martes, 10 de marzo de 2026

Volver la vista atrás

 (de Juan Gabriel Vásquez).


Aquí está la esperada reseña de la última novela leída en nuestra tertulia. Un trabajo impecable e inspirado como siempre. Gracias, Josune.


                        

            Por fin y por suerte hemos leído esta obra, mencionada en varias ocasiones en nuestras propuestas de posibles lecturas. Casi todos reconocimos la fuerte impresión que nos había causado la peripecia vital de sus protagonistas, la familia del cineasta colombiano Sergio Cabrera Cárdenas, y elogiamos de manera unánime tanto el exhaustivo trabajo de documentación realizado por el autor como la destreza narrativa y el impecable estilo que lo caracterizan.

La novela comienza cuando, en octubre de 2016, Sergio se encuentra en Lisboa visitando a su mujer y a su hija (de las que está temporalmente separado) y recibe la noticia del fallecimiento de su padre, Fausto Cabrera. La escala en Lisboa de Sergio forma parte de su viaje a Barcelona, donde participará en una retrospectiva de su obra organizada por la Filmoteca de Catalunya. Aunque podría  volar a Bogotá para asistir a las exequias de su padre y retomar su compromiso con un mínimo retraso, Sergio decide no ir; sin embargo, cuando, en la primera entrevista que le hacen, le expresan las condolencias, él las agradece, y miente al decir que no puede acudir al funeral. Evidentemente, esa ausencia voluntaria le genera un conflicto. Algunos en la tertulia opinamos que este hecho condiciona la estructura del relato: una decisión así debe explicarse y, en este caso, la explicación exige “volver la vista atrás” para recordar quién fue su padre y cómo  marcó su vida y la de su hermana Marianella.

            En el capítulo siguiente el autor se ocupa del origen de Fausto, de familia española y republicana, en la que destaca un hermano de su madre, su tío Felipe Díaz Sandino, importante militar de Aviación que acaba siendo perseguido por los franquistas y que se convertirá en su héroe, su referente ideológico y vital. Se ven obligados todos a exiliarse, primero a Francia y desde allí a América Latina: Santo Domingo, Venezuela y, finalmente, Colombia. La pasión de Fausto por la poesía y sus dotes declamatorias lo conducen al mundo del teatro, la radio y posteriormente la televisión: se convertirá en un buen actor. Conoce en Medellín a Luz Elena Cárdenas, hija del adinerado dueño de un laboratorio farmacéutico, bella, inteligente y culta, con quien se casa en diciembre de 1947. Su primer hijo, Sergio Fausto, nace el 20 de abril de 1950, y su hija Marianella, dos años después. Fausto va entablando relación con otros veinteañeros como él, unidos por el entusiasmo y el deseo de hacer cosas importantes en un mundo en creciente ebullición. Resulta determinante para ellos la evidencia de que la revolución cubana contaba con firmes simpatizantes en Colombia: «Todo lo que estaba ocurriendo en América Latina era lo que Fausto soñaba para su España republicana, su España de derrotados, la España que parecía incapaz de hacer con Franco lo que Castro y Guevara habían hecho con Batista. Fausto sintió, por primera vez desde que lo llamaran judío en el puerto de Ciudad Trujillo, que su vida de exiliado no era una vida perdida: que la historia, después de todo, podía tener una misión o un propósito. Vientos del pueblo me llevan, recitó para sus adentros, vientos del pueblo me arrastran. Y qué ganas, qué ganas tenía Fausto de dejarse arrastrar.»


            Pero en Colombia se iba instalando en plena Guerra Fría el miedo a la amenaza roja, de modo que el montaje de teleteatro de El espía de Bertolt Brecht, en el que participaron Fausto, Luz Elena y el propio Sergio, desencadenó en la prensa una reacción sumamente adversa. A partir de ahí Fausto ve cómo van retirando de la programación sus espacios. La televisión le ofrece hacerse cargo de programas más comerciales y de melodramas dirigidos a un público más amplio, algo a lo que él se niega. Emulando a su tío Felipe, se mantiene fiel a sus principios: «Pues aguantaremos lo que se pueda, dijo. Pero yo babosadas no voy a hacer.»

            Todo esto es el preludio de una crisis familiar desencadenada por los problemas laborales de Fausto, el naufragio de su matrimonio y la conflictiva y precoz adolescencia que aqueja a Sergio. La situación da un vuelco con la llegada de una carta procedente de China: un conocido de Fausto, Mario Arancibia, que trabaja en Pekín como profesor de español, le propone, a instancias del gobierno chino,que se traslade allí con su familia para acompañarlo en esa tarea. Las condiciones que le ofrecen parecen inmejorables y Fausto lo ve como una oportunidad de cambio que tal vez salve su matrimonio, le permita a él estudiar teatro y vivir de cerca la revolución de Mao, de quien el tío Felipe le hablara con admiración. Así que la familia Cabrera Cárdenas se marcha al país asiático.

A partir de aquí comienza, a mi juicio, la parte más sorprendente de la novela y sumamente clarificadora para comprender la confusión de Sergio y sus sentimientos encontrados al recibir la noticia de la muerte de su padre. La detallada descripción de la vida en la China comunista resulta impresionante. Los Cabrera residen en el Hotel de la Amistad, junto con otros occidentales como ellos, contratados por el gobierno chino para ayudar en la enseñanza de idiomas. A Fausto le lleva muy poco tiempo considerar que el viaje había sido un acierto: su relación con Luz Elena había mejorado y él estaba fascinado por lo que había conseguido la revolución: comida, ropa y vivienda para todo el mundo. «Sí, el Gran Salto Adelante había cometido errores, se había topado con accidentes imprevisibles y con la oposición de las derechas saboteadoras que existen en todos los procesos revolucionarios del mundo, pero tenía los ojos puestos en objetivos más altos. En esto estaban de acuerdo Fausto y Luz Elena: de todo esto había mucho que aprender. Para ellos, por supuesto, pero también para sus hijos.»

Y así, Sergio y Marianella aprenderán chino y se irán aclimatando a ese mundo, aunque su verdadera inmersión se producirá al abandonar, por decisión de su padre, las clases en el Hotel de la Amistad para ingresar en el internado de la escuela Chong Wen. Acabado el curso y llegado el verano, sus padres viajarán a Colombia, y a la vuelta les comunicarán una inesperada noticia: Sergio y Marianella continuarán su formación en China mientras Fausto y Luz Elena regresan a Colombia para hacer la revolución. A partir de ese momento, Sergio y Marianella, dos adolescentes arrojados por sus padres a los brazos del estricto adoctrinamiento desarrollado por la Revolución Cultural, se convierten en indiscutibles protagonistas de la historia. Se entregarán a la causa del comunismo con absoluto fervor. Participarán en una comuna popular y trabajarán en una fábrica de relojes en la que los trabajadores se encomiendan a Mao tras el desayuno y antes de la cena con actitud idéntica a la de personas religiosas que le rezan a Dios. Impera el pensamiento único, férreo, sin fisuras, refractario por completo a cualquier atisbo de crítica que de inmediato se condena como traición y concesión al diablo burgués capitalista. La conciencia individual queda anulada por el cobijo del grupo, de la masa, cuyas acciones pueden adquirir una brutalidad animal. Cabe destacar el tristísimo episodio del profesor de Dibujo agredido por haber afirmado, al tratar cuestiones de aerodinámica y comparar dos aviones de combate, que el modelo norteamericano resultó mejor que el soviético. Queda detallado el cambio en la actitud de Sergio, el modo en que su convicción de que aquello que sus compañeros estaban haciendo con el profesor era deleznable es aplastada por el miedo a significarse y a que esa ira se vuelva contra él, hasta el punto de que participa en la agresión grupal propinándole una patada al supuesto traidor, contrarrevolucionario y enemigo.

La práctica del adoctrinamiento recibido podrán ejercitarla Sergio y Marianella cuando, también por decisión paterna, vuelvan a Colombia e ingresen en la clandestinidad de las guerrillas, amparada por la dureza de la selva. La revolución ha abrazado la violencia como inevitable camino para la construcción de un mundo nuevo. La entrega de los dos hermanos será total, pasarán por situaciones extremas, de verdadero riesgo, y conocerán a algunos seres miserables como el comandante Fernando. Poco a poco irán comprendiendo que esa vida no es para ellos; sin embargo, no será fácil abandonarla. La detención de su madre constituirá el detonante para el nuevo cambio de rumbo de toda la familia con la decisiva intervención de don Emilio, el padre de Luz Elena, quien utilizando su influencia logra la liberación de su hija. Después será la propia Luz Elena la que negocie con los compañeros del partido el regreso de su hijo y su marido sanos y salvos, y libres de sufrir represalias. Marianella, casada con Guillermo, un exguerrillero, se quedará en Colombia. Sergio y sus padres regresarán a China, donde el encuentro con el cineasta Joris Ivens acabará de encaminar a Sergio hacia su verdadera vocación. El momento en que le comunica a Fausto su decisión de marchar a Londres a estudiar cine resulta del todo elocuente, pues su padre se lo toma como una traición. Cuando Fausto le pregunta a su hijo dónde quedan, entonces, todos los planes que habían hecho, Sergio, por fin, responde con su propia voz: «Yo no hice planes, mamá no hizo planes, mi hermana no hizo planes. Los hiciste tú. (…) Toda la vida nos has hecho creer que lo decidíamos nosotros, pero no es verdad: lo decidías tú. Toda la vida he hecho lo que tú querías, toda la vida la he pasado callado, tratando de complacerte. Pero ya me he dado cuenta, papá. Me he dado cuenta de que callar no es una cuestión de temperamento: es una enfermedad. Yo me he callado mucho, sí, me he callado para adaptarme a lo que esperaban los demás. Y he tomado muchos riesgos, ahora me doy cuenta, he vivido una vida de riesgos, pero no me he arriesgado por mí, sino por lo que esperaban que yo fuera, por lo que tú esperabas de mí. Y ya no quiero ser eso: ya no quiero ser el joven valiente y prometedor. Ya no más. Esto, esto de ahora es lo mío. Esto de ahora lo decido yo, éstos son mis planes, los míos, no los de nadie más. Esto es lo que yo quiero hacer con mi puta vida.»

Creo que a estas alturas el lector ha comprendido sobradamente la decisión de Sergio de no estar presente en el funeral de Fausto Cabrera, en ningún caso motivada por la falta de amor hacia él. En la revisión de su filmografía en Barcelona, acompañado por su hijo Raúl, de dieciocho años, con quien tiene oportunidad de conversar sobre su vida y la conflictiva relación que mantuvo con su padre, deja muy claro que su huella es indeleble, y reconoce que con La estrategia del caracol, película en la que Fausto hace de sí mismo, trató de rendirle un homenaje.


Comentamos en la tertulia la importancia del contexto histórico y social de los años sesenta para valorar una actitud tan drástica, la entrega sin condiciones a unos ideales que estaban por encima de la estructura familiar, y la creencia fanática de que esos ideales constituían el mayor legado que ofrecer a los hijos, por encima del respeto a su libertad. En la biografía de Sergio y Marianella Cabrera resulta innegable el dolor infligido por las decisiones de su padre, un hombre que parece un personaje inventado, pero que fue asombrosamente real, y hacia el que ellos profesaron amor y lealtad hasta el borde de la propia aniquilación. La ausencia en su funeral por parte de Sergio supone, a mi juicio, el reconocimiento de ese dolor, y la narración de sus vidas, la explicación del mismo y la aceptación definitiva de lo acontecido.

Para terminar es preciso aludir a la Nota del autor que aparece al final del libro, en la que Juan Gabriel Vásquez afirma que «Volver la vista atrás es una obra de ficción, pero no hay en ella episodios imaginarios. (…) el acto de la ficción ha consistido en extraer la figura de esta novela del gigantesco pedazo de montaña que es la experiencia de Sergio Cabrera y su familia, tal como me fue revelada a lo largo de siete años de encuentros y más de treinta horas de conversaciones grabadas.» Se apoya Vásquez para explicar su propósito en una cita del novelista y editor inglés Ford Madox Ford: «(…) una novela debería ser la biografía de un hombre o un caso, y toda biografía de un hombre o un caso debería ser una novela, siendo ambas, si se ejecutan de manera eficiente, interpretaciones de tales casos como son las vidas humanas.» Reconoce el autor esa labor de interpretación frente a los acontecimientos de la vida de Sergio Cabrera, el afán de darles un orden que trascendiera el mero recuento biográfico y sugiriera significados ocultos tras los hechos. Y añade: «No es otra cosa lo que hacen las novelas. A esto nos referimos, creo, cuando hablamos de imaginación moral: a esa lectura de una vida ajena que consiste en observar para conjeturar, o en penetrar lo que es manifiesto para descubrir lo oculto o lo secreto. La interpretación es también parte del arte de la ficción; que el personaje en cuestión sea  real o inventado es, en la práctica, una distinción inconducente y superflua.»

En mi opinión, en estas últimas líneas se halla la clave del gran acierto del autor: no se siente limitado por los hechos reales porque trata a sus protagonistas como personajes, y, en determinados tipos de novela, a los que Volver la vista atrás pertenece, los personajes son lo esencial, se convierten en imprescindibles, pues en ellos el autor deposita el “alma” del relato, reflejo de la suya y alimentada por la audacia de su libertad creadora. Y me parece evidente que en la obra esto ocurre de manera irremediable cuando su mirada se centra en Sergio y Marianella, esos dos adolescentes entregados por su padre a la causa revolucionaria del comunismo.

Tal como reza en el libro, Juan Gabriel Vásquez lo concluyó en Bogotá, en octubre de 2020, en plena pandemia del coronavirus, y confiesa que su escritura lo ayudó a transitar por aquel tiempo caótico: «ordenar un pasado ajeno fue la manera más eficaz de lidiar con el desorden de mi presente.» Al fin y al cabo, construir un universo dotado de cierto orden es lo que suelen pretender los novelistas, ya sea su inspiración la realidad o el arrebato de su imaginación. Tanto los habitantes de aquella como las criaturas emergidas de esta conceden al autor el poder de cincelar sus vidas con la verdad y la belleza de la palabra, acaso el más prodigioso instrumento humano con el que seguir intentando desentrañar la complejidad de la existencia y su misterioso sentido.

 

 


jueves, 22 de enero de 2026

El apellido de las mujeres

 (de Aurora Tamigio)


Aquí tenéis la espléndida reseña de la última tertulia a cargo de nuestra fiel cronista Josune. Como siempre, gracias.


                                          Reseña sobre El apellido de las mujeres

            Casi todos reconocimos haber leído con inmenso agrado esta novela, que nos permite recorrer el siglo XX de la mano de una familia siciliana a través de tres generaciones de mujeres presentadas en el primer capítulo. La abuela, Rosa, y sus tres nietas, Patrizia, Lavinia y Marinella, rodean a Selma, hija de la primera y madre de las muchachas, encamada desde hace tiempo. El 18 de junio de 1970 asisten al terremoto que se produce bajo sus pies y que precede al otro cataclismo, el de la muerte de la enferma.

            A continuación la historia se presenta organizada cronológicamente en bloques correspondientes a cada una de las cinco mujeres y dividido cada bloque en un número de capítulos que, a partir de los tres que componen la historia de Rosa, irá sumando uno con respecto al bloque de la protagonista anterior, en una creciente estructura que acaso intente sugerir de qué modo los avatares de cada una nutren y hacen progresar la existencia de la siguiente, mediante una trabajosa extensión que va desplazando los límites impuestos a la condición femenina desde comienzos del siglo XX hasta 1983, fecha en la que concluye la historia.

            Se trata de una obra amena, dinámica, sorprendente, que capta el interés del lector desde la primera línea y sabe mantenerlo sin decaimiento, con un estilo brillante, ágil y poético, que recuerda, en la soltura narrativa y en lo irreal y fantasmagórico, a los relatos de Isabel Allende, por ejemplo. Podríamos situarla en una especie de Realismo mágico europeo, aunque más próximo a la realidad que al ensueño, sembrada aquella, eso sí, de las creencias y supersticiones propias de la cultura y tradición de los países latinos.


            Los personajes están muy bien perfilados y los conocemos fundamentalmente a través de sus acciones, de su comportamiento. El protagonismo de la narración recae en las cinco mujeres, y cada retrato, enfocado en el bloque titulado con su nombre, se va completando en los bloques sucesivos, puesto que entre todas sostienen el hilo que va tejiendo el tapiz del clan al que pertenecen, y esto lo hacen con tanta eficacia que atenúa lo que se podría considerar la principal carencia de la novela: la falta de una mayor profundización psicológica en las protagonistas. Y así, cuanto sucede contribuye al desarrollo de una historia familiar estrechamente ligada al contexto espaciotemporal que la encuadra  ̶ la localización geográfica y la datación son continuas ̶ , y en la que el espíritu combativo de Rosa alienta la trepidante y compleja peripecia vital de sus descendientes, con personalidades tan atractivas como diversas.

            Aunque resulta indudable que el mundo de las mujeres ocupa en esta novela un espacio mayor que el de los hombres, estos son tratados con rigor y desde el respeto a su individualidad. Los primeros retratos masculinos que conocemos, el padre maltratador y los hermanos de Rosa, inauguran una galería que, para alivio de ella, mejorará con el joven que habrá de convertirse en su marido, Sebastiano Quaranta, quien «no tenía padre, madre ni hermanas, por lo que Rosa había dado con el único hombre del mundo que no sabía golpear a una mujer.»  Junto a él cabe destacar a Fernando y Donato, sus dos hijos varones, leales a la familia y protectores de sus sobrinas durante toda su vida;  a Peppino Incammisa, el amigo fiel que considera a Donato su verdadero padre; a Cosimo Passalacqua, cuya paciencia y perseverancia finalmente lo convertirán en marido de la temperamental Patrizia; a Luciano Vaglio, el caballeroso enamorado de Marinella. Mención especial merece Santi Maraviglia, o Santidevidrio, con quien se casó Selma sin percatarse de que «no era nada del otro mundo» y junto al que tuvo a sus tres hijas en un matrimonio infeliz como tantos otros. Su peor versión, de padre injusto y violento, aparecerá tras la muerte de Selma y al irrumpir en su vida Carolina Brancaforte, con quien contraerá nuevas nupcias y que resultará una auténtica madrastra de cuento para las muchachas, las cuales acabarán abandonando el domicilio familiar después del altercado entre Patrizia y Valentino Brancaforte, de la misma calaña que su hermana. Es decir, la novela no es en absoluto maniquea al presentar a los personajes femeninos y masculinos. Todos resultan, en general, seres humanos imperfectos   -aunque unos más que otros-, reales y creíbles.

            Patrizia y Lavinia ingresan por mediación de su tío Donato en el internado de Santa Anastasia, y Patrizia, excelente estudiante y con vocación de maestra, llega a matricularse en la universidad gracias a una beca; sin embargo, no acabará la carrera. Las circunstancias obligarán a las dos hermanas a trabajar para poder vivir independientes de Santi Maraviglia y su nueva familia, haciéndose cargo ellas de Marinella, quien probablemente sí logrará culminar su formación. Esta era muy pequeña cuando murió su madre y pierde a su padre cuando entra en la mayoría de edad.  Parece que el rencor hacia él no llega a anidar en ella como sí lo hace en sus hermanas, tal vez por eso la busca Santi el día de su decimoctavo cumpleaños para darle su regalo y pedirle que le diga a Patrizia que debe comunicarle cosas importantes; en realidad, quiere hablar con las tres. Nunca se producirá ese encuentro. Santi Maraviglia habrá de conformarse con ver de vez en cuando a Marinella. Ella será la única que lo vea muerto y acuda a su funeral: « (…) Santi Maraviglia moría donde había muerto Selma. Por supuesto, no tenía a Patrizia montando guardia en la puerta, ni a Lavinia presidiendo la cama: pero tenía a Marinella, sentada en el otro extremo de la colcha, que solo podía mirarlo. También a su madre solo había podido mirarla.»


En la escena final de la novela, Patrizia, acompañada por sus hermanas, se está probando su traje de novia. Las tres conversan sobre la posibilidad que ya concede la ley a las mujeres de conservar una vez casadas su apellido de solteras.Y aunque, tal como matiza Patrizia, es siempre el apellido de un hombre, ellas se muestran decididas a mantenerlo, en un gesto de reivindicación de su identidad y de su propia historia familiar frente a la de su marido. Así lo afirma Lavinia: «una puede decir: de ahora en adelante, mi apellido es el mío y de nadie más.» No parece casual la referencia, en el primer capítulo de la obra, al apellido: «Maraviglia» es lo que quería bordarle Selma a la menor de sus hijas para coserlo en el delantal del colegio, y duda si ponerle solo la inicial, que coincide con la de su nombre. Es decir, el asunto del apellido no constituye, a mi juicio, una cuestión menor. Además de figurar en el título, creo que enmarca la narración en una circularidad calculada. Desde la infancia de Rosa, bajo un patriarcado ejercido con infame violencia y absoluto desprecio hacia las mujeres, estas han ido ejecutando su rebeldía con inteligencia, determinación y coraje, guiándose unas a otras, tejiendo resistentes redes familiares desde el amor, el respeto y una generosidad a veces traducida en fértil renuncia  ̶ Patrizia y Lavinia no cumplirán sus sueños, pero gracias a sus desvelos Marinella tendrá la oportunidad de alcanzar los suyos ̶ . Y en ese proceso imparable las mujeres se han visto acompañadas también por hombres cabales, entregados con naturalidad y sincera convicción a una causa que han hecho suya.

Para concluir se me ocurre que un apellido puede resultar una ventaja o un lastre, un motivo de orgullo o de vergüenza, o no ser más que una palabra que nos coloca en el tapiz infinito de la historia humana, que nos sitúa en el espacio y en el tiempo en que nos ha tocado vivir, que nos recuerda nuestra pertenencia a una estirpe y una herencia genética o material. Apropiarnos de él del modo que sugieren las palabras de Lavinia no deja de ser un acto liberador de afirmación de la identidad particular, del derecho a escribirlo con el trazo genuino e inimitable de nuestro puño y letra, y llenarlo del valor,  único e intransferible, de la propia vida.