Aquí tenemos una vez más las palabra de nuestra inspirada Josune.
Queda un poco lejos aquella tarde de noviembre en
que comentamos este libro, pero me van a ayudar mis notas a refrescar la
memoria. “Novela desconcertante” es lo primero que apunté, y lo mantengo, porque
comienza muy bien, arranca con una potente sensación de intriga, de misterio, y
en un tono narrativo original, ayudado por curiosos nombres y preciosas
descripciones de una naturaleza fastuosa. El invierno traspasa las palabras y
se cuela en nuestra piel. Ahora que por fin lo sentimos aquí, en esta tarde de
Reyes en que me he decidido a redactar estas líneas, es lo que evoco con más
intensidad y placer. Siempre he juzgado injusto e inmerecido el desprestigio
del invierno, aunque me pregunto si pensaría igual bajo las nieblas y heladas
de otros lugares… El caso es que la estética paisajística invernal me gusta
mucho y en esta novela adquiere gran protagonismo. En realidad, la naturaleza
en su conjunto es protagonista fundamental de esta obra. Uno de nuestros
tertulianos viajeros, conocedor de la zona donde transcurren los hechos (región
montañosa del suroeste de Polonia), nos detalló las maravillas de ese territorio,
en el que se halla una especie de reserva natural boscosa extraordinariamente
protegida.
La narradora, Janina Duszejko, es una extravagante y
solitaria mujer mayor, aquejada de diversas dolencias, antaño ingeniera de
caminos y dedicada en el presente a enseñar inglés en una escuela rural de
Kotlina Klodzka. Su vida gira en torno a su amor por los animales, su obsesiva
afición por la astrología y su devoción por el poeta William Blake. Para
completar tan estrafalaria semblanza cabe destacar que se ocupa del cuidado y
vigilancia de las propiedades de sus vecinos ausentes durante el invierno. El
interés inicial del relato recae en su empeño en aclarar los misteriosos
asesinatos de unos hombres que comparten un rasgo: su comportamiento cruel con
los animales, pues se trata de cazadores furtivos.
Sin embargo,
el desconcierto al que he comenzado refiriéndome viene dado, a mi juicio, por
la suma de características que no acaban de estar bien ensambladas en la novela.
El tema ecologista, de indiscutible relevancia, armoniza con muchas de las
reflexiones efectuadas por Janina sobre el necesario respeto a la naturaleza,
pero se presenta con frecuencia en un tono de discurso, de excesiva y
prescindible obviedad. Los elementos que alientan la sospecha de que nos
encontramos en un universo simbólico (los nombres, las explicaciones astrológicas,
los versos, la extravagancia de los personajes —tanto de la protagonista como
de los secundarios―, la recurrente aparición de los corzos…), por lo que el misterio debería resolverse en
clave mágica o sobrenatural, quedan “desactivados” desde un desenlace nada
coherente. Resultó interesante en la tertulia el contraste entre quienes lo
juzgamos del todo inesperado y quienes lo intuyeron pronto. Es cierto que a la
luz del final, las primeras líneas de la novela pueden leerse de otra manera,
pero yo reconozco que en la linealidad del relato en ningún momento imaginé
semejante remate. Preparada como estaba para aceptar la aparición de unos
“corzos justicieros” y dado mi convencimiento de que la construcción novelesca
debe apoyarse en una sólida coherencia, encajé muy mal la narración de esa
venganza ejecutada de un modo calculado y atrozpor una señora tan astral y sensitiva con la naturaleza. Es verdad que
los individuos asesinados tuvieron un comportamiento execrable, pero creo que,
siendo justos, no podemos adjudicarle a ella un calificativo menor. Pese a todo,
sus amigos la protegen y la salvan. Curioso. En general, pienso que podíamos
haber entrado a polemizar más sobre el conflicto de fondo y su discutible
resolución, pero no lo hicimos. Seguro que tendremos ocasión de volver sobre él
en el futuro.
Alguien comentó que esta novela constituye “una
rareza” en el conjunto de la producción de su autora. El caso es que recibió
por nuestra parte una acogida desigual: a unos les gustó mucho y a otros, entre
los que me incluyo, más bien poco. No obstante, pasamos un buen rato, como de
costumbre: cada uno llega a la tertulia con un libro leído y se marcha con ese
libro siempre mejorado por las palabras de los demás. ¡Qué suerte la nuestra!
Nos vemos el próximo 22 de enero para hablar de dos novelas de Juan Pablo Villalobos, Fiesta en la madriguera y Si viviéramos en un lugar normal. ¡Feliz (doble) lectura!
Al comienzo de su discurso en el Acto de entrega de
los Premios Princesa de Asturias 2019, Siri
Hustvedt se remontó a su infancia y se refirió al asombro emocionado que le
causaba la contemplación de pequeñas cosas, de insignificantes objetos y
situaciones cotidianas que menudean en nuestra vida. Había ya entonces en ella,
y así lo atestigua su memoria, un modo atento e intenso de mirar alrededor. Por
lo que conocemos de su obra, su vasta formación humanística le procuró
herramientas con que analizar las múltiples formas que la vida adquiere, y su
talento creativo le ha permitido traducir esa observación lúcida, esa
comprensión sagaz de lo real en expresión poética, reflexión ensayística o
construcción narrativa.
Me
vienen más momentos de su bello discurso, pronunciado con pasión y alegría
(¡qué contenta se la veía después al recibir el galardón y saludar emocionada
al público!): “…cuanto más sé, más me pregunto: ¿por qué? ¿Cómo sabemos lo que
sabemos? Piénsenlo de nuevo: ¿y si fuera diferente?”. Reflexionó con sutileza
sobre varias cuestiones, la identidad entre ellas, a propósito de lo cual aludió
a una pregunta formulada de pequeña por su hija: “Mamá, cuando sea mayor,
¿seguiré siendo Sophie?” Buen interrogante…
El
pasado 17 de octubre nuestra tertulia inició la temporada en la nueva Pynchon
—¡magnífico lugar! Ojalá tengan la suerte y el éxito que su apuesta merece― comentando
una novela de Siri Hustvedt, Todo cuanto amé. Sin despertar un
juicio unánimemente positivo, creo que la obra provocó un diálogo tan variado y
lleno de matices como ella misma. Algunos manifestamos habernos sentido atrapados
desde el principio por esos cinco personajes principales muy bien descritos en
las primeras páginas, y habernos mantenido interesados todo el tiempo. Otros,
en cambio, confesaron no haber llegado a entrar en la propuesta de la autora o,
si lo hicieron, fue experimentando fases de descenso en el interés al hilo de
un argumento revestido en un buen tramo de thriller
psicológico, sin abandonar esa mirada vigilante de un narrador que describe con
minucia similar a la que contempla y escruta, lo cual se traduce en un
decaimiento de la acción y la intriga a favor de la introspección y el discurso
reflexivo.
En mi
opinión, nos hallamos ante una espléndida novela que muestra en la variedad de
temas propuestos la potente intelectualidad de su autora, a la vez que acredita,
en la delicadeza con que selecciona los detalles y expresa emociones ―el dolor,
el deseo, la pasión o la rabia—, su naturaleza indiscutiblemente poética.
Siempre he pensado que la creación artística más auténtica es una irremediable
extensión de la vida, por eso no me abandona la impresión de que el autor
produce su obra con los mismos mimbres con que encarna y habita su particular existencia,
lo cual, llevado a la literatura, equivale a formular algo así: “Escribimos
como somos y como vivimos”. En el caso de Siri Hustvedt, esto me parece muy
cierto. Y por supuesto me refiero a un pálpito esencial compatible con la
invención más desaforada, con la fabulación más audaz. No se trata de describir
y narrar con afán autobiográfico, sino de crear desde la íntima verdad que
sostiene a ese ser humano, aprendiz de demiurgo, embarcado en la aventura
siempre incierta de construir una novela.
Todo
cuanto amé comienza con un movimiento retrospectivo. El narrador, Leo Hertzberg, refiere que “ayer”
encontró las cartas de Violet a Bill, escondidas por este en uno de sus libros.
Alude a las dificultades que tiene en su vista, las cuales motivaron que
tardara largo rato en leerlas. Cuando acabó, supo que iba a escribir este
libro. Uno de los fragmentos de la cuarta carta menciona un cuadro de Bill para
el que Violet posa. A continuación el narrador nos sitúa en el tiempo: la
primera vez que él vio ese cuadro fue veinticinco años atrás y entonces no
conocía a ninguno de los dos, ni a Bill ni a Violet. Se trata de un cuadro
sugerente, que cautiva al narrador, donde se atisba cierto misterio y gran
detallismo: los mocasines, el taxi diminuto en una mano de la mujer retratada,
el cardenal debajo de la rodilla… Es el origen de la historia, incluso el
esbozo de los conflictos de Bill, el pintor, con dos mujeres: Lucille, con la
que en ese momento está casado, y Violet, a la que se unirá después.
Por
otro lado, también a partir del cuadro el narrador menciona a Erica Stein, su esposa, y cuenta cómo
se conocieron. Ambos pertenecen a familias de judíos alemanes de clase media y
son profesores. Ella, de Lengua Inglesa en la Universidad de Rutgers y él, de
Historia del Arte en la de Columbia.
El
nombre completo de Bill, el pintor, es
William Wechsler. Estudió Artes
Plásticas, Historia del Arte y Literatura en la Universidad de Yale, donde
conoció a Lucille Alcott, poetisa e
hija de un profesor de la Facultad de Derecho. Unos años después se casaron.
Por
último, Violet Blom, la modelo, es
una estudiante de Historia que cursa un posgradoen la Universidad de Nueva York e investiga
para su tesis sobre la histeria en Francia en el cambio de siglo. Bill la
califica como “una chica muy lista” y “una persona fuera de lo corriente” (p.
26). Será la segunda y definitiva pareja de Bill tras la ruptura de su
matrimonio con Lucille.
Presentados
los cinco personajes, el lector asiste en la primera parte de la novela al
relato de su amistad, encendida por el interés de Leo en la obra mencionada, Autorretrato,
y enseguida por la fascinación que el artista ejercerá sobre el crítico. Leo
destaca el encanto de Bill, emanado de su absoluto aire de independencia. A
través del recuerdo de Leo de aquella primera visita al taller del pintor,
vamos conociendo las peculiaridades creativas de este ―“En mi obra, yo intento
crear dudas” (p. 22)— y lo que más impresiona a aquel: “la ambigüedad”, “el
hecho de no saber adónde mirar en sus lienzos”, “la narrativa oculta en sus
obras” porque “para él, las historias eran como la sangre que recorre un
cuerpo: senderos de vida. Era una metáfora reveladora, y nunca la he olvidado”.
“Como artista, Bill perseguía lo no visto a través de lo visto. Lo paradójico
era que él había optado por presentar ese momento invisible por medio de una
pintura figurativa, lo que no es sino una aparición estática, una superficie.”
(pp. 23 y 24).
La ambigüedad y la confusión propias de la
vida reflejadas en las obras de Bill y la
función del arte constituyen, a mi juicio, los temas esenciales de esta
primera parte, junto con el ya mencionado de la amistad, que se mantendrá a lo largo de toda la obra. La vida de
las dos familias, el afecto creciente entre los personajes, el descubrimiento
de sus complejas individualidades, el nacimiento de sus hijos, Matthew y Mark, en fechas muy próximas,
la buena relación entre ellos, que, siendo diferentes, se quieren y se llevan
bien…, compondrán la línea argumental de este primer bloque que concluye con la
alusión al campamento al que acudirán los dos muchachos.
La
segunda parte de Todo cuanto amé comienza de un modo inesperado y tristísimo:
con la muerte accidental de Matt en dicho
campamento. A partir de aquí asistimos a un tramo de la historia en el que los
estados emocionales de los protagonistas adquieren absoluta relevancia. El
narrador expresa en páginas más que conmovedoras su infinita desolación, el
desgarro profundo al que lo ha condenado la muerte de su hijo, un chico
sensible, inteligente, bondadoso, dotado para el arte. La pareja formada por
Leo y Erica se rompe. Ella se marcha. Violet y Bill se convierten en el apoyo
de Leo, lo sostienen, se ocupan de que no se derrumbe. La intimidad generada en
torno al hecho de cenar juntos a diario lo amarra a la vida: “Dejé que Violet y
Bill me cuidaran, y mientras lo hacían sentí como si volviera a conocerles de
nuevo. Su intensidad me hacía sentir levemente conmocionado, como un hombre
que, tras pasar años en una oscura y lóbrega mazmorra, consiguiera al fin salir
de ella.” (p. 206)
Poco
a poco la novela modifica su rumbo para situar su centro de gravedad en Mark y
su extraña conducta. En un ejercicio de simetría estructural, la segunda parte,
que se abrió con la muerte de Matt, se cierra con otra muerte, la de Bill. De
nuevo la tristeza anega la existencia de Violet y Leo, y otra vez la solidez de
su amistad los sostiene. Mark y su extravío se convierten en la principal
preocupación de ambos.La narración
adquiere una atmósfera y un ritmo propios de un thriller, que tiene como momento culminante el viaje emprendido por
Leo en busca de Mark, aderezado por el miedo y la tensión latentes en la
amenazante cercanía de Giles y el propio Mark, dos seres desequilibrados. Nos
hallamos ya en la tercera parte.
No he mencionado aún, y debo hacerlo, la alusión al
mundo del arte en su ámbito más ruin, el de las envidias y egolatrías que
salpican las críticas, los juicios sobre las obras, y la falsedad de algunos
creadores. Ahí es precisamente donde situamos a Giles, ese joven psicópata junto al que Mark experimentará su
proceso de degradación personal, probablemente justificado también por algún
trastorno de personalidad. Otra cuestión
que considero importante: los estudios de Violet sobre las mujeres obesas y
anoréxicas; los sorprendentes análisis psicológicos en torno a lo que refleja
de nosotros el trato que le damos a nuestro cuerpo. Tampoco me he detenido en
las páginas dedicadas a describir las obras de Bill, sus series de cajas…
En fin, es esta una novela inmensa que contiene la
diversidad de intereses y conocimientos de su autora, de ahí la enorme
dificultad de sintetizarla y comentarla de un modo justo. Sé que dejo fuera de
estas líneas, demasiado extensas hace rato, otros aspectos merecedores de
alguna referencia, y lo lamento. Sin embargo, debo concluir. Voy a hacerlo
aludiendo al final, a esa aparición inesperada de un testigo que acarrea la
exculpación de Mark en el asesinato de Rafael. Algunos juzgamos este movimiento
un tanto extraño, algo forzado, como si la autora no se atreviese a culminar el
desastre vital de Mark y lo salvara en el último momento. Se apuntó que quizá
fuera Lazlo, el fiel y misterioso Lazlo, quien se ocupó de construir
eficazmente tan decisiva coartada. Se alabó la decisión narrativa deque Mark continuara libre para seguir
ejecutando su destino, pues esto confería a la novela y al personaje un interés
mayor. Dejémoslo así, con esa intriga, como algo abierto.
No obstante, no quiero cerrar mi comentario con este
hecho. Me voy a un momento también mencionado en la tertulia, a un detalle
pequeño, modesto, insignificante casi, un vaso de agua cuya observación desata
en Leo un llanto incontenible. “El agua parece ser un símbolo de ausencia” (p.
199). La escena tiene lugar durante una clase, rodeado de sus alumnos. La
dolorosa ausencia de su hijo lo inunda inopinadamente y desencadena, al fin, la
expresión de su dolor en angustiosos sollozos y quejidos. Vuelvo al comienzo de
mi reflexión, a esas palabras de Hustvedt evocadoras de su asombro infantil
ante detalles de la realidad, sus sagaces interrogantes: ¿por qué?, ¿cómo
sabemos lo que sabemos?...
Creo que esta hermosa novela constituye en el fondo
una indagación de la autora en cuanto aspira a conocer y comprender, de ahí su
amplitud de temas, enfoques y ámbitos. Orquestado por una viva inteligencia y
una extrema sensibilidad, el relato se recrea en lo visible y se zambulle con
audacia en lo que permanece oculto, escondido, con el aval de la fascinación
ejercida por el arte como misterio y refugio. Pero finalmente son los
personajes los que nos atrapan: en su persecución del conocimiento de sí mismos
y del mundo, en su búsqueda de la dicha, en su entrega a la pasión, al amor, o
al peligro y la destrucción. Y se sostienen unos a otros con la lealtad
inquebrantable de la amistad verdadera, capaz de sobrevivir atodos
los estragos de la existencia. También a la desolación infinita en que nos sume
la muerte.
Nos vemos en la próxima tertulia, el 27 de noviembre, esta vez hablando de la última galardonada con el Premio Nobel de Literatura, la escritora polaca Olga Tokarczuk, y su novela Sobre los huesos de los muertos.
Nuestra Josune nos vuelve a ilustrar con la última reseña de este curso:
Cerramos el curso tertuliano con El
olvido que seremos, del colombiano Héctor
Abad Faciolince. El título, bellísimo, extraído de un hermoso soneto de
Borges, nos rondaba hacía tiempo y, aunque su lectura no ha suscitado un
entusiasmo unánime, en general nos ha parecido interesante y recomendable.
No se trata de una novela, como muchos creíamos,
sino más bien un libro de memorias o una biografía novelada del padre del
autor, Héctor Abad Gómez, médico
comprometido con la defensa de los derechos humanos y la tolerancia, asesinado
en Medellín el 25 de agosto de 1987. Un hombre extraordinario y admirable, a cuya figura
rinde emocionado tributosu hijo
escritor.
La obra descansa sobre dos perspectivas
complementarias que construyen al personaje: la que se desenvuelve en la
intimidad familiar y procede del hijo agradecido hacia un padre afectuoso en
extremo, dispensador de un amor incondicional y de una confianza ilimitada y
gratuita, y la que nos muestra al doctor Abad en su dimensión social,
especializado en temas de Salud Pública, empeñado en mejorar las condiciones de
vida de los más desfavorecidos y en denunciar las devastadoras consecuencias de
la certeramente denominada por él mismo «Epidemiología de la violencia». La
suma de ambos enfoques se traduce en el retrato casi hagiográfico de un excepcional
ser humano que acabó convertido en víctima de la patología nacional que con
tanta valentía criticó y combatió.
La referencia concreta a lo que el autor reconoce
como defectos de su padre no constituye un contrapeso suficiente que dote de
objetividad a esta semblanza, y este rasgo ha sido subrayado por algunos de
nosotros como deficiencia del relato, mientras que para otros supone, además de
una legítima opción, un enfoque inusual en el tema de las relaciones
paternofiliales, el cual ha dado a la Historia de la literatura páginas
memorables en torno a un ajuste de cuentas a menudo amargo y poco benévolo. El
libro se desmarca por completo de esta tradición y se inscribe en la del
homenaje emocionado a un progenitor que transmite de manera permanente a su
hijo el mensaje de que su existencia es valiosa por definición, sin necesidad
de hacer méritos ni alcanzar grandes logros, y digna de todo su amor. Así
comienza la obra, con el recuerdo de una infancia feliz marcada por la
protección paterna, por la guía de un hombre de ideología híbrida —según su
propia opinión―: cristiano en religión,
por la figura amable de Jesús y su evidente inclinación por los más débiles;
marxista en economía, porque detestaba la explotación económica y los abusos
infames de los capitalistas; y liberal en política, porque no soportaba la
falta de libertad y tampoco las dictaduras, ni siquiera la del proletariado,
pues los pobres en el poder, al dejar de ser pobres, no eran menos déspotas y
despiadados que los ricos en el poder. (p.55)
Tal vez uno de los aspectos más interesantes de los
primeros recuerdos del autor lo constituya la alusióna las familias de ambos progenitores, con
especial protagonismo de la atmósfera católica en los Faciolince. Su madre,
huérfana de padre, se había criado con su tío, Joaquín García Benítez,
arzobispo de Medellín, quien había apoyado la fundación de la orden de las
Hermanitas de la Anunciación, una de las cuales, la hermanita Josefa, cuidó de
sus hijos pequeños cuando aquella decidió ponerse a trabajar. Los rosarios en
casa de la abuela Victoria, las procesiones en honor a la Virgen por los
pasillos de su propia casa, el Costurero del Apostolado, su formación en un
colegio de la órbita espiritual del Opus Dei, al que accedió gracias a la
influencia de su tío Javier, hermano de su padre y cura de la Obra…: Yo sentía como si en mi propia familia se
viniera librando una guerra parecida entre dos concepciones de la vida, entre
un furibundo Dios agonizante a quien se seguía venerando con terror, y una
benévola razón naciente. (…) Esta guerra sorda de convicciones viejas y
convicciones nuevas, esta lucha entre el humanismo y la divinidad, venía de más
atrás, tanto en la familia de mi mamá como en la de mi papá. (p. 81) El
tema es tratado por el autor con humor, delicadeza y hondura, y en repetidas
ocasiones subraya la fortuna de haber contado en su educación con la libertad
de pensamiento y el raciocinio inoculados por su padre: Entre dos pasiones religiosas insensatas, una masculina, en el colegio,
y otra femenina, en la casa, yo tenía un asilo nocturno e ilustrado: mi papá.
(p. 98) Además de su amor incondicional, el mayor legado del doctor Abad para
sus hijos probablemente sea su ausencia de dogmatismo, su humanismo tolerante
con los diversos modos de vivir y de explicar la vida, siempre que respeten unos
principios éticos irrenunciables. Esa ética radical sostenía, además, la
armónica relación que mantuvo siempre con su esposa: Mi papá y mi mamá eran contradictorios en sus creencias y en sus
comportamientos, pero complementarios y de un trato muy amoroso en la vida
diaria. (…) La contradicción, sin embargo, no parecía alejarlos, sino atraerlos
el uno al otro, tal vez porque compartían de todas maneras un núcleo de ética
humana con el que estaban identificados. (p. 131)
«La muerte de Marta» representa, en el ecuador del
relato, la mayor desgracia acontecida a la familia, y a partir de ella el
narrador percibe en su padre una entrega ciega a su compromiso social sin
reparar en los riesgos que corría, en la frágilseguridad que lo cercaba. Creo que la reflexión con que explica el
cambio posee un valor universal: Después
de una gran calamidad la dimensión de los problemas sufre un proceso de
achicamiento, de miniaturización, pues a nadie le importa un pito que le corten
un dedo o que le roben el carro si se le ha muerto un hijo. Cuando uno lleva
por dentro una tristeza sin límites, morirse ya no es grave. (p. 209) El
autor justifica así esa especie de «crónica de una muerte anunciada» que va a
caracterizar a la narración desde ese momento. El lector asiste atónito a la
descripción de un complicadísimo entramado social y político en el que el
lenguaje de la violencia toma las riendas y expande esa infame epidemia de
crueldad, tortura y sangre, refractaria a cualquier razonamiento, impermeable a
toda consideración que la cuestione. Al doctor Abad no le queda más opción que
seguir adelante con su lucha y con su vida hasta el final. Opino que en estos
últimos capítulos se hallan algunas de las líneas más bellas de la obra. Quiero
destacar la página 254, donde el escritor reproduce palabras de su padre en las
que menciona a esos seres éticamente
superiores que hacen de su vida una reivindicación permanente de la
justicia social. Tal vez sin pretenderlo, el doctor Abad nos da la clave, el
fundamento de su existencia: Se justifica
vivir si el mundo es un poco mejor, cuando uno muera, como resultado de su
trabajo y esfuerzo.
He comentado al principio que la valoración del
libro ha sido diversa, pero todos coincidimos en elogiar su estilo, la
facilidad de su lectura, y la lección de ética e historia que supone. Algunos
tertulianos echaron de menos la incursión del autor en un terreno de la
intimidad de su padre en el que se resiste a entrar, y que bien pudiera
tratarse de su escondida homosexualidad, aunque esta interpretación no la
compartíamos otros. En cualquier caso, El olvido que seremos nos pareció a
casi todos una lectura más que recomendable, y un buen colofón para esta
temporada, en la que La ley del menor, de Ian McEwan, ha resultado elegida como
la mejor obra de las seis que hemos leído, y la mejor tertulia, la celebrada
sobre El cuento de la vida, con la impagable asistencia de su autor, Fernando Villamía.
A ver lo que nos depara Todo cuanto amé, de Siri Hutsvedt, flamante Premio Princesa
de Asturias de las Letras 2019. Nos vemos a comienzos del otoño en la nueva
Pynchon… ¡Felices vacaciones a todos!
Resulta curioso cómo las novelas
que menos aceptación tienen en nuestra tertulia son precisamente las que
mejores y más animadas tertulias provocan. Ese es el caso de Los asquerosos, de Santiago Lorenzo,
obra que ha gozado de un gran éxito de crítica y público, hecho que ha
sorprendido tanto al propio autor como a la mayor parte de nuestros
contertulios.
Ya de entrada el título es
bastante desafortunado; si lo que se pretende es impactar desde ese primer
momento, realmente se consigue, aunque sea a costa de la estética. Bien es
cierto que esos asquerosos a los que el protagonista hace referencia están muy
presentes en toda la obra, hasta el punto de que él mismo se considera uno de
ellos, con la salvedad de que al menos a él no lo tiene que aguantar nadie.
El principio de la novela
consigue enganchar al lector. Su estilo original, su sentido del humor, su
constante innovación lingüística y su mezcla de registros captan nuestra
atención desde las primeras páginas. A esto hay que añadir también como logro
del autor el ritmo casi cinematográfico de la primera parte, donde se narra la
huida de Manuel; Santiago Lorenzo hace
aquí uso de su experiencia en el mundo del cine y consigue que el lector se
imagine a la perfección cada plano y cada escena que describe.
No obstante, este ritmo cae en
picado con el retiro del protagonista en la aldea; las descripciones de cada
tarea que emprende Manuel para adaptarse al campo, de cada bricolaje y cada
demostración de sus habilidades, llegan a resultar para muchos tediosas e insoportablemente
largas. No sabemos si con esto el autor pretende que el tiempo se dilate
también para el lector, que también nosotros tengamos esa sensación de que los
días se hacen interminables cuandono se
tiene nada que hacer. Aunque también podría ser un elogio a la vida retirada,
un beatus ille del siglo XXI que, de tan insistente, resulta
agotador y consigue el efecto contrario.
La trama se remonta por fin, tras
el largo paréntesis de inactividad campestre, con la aparición de los mochufas. Estos personajes, capitaneados
por la inconmensurable Joaqui, levantan el tono de la novela e introducen el
caos en la vida de Manuel y la alegría en la del lector, que ya no aguantaba
más homenajes interminables al televisivo MacGyver.
El retrato social de esta familia
es de lo más acertado de la obra. Su crítica divertida y ácida a las costumbres
y usos sociales, a la cuestionable educación de los niños como pequeños
tiranos, a ese querer estar en el campo sin renunciar a las comodidades, se
convierte en un soplo de aire fresco en una trama que había encallado en las
peligrosas marismas del aburrimiento. Claro que todo se ha de dosificar en su
justa medida, in medio virtus: tan
exagerada y desproporcionada resulta la crítica a este modo de vida, que corre
el riesgo de producir el efecto contrario y hacernos desear precisamentelo que señala con el dedo acusador; todos
somos en el fondo un poco (o muy) mochufas,disfrutamos más tomando una copa en medio de un paraje idílico que
convirtiendo una malla de naranjas en un escurreplatos, y además lo
retransmitimos por las redes sociales para que quede constancia.
Precisamente esa falta de
dosificación nos pareció uno de los grandes fallos de la novela; el autor se
extiende demasiado en el desarrollo de algunos temas, hasta llegar a
exasperarnos, mientras que otros que podrían ser más interesantes los toca solo
de pasada. Se echa en falta una reflexión más profundasobre la soledad, el consumismo, la educación…
Otro fallo a nuestro entender es
la pretensiónal final de la obra de
dejar todo el tema judicial de Manuel atado y bien atado; no creímos verosímil
la conversación con el policía y ese afán por cuadrar cada detalle en favor del
protagonista, sin que quede ningún cabo suelto. Igual de inverosímil nos
pareció el narrador, esa trampa del autor de las conversaciones diarias entre
tío y sobrino para justificar el punto de vista del narrador omnisciente.
De cualquier manera, pese a los
abundantes fallos que le vimos a la obra y a no quedarnos clara la intención
que perseguía Santiago Lorenzo en ella (crítica social, elogio de la soledad,
sátira del consumismo… o ninguna de estas, tal vez), llegamos al acuerdo de
considerarla una novela recomendable, aunque no imprescindible; divertida, pero
no hilarante; original aunque a veces exasperante y, si bien un tanto
sobrevalorada, al menos su lectura proporciona momentos amenos, que no es poco
en estos tiempos.
(de Ian McEwan) Nuevamente nos ilustra nuestra Josune con la reseña de la última tertulia. Gracias por tus inspiradas palabras, tan brillantes como siempre.
En nuestra última tertulia dijo Fernando Villamía, autor de El cuento de la vida, la obra que
aquella tarde comentamos, que McEwan
era de los que «había que leer de rodillas», y creo que no le falta razón. Es
la segunda novela de este escritor británico que comentamos —la anterior fue Expiación―
y seguro que no será la última. En varias ocasiones he afirmado que es bueno
leer de todo, en clara referencia a títulos que nos han causado cierto
desconcierto o decepción, incluso tratándose a veces de autores reconocidos y
de obras precedidas por elogiosos comentarios de lectores y críticos. No voy a
desdecirme; mantengo que es bueno leer de todo, entre otras razones para
saborear con fruición la buena literatura, a la que, a mi juicio, La
ley del menor pertenece.
Reconozco
que el tema me atrajo desde el principio: la cuestión religiosa examinada en
una situación de vida o muerte. Adam Henry,
un adolescente enfermo de leucemia,miembro de los Testigos de Jehová y próximo a la mayoría de edad, se
niega a recibir una transfusión de sangre imprescindible para salvarle la vida.
El caso está en manos de Fiona Maye,
jueza experimentada y solvente, especializada en derecho de familia, que
atraviesa en ese momento una delicada situación personal: su marido acaba de
manifestarle su deseo de vivir una aventura extraconyugal con una joven, no
porque haya dejado de amarla, sino como necesidad de huir de la falta de pasión
y disfrute sexual en que se hallan desde hace tiempo. Ambos rondan los sesenta
años (la infancia de la vejez): Jack ya los tiene y Fiona los cumplirá
pronto.
Uno
de los valores del libro lo constituye el equilibrado reparto de la información
en cinco capítulos de extensión bastante similar, piezas de una insospechada
estructura cuya solidez acaba de manifestarse en los últimos párrafos.
Doscientas diez páginas le bastan al autor para plantear, desarrollar y
resolver tan complejos asuntos con la hondura que merecen. Sirva como ejemplo
la perfección del primer capítulo, tras el cual el lector posee un completísimo
retrato de Fiona y los datos necesarios para seguir con interés la trama en su
doble vertiente, la relacionada con el trabajo de la jueza, íntimamente unida a
la vida del muchacho, y la referida al cataclismo vital y sentimental en que la
ha sumido la propuesta de su marido y el rechazo de ella a la misma. Al final
de dicho capítulo, Fiona afronta su jornada en el juzgado tras comprobar que
Jack se ha ido de casa.
Resulta
encomiable en esta historia la red temática tejida por McEwan, en la que ningún
asunto es menor. Lo apuntado en el resumen inicial nos muestra la religión y la
ley como cuestiones esenciales, a las que hemos de añadir la libertad, el sexo,
la importancia de la reputación y, por último, la belleza a la que se accede a
través del arte. Pero si la novela funciona desde las primeras líneas y
sostiene el interés sin desmayo es por la redondez del personaje principal,
Fiona, y la fuerza de su imperfecta humanidad. El relato minucioso de sus
movimientos a lo largo de unas horas va acompañado de la exposición de otros casos
en los que su conocimiento profundo de la ley y su brillante raciocinio se
aliaron para dictar una sentencia en la que, por encima de todo, se pretende garantizar
el bienestar del menor. Sin embargo, la magistrada Maye lleva consigo el poso
amargo de algunos procesos capaces de zarandear las convicciones, principios y
moralidad del mejor y más íntegro de los mortales. La estremecedora historia de
los gemelos siameses subyace en el origen de su apatía emocional y sexual: Pero se había vuelto aprensiva con los
cuerpos, casi incapaz de mirarse el suyo o el de Jack sin sentir repulsión.
¿Cómo iba a hablar de esto? (…) Durante una temporada, alguna parte de ella se
había enfriado al mismo tiempo que el pobre Matthew. Ella era la que había
expulsado del mundo a un bebé, la que le había negado la existencia con
argumentos expuestos en treinta y cuatro páginas elegantes. (pág. 39)
El
encuentro de Fiona con su colega Sherwood
Runcieintroduce en el tema de la
ley la desasosegante realidad de sus errores, a veces irreparables. La
incomodidad que ella siente, incluso a su pesar, cuando se topa con Runcie
subraya un rasgo de la personalidad de Fiona que ya conocíamos: el
perfeccionismo que subyace tras su competencia profesional. El relato del caso
en cuestión incide en la vulnerabilidad de quien dicta sentencia, permeable a
las corrientes de opinión que vociferan juicios emanados desde la corrección
política o la emocionalidad social, dibujando un panorama que añade a los
cargos de la persona procesada la repercusión colectiva y mundana de su
historia particular. El veredicto, erróneo, como se sabrá demasiado tarde, le
costará la vida a Martha Longman. La
jueza Maye experimenta ante su colega el escozor no tanto de la herida aún
abierta ocasionada por un yerro fatal como de la amenaza real de protagonizar
ella misma un acontecimiento parecido: En
momentos de desilusión con la justicia, le bastaba evocar el caso de Martha
Longman y el error de Runcie para confirmar un sentimiento pasajerode que la ley, por mucho que Fiona la amara,
en el peor de los casos no era un asno, sino una serpiente, una serpiente
venenosa. (pág. 58) El desarrollo de
la trama, cada vez más centrada en el caso de Adam una vez que Fiona decide
sustraerse de su drama personal y entregarse a su trabajo, arrincona el nombre
de Sherwood Runcie y lo incluye en la relación de asuntos judiciales detallados
en la novela, reveladores, además, de un impecable y concienzudo trabajo de
documentación por parte del autor.
El capítulo 3 contiene dos momentos de
extraordinaria altura literaria: el primero, la entrevista en el hospital entre
Fiona y Adam, su conversación sobre los motivos del muchacho para negarse a la
transfusión, la constatación por parte de ambos de la asombrosa coincidencia en
sus aficiones y sensibilidad artísticas y, en especial, la insólita imagen del
enfermo interpretando con su violín una canción entonada por la jueza, episodio
clave en el desarrollo posterior de los acontecimientos. El otro momento cumbre
lo constituye el texto de la sentencia. Como era previsible, Fiona Maye ordena
que se realice la transfusión para
protegerlo de su religión y de sí mismo. No ha sido fácil resolver este asunto.
He tenido muy presente la edad de A, el respeto que debemos a su fe y la
dignidad del individuo que reclama su derecho a rechazar un tratamiento. A mi
juicio, su vida es más preciosa que su dignidad. (pág. 124)
Un nuevo Adam, presa de la euforia que le reporta el
descubrimiento de la vida sin el corsé de una doctrina religiosa, escribe a
Fiona ―Pienso que usted me ha acercado a
algo distinto, a algo muy hermoso y profundo, pero en realidad no sé qué es.
(pág. 140)— y le demanda una respuesta que ella nunca le dará. Poco después,
resulta sorprendente el giro que se produce en la novela cuando Adam se
presenta en Newcastle, al noreste de Inglaterra, adonde la jueza Maye se había
desplazado por motivos de trabajo, y le expone su deseo de irse a vivir con
ella. Adam expresa su propuesta con franqueza y sencillez: ―Podría hacerle pequeños trabajos, tareas domésticas, recados. Y usted
me daría listas de lectura, ya sabe, todo lo que crea que debería conocer…
(pág. 166) Naturalmente, la réplica de Fiona es negativa. En los movimientos
finales de la despedida, tiene lugar el episodio del beso, a medias fortuito, a
medias voluntario, y, en cualquier caso, para ella extraordinariamente
turbador. Pronto la dominará el arrepentimiento por su conducta irreflexiva y
una desmedida inquietud por su reputación en caso de que la escena hubiera
contado con algún testigo. Tales preocupaciones empañan su habitual perspicacia
y le impiden comprender en esos momentos el verdadero sentido de la petición
del muchacho. Comprenderá después, con descarnada lucidez, pero ya tarde.
La asombrosa estructura de esta novela tiene en el
último capítulo un remate perfecto cuyo centro lo constituye la actuación de
Fiona, ahora brillante pianista, con su colega Mark Berner, destacado tenor. Hace
gala McEwan de un prodigioso conocimiento del arte musical a través de una
descripción exquisita capaz de sostener una atmósfera delicada e inefable.
Cuando está a punto de comenzar la actuación, resurge Runcie, quien comunica a
Fiona algo de su interés, algo que ella parece no poder (o no querer) entender
bien, al menos en esos instantes. La actuación le reserva otra sorpresa: Mark
no canta en alemán sino en inglés aquellos hermosos versos que ella entonó en
la habitación de un Adam gravemente enfermo: Estábamos junto al río mi amor y yo en un campo, / y en mi hombro
inclinado ella posó su mano de nieve. / Me pidió que tomara la vida con calma,
/ tal como la hierba crece en las riberas; / pero yo era joven e insensato y ahora
soy todo llanto. (pág. 199)
Concluida la soberbia interpretación, calurosamente
aplaudida, Fiona abandona el escenario y regresa a las palabras de Sherwood
Runcie para acabar de descifrar el enigma acallado con dolor bajo la música y
asumir la tragedia ocasionada por su equivocación. La trabajadora social que
llevó el caso le confirma la muerte de Adam, enfermo de nuevo y ya mayor de
edad, tras negarse a recibir otra transfusión imprescindible. Entonces, Fiona
comprende: Sin la fe, qué abierto y
hermoso y aterrador debió de parecerle el mundo. (pág. 208) Adam había ido a buscarla y ella no le había
ofrecido nada en lugar de la religión, ninguna protección, aun cuando la Ley
era clara, su consideración prioritaria era el bienestar del menor. (pág.
209) Y por último: Pensóque sus responsabilidades terminaban dentro
de las paredes del tribunal. Pero ¿cómo podían terminar allí? Él fue a
buscarla, quería lo mismo que quiere todo el mundo y que sólo podían darle los
librepensadores, no los seres sobrenaturales. Un sentido. (pág. 209)
Creo que en estas últimas citas se concentra la
cuestión fundamental que McEwan ha querido abordar al tratar el tema religioso:
la ayuda que el hombre inteligente y sensible aferrado a la religión necesita
cuando es capaz de intentar vivir sin sus consignas. Históricamente el miedo ha
abonado la adhesión a creencias religiosas, de modo que abandonar la creencia
no garantiza la eliminación del mismo. El miedo sigue estando en la naturaleza
del creyente, y puede prender de nuevo y atenazarlo, y devolverlo a un sistema
que lo cobije y lo salve de su propia angustia. Esa es la dialéctica en que se
ve atrapado el joven Adam, y lo que expone McEwan con gran acierto es que se
trata de un asunto mucho más complejo y delicado de lo que se pueda pensar, y
que quienes lo viven como conflicto precisan una ayuda que está más allá de la
asepsia legal. La ley protegió a Adam Henry de su religión y de sí mismo, y le
salvó la vida una vez. Sin embargo, se quedó indefenso, confundido, demasiado
solo. Abatido y decepcionado, se abandonó a la muerte.
En la escena final de esta espléndida novela Fiona y
Jack están juntos. Él ha velado su sueño, ella se lo agradece y le pregunta si
seguirá amándola cuando conozca toda la historia de la que él casi nada sabe. Claro que sí, responde Jack. Entonces
Fiona le habló en voz baja y firme de su
vergüenza, de la pasión por la vida de aquel dulce chico y del papel que ella
había desempeñado en la muerte de Adam. (pág. 210) Seguro que, como ella
misma sospecha, Jack intentará convencerla de que no ha sido suya la culpa. Sin
embargo, Fiona Maye sabe que el caso de Adam Henry constituirá para siempre la
herida real causada por el veneno de la serpiente, esa ley que ella venera
porque trata de ordenar el caos del mundo con raciocinio y equidad, esa ley
falible, imperfecta y audaz. En el fondo, un peligroso aunque necesario instrumento
ideado por los hombres para protegerse de sí mismos.
Siempre es un auténtico lujo
contar en nuestras tertulias con la presencia de autores que nos hablen de sus
obras. Ya en otras ocasiones hemos disfrutado de la compañía de Luis Leante, de nuestra querida Josune Intxauspe (en su faceta de
novelista) o de Lola López Mondéjar.En nuestra última cita tuvimos el placer de
contar con Fernando Villamía, que
nos hechizó con sus palabras al igual que antes lo había hecho con su novela El cuento de la vida.
La obra, que obtuvo el XIX Premio de Novela Ciudad de Badajoz,
nos cuenta la vida de un exoficial nazi, sus relaciones con el ocultismo y las
circunstancias que rodean su truculenta muerte. Con una prosa exuberante y que
en ocasiones coquetea con lo poético, Villamía nos sumerge en una intriga
propia de la más genuina novela negra salpicada por doquier de auténticos
cuentos que adquieren entidad propia. De hecho, el mismo autor reconoce que se
mueve con más comodidad en el relato breve (prueba de ello es su gran cantidad
de relatos premiados en numerosos certámenes literarios, entre los que podemos destacarEl traje, ganador del XXX
Concurso Hucha de Oro 2002, Polaroid, premio Los Monegros 2014, ¿Puedo ir a lavarme las manos?, premio Gabriel Miró 2008 o Concierto para sirenas, relato galardonado con el premio Max Aub 2013).
Pese a esa supuesta y reconocida
incomodidad con el formato novelístico, Villamía nos conduce de forma magistral
a lo largo de las páginas de su obra sin que en ningún momento decaiga el
interés. Los relatos de los trabajadores de la Fundación Gnosis, aunque pudiera
parecer que ralentizan el transcurrir de la trama, incitan al lector a esperar
qué va a narrar el siguiente, como si de una moderna Sherezade se tratara.
Nos contó el autor cómo surgió la
idea de la novela durante un viaje a Noruega, cuando conoció la existencia de
los Lebensborn, las “granjas
reproductoras” de la raza aria, e investigó en las consecuencias que estos
experimentos de eugenesia tuvieron en la población y en las desdichadas vidas
de los miles de niños y niñas que dejó tras de sí esta demencial práctica. A
este respecto se han escrito numerosas obras y filmado algunas películas, entre
las que podemos destacar la producción germano-noruega de 2012 Dos vidas, basada en una novela de la
escritora alemana Hannelore Hippe.
El tema del ocultismo, tan
presente en la obra, parece ser que realmente obsesionó a los altos mandos
nazis, quizás por sentirse ellos también de algún modo tocados por la
divinidad. Villamía afirmó que, tras la rigurosa labor de documentación que
tuvo que realizar para poder hablar de este mundo, también él llegó a estar
interesado en este universo mágico, aunque no hasta el punto de fundar el Museo
del Quizás que aparece en su novela.
También nos confesó que, tras una
relectura de su propia obra, quedan detalles que no acaban de gustarle, como el
hecho de que haya una sola voz narrativa y que todos los personajes, pese a sus
variadas características y orígenes, se expresen con un mismo tono, un mismo
estilo (el del autor, en definitiva). Lo que el propio autor considera un
defecto nosotros lo vimos como una opción literaria, tan válida como la de
adoptar diferentes tonos.
De la lectura de El cuento de la vida, así como de su
anterior novela Judith y Holofernes(editorial
Algaida 2009, XXVII Premio de Novela Felipe Trigo) podemos extraer la
conclusión de que Fernando Villamía tiene especial predilección por
presentarnos a unos personajes femeninos dotados de una espectacular fuerza
tanto vital como vengativa, semejantes a walkirias del siglo XXI, mujeres
provistas de un enorme poder para manejar el mundo que las rodea. Las
pinceladas con las que nos describe su perfil psicológico resultan magistrales,
tanto como su indiscutible habilidad para lograr las bellísimas descripciones
que pueblan las páginas de sus novelas, descripciones que en ocasiones rayan el
preciosismo.
De nuevo aprovechamos la ocasión
para agradecer a Fernando Villamía su presencia en nuestra tertulia y para
felicitarlo por su buen hacer novelístico, al tiempo que esperamos con ansiedad
la publicación de sus nuevas creaciones literarias.
La próxima tertulia, el 28 de marzo, se centrará en La ley del menor, de Ian McEwan. Hasta entonces, ¡feliz lectura!
Antes de la tertulia sobre la última novela que leímos, tuvimos la suerte unos cuantos miembros de nuestro club de lectura de cenar con la autora, Piedad Bonnet. Además de otros temas extraliterarios de los que hablamos a lo largo de la velada, la poeta y novelista colombiana tuvo la amabilidad de dedicarnos una palabras sobre la génesis de El prestigio de la belleza. Transcribimos aquí su aportación a nuestra tertulia:
" Yo iba en un largo viaje en avión, leyendo a una autora
belga que me gusta mucho, Amelie Nothomb. Estaba leyendo Biografía del hambre, para mí una de sus mejores obras. Ese libro desencadenó mis
recuerdos de la infancia y, como suelo hacer, en las dos últimas páginas del
libro escribí todas las ideas que se me ocurrieron en el momento. Por aquel
entonces yo estaba trabajando en una novela sobre un chico que abandona todo y
cae en la indigencia, a raíz de una historia que mi hijo me contó alguna vez
(lo cuento en Lo que no tiene nombre).
No quería seguir escribiendo ese libro, porque era doloroso para mí, y pensé
que iba a empezar a escribir a partir de este torrente de emociones que me vino.
Amelie Nothomb suele
contar que ella era una niña extremadamente bella y reverenciada por todos, una
especie de “diosecita”; yo, sin embargo, de pequeña sentía lo contrario, tenía
la idea de que a mi mamá no le parecía bonita. Soy la primogénita, y mi mamá
era una mujer muy hermosa. Cuando yo nací, creo que no salí como ella quería,
así que mi mamá empezó a esperar que yo mejorara, pero eso no sucedía. Luego
nació mi hermana, muy bonita, y después también mi hermano, con mucho pelo, los
ojos grandes… todo lo que yo no tenía. Ella inmediatamente le achacó esto a la
herencia de mi papá. En Antioquia, [en Colombia], donde yo viví hasta los siete
años, la belleza es un valor extraordinario; además, en América Latina, eso
está unido a la raza, a la clase social: importa si eres más blanco, más
moreno, más mulato… Esto ahora ha cambiado, pero en ese tiempo era muy
estricto. En casa de mi madre era así, tenías que ser blanco del todo, con los
ojos grandes: eran de esa forma de pensar española, completamente medieval.
Subrayé esa frase de Amelie Nothomb “el prestigio de la
belleza”, pensando en que era cierta, y empecé a recordar el entorno en que
crecí. Me vinieron todos los recuerdos de la cuestión religiosa, los temores,
la primera vez que supe de la enfermedad… Fui reconstruyendo mi infancia a
ráfagas, y ya de regreso a Bogotá me puse a escribir la novela. Decidí comenzar
como en una película que había visto, con la abuela acuclillada ante la madre y
el bebé naciendo (trato así de romper el realismo, empezando en el momento del
nacimiento). Mi mamá me contó que yo había tardado en nacer dos días, con
muchos dolores por su parte, y que nací llena de meconio, la primera deposición
(que no es propiamente una deposición, por así decirlo, es como si el bebé se
cagara de terror), como si fuera una experiencia de la muerte antes de nacer.
Yo he podido sentir y revivir en mi imaginación que nací en medio del temor a
la muerte, y empecé a construirme desde ese momento.
Mi mamá me ponía moños y otras cosas para tratar de embellecerme,
y en su afán, como mi papá era muy inteligente, decidió hacerme como él.
Encontró un recurso, que era el abominable arte de la recitación; empezó a
enseñarme a recitar, y me acordé de la primera vez que, con cinco años, estuve
sobre un escenario. Era de noche, estaba delante de mucha gente y alguien me
cogió por debajo del vestido. Recuerdo esa intromisión de unas manos que me
bajaron de allí... Empecé a desarrollar ese sentimiento y quise llevar este
tema hasta los quince años, cuando me llevaron a un internado, porque yo era
muy insoportable.
En esta novela
intento hacer las paces con los dolores de la infancia, pero además poner el
dedo en la llaga de una sociedad que tiene los valores invertidos y que, con
buenas intenciones como las de mi mamá, puede hacer mucho daño. En poesía ya lo
dije en algún momento, “esos extraños gestos del amor”, cómo te van haciendo
daño con la excusa del amor. Es la única de mis novelas que tiene humor de
verdad. Yo me considero una persona con un gran sentido del humor en la vida
real, pero no es así en mis novelas. Aquí todo es un poquito esperpéntico,
exagerado, pero también con un fondo serio."
Recordamos que la próxima lectura de la tertulia será El cuento de la vida, de Fernando Villamía, autor que tendrá la gentileza de honrarnos con su presencia el 10 de enero. Hasta entonces, felices vacaciones y feliz lectura.