jueves, 18 de noviembre de 2010

Madame Bovary

de Gustave Flaubert.



Aquí estamos otra vez; ha costado volver a empezar, los elementos (en forma de Consellerias et alii) parecen confabularse en nuestra contra... pero resistimos, con tanta fuerza como siempre. La primera tertulia del curso se celebró hace ya unas semanas, pero por unas cosas y por otras la reseña no ha podido llegar hasta ahora. Y hela aquí, surgida de la fecunda pluma de nuestra Josune:


"Creo que en la elección de Madame Bovary pusimos bastante más entusiasmo que en su lectura. En la historia de nuestra tertulia, cada cierto tiempo a alguno de nosotros le entra una repentina nostalgia por los clásicos y propone un título de esos que podríamos calificar de imprescindibles o, al menos, de obligatorios. Y los demás secundamos la propuesta o callamos un tanto avergonzados. Los clásicos también existen y debemos leerlos.
Pues bien, leída está Madame Bovary, pero dudo mucho que en la votación con que concluimos cada temporada salga como el libro que más nos ha gustado. Menos mal que Valentín nos recordó los valores eróticos y la actitud casi feminista que nuestro Vargas Llosa halló en la novela de Flaubert y que desarrolló en su ensayo La orgía perpetua. Menos mal, repito, porque casi nos enzarzamos en justificar la irritación que Emma Bovary nos había producido con sus caprichos, sus cambios de humor y sus ñoñerías, y nos olvidamos de analizar al personaje en el contexto de su época, y de valorar la habilidad del autor para mostrarnos con tanta eficacia el alma de su protagonista.
Si es verdad que los clásicos no envejecen, no pierden su brillo, no decae su calidad, habremos de admitir entonces que es nuestra mirada la que cambia, nuestro tiempo el que altera el grado de docilidad con que los abordamos. Porque me parece que hay momentos en que no estamos para determinados clásicos por mucho que lo sean. Personalmente estoy contenta de haber leído Madame Bovary. Era la que me faltaba para completar la terna que constituye junto a La Regenta y Anna Karenina de grandes novelas decimonónicas sobre el adulterio femenino y ha sido, sin duda, la que menos me ha gustado de las tres.
La tertulia estuvo muy bien. Dijimos sin ningún reparo lo que pensamos, lo que nos despertó la lectura de esta gran novela. Porque eso, que es una gran novela, no lo cuestionamos en ningún momento. Pero, en general, no nos entusiasmó y confesamos que a ratos nos puso de los nervios. Con reconocimientos puntuales a la indiscutible maestría de Flaubert, esta opinión es la que dominó.
Y no pasa nada. Volveremos a los clásicos cada vez que nos apriete la nostalgia o cierto sentido del deber. Y volveremos con entusiasmo, como siempre, aunque algo me dice que no será pronto."


La próxima tertulia (hacia finales de noviembre) versará sobre La reina de las nieves, de Carmen Martín Gaite (la anterior propuesta de Lo que esconde tu nombre se anuló por aclamación popular). El lugar y la fecha se anunciarán en breve en este blog, así que permaneced atentos (y si de paso hacéis algún comentario, mejor que mejor).

martes, 25 de mayo de 2010

El beso de la mujer araña

(de Manuel Puig)



La última tertulia de este curso ha sido una de las menos concurridas (no así la cena de despedida que vino a continuación); las excusas de unos y otras para no acudir fueron de lo más variadas: que si no me he terminado el libro, que si tengo fontaneros en casa, que si me tengo que depilar para la cena (como suena), que si no tengo con quién dejar a los niños… Bueno, lo importante es que nos reunimos unos cuantos y lo pasamos bien hablando de la novela, que es lo que cuenta.
El beso de la mujer araña nos dejó a casi todos con buen sabor de boca; algunos ya la habíamos leído poco después de su publicación allá por los ochenta (creo recordar que se publicó en el setenta y tantos), y coincidimos en que es una obra que ha soportado bien el paso del tiempo. Lo único que nos resultó un tanto chirriante fue la abundacia y densidad de las notas a pie de página (todas del autor) sobre las teorías acerca de la homosexualidad y sus posibles explicaciones psicológicas: aunque muchos nos leímos la primera y nos saltamos todas las demás (sí, lo confieso), se comentó que en el momento de su publicación sí que habrían tenido pleno sentido, pues –aparte de que el tema era poco menos que tabú- revestirían a la obra de un tinte de seriedad, acercándola en cierto sentido a un estudio sociológico.
La caracterización de los personajes por medio de sus propias palabras nos pareció magistral: aunque no hay una sola descripción ni de Molina ni de Valentín en toda la novela, nos formamos una perfecta imagen de ambos por su forma de hablar, de actuar e interactuar (como bien dijo nuestra Madre Fundadora, esta obra nos reconcilia con la palabra, es un homenaje a la oralidad). La intercalación de documentos de todo tipo (informes oficiales, transcripciones de interrogatorios y de escuchas telefónicas…) nos recordó la técnica, novedosa en su momento, empleada en otra novela que también leímos en esta tertulia, La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza.
Discutimos también sobre el amor y la traición, sobre si realmente existe amor en la relación entre Valentín y Molina o simplemente se acostumbran el uno al otro y se utilizan mutuamente; el tema de la traición tampoco quedó claro, pues aunque al principio parece claramente que Molina actúa de acuerdo con el director de la prisión para conseguir información sobre su compañero y su grupo revolucionario, más adelante se constata por su comportamiento que no tiene ninguna intención de traicionarlo, acabando por redimirse con su sacrificio de “gran heroína trágica”, como si de un personaje de sus películas se tratara.
Coincidimos muchos en que uno de los elementos más atractivos de la novela es la inclusión de las películas, narradas por Molina con tanto lujo de detalles que parece que las estemos viendo proyectadas en el momento de su lectura.

Como viene siendo tradicional cada final de “temporada”, se votó cuál había sido el libro que más había gustado, y venció Las uvas de la ira, aunque como mejor tertulia resultó ganadora la de Los peces de la amargura por aplastante mayoría.

Para las vacaciones nos hemos reservado un clásico, Madame Bovary, de Gustave Flaubert (será la primera tertulia del próximo curso, allá por septiembre). Y, para quien quiera ir adelantando trabajo para la siguiente, el próximo libro será el último premio Nadal, Lo que esconde tu nombre, de Clara Sánchez (editorial Destino).





domingo, 9 de mayo de 2010

La isla bajo el mar

(de Isabel Allende)



RESEÑA ENVIADA POR JOSUNE

Muchos de nosotros reconocimos haber disfrutado con La isla bajo el mar, la última novela de Isabel Allende. La escritura de esta autora suele producir un efecto balsámico en los lectores, trate el tema que trate, lo cual nos ha venido bien tras la crudeza de obras anteriores. Y no es que este libro aborde una realidad dulce —la historia de la esclava Zarité y de todo un país, Haití, que lucha por su liberación, resulta tremenda, inhumana― pero la prosa de Allende posee la rara virtud de ofrecernos la crueldad domesticada por un lirismo y un sentido del humor que atenúan la negrura de los hechos y de los seres terribles.
El contexto está bien dibujado. Las referencias a Francia primero y a Estados Unidos después, a los acontecimientos que se sucedían en estos dos países, paralelos al proceso revolucionario desatado en Haití, aparecen hábilmente engranados en la ficción novelesca, de modo que el peso de lo histórico en ningún momento resulta excesivo.
Los numerosos personajes encarnan diferentes actitudes ante una realidad comprometida y compleja. La brutalidad de Prosper Cambray o de Valmorain se hace soportable con el contrapunto de los demás: la propia Teté, Honoré, Violette y su fiel Loula, Étienne Relais, Tante Rose, el doctor Parmentier, el encantador caballero español Sancho García del Solar, Maurice, Zacharie, el Père Antoine... Creo que ahí está la clave de que sobre un tema como el de la esclavitud se levante una novela muy entretenida, de acción trepidante y que no nos deja al final un poso amargo. Ninguna de las obras de Isabel Allende concluye con desesperanza. Sin caer en el imperdonable tópico del final feliz, nunca concede a la crueldad, a la muerte y al dolor la última palabra.
Nos entretuvimos en comentar también algunos detalles curiosos de la biografía de la autora, cuyo juvenil aspecto desmiente la rotundidad de sus casi sesenta y ocho años. Vive en California con su segundo marido en un hogar llamado «La casa de los espíritus», como la primera novela que escribió y también la mejor. Posiblemente en ese hecho, en que nada de lo mucho que ha publicado después haya superado el altísimo listón alcanzado por esta excepcional obra, radique la polémica sobre si se trata de una buena escritora o simplemente de una autora muy popular y muy leída. Pienso que todo a la vez. Sus novelas podrán gustarnos más o menos; tiene mucho donde elegir. Pero creo que ocupa con justicia un destacadísimo lugar entre los novelistas en lengua española.
El libro propuesto para la próxima tertulia (que tendrá lugar el viernes, 21 de mayo) es El beso de la mujer araña, de Manuel Puig (Ed. Seix Barral)



domingo, 21 de marzo de 2010

Lo que el día debe a la noche

(de Yasmina Khadra)


No ha sido fácil encontrar a alguien que se prestara a hacer al menos una reseña (y no digo ya una defensa) de esta novela sobre la que versó la tertulia del pasado 3 de marzo; todos coincidimos en lo fácil que puede llegar a ser para un traductor “cargarse” la obra de un novelista, como ha sido el caso: errores sintácticos, léxicos y sobre todo estilísticos pueblan la traducción de Lo que el día debe a la noche que ha llegado a nuestras manos. Pero incluso prescindiendo de este factor nadie pareció encontrar demasiado que salvar de la quema.

Y en este punto llega nuestro Jesús Marlasca, abogado de causas perdidas, que se está especializando en ver el lado positivo de obras que a la mayoría no han gustado (ya lo hizo, por ejemplo, con La elegancia del erizo o con Pomponio Flato); gracias a él contamos con algunas reflexiones que arrojan algo de luz sobre la novela de Yasmina Khadra que, de otra manera, habría pasado sin pena ni gloria (o con más pena que gloria) por nuestra memoria de lectores. No tuve que insistirle mucho (la tortura está mal vista) para que entresacara unas citas memorables de la obra y escribiera algunas líneas que paso ahora a resumir. Gracias, Jesús, santo patrón de los libros indigestos (Reader’s In-digest?).
El fallo principal que le ve al libro es la falta de fuerza y coherencia narrativa, aunque se salvaría –nos dice Jesús- si el objetivo del autor hubiera sido el de plasmar la vida de un personaje timorato (esa palabra a mí siempre me ha sonado a química, como “timorato de sodio”, o algo así), incapaz de enfrentarse a las situaciones, indeciso, mediocre y, en consecuencia, triste e infeliz. Un libro para dejarnos con el malestar que se siente cuando uno se ve reflejado en él. Aunque añade que no cree que haya sido ésa la intención del autor. Y, a partir de aquí, nos ofrece algunas citas sueltas que, como dice él, “valen para la vida”:
-Sobre el pretendido “desarrollo” de la cultura occidental: “[Los árabes]… no somos perezosos, sólo que nos tomamos nuestro tiempo para vivir. Para los occidentales, el tiempo es dinero.”
-Sobre el proceso de maduración y el aprendizaje: “Resulta extraño cómo las verdades que desconocemos nos alcanzan en los lugares menos oportunos. Me iba a pique y fue una puta la que me sacó a flote”. (O, más adelante): “Me había decidido a arrancarme el corazón con las manos si se me ocurría lamentarme un segundo por mi suerte”.
-Sobre la superación de los miedos, cuando Younes revienta, por fin, ante la arrogancia y el sentimiento de posesión de la tierra de Argelia del señor Sosa, que desprecia a los árabes.
-Sobre la toma de decisiones imperiosas: “Llegó el momento de elegir entre la maleta o el ataúd”.
-Sobre la felicidad: “He sido feliz después [del rechazo de Emilie]… He tenido alegrías, momentos inolvidables; hasta he amado… Sin embargo, siempre he sentido […] que no hacía sino gravitar en la periferia de la felicidad”.
-En el cementerio de Saint-Pierre: “La auténtica tumba de los muertos es el corazón de los vivos”.

Gracias de nuevo, Jesús, por tus reflexiones.

El libro propuesto para la próxima tertulia (ya a la vuelta de las vacaciones de Pascua) es La isla bajo el mar, de Isabel Allende (editorial Plaza-Janés).

martes, 26 de enero de 2010

Los peces de la amargura

( de Fernando Aramburu)

RESEÑA ENVIADA POR JOSUNE.


El título del libro de relatos que comentamos en nuestra tertulia el pasado 19 de enero es también el del primer cuento, uno de los que a mí más me han gustado. Un hombre de mediana edad se entretiene en observar y alimentar a los peces de su acuario. Su hija, una joven condenada a usar muletas para siempre como consecuencia de las heridas causadas por un atentado terrorista, le pregunta cuál de esos peces podía ser ella. El padre elige el blanco, «(...) un molly blanco, el único que me queda de esa clase. Había nacido en el acuario. Un día, hace lo menos tres años, fui a limpiar el filtro y encontré dentro dos alevines, uno que ya murió y ése. Sus progenitores tampoco sobrevivieron a los meses en que descuidé el acuario. Aunque pequeño, puede que sea el pez más viejo de cuantos me quedan. (...) Desde aquella tarde se acercaba al acuario con más frecuencia que en tiempos anteriores. ¿Dónde estoy que no me veo? Lo preguntaba con la cara casi pegada al cristal. La llenaba de contento descubrir al molly escondido entre las plantas. Lo saludaba, se dirigía a él con su propio nombre, le decía cosas por lo general graciosas. También le decía que le daba pena su soledad. Triste.» (pp. 29 y 30) Triste este cuento, triste el libro. Pero lo peor es que lo que refleja rezuma verdad, realidad. Y eso, que estas historias tan tristes sean de verdad, es lo que a mí me resulta insoportablemente triste.
Sin embargo, el libro nos gustó, nos gustó mucho y creo que a todos, lo cual se ha dado muy pocas veces en la historia de nuestra tertulia. Dice el maestro Serrat en una de sus bellas canciones: «Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio». Tal vez lleve razón. La verdad suele ser sencilla y clara, y a veces llegamos a ella tras dolorosas peripecias que podríamos habernos ahorrado. Todo por demorar el encuentro con lo que es tal y como es, sin trampa ni cartón, sin remedio. Ahí es donde nos espera la tristeza, en la constatación de que la realidad ante la que nos situamos podía haber sido de otro modo; pero es ASÍ, nos guste o no.
La joven protagonista del cuento de los peces fue un sábado por la mañana a sacar dinero al cajero de la oficina que los etarras habían elegido para poner una bomba. Pudo haber ido en otro momento o a otro cajero. Pero fue a ése justo cuando la bomba estalló y marcó para ella y los suyos la negra raya entre el antes y el después en su vida, para siempre, sin remedio. Ésa es la verdad. El azar elige a las víctimas de la violencia terrorista y la onda expansiva del terror siembra el miedo por todas partes.
En otros relatos de este libro el terror se dirige a quienes los criminales consideran sus enemigos, o enemigos del pueblo vasco, al que ellos, según afirman, defienden y pretenden liberar. En estas historias los terroristas señalan qué ideas o actitudes pueden acarrear la desgracia y la muerte. La tragedia de las víctimas y sus familias convierte el miedo de los demás en silencio e inhibición. Además de con la vida rota, las víctimas se quedan solas. Algunas siguen viviendo allí; a otras no les queda más remedio que irse. Triste.
Fernando Aramburu, el autor de la obra, nació en San Sebastián en 1959. Veo difícil reflejar, del modo en que él lo hace en este libro, la realidad de la sociedad vasca sojuzgada por el terror de ETA sin conocerla bien. La descripción de los tipos humanos está lograda mediante una portentosa selección de actitudes y de palabras. Si a la expresión le faltan verbos no es porque el autor los haya olvidado sino porque están ausentes también de los vascos a los que pertenece. El cuento es un género muy difícil porque esconde mal tanto sus excesos como sus carencias. A mí me parece que a estos diez cuentos ni les sobra ni les falta nada, y que, además, se le debe reconocer a su autor el mérito de mostrar no sólo la tragedia de la barbarie terrorista sino también la ideología que la sustenta, y de no dejarse a nadie fuera de la fotografía que nos ofrece. En Los peces de la amargura estamos todos.
Hay literatura prescindible y hay literatura necesaria. Este libro pertenece a la segunda categoría. Casi todo lo que hablamos en la tertulia trascendió lo literario porque siempre la vida es antes y es más, y la lectura de estos relatos nos obliga a conocer los motivos por los que el nacionalismo radical sigue teniendo adeptos, pues, contemplado desde fuera y desde lejos, resulta incomprensible, absurdo, triste.
Algunas víctimas del terrorismo han dicho muy claro que ni olvidan ni perdonan y me parece más que probable que quienes no lo han dicho también lo piensen. Están en su derecho. Creo que yo, en su lugar, sentiría lo mismo que ellos. Ojalá los asista a todos la fortaleza del molly blanco y salgan adelante sin demasiada amargura. No dejo de preguntarme, desde que acabé de leer el libro, cuál de los peces del acuario sería yo...
El libro propuesto para la próxima tertulia (sobre mediados de febrero) es Lo que el día debe a la noche, de Yasmina Khadra (Ediciones Destino, Barcelona 2009)

domingo, 13 de diciembre de 2009

Las uvas de la ira

(de John Steinbeck)



Parece que esta tertulia, aparte de ser una de las más hipercalóricas –los rollitos de María hicieron perder la compostura y la línea a más de uno- ha sido una de esas raras ocasiones en las que casi todos estábamos de acuerdo en la monumentalidad de la novela comentada. Las uvas de la ira no ha dejado a nadie indiferente: mientras que a la mayoría nos pareció una obra excepcional, una de las cumbres de la literatura, a algunos simplemente les impactó y sobrecogió la odisea de la familia Joad en busca de su particular El Dorado (pero –matizó una de nuestras “tertuliantes”- sólo recomendaría su lectura a quien le apeteciera pasarlo francamente mal).
Hubo quien propuso utilizar la novela como libro de texto de diferentes materias: historia, filosofía, economía, religión… de tanto “tema transversal” (en términos LOGSE) que surca las páginas de la obra de Steinbeck.
También se comparó el libro con El Manifiesto Comunista: la única salida que parece viable para la penosa situación de los okies es la revolución (no en vano la novela estuvo prohibida durante años en Estados Unidos); el único respiro que se les concede a los Joad es la estancia en el campamento del gobierno, donde todos ayudan a todos, la propia comunidad elige a sus gobernantes, no existe policía… unas ideas bastante cercanas al marxismo.
La figura de Madre (así, sin artículo) a todos nos pareció magistral: esa mujer de una pieza que intenta mantener unida la familia mientras ésta se va descomponiendo poco a poco, es uno de los personajes mejor trazados de la novela. Su fuerza ante la adversidad anula a su marido, que ya no se atreve ni a levantarle la mano (es tremendo el pasaje en que ella, ante un enfado de su marido, le replica que ya le dejará que le propine una buena paliza cuando estén establecidos, con un buen trabajo y una buena casa).
También coincidimos muchos en lo impactante y desolador del final, que no revelaremos dado que algunos no llegaron a acabar la novela. Este final no aparece en la versión cinematográfica de John Ford (de 1940), película, por otra parte, altamente recomendable, aunque el director se vio forzado a realizar algunos cambios con respecto a la novela en aras a la comercialidad (realmente Ford se “desentendió” de la película una vez filmadas todas las escenas, y fue en el proceso de montaje donde se realizaron los cambios: el final es mucho más esperanzador que en el libro, la estructura está ligeramente alterada de manera que el episodio del campamento gubernamental quede hacia el final, se omiten las referencias a los “rojos” y se cambia el término por “alborotadores”…, detalles que, sin embargo, no impiden que éste sea uno de los grandes clásicos del cine americano).
Animamos desde aquí a todos los que no han tenido tiempo (o ganas) de leerse las setecientas y pico páginas de la obra a que lo hagan, pues (aparte de sufrir con la familia Joad) comprenderán así mucho mejor una etapa de la historia de Estados Unidos, la de la gran depresión.







El libro para la próxima tertulia (ya en enero) será Los peces de la amargura, de Fernando Aramburu (editorial Tusquets).

domingo, 25 de octubre de 2009

La vieja sirena

(José Luis Sampedro)

RESEÑA DE JOSUNE:



El pasado 7 de octubre abrimos la nueva temporada de tertulias con La vieja sirena, de José Luis Sampedro, la novela más voluminosa del año, ésa que nos dejamos para el verano porque en teoría disponemos de más tiempo pero que finalmente leemos —casi todos— agobiados por las prisas. Y me refiero a la extensión porque sus más de seiscientas páginas se han convertido en un inconveniente nada despreciable para aquellos a los que les ha gustado poco la novela, que, por cierto, han sido unos cuantos.
Yo tenía muchas ganas de que leyéramos y comentáramos este libro. A mí me llegó recomendado por un amigo mío, uno de los mejores y más exigentes lectores que conozco. Me habló de él con entusiasmo y eso mismo fue lo que me causó la primera vez que lo leí, hace unos quince o dieciséis años. Me interesó la historia, me sorprendió la descripción de una sociedad en crisis, heterogénea y cambiante, como la que habitaba Egipto en el siglo III d. J. C. Me cautivaron los tres personajes principales, ella sobre todo, y me llamó la atención el poético lenguaje con el que el autor refleja el sentimiento amoroso.
La sabiduría de Irenia, su honda comprensión de la naturaleza humana, que ella, ser eterno e inmortal, ha pedido compartir, fue lo que más me impresionó, junto con las reflexiones sobre las fronteras: «...el futuro se juega en las fronteras...»; «...Porque dentro del imperio hay gentes fronterizas, como los cristianos o los esclavos. Y dentro de cada ser humano también hay fronteras, la vida se crece siempre en las fronteras.» (p. 207) La frontera como ejemplo de nuestras contradicciones y mezclas. La frontera como el espacio geográfico y existencial en el que la vida se arraiga y fortalece. La confusión de la frontera como origen de la tolerancia desde el más puro sentimiento de libertad.
Incluí esta novela en la lista de mis libros más queridos y la he regalado en varias ocasiones con la intención de compartir con otros un tesoro. Debo decir, tras su relectura, que la seguiré regalando porque me parece una novela buena y recomendable, pero ha desaparecido el entusiasmo de mi primer encuentro con ella. Otros contertulios comentaron que les había sucedido lo mismo, de lo cual concluimos que hay obras que envejecen mal y que, si no resisten la relectura, tal vez es que nunca estuvieron al nivel que creímos. El libro es el mismo, es el lector quien ha cambiado. Hace años me pareció una obra admirable en la que no hallé defecto alguno. Esta vez, en cambio, me ha parecido que el tono poético traspasa con frecuencia los límites de «lo ñoño», apreciación en la que hemos coincidido unos cuantos, y que los tres protagonistas simbolizan una terna demasiado obvia de actitudes vitales. También comentamos que los pasajes sobre la guerra resultan demasiado extensos y en ellos decae el interés de la historia, interés que algunos ni siquiera llegaron a percibir.
Hubo opiniones para todos los gustos, lo cual siempre está bien.
Quedamos emplazados para la primera quincena de noviembre con Las uvas de la ira, de John Steinbeck. Feliz lectura.
Josune