miércoles, 22 de julio de 2026

Las gratitudes y Martinete del rey sombra

 (de Delphine de Vigan y Raúl Quinto)


Llega el ya tradicional extra veraniego doble, con las reseñas de las dos últimas tertulias al precio de una. Refrescante como siempre, la voz de Josune nos transporta con sus alas al evocador universo literario. Disfrutad de su relato y, como siempre, gracias, Josune.


Reseña sobre Las gratitudes, de Delphine de Vigan

            La lectura de esta delicada y conmovedora novela nos brindó la oportunidad de conversar sobre la gratitud, una de las más bellas emociones de la vida, en tanto nos mueve a conceder valor y reconocimiento a algo que nos ha sido dado. Se nos enseña desde la infancia a dar las gracias, sobre todo por aquello que recibimos como señal de simpatía, afecto o generosidad, y más efusiva y reiteradamente cuanto más inesperada es la dádiva y sorprendente su procedencia. La necesidad de agradecer puede incomodarnos por cuanto acarrea a veces un sentimiento de deuda que no sabemos cómo manejar, pero que, por otro lado, impone en nuestra balanza vital un saldo positivo por encima de nuestras carencias y fracasos.

            A mi juicio, uno de los mayores aciertos de la obra lo constituye el trío de protagonistas. En el centro de la trama, Michka, una anciana que se ve obligada a ingresar en una residencia geriátrica, a la cual visita la joven Marie y a quien trata Jérôme, el logopeda que intenta frenar la afasia que la aqueja y que la lleva a confundir las palabras. La autora proporciona sobre los tres la información imprescindible para abordar, además del tema de la gratitud, el de los inconvenientes de la vejez, el de la necesidad de comunicación como insustituible anclaje de la vida, y el de los sólidos vínculos que los seres humanos somos capaces de establecer al margen de la propia familia.


Sobre Michèle (Michka) Seld sabemos que es una culta mujer judía que ha trabajado en un periódico como correctora. Hace tiempo que intenta encontrar al matrimonio que de niña la acogió y escondió en su casa durante la ocupación alemana, con el fin de agradecerles que le salvaran la vida. Marie y Jérôme la ayudarán a ello. A su vez Marie contó desde su infancia con la generosa ayuda de su vecina Michka cuando su madre, por motivos no detallados, se ausentaba, de modo que se siente en deuda con ella y le profesa un gran cariño. Por su parte Jérôme, huérfano de madre, mantiene una conflictiva relación con su padre, al que hace tiempo que no ve. Él siente que no es el hijo con el que su padre soñó. Michka lo empuja a reconciliarse con él, a comunicarse, a decir…

Tanto Marie como Jérôme muestran una gran delicadeza y respeto hacia la vejez. La contemplan como una realidad que les concierne, con la lucidez de quien sabe que llegar a ella es una mera cuestión de tiempo. «Envejecer es aprender a perder», expresa Jérôme en uno de los capítulos más hermosos del libro. Consciente del valor vital de la capacidad de comunicación, su trabajo de logopeda pretende ralentizar la pérdida paulatina e imparable de las palabras. Intuye el inminente final de Michka cuando percibe que la anciana se ha rendido: «Las palabras han desaparecido y las imágenes no consiguen reemplazarlas. Su voz, asfixiada por el yugo de la derrota, se desintegra. Obstáculos desconocidos le obstruyen el paso. Masas oscuras, igualmente innombrables. Ya nada puede compartirse. (…) Busca en mis ojos un indicio, una clave, un atajo. Pero mis ojos no le ofrecen ninguna ayuda, ningún desvío. La ruta está  cortada. El hilo de la comunicación se ha roto. El silencio le ha ganado la partida. Y ya nada la retiene

Hubo diversidad de opiniones sobre el tratamiento que la autora concede a la afasia de Michka. Algunos consideraron que se trata de una perspectiva demasiado amable, alejada de la extraordinaria dureza de esa circunstancia. Se diría que las divertidas confusiones de Michka configuran un ingenioso juego que colorea la irremisible oscuridad del silencio final. En cualquier caso, en esta obra se advierte la convicción de que “el decir” nos amarra a la vida y, en la intensidad y precisión del estilo con que se aborda el tema, Las gratitudes recuerda un poco a La clase de griego, de Han Kang. Me parece que las dos novelas comparten un indiscutible lirismo y una encomiable audacia al abordar el asunto.

No quiero concluir sin destacar la conversación en que Marie comparte con Michka los miedos que la embargan ante su próxima maternidad, que afrontará en solitario. Lejos de animarla a eliminar esos temores, la anciana le hace ver que tener miedo por otro constituye una gran suerte, en tanto nos obliga a desviar la atención de nosotros mismos y nos convierte en una persona mejor. Nuestro mundo se abre, se complica, se humaniza cuando alguien se cruza en nuestro camino y nos empuja a actuar porque tememos por él y lo que le ocurre nos importa. Así le sucedió a ella misma al conocer a la pequeña y desprotegida Marie, quien crece sabiendo que su vida es la que es gracias a la generosidad de esa vecina que le abrió la puerta de su casa y le ofreció la seguridad de la que ella en ese momento carecía. Ahora, cerca del final, es Marie quien cuida y protege a Michka. Y en el pasado, cuando Michka no tenía más que siete años, Nicole y Henri Olfinger la escondieron en su casa salvándola de una muerte segura y precedida del horror más inconcebible. Las pesquisas acometidas por Jérôme le permiten a Michka poder cumplir su deseo de dar las gracias a través de una breve carta dirigida a una Nicole casi centenaria y asombrosamente lúcida.


En el fondo, la gratitud brota al reconocer los abismos que hemos ido sorteando aferrados a la mano de alguien que emerge de repente en medio de la niebla y nos sostiene. Sentir agradecimiento es celebrar la vida, respirar despacio el alivio insuflado por un viento propicio que más adelante nos conducirá hasta otro viajero perdido para convertirnos en su decisivo apoyo. Escondido tras la fatigosa incertidumbre de la existencia, un azar benévolo y misterioso parece empeñado en mostrarnos una salida. Creo que, por encima de todo, esto es lo que Delphine de Vigan ha querido expresar con esta novela de vidas trenzadas y buenos sentimientos. Y la perspectiva resulta tan alentadora que cuesta muy poco darle las gracias.




                            Reseña sobre Martinete del rey sombra, de Raúl Quinto

            El pasado miércoles 1 de julio cerramos el curso tertuliano 2025/2026 comentando esta premiada novela que aborda un tema interesante y poco trillado, el de la persecución a que fueron sometidos los gitanos en el siglo XVIII, durante el reinado de Fernando VI.

            Coincidimos en destacar el indiscutible esmero estilístico que la caracteriza y que revela, por su intensidad y por la profusión de construcciones sintácticas breves, la condición de poeta de su autor, sobre todo en los capítulos centrados en la descripción de las atrocidades infligidas a la población gitana, de manera que la lectura de esta parte resulta especialmente densa y dificultosa, en contraste con el otro bloque constitutivo de la obra, el de la vida de la Corte, mucho más fluida desde el punto de vista narrativo.


            Alguien mencionó los significados del término que encabeza el título y conviene destacar la pertinencia de dos de ellos: martillo pesado que se usa para golpear metales o cuero, y canto flamenco proveniente de las antiguas fraguas gitanas y que se canta “a palo seco”, sin guitarra ni música de fondo, de modo que solo se escucha la voz del cantaor y el sonido del martillo sobre el yunque. Se diría que ambos sentidos aluden al efecto dramático logrado por el autor en el relato protagonizado por ese “pueblo de tinieblas” que tanto recelo despierta allá donde acampa con su incorregible itinerancia y su rechazo a la vida convencional: «Quiénes son estos seres cuya mera existencia es ya una forma declarada de disidencia para las otras naciones de Europa. Los hay por todas partes y de todas partes quieren expulsarlos.» Como la del cantaor, la voz de Raúl Quinto entona un lamento amargo y repetitivo que golpea la sensibilidad del escuchante-lector en una atmósfera lorquiana presidida por la luna, gitana también y cómplice doliente  ̶  los ecos del Romancero acompañan con su inconfundible latido ̶ .

            Estuvimos de acuerdo en resaltar la amenidad con que se refleja la vida en la Corte, así como el acierto con que son descritos sus protagonistas, empezando por los principales, el rey Fernando VI (el chico triste de los hermanos muertos) y la reina, Bárbara de Braganza (la chica a la que no dejaban salir a la calle de tan fea). Cabe destacar la belleza de las páginas alusivas a la complicidad que siempre mantuvieron, igual que aquellas en que se plasma el intenso dolor que embarga al monarca durante la enfermedad de su esposa, así como la negra soledad y el desvarío que lo atrapan tras quedar viudo: «El rey es un desecho, una segregación ridícula del pánico, hecha de carne y basura. Intenta suicidarse varias veces con tiras de tela rasgada de sus camisas, aprieta su garganta con la esperanza de ahorcarse, pero no tiene ni fuerzas ni agallas, y sólo sabe llorar.»

            Resulta evidente la trabajosa labor de documentación de la que parte el autor para reflejar con tanto detalle el prendimiento y arresto de toda la población gitana ejecutados en la larga noche del 30 de julio de 1749, en cumplimiento de la orden firmada por el Marqués de la Ensenada. «El objetivo era la salud del reino, la desinfección y el exterminio.» Se nos ofrece una completa semblanza del pueblo gitano desde sus inciertos orígenes, pasando por las cuatro etapas en que los estudiosos dividen su historia, siempre basada en hipótesis. Además, Raúl Quinto no pierde ocasión de relacionar esta masacre con otros episodios de nuestra historia en que desde el poder se instala y propaga la obsesión por la pureza, racial, religiosa o de otra índole, como aquella dirigida en tiempos de los Reyes Católicos contra judíos y musulmanes. Este paralelismo subraya la reiterada tendencia a condenar y apartar a determinada colectividad, y vuelve a destacar a los gitanos como destinatarios preferentes de la exclusión no solo en España sino en toda Europa. Mantuvimos un interesante debate en torno a las peculiaridades de sus tradiciones y de su cultura, que a menudo suponen una dificultad, a veces insalvable, para su integración, algo que hemos constatado frecuentemente en nuestros institutos.

          


  La novela da cuenta de cómo el plan se les fue yendo de las manos a sus ejecutores y del modo en que aquel perverso empeño deviene en rotundo fracaso. Siendo rey el hermanastro de Fernando VI se declarará el indulto general para todos los gitanos que seguían presos. «Nunca terminó de acabar esa noche. El dolor es largo, pero siempre lo arrasa el olvido.» Hasta que alguien golpea con la palabra el pesado yunque de la desmemoria y el humo negro de la infamia queda cifrado en la verdad y la belleza de la buena Literatura, a la que Martinete del rey sombra pertenece con todo merecimiento.

            Y llegamos al final de la sesión con la tradicional votación de cierre del curso. Salió elegida como mejor obra Volver la vista atrás, de Juan Gabriel Vásquez, y como mejor tertulia la correspondiente a Libre, de Lea Ypi. Un año más  ̶ y en marzo cumplimos veinte ̶  ha sido un placer haber compartido estos ratos de estimulante conversación en nuestro Sofá.

Acordamos iniciar la próxima temporada con El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, de Tatiana Tîbuleac. Comunicaré la fecha más adelante.

            ¡Feliz resto de verano y felices lecturas a todos! Nos vemos en otoño, cuando ya no apriete el calor…

            

jueves, 7 de mayo de 2026

Anhelo de raíces

(de May Sarton)


Aquí está la nueva reseña elaborada por Josune con su mimo y cuidado habitual. Gracias, como siempre. 



Reseña sobre Anhelo de raíces, de May Sarton

            Anhelo de raíces es un libro de memorias que tiene como centro el proyecto de su autora, a finales de la década de los cincuenta, de convertir una casa de campo del siglo XVIII en su verdadero hogar: «El 7 de junio de 1958 firmé las escrituras y me convertí en dueña de una casa en ruinas, un granero y treinta y seis acres en un remoto pueblo de New Hampshire, un pueblo del que no sabía absolutamente nada.» Ese pueblo es Nelson, situado a dos horas de Boston.

            Fuimos varios los que expresamos falta de entusiasmo por esta obra y lo costosa que en determinados tramos nos resultó su lectura, y, como suele ocurrir en nuestro Sofá, otros tantos manifestaron lo mucho que habían disfrutado con ella. Y así celebramos, una vez más, una interesante y enriquecedora tertulia.

May Sarton detalla pormenorizadamente las reformas que emprende en la casa, las dificultades a las que debe enfrentarse y el modo en que, con ayuda de otros, las va resolviendo. Especial protagonismo adquiere el jardín, cuya creación será lograda con la imprescindible colaboración de Perley Cole, quien se ofrece a trabajar para ella. «Poco a poco, lo que había sido una granja abandonada se fue convirtiendo en una pequeña hacienda.» Es ella la experta en flores  ̶ zinnias, caléndulas, peonías… ̶ , y será él quien cave enormes agujeros para plantar, pode los árboles, abone con cal, recorte el césped y sus bordes, y cuide de la casa y el terreno cuando ella se ausenta.

Cabe destacar la importancia que para la autora tienen sus muebles y los objetos decorativos que irá colocando: el escritorio de su madre, la cómoda donde guarda la ropa de cama, la larga mesa de comedor, el sillón orejero, el enorme y viejo bahut (aparador), los grabados japoneses, el jarrón azul oscuro estampado con flores blancas, tres platos chinos azules… Cada mueble y cada objeto contienen su historia y aportan el afecto de un regalo o de un recuerdo: «De repente me di cuenta de que lo que había traído a la casa, la propia casa, estaba haciendo posible que por primera vez desde la muerte de mis padres los evocara con alegría. Por primera vez, la alegría con que los recordaba en mi mente podía arraigar de nuevo, tener un lugar donde echar raíces.»

En la cita anterior se alude al concepto incluido en el título como aspiración esencial, relacionado, además, con el deseo de fundir en su nuevo hogar su origen europeo (belga) y su condición de estadounidense. Se diría que el proyecto de la casa materializa su empeño de asentarse en un lugar concreto elegido por ella, de transformarlo hasta donde resulta posible, sin dejar de plegarse a las condiciones climáticas y a las peculiaridades de la naturaleza del entorno. Creo que algunas de las páginas más bellas del libro son precisamente las alusivas al paisaje y a los cambios estacionales.

Defensora de su soledad como de un territorio íntimo y sagrado  ̶ «La soledad misma es una manera de esperar que lo inaudible y lo invisible se hagan sentir. Y por eso la soledad nunca es estática ni desesperada»- , abre, no obstante, su casa a un reducido grupo de invitados así como a algunos habitantes de Nelson con los que entablará cordial relación: Bessie Lyman y su hermana Myra, la señorita Morrison (Maurie), o el matrimonio formado por Mildred y Albert Quigley (Quig). Todos ellos aparecen como personajes reales e incrementan la amenidad y el interés de este libro, que contiene también amplia referencia al oficio de escribir, principal ocupación de May Sarton, en algunos de los capítulos que a mí más me han gustado. En uno de ellos la escritura y la jardinería aparecen comparadas con gran acierto, en tanto que en ambas actividades hay que elegir: «Entre el rico material que requieren los enunciados no todo se puede utilizar. Así como uno intenta una palabra y luego otra, junta una frase para luego separarla, del mismo modo uno arregla las flores.» «¿Hay algún otro goce, salvo la jardinería, que pida tanto y dé tanto? No conozco otro excepto, quizá, la escritura de un poema. Son muy parecidos, incluso en la cantidad de desperdicio que hay que aceptar en aras a un casual y raro goce, en el caso de que se consiga. También coinciden en que ambas son pasiones que traen con ellas la renovación. Sin embargo, existe una diferencia: la poesía es para todas las edades; la jardinería es uno de los goces tardíos, ya que la juventud es demasiado impaciente y está demasiado absorta en sí misma y, por lo general, carece del suficiente anhelo de arraigo como para crear un jardín. La jardinería es una de las recompensas de la madurez (…)»


May Sarton se halla, tal como ella misma indica, en plena madurez vital y creativa (en torno a los cincuenta años) y en el capítulo siete, “Al borde de la nada”, se refiere con admirable franqueza a los demonios del escritor: «Soy feliz cuando escribo. Los demonios vuelven en cuanto me detengo a considerar lo que he escrito, cuando el crítico se apodera del creador.» Las dudas sobre la calidad del trabajo, la necesidad de reconocimiento, el juicio de los críticos profesionales, la presión y las servidumbres del éxito, el poder de determinados nombres «sin cuya aprobación no se concede ningún premio ni se publica ninguna revista»…, todo ello forma parte de la amplia reflexión concedida a un oficio que le apasiona y que atañe a su intimidad: «Lo que ocurre cuando estoy trabajando ocurre entre Dios y yo.» Por último, considera la culpa el peor de esos demonios, incontrolable cuando aparece y devastador en su formulación de enmienda a la totalidad, dando voz a la eterna e irresoluble inquietud en torno al sentido y utilidad de la creación artística: «¿Cómo puedo estar segura de que todos los años que he pasado sentada frente al escritorio valen la pena de verdad, comparado con lo que podría haber hecho si, por ejemplo, los hubiera dedicado a enseñar a niños desfavorecidos?»

El libro está plagado de hermosas y profundas reflexiones sobre la vida, el arte, la vejez y el paso del tiempo, y, por supuesto, la muerte. Quiero  destacar los capítulos once (“La muerte y el arce”) y doce (“Aprender sobre  el agua”). En el once refiere el fallecimiento de su amigo Quig. Describe el inmenso vacío que desencadena la desaparición de un ser querido y recuerda esa capacidad radical de la experiencia de la muerte para situarnos ante la realidad: «La muerte pone el foco en lo esencial. Lo que se nos hace patente en ese último día es difícil de expresar con palabras, escurridizo. Quizá lo que lloramos sea al hombre completo. Todos los fragmentos de una vida que a veces parece dispersarse entre demasiados dones se unen y lo vemos completo.» El capítulo doce tiene que ver, a mi juicio, con la condición impredecible e incierta de la vida. Narra las enormes dificultades que debe atravesar para conseguir extraer agua de un pozo, a la vez que experimenta una verdadera mala racha profesional: su agente le aconseja no publicar su última novela y la universidad en la que imparte cursos le comunica que no cuenta con ella en el próximo semestre, con lo cual se siente amenazada por una total inseguridad. Sin embargo, a pesar de todo, no deja de crear. Es capaz de escribir unos poemas con verdadero goce y a continuación admite que «El mundo interior, el mundo de la poesía, se nutre tanto de los malos tiempos como de cualquier otra cosa.» Y la mala racha concluye en enero de 1965. Por fin ha conseguido agua y a través del correo le llegan dos magníficas noticias: a su editor le ha encantado su obra, la va a publicar e incluso le pregunta cuánto quiere de anticipo; y la Universidad de Lindenwood le ofrece un trabajo de poeta con residencia y un salario mejor que el que percibía antes. El viento ahora sopla a su favor…

Alguien comentó en la tertulia que el detallismo en la descripción de las reformas emprendidas en la casa, por tedioso y excesivo que a algunos nos haya parecido, probablemente es necesario para mostrar exactamente eso, el proceso, más que los resultados del mismo. El asunto del agua corrobora esa perspectiva, igual que la alusión a los demonios presentes en la creación literaria. Es decir, May Sarton se propone mostrar la vida en construcción, paso a paso, con sus resistencias, tanto las que hallamos fuera como las producidas por nuestra mente y nuestras turbulencias anímicas. Tal vez el mayor acierto de esta obra resida en la honesta plasmación por parte de la autora de un tramo de su existencia en esa edad de plena madurez en que experimenta la urgencia de sentir arraigo, de vivir una soledad querida y placentera pero conectada con un lugar concreto y sus habitantes, de dar testimonio de su pasión por la escritura sin esconder ni atenuar su fragilidad y sus dudas.

El último capítulo  ̶ titulado como el propio libro, “Anhelo de raíces” ̶ contiene, a mi juicio, algunas de las afirmaciones más lúcidas y bellas de la obra, relativas al paso del tiempo, el envejecimiento y la conciencia de la muerte: «A los veinte somos inmortales; hasta los cincuenta estamos demasiado atrapados por la vida como para pensar en el final; pero de los cincuenta y cinco en adelante la índole de la vida más profunda cambia debido a este conocimiento. El tiempo de repente se hace telescópico. La vida en sí misma se vuelve más preciosa de cuanto hubiera podido serlo antes(…). Hay goces tardíos al igual que los hay tempranos. De joven, ¿quién tiene tiempo para pararse a mirar al trasluz el brillo de una amapola Shirley? El mundo exterior es solo la resonancia de los propios sentimientos. Pero, en la madurez, la luz de la tarde reflejada en el mármol de un muro blanco puede adquirir cualidad de revelación.»


Y para terminar, si nos quedaba alguna duda sobre el propósito de May Sarton al escribir Anhelo de raíces, creo que las siguientes líneas pertenecientes a sus últimas páginas lo reflejan con claridad: «Es momento de abandonar la ambición del mundo y Nelson ha sido mi modo de aprender precisamente a hacer eso.  Estuve tan absorta haciendo el jardín que apenas me daba cuenta de lo que estaba sucediendo. No ha habido ningún acto de renuncia, solo la apertura de una puerta a este nuevo silencio. Y muy sutilmente, en estos últimos años de abundancia, lo que más valoro ha cambiado, pero lo que por encima de todo valoro ha sido el giro hacia el interior de la aventura de mi vida.» Pienso que “abandonar la ambición del mundo” puede significar la necesidad de volver a casa, a la compañía de nuestras cosas, y contemplar sin prisa la luz del atardecer sobre las flores del jardín, como un velo protector que las resguarda. No es preciso renunciar a nada, pues todo está dentro, y se sostiene firme y en silencio, como las raíces de una buena siembra.

 


martes, 10 de marzo de 2026

Volver la vista atrás

 (de Juan Gabriel Vásquez).


Aquí está la esperada reseña de la última novela leída en nuestra tertulia. Un trabajo impecable e inspirado como siempre. Gracias, Josune.


                        

            Por fin y por suerte hemos leído esta obra, mencionada en varias ocasiones en nuestras propuestas de posibles lecturas. Casi todos reconocimos la fuerte impresión que nos había causado la peripecia vital de sus protagonistas, la familia del cineasta colombiano Sergio Cabrera Cárdenas, y elogiamos de manera unánime tanto el exhaustivo trabajo de documentación realizado por el autor como la destreza narrativa y el impecable estilo que lo caracterizan.

La novela comienza cuando, en octubre de 2016, Sergio se encuentra en Lisboa visitando a su mujer y a su hija (de las que está temporalmente separado) y recibe la noticia del fallecimiento de su padre, Fausto Cabrera. La escala en Lisboa de Sergio forma parte de su viaje a Barcelona, donde participará en una retrospectiva de su obra organizada por la Filmoteca de Catalunya. Aunque podría  volar a Bogotá para asistir a las exequias de su padre y retomar su compromiso con un mínimo retraso, Sergio decide no ir; sin embargo, cuando, en la primera entrevista que le hacen, le expresan las condolencias, él las agradece, y miente al decir que no puede acudir al funeral. Evidentemente, esa ausencia voluntaria le genera un conflicto. Algunos en la tertulia opinamos que este hecho condiciona la estructura del relato: una decisión así debe explicarse y, en este caso, la explicación exige “volver la vista atrás” para recordar quién fue su padre y cómo  marcó su vida y la de su hermana Marianella.

            En el capítulo siguiente el autor se ocupa del origen de Fausto, de familia española y republicana, en la que destaca un hermano de su madre, su tío Felipe Díaz Sandino, importante militar de Aviación que acaba siendo perseguido por los franquistas y que se convertirá en su héroe, su referente ideológico y vital. Se ven obligados todos a exiliarse, primero a Francia y desde allí a América Latina: Santo Domingo, Venezuela y, finalmente, Colombia. La pasión de Fausto por la poesía y sus dotes declamatorias lo conducen al mundo del teatro, la radio y posteriormente la televisión: se convertirá en un buen actor. Conoce en Medellín a Luz Elena Cárdenas, hija del adinerado dueño de un laboratorio farmacéutico, bella, inteligente y culta, con quien se casa en diciembre de 1947. Su primer hijo, Sergio Fausto, nace el 20 de abril de 1950, y su hija Marianella, dos años después. Fausto va entablando relación con otros veinteañeros como él, unidos por el entusiasmo y el deseo de hacer cosas importantes en un mundo en creciente ebullición. Resulta determinante para ellos la evidencia de que la revolución cubana contaba con firmes simpatizantes en Colombia: «Todo lo que estaba ocurriendo en América Latina era lo que Fausto soñaba para su España republicana, su España de derrotados, la España que parecía incapaz de hacer con Franco lo que Castro y Guevara habían hecho con Batista. Fausto sintió, por primera vez desde que lo llamaran judío en el puerto de Ciudad Trujillo, que su vida de exiliado no era una vida perdida: que la historia, después de todo, podía tener una misión o un propósito. Vientos del pueblo me llevan, recitó para sus adentros, vientos del pueblo me arrastran. Y qué ganas, qué ganas tenía Fausto de dejarse arrastrar.»


            Pero en Colombia se iba instalando en plena Guerra Fría el miedo a la amenaza roja, de modo que el montaje de teleteatro de El espía de Bertolt Brecht, en el que participaron Fausto, Luz Elena y el propio Sergio, desencadenó en la prensa una reacción sumamente adversa. A partir de ahí Fausto ve cómo van retirando de la programación sus espacios. La televisión le ofrece hacerse cargo de programas más comerciales y de melodramas dirigidos a un público más amplio, algo a lo que él se niega. Emulando a su tío Felipe, se mantiene fiel a sus principios: «Pues aguantaremos lo que se pueda, dijo. Pero yo babosadas no voy a hacer.»

            Todo esto es el preludio de una crisis familiar desencadenada por los problemas laborales de Fausto, el naufragio de su matrimonio y la conflictiva y precoz adolescencia que aqueja a Sergio. La situación da un vuelco con la llegada de una carta procedente de China: un conocido de Fausto, Mario Arancibia, que trabaja en Pekín como profesor de español, le propone, a instancias del gobierno chino,que se traslade allí con su familia para acompañarlo en esa tarea. Las condiciones que le ofrecen parecen inmejorables y Fausto lo ve como una oportunidad de cambio que tal vez salve su matrimonio, le permita a él estudiar teatro y vivir de cerca la revolución de Mao, de quien el tío Felipe le hablara con admiración. Así que la familia Cabrera Cárdenas se marcha al país asiático.

A partir de aquí comienza, a mi juicio, la parte más sorprendente de la novela y sumamente clarificadora para comprender la confusión de Sergio y sus sentimientos encontrados al recibir la noticia de la muerte de su padre. La detallada descripción de la vida en la China comunista resulta impresionante. Los Cabrera residen en el Hotel de la Amistad, junto con otros occidentales como ellos, contratados por el gobierno chino para ayudar en la enseñanza de idiomas. A Fausto le lleva muy poco tiempo considerar que el viaje había sido un acierto: su relación con Luz Elena había mejorado y él estaba fascinado por lo que había conseguido la revolución: comida, ropa y vivienda para todo el mundo. «Sí, el Gran Salto Adelante había cometido errores, se había topado con accidentes imprevisibles y con la oposición de las derechas saboteadoras que existen en todos los procesos revolucionarios del mundo, pero tenía los ojos puestos en objetivos más altos. En esto estaban de acuerdo Fausto y Luz Elena: de todo esto había mucho que aprender. Para ellos, por supuesto, pero también para sus hijos.»

Y así, Sergio y Marianella aprenderán chino y se irán aclimatando a ese mundo, aunque su verdadera inmersión se producirá al abandonar, por decisión de su padre, las clases en el Hotel de la Amistad para ingresar en el internado de la escuela Chong Wen. Acabado el curso y llegado el verano, sus padres viajarán a Colombia, y a la vuelta les comunicarán una inesperada noticia: Sergio y Marianella continuarán su formación en China mientras Fausto y Luz Elena regresan a Colombia para hacer la revolución. A partir de ese momento, Sergio y Marianella, dos adolescentes arrojados por sus padres a los brazos del estricto adoctrinamiento desarrollado por la Revolución Cultural, se convierten en indiscutibles protagonistas de la historia. Se entregarán a la causa del comunismo con absoluto fervor. Participarán en una comuna popular y trabajarán en una fábrica de relojes en la que los trabajadores se encomiendan a Mao tras el desayuno y antes de la cena con actitud idéntica a la de personas religiosas que le rezan a Dios. Impera el pensamiento único, férreo, sin fisuras, refractario por completo a cualquier atisbo de crítica que de inmediato se condena como traición y concesión al diablo burgués capitalista. La conciencia individual queda anulada por el cobijo del grupo, de la masa, cuyas acciones pueden adquirir una brutalidad animal. Cabe destacar el tristísimo episodio del profesor de Dibujo agredido por haber afirmado, al tratar cuestiones de aerodinámica y comparar dos aviones de combate, que el modelo norteamericano resultó mejor que el soviético. Queda detallado el cambio en la actitud de Sergio, el modo en que su convicción de que aquello que sus compañeros estaban haciendo con el profesor era deleznable es aplastada por el miedo a significarse y a que esa ira se vuelva contra él, hasta el punto de que participa en la agresión grupal propinándole una patada al supuesto traidor, contrarrevolucionario y enemigo.

La práctica del adoctrinamiento recibido podrán ejercitarla Sergio y Marianella cuando, también por decisión paterna, vuelvan a Colombia e ingresen en la clandestinidad de las guerrillas, amparada por la dureza de la selva. La revolución ha abrazado la violencia como inevitable camino para la construcción de un mundo nuevo. La entrega de los dos hermanos será total, pasarán por situaciones extremas, de verdadero riesgo, y conocerán a algunos seres miserables como el comandante Fernando. Poco a poco irán comprendiendo que esa vida no es para ellos; sin embargo, no será fácil abandonarla. La detención de su madre constituirá el detonante para el nuevo cambio de rumbo de toda la familia con la decisiva intervención de don Emilio, el padre de Luz Elena, quien utilizando su influencia logra la liberación de su hija. Después será la propia Luz Elena la que negocie con los compañeros del partido el regreso de su hijo y su marido sanos y salvos, y libres de sufrir represalias. Marianella, casada con Guillermo, un exguerrillero, se quedará en Colombia. Sergio y sus padres regresarán a China, donde el encuentro con el cineasta Joris Ivens acabará de encaminar a Sergio hacia su verdadera vocación. El momento en que le comunica a Fausto su decisión de marchar a Londres a estudiar cine resulta del todo elocuente, pues su padre se lo toma como una traición. Cuando Fausto le pregunta a su hijo dónde quedan, entonces, todos los planes que habían hecho, Sergio, por fin, responde con su propia voz: «Yo no hice planes, mamá no hizo planes, mi hermana no hizo planes. Los hiciste tú. (…) Toda la vida nos has hecho creer que lo decidíamos nosotros, pero no es verdad: lo decidías tú. Toda la vida he hecho lo que tú querías, toda la vida la he pasado callado, tratando de complacerte. Pero ya me he dado cuenta, papá. Me he dado cuenta de que callar no es una cuestión de temperamento: es una enfermedad. Yo me he callado mucho, sí, me he callado para adaptarme a lo que esperaban los demás. Y he tomado muchos riesgos, ahora me doy cuenta, he vivido una vida de riesgos, pero no me he arriesgado por mí, sino por lo que esperaban que yo fuera, por lo que tú esperabas de mí. Y ya no quiero ser eso: ya no quiero ser el joven valiente y prometedor. Ya no más. Esto, esto de ahora es lo mío. Esto de ahora lo decido yo, éstos son mis planes, los míos, no los de nadie más. Esto es lo que yo quiero hacer con mi puta vida.»

Creo que a estas alturas el lector ha comprendido sobradamente la decisión de Sergio de no estar presente en el funeral de Fausto Cabrera, en ningún caso motivada por la falta de amor hacia él. En la revisión de su filmografía en Barcelona, acompañado por su hijo Raúl, de dieciocho años, con quien tiene oportunidad de conversar sobre su vida y la conflictiva relación que mantuvo con su padre, deja muy claro que su huella es indeleble, y reconoce que con La estrategia del caracol, película en la que Fausto hace de sí mismo, trató de rendirle un homenaje.


Comentamos en la tertulia la importancia del contexto histórico y social de los años sesenta para valorar una actitud tan drástica, la entrega sin condiciones a unos ideales que estaban por encima de la estructura familiar, y la creencia fanática de que esos ideales constituían el mayor legado que ofrecer a los hijos, por encima del respeto a su libertad. En la biografía de Sergio y Marianella Cabrera resulta innegable el dolor infligido por las decisiones de su padre, un hombre que parece un personaje inventado, pero que fue asombrosamente real, y hacia el que ellos profesaron amor y lealtad hasta el borde de la propia aniquilación. La ausencia en su funeral por parte de Sergio supone, a mi juicio, el reconocimiento de ese dolor, y la narración de sus vidas, la explicación del mismo y la aceptación definitiva de lo acontecido.

Para terminar es preciso aludir a la Nota del autor que aparece al final del libro, en la que Juan Gabriel Vásquez afirma que «Volver la vista atrás es una obra de ficción, pero no hay en ella episodios imaginarios. (…) el acto de la ficción ha consistido en extraer la figura de esta novela del gigantesco pedazo de montaña que es la experiencia de Sergio Cabrera y su familia, tal como me fue revelada a lo largo de siete años de encuentros y más de treinta horas de conversaciones grabadas.» Se apoya Vásquez para explicar su propósito en una cita del novelista y editor inglés Ford Madox Ford: «(…) una novela debería ser la biografía de un hombre o un caso, y toda biografía de un hombre o un caso debería ser una novela, siendo ambas, si se ejecutan de manera eficiente, interpretaciones de tales casos como son las vidas humanas.» Reconoce el autor esa labor de interpretación frente a los acontecimientos de la vida de Sergio Cabrera, el afán de darles un orden que trascendiera el mero recuento biográfico y sugiriera significados ocultos tras los hechos. Y añade: «No es otra cosa lo que hacen las novelas. A esto nos referimos, creo, cuando hablamos de imaginación moral: a esa lectura de una vida ajena que consiste en observar para conjeturar, o en penetrar lo que es manifiesto para descubrir lo oculto o lo secreto. La interpretación es también parte del arte de la ficción; que el personaje en cuestión sea  real o inventado es, en la práctica, una distinción inconducente y superflua.»

En mi opinión, en estas últimas líneas se halla la clave del gran acierto del autor: no se siente limitado por los hechos reales porque trata a sus protagonistas como personajes, y, en determinados tipos de novela, a los que Volver la vista atrás pertenece, los personajes son lo esencial, se convierten en imprescindibles, pues en ellos el autor deposita el “alma” del relato, reflejo de la suya y alimentada por la audacia de su libertad creadora. Y me parece evidente que en la obra esto ocurre de manera irremediable cuando su mirada se centra en Sergio y Marianella, esos dos adolescentes entregados por su padre a la causa revolucionaria del comunismo.

Tal como reza en el libro, Juan Gabriel Vásquez lo concluyó en Bogotá, en octubre de 2020, en plena pandemia del coronavirus, y confiesa que su escritura lo ayudó a transitar por aquel tiempo caótico: «ordenar un pasado ajeno fue la manera más eficaz de lidiar con el desorden de mi presente.» Al fin y al cabo, construir un universo dotado de cierto orden es lo que suelen pretender los novelistas, ya sea su inspiración la realidad o el arrebato de su imaginación. Tanto los habitantes de aquella como las criaturas emergidas de esta conceden al autor el poder de cincelar sus vidas con la verdad y la belleza de la palabra, acaso el más prodigioso instrumento humano con el que seguir intentando desentrañar la complejidad de la existencia y su misterioso sentido.

 

 


jueves, 22 de enero de 2026

El apellido de las mujeres

 (de Aurora Tamigio)


Aquí tenéis la espléndida reseña de la última tertulia a cargo de nuestra fiel cronista Josune. Como siempre, gracias.


                                          Reseña sobre El apellido de las mujeres

            Casi todos reconocimos haber leído con inmenso agrado esta novela, que nos permite recorrer el siglo XX de la mano de una familia siciliana a través de tres generaciones de mujeres presentadas en el primer capítulo. La abuela, Rosa, y sus tres nietas, Patrizia, Lavinia y Marinella, rodean a Selma, hija de la primera y madre de las muchachas, encamada desde hace tiempo. El 18 de junio de 1970 asisten al terremoto que se produce bajo sus pies y que precede al otro cataclismo, el de la muerte de la enferma.

            A continuación la historia se presenta organizada cronológicamente en bloques correspondientes a cada una de las cinco mujeres y dividido cada bloque en un número de capítulos que, a partir de los tres que componen la historia de Rosa, irá sumando uno con respecto al bloque de la protagonista anterior, en una creciente estructura que acaso intente sugerir de qué modo los avatares de cada una nutren y hacen progresar la existencia de la siguiente, mediante una trabajosa extensión que va desplazando los límites impuestos a la condición femenina desde comienzos del siglo XX hasta 1983, fecha en la que concluye la historia.

            Se trata de una obra amena, dinámica, sorprendente, que capta el interés del lector desde la primera línea y sabe mantenerlo sin decaimiento, con un estilo brillante, ágil y poético, que recuerda, en la soltura narrativa y en lo irreal y fantasmagórico, a los relatos de Isabel Allende, por ejemplo. Podríamos situarla en una especie de Realismo mágico europeo, aunque más próximo a la realidad que al ensueño, sembrada aquella, eso sí, de las creencias y supersticiones propias de la cultura y tradición de los países latinos.


            Los personajes están muy bien perfilados y los conocemos fundamentalmente a través de sus acciones, de su comportamiento. El protagonismo de la narración recae en las cinco mujeres, y cada retrato, enfocado en el bloque titulado con su nombre, se va completando en los bloques sucesivos, puesto que entre todas sostienen el hilo que va tejiendo el tapiz del clan al que pertenecen, y esto lo hacen con tanta eficacia que atenúa lo que se podría considerar la principal carencia de la novela: la falta de una mayor profundización psicológica en las protagonistas. Y así, cuanto sucede contribuye al desarrollo de una historia familiar estrechamente ligada al contexto espaciotemporal que la encuadra  ̶ la localización geográfica y la datación son continuas ̶ , y en la que el espíritu combativo de Rosa alienta la trepidante y compleja peripecia vital de sus descendientes, con personalidades tan atractivas como diversas.

            Aunque resulta indudable que el mundo de las mujeres ocupa en esta novela un espacio mayor que el de los hombres, estos son tratados con rigor y desde el respeto a su individualidad. Los primeros retratos masculinos que conocemos, el padre maltratador y los hermanos de Rosa, inauguran una galería que, para alivio de ella, mejorará con el joven que habrá de convertirse en su marido, Sebastiano Quaranta, quien «no tenía padre, madre ni hermanas, por lo que Rosa había dado con el único hombre del mundo que no sabía golpear a una mujer.»  Junto a él cabe destacar a Fernando y Donato, sus dos hijos varones, leales a la familia y protectores de sus sobrinas durante toda su vida;  a Peppino Incammisa, el amigo fiel que considera a Donato su verdadero padre; a Cosimo Passalacqua, cuya paciencia y perseverancia finalmente lo convertirán en marido de la temperamental Patrizia; a Luciano Vaglio, el caballeroso enamorado de Marinella. Mención especial merece Santi Maraviglia, o Santidevidrio, con quien se casó Selma sin percatarse de que «no era nada del otro mundo» y junto al que tuvo a sus tres hijas en un matrimonio infeliz como tantos otros. Su peor versión, de padre injusto y violento, aparecerá tras la muerte de Selma y al irrumpir en su vida Carolina Brancaforte, con quien contraerá nuevas nupcias y que resultará una auténtica madrastra de cuento para las muchachas, las cuales acabarán abandonando el domicilio familiar después del altercado entre Patrizia y Valentino Brancaforte, de la misma calaña que su hermana. Es decir, la novela no es en absoluto maniquea al presentar a los personajes femeninos y masculinos. Todos resultan, en general, seres humanos imperfectos   -aunque unos más que otros-, reales y creíbles.

            Patrizia y Lavinia ingresan por mediación de su tío Donato en el internado de Santa Anastasia, y Patrizia, excelente estudiante y con vocación de maestra, llega a matricularse en la universidad gracias a una beca; sin embargo, no acabará la carrera. Las circunstancias obligarán a las dos hermanas a trabajar para poder vivir independientes de Santi Maraviglia y su nueva familia, haciéndose cargo ellas de Marinella, quien probablemente sí logrará culminar su formación. Esta era muy pequeña cuando murió su madre y pierde a su padre cuando entra en la mayoría de edad.  Parece que el rencor hacia él no llega a anidar en ella como sí lo hace en sus hermanas, tal vez por eso la busca Santi el día de su decimoctavo cumpleaños para darle su regalo y pedirle que le diga a Patrizia que debe comunicarle cosas importantes; en realidad, quiere hablar con las tres. Nunca se producirá ese encuentro. Santi Maraviglia habrá de conformarse con ver de vez en cuando a Marinella. Ella será la única que lo vea muerto y acuda a su funeral: « (…) Santi Maraviglia moría donde había muerto Selma. Por supuesto, no tenía a Patrizia montando guardia en la puerta, ni a Lavinia presidiendo la cama: pero tenía a Marinella, sentada en el otro extremo de la colcha, que solo podía mirarlo. También a su madre solo había podido mirarla.»


En la escena final de la novela, Patrizia, acompañada por sus hermanas, se está probando su traje de novia. Las tres conversan sobre la posibilidad que ya concede la ley a las mujeres de conservar una vez casadas su apellido de solteras.Y aunque, tal como matiza Patrizia, es siempre el apellido de un hombre, ellas se muestran decididas a mantenerlo, en un gesto de reivindicación de su identidad y de su propia historia familiar frente a la de su marido. Así lo afirma Lavinia: «una puede decir: de ahora en adelante, mi apellido es el mío y de nadie más.» No parece casual la referencia, en el primer capítulo de la obra, al apellido: «Maraviglia» es lo que quería bordarle Selma a la menor de sus hijas para coserlo en el delantal del colegio, y duda si ponerle solo la inicial, que coincide con la de su nombre. Es decir, el asunto del apellido no constituye, a mi juicio, una cuestión menor. Además de figurar en el título, creo que enmarca la narración en una circularidad calculada. Desde la infancia de Rosa, bajo un patriarcado ejercido con infame violencia y absoluto desprecio hacia las mujeres, estas han ido ejecutando su rebeldía con inteligencia, determinación y coraje, guiándose unas a otras, tejiendo resistentes redes familiares desde el amor, el respeto y una generosidad a veces traducida en fértil renuncia  ̶ Patrizia y Lavinia no cumplirán sus sueños, pero gracias a sus desvelos Marinella tendrá la oportunidad de alcanzar los suyos ̶ . Y en ese proceso imparable las mujeres se han visto acompañadas también por hombres cabales, entregados con naturalidad y sincera convicción a una causa que han hecho suya.

Para concluir se me ocurre que un apellido puede resultar una ventaja o un lastre, un motivo de orgullo o de vergüenza, o no ser más que una palabra que nos coloca en el tapiz infinito de la historia humana, que nos sitúa en el espacio y en el tiempo en que nos ha tocado vivir, que nos recuerda nuestra pertenencia a una estirpe y una herencia genética o material. Apropiarnos de él del modo que sugieren las palabras de Lavinia no deja de ser un acto liberador de afirmación de la identidad particular, del derecho a escribirlo con el trazo genuino e inimitable de nuestro puño y letra, y llenarlo del valor,  único e intransferible, de la propia vida.