domingo, 13 de octubre de 2013

El gran Gatsby

(de F. Scott Fitzgerald)


Para esta primera entrada del curso tras las merecidas vacaciones contamos con una cronista de lujo, Menchu, que ahora tiene unas vacaciones un poco más largas que las nuestras. Transcribo a continuación su inspirada reseña: 
 
Según tengo entendido F. S. Fitzgerald escribió El Gran Gatsby en 1924 en Francia y la corrigió posteriormente en Roma y Capri (ahí es nada); él mismo le comentó a su editor "he escrito la mejor novela de los Estados Unidos” (el chaval no se andaba por las ramas).
 
Gertrude Stein, gran dama de la movida parisina de los años 20, describió a S. Fitzgerald como el mejor representante de la llamada “generación perdida” y este libro se ha considerado desde entonces como uno se los hitos de la novela americana.
El libro está dividido en 9 capítulos no demasiado extensos; en ellos Fitzgerald nos presenta un mundo de contrastes que, en mi opinión, es uno de los “atractivos” de la novela.
La trama se va a desarrollar en unos E.E.U.U. que han ganado la Gran Guerra y que a partir de ese momento van a convertirse en los protagonistas de la historia del siglo XX. Manhattan y Long Island son los escenarios principales.
Los “ felices veinte” como telón de fondo nos van a presentar una sociedad con grandes contradicciones: es la época del jazz, del charleston, de faldas y pelo corto a lo “garçon”, de un capitalismo agresivo en el que la riqueza es la llave a través de la cual podemos conseguir cualquier cosa , siempre y cuando no nos importe demasiado el precio que tengamos que pagar. Pero no olvidemos que la Gran Depresión está al llegar y anunciandola están el alcohol, los negocios sucios, la miseria y el pesimismo de los otros grupos sociales.
Los protagonistas van a formar parte de este caleidoscopio. Podríamos agruparlos en parejas opuestas:
La primera formada por Nick Carraway y Jay Gatsby.
El narrador, Nick Carraway nos relata, dos años después, lo ocurrido en el último verano de la vida de Jay Gatsby. Nick, que desde el inicio de la novela hace especial hincapié en señalar que no quiere juzgar a nadie pues no ha olvidado el consejo de su padre (......no todo el mundo ha tenido las mismas oportunidades) va a ser el hilo conductor del drama y es a través de su mirada que vamos a ir conociendo a los protagonistas.
Gatsby, “mister nobody from nowhere”, es el hombre que ha llegado hasta aquí dispuesto a cualquier cosa para conseguir el amor de su vida.
Esta " pareja" nos va a presentar dos formas de amor totalmente diferentes: Nick el amor aburrido incapaz de emocionarnos; Gatsby, el amor por el cual se puede perder todo, incluso la vida.
La segunda pareja que comparte el protagonismo está a su vez formada por dos matrimonios opuestos:
La pareja brillante y triunfadora poseedora de fuerza, belleza y riqueza, Tom y Daisy, y su contrapunto el matrimonio triste y miserable compuesto por George y Myrtle.
Serán Myrtle y Gatsby los que personifiquen el sueño de que otra vida mejor es posible, aunque el precio a pagar por ello sea demasiado alto.
 
La trama es sencilla pero mantiene la intriga hasta el final, un final trágico, el cual (se discutió ampliamente en la reunión) deja las puertas abiertas al lector para que explique el hecho que va a dar lugar a la tragedia final: ”Daisy giró primero hacia el otro coche para esquivar a la mujer pero entonces perdió los nervios y volvió a girar”; la pregunta es por qué lo hizo, ¿sabía quién era la mujer que corría para “decirnos algo”?
El final de la tragedia y su juicio se presentan también como una contradicción. Gastby es absuelto ; “ son mala gente...tu vales más que todos ellos juntos”. Y una “condena” para los protagonistas vivos, incluido el narrador.
A Tom lo encontramos delante de una joyería completamente convencido de que había actuado correctamente. Él y Daisy representan el grupo humano ”que destrozaban cosas y personas y ..se refugiaban detrás de su dinero o de su inmensa desconsideración”.
Nick deja pasar el amor, pues también considera a Jordan como una persona poco honesta, y vuelve a su casa.
El libro acaba inmerso en una gran tristeza y melancolía. El futuro, representado por la luz verde del faro: “que cada día se nos escapa a pesar de nuestros esfuerzos. Así seguimos, golpeándonos....devueltos sin cesar al pasado”. Fin de la cita (que diría aquel).
En la tertulia se comparó en algún momento el libro con la pintura realista/impresionista. Realmente es un libro “visual”, su lectura me trajo a la imaginación la pintura de E. Hopper, contemporáneo de Fitzgerald. Su obra , absolutamente realista, llena de tristeza y melancolía, deja al espectador la puerta abierta a la interpretación de sus cuadros llenos de silencio, soledad y misterio.
Otro punto clave fue la discusión sobre los personajes: Gatsby, héroe indiscutible para muchas (la imagen de Reford/Di Caprio no hay que dejarla de lado) al que se le perdona todo en su búsqueda del amor.
Tom y Daisy, superficiales, crueles, indiferentes al dolor que provocan, salen muy mal parados, sobre todo la odiosa Daisy que personifica la frivolidad y el egoísmo más absoluto.
Nick, el que no quiere juzgar a nadie y acaba juzgando a todos, un personaje trazado con frialdad pero que no te deja indiferente y que cierra el relato en un ambiente de tristeza y melancolía que parece anunciar los “terribles treinta” que están a la vuelta de la esquina.

La valoración de la historia, de los personajes y de la forma de estar contado el libro tuvo bastante controversia: por un lado detractores que no salvaron prácticamente nada de él y que lo catalogaron como “pasado”, y por otro sus defensores a ultranza,entre los que me encuentro.
Quizás no sea el mejor libro de la literatura americana, como Fitzgerald dijo, pero creo que es un libro que admite muchas lecturas y que retrata una sociedad y unos personajes que todos conocemos y que en algún momento todos podemos vernos identificados.


La próxima tertulia versará sobre la novela de Amin Maalouf Los desorientados (atención, nos hemos saltado la lectura de Rayuela, que estaba previsto que leyéramos antes de la de Maalouf).


sábado, 6 de julio de 2013

La fórmula preferida del profesor

(de Yoko Ogawa)


Esta última tertulia estuvo a punto de no celebrarse por varios motivos; primero, que en la reunión anterior ya algunos habían leído este libro y no se mostraban muy entusiastas, por lo que se insinuó la idea de cancelar su lectura antes de que todo el mundo lo empezara (ya había antecedentes de libros que se habían sustituido antes de la tertulia por no haber gustado); segundo y más importante, que nos quedamos sin sede y anduvimos errantes hasta dar con nuestros huesos en La Tagliatella, donde horas más tarde íbamos a cenar. Finalmente todo se solucionó y, aunque no en las mejores condiciones deseables, pudimos hablar de la novela.

La fórmula preferida del profesor es un libro recomendado con frecuencia como lectura para los alumnos de matemáticas. A los profanos en esta ciencia nos pareció una forma curiosa de acercamiento a ella, que a algunos les gustó bastante y a otros los dejó indiferentes.

Se destacó la habilidad de la autora para desvelar la poesía que esconden los números, que constituyen el único vínculo que conserva el profesor con el mundo exterior, y su única forma de  entablar relación con los demás. Este amor por las matemáticas es tan profundo que consigue transmitírselo al hijo de su asistenta, Root, un niño que en principio no mostraba mayor interés por esta asignatura.

La figura de la anónima asistenta no convenció a algunos asistentes a la tertulia; no les resultó creíble una joven de extracción humilde y sin estudios, que de repente comienza a interesarse por fórmulas matemáticas y a buscar números primos, números amigos, y a utilizar toda clase de términos técnicos. Nos recordó por un momento a otro personaje que tampoco pareció verosímil en su momento, la portera de La elegancia del erizo, de Muriel Barbery.

Se discutió sobre los trastornos de memoria y la posibilidad de que una persona recuerde sólo los últimos ochenta minutos de su vida, borrando todo lo anterior: evidentemente, si no se acepta esta premisa toda la novela se desmontaría, pues es la base de toda la trama.

El tema del béisbol, el otro lazo que vincula al profesor amnésico con la realidad, no suscitó grandes pasiones. No es precisamente un deporte que despierte gran interés en nuestro entorno y, al desconocer muchos de nosotros sus reglas y rituales, no terminamos de entender ese entusiasmo que muestran los personajes del libro (entusiasmo que parece que comparte la inmensa mayoría de los japoneses).

Podríamos concluir diciendo que, si bien esta lectura no nos hizo amar apasionadamente las matemáticas, al menos nos ayudó a comprenderlas un poco mejor, tanto a ellas como a los que sí las adoran realmente.

 

Como es tradicional en la tertulia final del curso, se eligió por votación cuál fue la obra que más gustó del año y qué tertulia resultó más interesante. Como novela resultó ganadora El día de mañana, de Ignacio Martínez de Pisón, y como mejor tertulia la de Cárceles imaginarias, de Luis Leante.

 

Decidimos finalmente las próximas lecturas, tanto para el verano como para el principio del próximo curso. La primera que leeremos, para la tertulia de septiembre, será El gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald. Continuaremos con Rayuela, de Julio Cortázar, y la tercera del curso será Los desorientados, de Amin Maalouf.

 

Buen verano y nos volvemos a ver a la vuelta de vacaciones.


Por si queréis echarle un vistazo, hay una película basada en la novela:


miércoles, 26 de junio de 2013

El ruido de las cosas al caer

(de Juan Gabriel Vásquez)
 


Como viene siendo habitual, casi se junta la publicación de esta reseña con la celebración de la siguiente tertulia. No vamos a poner excusas para esta tardanza, porque es lo mismo de siempre: pereza, trabajo, fin de curso, y mil cosas más. A eso hay que añadirle que el libro no levantó pasiones y que, como ha sucedido en otras ocasiones, tuvo más interés lo que se dijo sobre la obra que la novela en sí.

Lo que más gustó de El ruido de las cosas al caer fue precisamente ese título tan acertado y tan poético. Aunque el estilo es ágil (es una novela que se lee con facilidad), se echa de menos una estructura consistente: el propio autor ha reconocido en alguna entrevista que no tenía un plan previo antes de acometer la obra, sino que empezó a escribir a partir de ver algunas noticias en la prensa y en la televisión. Y esto se nota: las dos historias, la de Yammara y la de Laverde, no terminan de enlazarse de manera convincente, no se profundiza demasiado en ninguna de las dos. Aunque el principio está muy bien perfilado, esta sensación se malogra según van avanzando los capítulos y el lector se queda con las ganas de encontrar una conexión más profunda entre las dos tramas.

El personaje de Antonio Yammara es un falso protagonista; es el narrador e hilo conductor de la novela, y podríamos decir que es también un trasunto de la propia Colombia; es una excusa para contar una parte de la historia reciente del país, el cambio que supone en su vida el disparo podría considerarse como una metáfora de la transformación de Colombia a raíz de la irrupción del narcotráfico y la violencia.
Este episodio es el desencadenante de la otra historia, la de Ricardo Laverde, que aparece enlazada con la de Yammara a raíz de la investigación que emprende para reconciliarse con el recuerdo de su amigo.
Es precisamente Laverde el que nos adentra más en el pasado reciente del país; aunque seguimos echando en falta un desarrollo más en profundidad de este personaje, nos sirve como excusa para conocer a Elaine/Elena, quizás el personaje más logrado de la novela, el de mayor entidad y consistencia. No se acaba uno de creer su inocencia y candidez, su ignorancia sobre las oscuras tramas en las que participa su marido... pero la actualidad nos hace ver que este caso no es tan extraño.
El tema de la droga y del narcotráfico es uno de los núcleos de la novela; podemos ver con claridad la evolución de la actitud ante el problema resumida en una frase de uno de los personajes: "Éramos no inocentes, sino unos inocentes", que sintetiza lo que ha sido la droga desde la época hippy hasta la actualidad; el autor no emite un juicio sobre el problema del narcotráfico, se limita a exponer cómo se inició y cómo ha ido evolucionando. Incluso se muestra a favor de la legalización de la droga como solución a esta problemática; no se trata pues de una novela de denuncia, aunque sí se apunta el tema -desaprovechado en parte- del falso altruismo de los Estados Unidos, que irrumpen en Colombia como desinteresados ayudantes y consejeros, pero nos dejan siempre la impresión de albergar una segunda intención no tan humanitaria (algunos norteamericanos aparecen incluso implicados en los comienzos del narcotráfico).
Otros temas aparecen esbozados y nos dejan con ganas de un desarrollo más en profundidad: la violencia en la sociedad colombiana, el mundo del billar, el tema de la muerte (que subyace en toda la novela pero no termina de tratarse a fondo), etc.
Tampoco nos acaba de transmitir el sentir de una generación, como parece que se pretende a lo largo de las páginas de la novela. Nos quedamos con la sensación de que falta algo, que la idea de la obra es buena pero no termina de conseguir su objetivo, sea cual sea.
En resumen, la novela no consiguió seducir a ninguno de los participantes en la tertulia; eso sí, despertó el interés por unos temas que no conocíamos en profundidad y nos dejó con la inquietud de seguir ahondando en ellos.
 
 
La próxima novela sobre la que hablaremos será La fórmula preferida del profesor, de la japonesa Yoko Ogawa (Editorial Funambulista). Aún no está claro si nos reuniremos el 1 o el 4 de julio: cuando se haya manifestado la mayoría de los participantes os informaremos.
 
 

domingo, 14 de abril de 2013

Las baladas del ajo

(de Mo Yan)



Ya hace varias semanas que tuvo lugar la tertulia sobre Las baladas del ajo, de Mo Yan, pero por unas cosas o por otras hemos ido dejando la elaboración de esta crónica por asuntos más urgentes (de índole vacacional, básicamente).

Estrenamos sede, en este caso la bonita tetería La Puça en la calle García Morato, 22, que esperamos que sea "la definitiva".  En un ambiente muy agradable y con algún espectador que otro, departimos sobre la obra del premio Nobel chino. La tertulia comenzó con una frase redonda y llena de sentido pronunciada por nuestra fundatrix: "La buena literatura sostiene bien el dolor". Las comillas son una licencia poética, porque no la recuerdo textualmente (nota mental: en la próxima tertulia anotaré frases textuales). Si fuera un endecasílabo sería uno de esos finales redondos de un soneto de Lope o de Quevedo (del tipo "polvo serán, mas polvo enamorado"); o quizás sí que lo era -de sobras es conocido el estro poético de nuestra mater- pero ha perdido o ganado sílabas en la transcripción de este cronista. El caso es que resume todo lo que se dijo a continuación: la novela está magistralmente escrita (pese a la traducción, no sabemos si acertada, se trasluce la grandeza de la prosa de Mo Yan), lo que nos ayuda a sobrellevar todo el sufrimiento y la miseria que nos presenta en sus páginas.

Esta acumulación de elementos negativos (violencia, crueldad, dolor, odio, malos tratos, suciedad, pobreza, abuso de poder, y un largo etcétera) dio pie a un debate sobre si la obra reflejaba la realidad de la China rural en los años 80 o si simplemente era una abstracción literaria del autor para poner de relieve tales miserias. No es posible -dijeron algunos- que confluyan en una sola familia, en un solo pueblo, tantas desgracias, sin un pequeño rayo de luz que dé alguna esperanza. Se comparó la novela con Los santos inocentes, de Delibes: la realidad de la España rural en la postguerra podría no ser tan terrible como allí se plasma, pero es cierto que hechos como los que nos presenta Delibes ocurrían en el campo extremeño (y en muchos otros) aunque no todo fuera así.

Esta presentación de la realidad china con toda su crudeza, sin paliativos ni elipsis poéticas, podría interpretarse como una crítica al sistema comunista; los abusos cometidos por los oficiales son en parte el desencadenante de los sucesos que se cuentan, pero también es cierto que se trata de una desviación de la idea original del comunismo: los oficiales suponen la personificación de la corrupción y del abuso de poder, mientras que el joven militar abogado (uno de los únicos personajes positivos de la novela) encarnaría los ideales puros del comunismo sin adulterar -alguien apuntó que podría tratarse del alter ego del autor-. Así se explicaría que la novela, como el resto de la producción de Mo Yan, no haya tenido problemas con la censura del régimen. Se comparó este hecho con la posición de Leonardo Padura en Cuba: sus novelas presentan la realidad cubana con todos sus claroscuros, y pese a ello son permitidas por el régimen cubano. Otra explicación que se apuntó fue la posibilidad de que ambos regímenes permitan estos casos de "disidencia literaria" como una muestra de aperturismo, para dar a entender al mundo exterior que no son tan terribles como los pintan estos escritores.

La crítica no se limita solo al régimen político, sino que se extiende por igual a las tradiciones ancestrales que coartan la libertad personal; cobra especial relieve la situación de la mujer, su papel de segunda o tercera categoría en la sociedad china, sobre todo a la hora de decidir sobre su destino o su cónyuge. De hecho, este es el desencadenante de gran parte de la tragedia: Jinju no acepta el matrimonio que le imponen sus padres, imposibilitando así los futuros enlaces de sus hermanos y arruinando su propia vida. Es más: ni siquiera después de muerta es dueña de su destino, ya que los hermanos se salen con la suya al celebrar una escalofriante y macabra boda que hace que La novia cadáver de Tim Burton parezca un dulce cuento de hadas.

Un respiro a tanta desgracia y escatología lo representan las coloristas descripciones de paisajes, así como los elementos mágicos que salpican la narración (aunque a veces la magia no está reñida con la crueldad y el ensañamiento, como el episodio del feto parlante del hijo nonato de Jinju).

Por último se hizo hincapié en dos grandes aciertos de la novela: su compleja y elaborada estructura, con su comienzo in medias res y sus continuos saltos temporales hacia atrás y adelante, y su soberbia escena final con la huida en la nieve, de un lirismo y una dramática plasticidad que cierran "con broche de oro" (permítaseme una expresión tan rancia) una obra que, guste o no guste al lector, es imposible que lo deje indiferente.

 

El próximo libro del que hablaremos en la tertulia es El ruido de las cosas al caer, del colombiano Juan Gabriel Vásquez (premio Alfaguara 2011). Si no hay cambios, nos reuniremos el jueves 16 de mayo. Que la tercera evaluación os sea leve.

 

 

 

 

 

miércoles, 23 de enero de 2013

La vida de las mujeres

(de Alice Munro)

De nuevo vuelve Josune a contarnos con sus acertadas palabras lo que se habló en la tertulia de un libro que, parece ser, no despertó muchas pasiones... Gracias otra vez por tus crónicas.


     En la historia de nuestra tertulia se ha dado, afortunadamente, de todo: novelas que nos han gustado mucho a la mayoría; otras que no han gustado a casi nadie; unas cuantas que han suscitado controversia, con tantos defensores como detractores… Pero lo ocurrido con la novela de Alice Munro La vida de las mujeres no había sucedido nunca y es que muy poquitos  habíamos acabado de leerla, y creo que la razón quedó muy clara: la falta de interés, la historia no enganchaba y por eso daba pereza volver a ella. Entre los pocos que la habíamos concluido tampoco causó demasiado entusiasmo. No sé si dos personas, a lo sumo tres, dijimos que nos había gustado. A mí particularmente me gustó mucho  y voy a explicar por qué.

     Abordé la lectura de este libro con curiosidad por tratarse de una de las dos únicas novelas de una autora ensalzada por sus colecciones de cuentos, así que me gustaba la idea de tener delante una excepción, una suerte de rareza. Tal vez por eso y porque enseguida me recordó a Matar un ruiseñor, mi predisposición era buena. Pero hace falta algo más que una actitud inicial positiva para que al cabo de casi cuatrocientas páginas el balance siga siendo tan favorable como el arranque, y en mi caso así ha sido. Reconozco que enseguida me atrapan las historias contadas por una voz que se asoma a su infancia e, inevitablemente, a su familia. Es verdad que los recuerdos infantiles de los miembros de una misma generación suelen ser coincidentes porque en el fondo las personas nos parecemos mucho; aunque tanto como nos distinguimos unas de otras, y las mismas experiencias nos han marcado de muy diversa forma. Eso es lo que a mí me interesa del recuerdo de la infancia: dónde se detuvo la mirada de la narradora, qué le causó entonces felicidad y sufrimiento de modo que lo que vino después fue, en buena medida, una respuesta a todo aquello. Y en esta novela, además, aparece la infancia como el territorio de la exploración, el descubrimiento de lo nuevo, la tentación de lo prohibido, el irrefrenable deseo de hacer lo que nos han dicho que está mal, la excitación que provocan la rebeldía y la transgresión (cabe destacar aquí su historia con el extraño señor Chamberlain), la necesidad de los secretos…

     He disfrutado especialmente con esos párrafos en los que la narradora muestra la sutil percepción de sus anclajes familiares. Creo que estas líneas pueden servir de ejemplo:

     “Mi madre se quedó sentada en su silla de lona y mi padre en una de madera; no se miraron. Pero estaban conectados, y esa conexión era clara como el agua, y existía entre nosotros y tío Benny, entre nosotros y Flats Road, y seguiría existiendo entre nosotros y cualquier cosa. Eso mismo pasaba a veces en invierno, cuando repartían dos manos de cartas y se sentaban a la mesa de la cocina a jugar mientras esperaban las noticias de las diez, después de mandarnos a la cama al piso de arriba. Y el piso de arriba parecía estar a millas por encima de ellos, oscuro y lleno del ruido del viento. Allá arriba descubrías lo que nunca recordabas abajo en la cocina: que estábamos en una casa tan pequeña y cerrada como un barco en alta mar, en medio de los aullidos de un temporal. Parecían hablar y jugar a cartas, en un pequeño punto de luz muy lejano, de forma irrelevante; sin embargo esa idea de ellos, prosaica como un hipo, familiar como el aliento, era lo que me sostenía, lo que me hacía señas desde el fondo del pozo cuando me quedaba dormida”. (pp. 45 y 46)

     Aunque todos los miembros de su familia resultan un tanto pintorescos (tío Benny, las ancianas tía Elspeth y tía Grace, con su particular sentido del humor…), creo que es la madre el personaje más destacado, una mujer que un buen día decide dedicarse a vender enciclopedias y que siente verdadera avidez por aprender (“El saber no era para ella algo hostil sino acogedor y entrañable”), actitud que comparte con Del, la cual posee, además, una memoria prodigiosa. Esta madre poco convencional, refractaria a cualquier sentimiento religioso, emprendedora e independiente, alquila una casa en la ciudad y toma una inquilina (Fern Dogherty). Su marido es un tranquilo granjero que se dedica a la cría de zorros plateados y no pone obstáculos a su decisión. Él acudía por la noche a la casa de la ciudad y se quedaba a cenar y a dormir hasta que llegaba la temporada de nieve; entonces solo iba a la ciudad, si le era posible, el sábado por la noche y parte del domingo. Por su parte, Owen, el único hermano de Del, parece conforme con llevar la misma vida que su padre y tío Benny en la granja de Flats Road.

     El libro está organizado en siete extensos capítulos y un epílogo, y cada uno de ellos presenta un asunto o anécdota particular, de manera que alguien comentó en la tertulia que se podría considerar como un conjunto de relatos. Y en parte así es, pero existe un hilo conductor, que es el proceso de maduración personal de la narradora, su paso de la adolescencia a la primera juventud, desde esa mirada sutil e inteligente sobre las parcelas de la realidad que para ella son relevantes. Se trata, pues, de una novela.

     El capítulo “La edad de la fe”, dedicado a las iglesias, me parece magistral. El asunto religioso está muy bien tratado, lo mismo que el sexual, y ambos constituyen los pilares del tema de fondo, el de la libertad individual como una ardua conquista de las mujeres. Hubo polémica en torno a si finalmente Del traiciona sus proyectos académicos por embarcarse en una relación sentimental o si decide con todas las consecuencias lo que quiere hacer. Repito lo que ya expresé en la tertulia: Del es una joven que actúa libremente (su ruptura con Garnet French constituye un buen ejemplo: “[…]me quedé asombrada, no porque estuviera peleando con Garnet, sino porque alguien hubiera cometido el error de creer que tenía verdadero poder sobre mí).

     En las páginas finales del libro aparece su vocación literaria (“Llegó un momento en que todos los libros de la biblioteca del ayuntamiento no fueron suficientes para mí; necesitaba tener libros propios. Comprendí que lo único que podía hacer con mi vida era escribir una novela.”). La descripción del proceso por el que unos personajes y hechos reales van a ser inspiradores de su obra me parece magnífica.

     Por último, creo que otra de las razones por las que he disfrutado con La vida de la mujeres es porque desde el principio he imaginado con facilidad a los personajes, he visto los lugares, me han resultado familiares las situaciones, y la culpa de ello la tienen las películas norteamericanas, el espléndido cine que los estadounidenses han hecho con sus preocupaciones, sus anhelos y sus variados modos de vida. Me ha acompañado  casi todo el tiempo la impresión de haber visto en la pantalla historias parecidas. Reconozco que de la mano de Del, mientras ella evocaba el final de su infancia, yo también he regresado a la mía, y, sencillamente, me ha sentado muy bien.
 JOSUNE
Para la próxima tertulia (el 20 de marzo, creo) leeremos Las baladas del ajo, de Mo Yan.


miércoles, 19 de diciembre de 2012

El día de mañana

(de Ignacio Martínez de Pisón)


Nuevamente nos honra con su inspirada prosa nuestra amada Mater fundatrix; aquí tenéis su estupenda reseña. Gracias, Josune.


     Ignacio Martínez de Pisón me parece un estupendo escritor. El día de mañana, su última novela y la tercera de él que leo, me ha gustado mucho. Me apeteció leerla en cuanto salió, en cuanto conocí su título, tuve una mínima noticia de su argumento y me entretuve en los detalles de la portada. Mi querencia por las fotografías en blanco y negro es cada vez mayor y, sobre todo, por ese tipo de fotografías que recogen instantáneas de vida cotidiana de un pasado en el que había cosas que yo no he llegado a conocer pero que, no obstante, me resulta próximo y familiar, como familiar me parece esa referencia temporal que constituye el título y con la que en mi infancia mis mayores nombraban al futuro: el día de mañana no era un simple día, ni siquiera el día siguiente, sino mucho más, un tiempo que habría de llegar inexorablemente y cuyo posible y deseable esplendor estaba en mis manos, dependía de mi esfuerzo presente. Creo que el anhelo de ese día de mañana más próspero y confortable recorre la existencia de numerosos personajes de la novela y, por supuesto, la del protagonista, Justo Gil Tello, a quien vamos a conocer por cuanto los demás “dicen”.

     Ese modo de construcción novelesca, el relato que trece personajes bien distintos hacen de cómo conocieron a Justo y en qué consistió su trato, mayor o menor, con él, supone un gran acierto por parte del autor, pues, al tiempo que entre todos van dibujando a un tipo oscuro, embaucador y poco recomendable, nos refieren sus respectivas historias. En nuestra tertulia coincidimos en reconocer la originalidad y el interés de estas narraciones, en algún caso superior incluso al que suscita “el Rata”, sobre todo a medida que van quedando escasas dudas sobre su calaña —ciertamente, con semejante apodo, pocas esperanzas de redención podíamos albergar—. Mencionamos a algunos de estos personajes: Carme Román, la muchacha que queda huérfana en la riada del 62 y marcha a Barcelona a vivir con sus tíos; el policía, Mateo Moreno, que viene de un hospicio; Marc Jordana y Chantal, a través de los que se perfila el ambiente de la progresía izquierdista de la transición frente al de la ultraderecha, representado por el periodista Manel Pérez; un ser marginal como Hilario Lazcano, que se convierte, junto a Noel León, el niño de los palindromistas, en su fiel guardián… Todos ellos hablan sobre Justo y ofrecen, desde sus vivencias, un espléndido fresco de Barcelona entre los años cincuenta y la transición, paradigma de un país que se afana en abandonar la larga convalecencia de la posguerra y la dictadura, y persigue, con la determinación de los supervivientes, un día de mañana tan incierto como prometedor.

      Los comentarios sobre la novela nos dieron pie a algunos a compartir recuerdos personales a propósito de la muerte de Franco y del ambiente universitario de aquellos años, tanto en Barcelona como en otras ciudades. Pero no fue unánime el aprecio por la recreación de esta época. Hubo quien reconoció su hartazgo de la evocación de esos años, por otra parte, menos novelados de lo que pudiera parecer. No obstante, la obra mereció más elogios que objeciones. Podemos destacar, entre los primeros, además de lo ya indicado, el estilo, la facilidad con que se lee, y entre las segundas, la falta de polifonía real en las voces de los personajes que hablan sobre Justo, tanto en el tono (similar en todos, siendo tan distintos) como en su apreciación del protagonista. Y puestos a echar de menos alguna voz más, la del propio Justo: ¿cómo explicaría él su paulatina degradación?

     En cuanto al final, a mí particularmente me gusta mucho. Se me ocurre que esa extraña casa o teatro o lo que sea que Justo Gil Tello va levantando con la ayuda de dos muchachos bien podría representar el refugio de sus malogrados sueños. El homenaje esforzado, silencioso e inútil a la única mujer que, además de su madre enferma, de verdad le importó.   El solitario y triste cobijo de su miserable día de mañana. 

JOSUNE.



Os recordamos que la próxima tertulia versará sobre la novela de Alice Munro La vida de las mujeres; la fecha que en principio se propuso fue el viernes 11 de enero.



lunes, 22 de octubre de 2012

Cárceles imaginarias

(de Luis Leante)




En los 80, época de hombreras y peinados imposibles, ya lo veíamos por los pasillos de la Facultad de Letras con sus casi dos metros de altura, sus pantalones de peto y su pelo a lo afro; lo mismo podía estar yendo a una clase de Sintaxis latina, que saltándose una de Fonética griega para ir a tomarse unas cañas al Ipanema, el bar de la esquina, refugio de la bohemia estudiantil murciana. Se rumoreaba que  Luis coqueteaba con las Musas, aunque ninguno de nosotros (los "pequeños", del curso posterior al suyo) habíamos leído nada suyo. Años después me enteré de que entre esos pasillos y los de una academia a unos metros de la facultad se gestó la fantástica Academia Europa, la novela en que se mezclan sus recuerdos y vivencias de estudiante/profesor "milpesetista" con los fantasmas de la mitología.

Tuvieron que pasar casi veinte años para que nos reencontrásemos (ya sin el peto y el peinado afro) y compartiéramos departamento, alumnos, amigos, compañeros, tertulias, comidas de los viernes, alegrías y algún que otro disgusto. Por esas fechas ya era un escritor consagrado, y tuvimos la suerte de vivir con él el momento en que se le reconoció internacionalmente con el premio Alfaguara por su novela Mira si yo te querré. Y a partir de ese momento las Musas se lo fueron llevando cada vez más a su Parnaso y la enseñanza perdió un gran profesor. Por fortuna lo seguimos contando entre nuestros amigos, y de vez en cuando nos honra con su visita. Como en la última tertulia, la que hicimos sobre su novela Cárceles imaginarias.

Aunque fue una reunión breve, por cuestiones de logística, nos dio tiempo a escucharlo hablar de la gestación de la obra, de cómo conoció la sorprendente historia del editor comunista Giangiacomo Feltrinelli, de cómo se enamoró de Valparaíso en su rápida visita a la ciudad. Algunos ya le habíamos oído contar estas increíbles anécdotas en la presentación de la novela en la FNAC hace unos meses, pero volvimos a disfrutar al oírle explicar cómo surgió el personaje de Ezequiel Deulofeu, porque Luis Leante, aparte de un gran novelista, es un magnífico "juglar" -o más bien un aedo homérico-, un contador de historias que hipnotiza al público con sus palabras, ya se trate de una clase de 2º de la ESO o de una audiencia de eruditos académicos.

Además nos contó parte del complejo proceso de montaje de la estructura interna de la novela (sus esquemas, bases de datos, recopilación de información...), y nos impresionó una vez más su capacidad para planificar el trabajo, su rigor y dedicación, y su interés por dejar que los personajes se caractericen por sus propios actos más que por el discurso del narrador.

Por su parte, algunos participantes en la tertulia destacaron la habilidad de Leante para retratar el mundo editorial y anarquista de Barcelona, los escenarios sórdidos de Manila,  así como el acierto de mezclar personajes reales con ficticios.  Otros echaron en falta un mayor peso en la caracterización de los personajes, sus motivaciones, sus ambiciones... Pero todos estuvimos de acuerdo en elogiar la técnica de transcribir los diálogos engarzados en la narración, sin que en ningún momento el lector pierda la referencia de quién es cada uno de los interlocutores.

En fin, que aunque breve, disfrutamos de una tertulia intensa y emotiva en la que tuvimos el placer de contar con el autor, que nos ayudó a ver con otros ojos su obra. Gracias por tu presencia y tus palabras, Luis. Te deseamos mucho éxito con esta novela y con las muchas más que seguro aparecerán próximamente.
 
 
El libro sobre el que versará la próxima tertulia es El día de mañana, de Ignacio Martínez de Pisón.