.

