miércoles, 26 de junio de 2013

El ruido de las cosas al caer

(de Juan Gabriel Vásquez)
 


Como viene siendo habitual, casi se junta la publicación de esta reseña con la celebración de la siguiente tertulia. No vamos a poner excusas para esta tardanza, porque es lo mismo de siempre: pereza, trabajo, fin de curso, y mil cosas más. A eso hay que añadirle que el libro no levantó pasiones y que, como ha sucedido en otras ocasiones, tuvo más interés lo que se dijo sobre la obra que la novela en sí.

Lo que más gustó de El ruido de las cosas al caer fue precisamente ese título tan acertado y tan poético. Aunque el estilo es ágil (es una novela que se lee con facilidad), se echa de menos una estructura consistente: el propio autor ha reconocido en alguna entrevista que no tenía un plan previo antes de acometer la obra, sino que empezó a escribir a partir de ver algunas noticias en la prensa y en la televisión. Y esto se nota: las dos historias, la de Yammara y la de Laverde, no terminan de enlazarse de manera convincente, no se profundiza demasiado en ninguna de las dos. Aunque el principio está muy bien perfilado, esta sensación se malogra según van avanzando los capítulos y el lector se queda con las ganas de encontrar una conexión más profunda entre las dos tramas.

El personaje de Antonio Yammara es un falso protagonista; es el narrador e hilo conductor de la novela, y podríamos decir que es también un trasunto de la propia Colombia; es una excusa para contar una parte de la historia reciente del país, el cambio que supone en su vida el disparo podría considerarse como una metáfora de la transformación de Colombia a raíz de la irrupción del narcotráfico y la violencia.
Este episodio es el desencadenante de la otra historia, la de Ricardo Laverde, que aparece enlazada con la de Yammara a raíz de la investigación que emprende para reconciliarse con el recuerdo de su amigo.
Es precisamente Laverde el que nos adentra más en el pasado reciente del país; aunque seguimos echando en falta un desarrollo más en profundidad de este personaje, nos sirve como excusa para conocer a Elaine/Elena, quizás el personaje más logrado de la novela, el de mayor entidad y consistencia. No se acaba uno de creer su inocencia y candidez, su ignorancia sobre las oscuras tramas en las que participa su marido... pero la actualidad nos hace ver que este caso no es tan extraño.
El tema de la droga y del narcotráfico es uno de los núcleos de la novela; podemos ver con claridad la evolución de la actitud ante el problema resumida en una frase de uno de los personajes: "Éramos no inocentes, sino unos inocentes", que sintetiza lo que ha sido la droga desde la época hippy hasta la actualidad; el autor no emite un juicio sobre el problema del narcotráfico, se limita a exponer cómo se inició y cómo ha ido evolucionando. Incluso se muestra a favor de la legalización de la droga como solución a esta problemática; no se trata pues de una novela de denuncia, aunque sí se apunta el tema -desaprovechado en parte- del falso altruismo de los Estados Unidos, que irrumpen en Colombia como desinteresados ayudantes y consejeros, pero nos dejan siempre la impresión de albergar una segunda intención no tan humanitaria (algunos norteamericanos aparecen incluso implicados en los comienzos del narcotráfico).
Otros temas aparecen esbozados y nos dejan con ganas de un desarrollo más en profundidad: la violencia en la sociedad colombiana, el mundo del billar, el tema de la muerte (que subyace en toda la novela pero no termina de tratarse a fondo), etc.
Tampoco nos acaba de transmitir el sentir de una generación, como parece que se pretende a lo largo de las páginas de la novela. Nos quedamos con la sensación de que falta algo, que la idea de la obra es buena pero no termina de conseguir su objetivo, sea cual sea.
En resumen, la novela no consiguió seducir a ninguno de los participantes en la tertulia; eso sí, despertó el interés por unos temas que no conocíamos en profundidad y nos dejó con la inquietud de seguir ahondando en ellos.
 
 
La próxima novela sobre la que hablaremos será La fórmula preferida del profesor, de la japonesa Yoko Ogawa (Editorial Funambulista). Aún no está claro si nos reuniremos el 1 o el 4 de julio: cuando se haya manifestado la mayoría de los participantes os informaremos.
 
 

domingo, 14 de abril de 2013

Las baladas del ajo

(de Mo Yan)



Ya hace varias semanas que tuvo lugar la tertulia sobre Las baladas del ajo, de Mo Yan, pero por unas cosas o por otras hemos ido dejando la elaboración de esta crónica por asuntos más urgentes (de índole vacacional, básicamente).

Estrenamos sede, en este caso la bonita tetería La Puça en la calle García Morato, 22, que esperamos que sea "la definitiva".  En un ambiente muy agradable y con algún espectador que otro, departimos sobre la obra del premio Nobel chino. La tertulia comenzó con una frase redonda y llena de sentido pronunciada por nuestra fundatrix: "La buena literatura sostiene bien el dolor". Las comillas son una licencia poética, porque no la recuerdo textualmente (nota mental: en la próxima tertulia anotaré frases textuales). Si fuera un endecasílabo sería uno de esos finales redondos de un soneto de Lope o de Quevedo (del tipo "polvo serán, mas polvo enamorado"); o quizás sí que lo era -de sobras es conocido el estro poético de nuestra mater- pero ha perdido o ganado sílabas en la transcripción de este cronista. El caso es que resume todo lo que se dijo a continuación: la novela está magistralmente escrita (pese a la traducción, no sabemos si acertada, se trasluce la grandeza de la prosa de Mo Yan), lo que nos ayuda a sobrellevar todo el sufrimiento y la miseria que nos presenta en sus páginas.

Esta acumulación de elementos negativos (violencia, crueldad, dolor, odio, malos tratos, suciedad, pobreza, abuso de poder, y un largo etcétera) dio pie a un debate sobre si la obra reflejaba la realidad de la China rural en los años 80 o si simplemente era una abstracción literaria del autor para poner de relieve tales miserias. No es posible -dijeron algunos- que confluyan en una sola familia, en un solo pueblo, tantas desgracias, sin un pequeño rayo de luz que dé alguna esperanza. Se comparó la novela con Los santos inocentes, de Delibes: la realidad de la España rural en la postguerra podría no ser tan terrible como allí se plasma, pero es cierto que hechos como los que nos presenta Delibes ocurrían en el campo extremeño (y en muchos otros) aunque no todo fuera así.

Esta presentación de la realidad china con toda su crudeza, sin paliativos ni elipsis poéticas, podría interpretarse como una crítica al sistema comunista; los abusos cometidos por los oficiales son en parte el desencadenante de los sucesos que se cuentan, pero también es cierto que se trata de una desviación de la idea original del comunismo: los oficiales suponen la personificación de la corrupción y del abuso de poder, mientras que el joven militar abogado (uno de los únicos personajes positivos de la novela) encarnaría los ideales puros del comunismo sin adulterar -alguien apuntó que podría tratarse del alter ego del autor-. Así se explicaría que la novela, como el resto de la producción de Mo Yan, no haya tenido problemas con la censura del régimen. Se comparó este hecho con la posición de Leonardo Padura en Cuba: sus novelas presentan la realidad cubana con todos sus claroscuros, y pese a ello son permitidas por el régimen cubano. Otra explicación que se apuntó fue la posibilidad de que ambos regímenes permitan estos casos de "disidencia literaria" como una muestra de aperturismo, para dar a entender al mundo exterior que no son tan terribles como los pintan estos escritores.

La crítica no se limita solo al régimen político, sino que se extiende por igual a las tradiciones ancestrales que coartan la libertad personal; cobra especial relieve la situación de la mujer, su papel de segunda o tercera categoría en la sociedad china, sobre todo a la hora de decidir sobre su destino o su cónyuge. De hecho, este es el desencadenante de gran parte de la tragedia: Jinju no acepta el matrimonio que le imponen sus padres, imposibilitando así los futuros enlaces de sus hermanos y arruinando su propia vida. Es más: ni siquiera después de muerta es dueña de su destino, ya que los hermanos se salen con la suya al celebrar una escalofriante y macabra boda que hace que La novia cadáver de Tim Burton parezca un dulce cuento de hadas.

Un respiro a tanta desgracia y escatología lo representan las coloristas descripciones de paisajes, así como los elementos mágicos que salpican la narración (aunque a veces la magia no está reñida con la crueldad y el ensañamiento, como el episodio del feto parlante del hijo nonato de Jinju).

Por último se hizo hincapié en dos grandes aciertos de la novela: su compleja y elaborada estructura, con su comienzo in medias res y sus continuos saltos temporales hacia atrás y adelante, y su soberbia escena final con la huida en la nieve, de un lirismo y una dramática plasticidad que cierran "con broche de oro" (permítaseme una expresión tan rancia) una obra que, guste o no guste al lector, es imposible que lo deje indiferente.

 

El próximo libro del que hablaremos en la tertulia es El ruido de las cosas al caer, del colombiano Juan Gabriel Vásquez (premio Alfaguara 2011). Si no hay cambios, nos reuniremos el jueves 16 de mayo. Que la tercera evaluación os sea leve.

 

 

 

 

 

miércoles, 23 de enero de 2013

La vida de las mujeres

(de Alice Munro)

De nuevo vuelve Josune a contarnos con sus acertadas palabras lo que se habló en la tertulia de un libro que, parece ser, no despertó muchas pasiones... Gracias otra vez por tus crónicas.


     En la historia de nuestra tertulia se ha dado, afortunadamente, de todo: novelas que nos han gustado mucho a la mayoría; otras que no han gustado a casi nadie; unas cuantas que han suscitado controversia, con tantos defensores como detractores… Pero lo ocurrido con la novela de Alice Munro La vida de las mujeres no había sucedido nunca y es que muy poquitos  habíamos acabado de leerla, y creo que la razón quedó muy clara: la falta de interés, la historia no enganchaba y por eso daba pereza volver a ella. Entre los pocos que la habíamos concluido tampoco causó demasiado entusiasmo. No sé si dos personas, a lo sumo tres, dijimos que nos había gustado. A mí particularmente me gustó mucho  y voy a explicar por qué.

     Abordé la lectura de este libro con curiosidad por tratarse de una de las dos únicas novelas de una autora ensalzada por sus colecciones de cuentos, así que me gustaba la idea de tener delante una excepción, una suerte de rareza. Tal vez por eso y porque enseguida me recordó a Matar un ruiseñor, mi predisposición era buena. Pero hace falta algo más que una actitud inicial positiva para que al cabo de casi cuatrocientas páginas el balance siga siendo tan favorable como el arranque, y en mi caso así ha sido. Reconozco que enseguida me atrapan las historias contadas por una voz que se asoma a su infancia e, inevitablemente, a su familia. Es verdad que los recuerdos infantiles de los miembros de una misma generación suelen ser coincidentes porque en el fondo las personas nos parecemos mucho; aunque tanto como nos distinguimos unas de otras, y las mismas experiencias nos han marcado de muy diversa forma. Eso es lo que a mí me interesa del recuerdo de la infancia: dónde se detuvo la mirada de la narradora, qué le causó entonces felicidad y sufrimiento de modo que lo que vino después fue, en buena medida, una respuesta a todo aquello. Y en esta novela, además, aparece la infancia como el territorio de la exploración, el descubrimiento de lo nuevo, la tentación de lo prohibido, el irrefrenable deseo de hacer lo que nos han dicho que está mal, la excitación que provocan la rebeldía y la transgresión (cabe destacar aquí su historia con el extraño señor Chamberlain), la necesidad de los secretos…

     He disfrutado especialmente con esos párrafos en los que la narradora muestra la sutil percepción de sus anclajes familiares. Creo que estas líneas pueden servir de ejemplo:

     “Mi madre se quedó sentada en su silla de lona y mi padre en una de madera; no se miraron. Pero estaban conectados, y esa conexión era clara como el agua, y existía entre nosotros y tío Benny, entre nosotros y Flats Road, y seguiría existiendo entre nosotros y cualquier cosa. Eso mismo pasaba a veces en invierno, cuando repartían dos manos de cartas y se sentaban a la mesa de la cocina a jugar mientras esperaban las noticias de las diez, después de mandarnos a la cama al piso de arriba. Y el piso de arriba parecía estar a millas por encima de ellos, oscuro y lleno del ruido del viento. Allá arriba descubrías lo que nunca recordabas abajo en la cocina: que estábamos en una casa tan pequeña y cerrada como un barco en alta mar, en medio de los aullidos de un temporal. Parecían hablar y jugar a cartas, en un pequeño punto de luz muy lejano, de forma irrelevante; sin embargo esa idea de ellos, prosaica como un hipo, familiar como el aliento, era lo que me sostenía, lo que me hacía señas desde el fondo del pozo cuando me quedaba dormida”. (pp. 45 y 46)

     Aunque todos los miembros de su familia resultan un tanto pintorescos (tío Benny, las ancianas tía Elspeth y tía Grace, con su particular sentido del humor…), creo que es la madre el personaje más destacado, una mujer que un buen día decide dedicarse a vender enciclopedias y que siente verdadera avidez por aprender (“El saber no era para ella algo hostil sino acogedor y entrañable”), actitud que comparte con Del, la cual posee, además, una memoria prodigiosa. Esta madre poco convencional, refractaria a cualquier sentimiento religioso, emprendedora e independiente, alquila una casa en la ciudad y toma una inquilina (Fern Dogherty). Su marido es un tranquilo granjero que se dedica a la cría de zorros plateados y no pone obstáculos a su decisión. Él acudía por la noche a la casa de la ciudad y se quedaba a cenar y a dormir hasta que llegaba la temporada de nieve; entonces solo iba a la ciudad, si le era posible, el sábado por la noche y parte del domingo. Por su parte, Owen, el único hermano de Del, parece conforme con llevar la misma vida que su padre y tío Benny en la granja de Flats Road.

     El libro está organizado en siete extensos capítulos y un epílogo, y cada uno de ellos presenta un asunto o anécdota particular, de manera que alguien comentó en la tertulia que se podría considerar como un conjunto de relatos. Y en parte así es, pero existe un hilo conductor, que es el proceso de maduración personal de la narradora, su paso de la adolescencia a la primera juventud, desde esa mirada sutil e inteligente sobre las parcelas de la realidad que para ella son relevantes. Se trata, pues, de una novela.

     El capítulo “La edad de la fe”, dedicado a las iglesias, me parece magistral. El asunto religioso está muy bien tratado, lo mismo que el sexual, y ambos constituyen los pilares del tema de fondo, el de la libertad individual como una ardua conquista de las mujeres. Hubo polémica en torno a si finalmente Del traiciona sus proyectos académicos por embarcarse en una relación sentimental o si decide con todas las consecuencias lo que quiere hacer. Repito lo que ya expresé en la tertulia: Del es una joven que actúa libremente (su ruptura con Garnet French constituye un buen ejemplo: “[…]me quedé asombrada, no porque estuviera peleando con Garnet, sino porque alguien hubiera cometido el error de creer que tenía verdadero poder sobre mí).

     En las páginas finales del libro aparece su vocación literaria (“Llegó un momento en que todos los libros de la biblioteca del ayuntamiento no fueron suficientes para mí; necesitaba tener libros propios. Comprendí que lo único que podía hacer con mi vida era escribir una novela.”). La descripción del proceso por el que unos personajes y hechos reales van a ser inspiradores de su obra me parece magnífica.

     Por último, creo que otra de las razones por las que he disfrutado con La vida de la mujeres es porque desde el principio he imaginado con facilidad a los personajes, he visto los lugares, me han resultado familiares las situaciones, y la culpa de ello la tienen las películas norteamericanas, el espléndido cine que los estadounidenses han hecho con sus preocupaciones, sus anhelos y sus variados modos de vida. Me ha acompañado  casi todo el tiempo la impresión de haber visto en la pantalla historias parecidas. Reconozco que de la mano de Del, mientras ella evocaba el final de su infancia, yo también he regresado a la mía, y, sencillamente, me ha sentado muy bien.
 JOSUNE
Para la próxima tertulia (el 20 de marzo, creo) leeremos Las baladas del ajo, de Mo Yan.


miércoles, 19 de diciembre de 2012

El día de mañana

(de Ignacio Martínez de Pisón)


Nuevamente nos honra con su inspirada prosa nuestra amada Mater fundatrix; aquí tenéis su estupenda reseña. Gracias, Josune.


     Ignacio Martínez de Pisón me parece un estupendo escritor. El día de mañana, su última novela y la tercera de él que leo, me ha gustado mucho. Me apeteció leerla en cuanto salió, en cuanto conocí su título, tuve una mínima noticia de su argumento y me entretuve en los detalles de la portada. Mi querencia por las fotografías en blanco y negro es cada vez mayor y, sobre todo, por ese tipo de fotografías que recogen instantáneas de vida cotidiana de un pasado en el que había cosas que yo no he llegado a conocer pero que, no obstante, me resulta próximo y familiar, como familiar me parece esa referencia temporal que constituye el título y con la que en mi infancia mis mayores nombraban al futuro: el día de mañana no era un simple día, ni siquiera el día siguiente, sino mucho más, un tiempo que habría de llegar inexorablemente y cuyo posible y deseable esplendor estaba en mis manos, dependía de mi esfuerzo presente. Creo que el anhelo de ese día de mañana más próspero y confortable recorre la existencia de numerosos personajes de la novela y, por supuesto, la del protagonista, Justo Gil Tello, a quien vamos a conocer por cuanto los demás “dicen”.

     Ese modo de construcción novelesca, el relato que trece personajes bien distintos hacen de cómo conocieron a Justo y en qué consistió su trato, mayor o menor, con él, supone un gran acierto por parte del autor, pues, al tiempo que entre todos van dibujando a un tipo oscuro, embaucador y poco recomendable, nos refieren sus respectivas historias. En nuestra tertulia coincidimos en reconocer la originalidad y el interés de estas narraciones, en algún caso superior incluso al que suscita “el Rata”, sobre todo a medida que van quedando escasas dudas sobre su calaña —ciertamente, con semejante apodo, pocas esperanzas de redención podíamos albergar—. Mencionamos a algunos de estos personajes: Carme Román, la muchacha que queda huérfana en la riada del 62 y marcha a Barcelona a vivir con sus tíos; el policía, Mateo Moreno, que viene de un hospicio; Marc Jordana y Chantal, a través de los que se perfila el ambiente de la progresía izquierdista de la transición frente al de la ultraderecha, representado por el periodista Manel Pérez; un ser marginal como Hilario Lazcano, que se convierte, junto a Noel León, el niño de los palindromistas, en su fiel guardián… Todos ellos hablan sobre Justo y ofrecen, desde sus vivencias, un espléndido fresco de Barcelona entre los años cincuenta y la transición, paradigma de un país que se afana en abandonar la larga convalecencia de la posguerra y la dictadura, y persigue, con la determinación de los supervivientes, un día de mañana tan incierto como prometedor.

      Los comentarios sobre la novela nos dieron pie a algunos a compartir recuerdos personales a propósito de la muerte de Franco y del ambiente universitario de aquellos años, tanto en Barcelona como en otras ciudades. Pero no fue unánime el aprecio por la recreación de esta época. Hubo quien reconoció su hartazgo de la evocación de esos años, por otra parte, menos novelados de lo que pudiera parecer. No obstante, la obra mereció más elogios que objeciones. Podemos destacar, entre los primeros, además de lo ya indicado, el estilo, la facilidad con que se lee, y entre las segundas, la falta de polifonía real en las voces de los personajes que hablan sobre Justo, tanto en el tono (similar en todos, siendo tan distintos) como en su apreciación del protagonista. Y puestos a echar de menos alguna voz más, la del propio Justo: ¿cómo explicaría él su paulatina degradación?

     En cuanto al final, a mí particularmente me gusta mucho. Se me ocurre que esa extraña casa o teatro o lo que sea que Justo Gil Tello va levantando con la ayuda de dos muchachos bien podría representar el refugio de sus malogrados sueños. El homenaje esforzado, silencioso e inútil a la única mujer que, además de su madre enferma, de verdad le importó.   El solitario y triste cobijo de su miserable día de mañana. 

JOSUNE.



Os recordamos que la próxima tertulia versará sobre la novela de Alice Munro La vida de las mujeres; la fecha que en principio se propuso fue el viernes 11 de enero.



lunes, 22 de octubre de 2012

Cárceles imaginarias

(de Luis Leante)




En los 80, época de hombreras y peinados imposibles, ya lo veíamos por los pasillos de la Facultad de Letras con sus casi dos metros de altura, sus pantalones de peto y su pelo a lo afro; lo mismo podía estar yendo a una clase de Sintaxis latina, que saltándose una de Fonética griega para ir a tomarse unas cañas al Ipanema, el bar de la esquina, refugio de la bohemia estudiantil murciana. Se rumoreaba que  Luis coqueteaba con las Musas, aunque ninguno de nosotros (los "pequeños", del curso posterior al suyo) habíamos leído nada suyo. Años después me enteré de que entre esos pasillos y los de una academia a unos metros de la facultad se gestó la fantástica Academia Europa, la novela en que se mezclan sus recuerdos y vivencias de estudiante/profesor "milpesetista" con los fantasmas de la mitología.

Tuvieron que pasar casi veinte años para que nos reencontrásemos (ya sin el peto y el peinado afro) y compartiéramos departamento, alumnos, amigos, compañeros, tertulias, comidas de los viernes, alegrías y algún que otro disgusto. Por esas fechas ya era un escritor consagrado, y tuvimos la suerte de vivir con él el momento en que se le reconoció internacionalmente con el premio Alfaguara por su novela Mira si yo te querré. Y a partir de ese momento las Musas se lo fueron llevando cada vez más a su Parnaso y la enseñanza perdió un gran profesor. Por fortuna lo seguimos contando entre nuestros amigos, y de vez en cuando nos honra con su visita. Como en la última tertulia, la que hicimos sobre su novela Cárceles imaginarias.

Aunque fue una reunión breve, por cuestiones de logística, nos dio tiempo a escucharlo hablar de la gestación de la obra, de cómo conoció la sorprendente historia del editor comunista Giangiacomo Feltrinelli, de cómo se enamoró de Valparaíso en su rápida visita a la ciudad. Algunos ya le habíamos oído contar estas increíbles anécdotas en la presentación de la novela en la FNAC hace unos meses, pero volvimos a disfrutar al oírle explicar cómo surgió el personaje de Ezequiel Deulofeu, porque Luis Leante, aparte de un gran novelista, es un magnífico "juglar" -o más bien un aedo homérico-, un contador de historias que hipnotiza al público con sus palabras, ya se trate de una clase de 2º de la ESO o de una audiencia de eruditos académicos.

Además nos contó parte del complejo proceso de montaje de la estructura interna de la novela (sus esquemas, bases de datos, recopilación de información...), y nos impresionó una vez más su capacidad para planificar el trabajo, su rigor y dedicación, y su interés por dejar que los personajes se caractericen por sus propios actos más que por el discurso del narrador.

Por su parte, algunos participantes en la tertulia destacaron la habilidad de Leante para retratar el mundo editorial y anarquista de Barcelona, los escenarios sórdidos de Manila,  así como el acierto de mezclar personajes reales con ficticios.  Otros echaron en falta un mayor peso en la caracterización de los personajes, sus motivaciones, sus ambiciones... Pero todos estuvimos de acuerdo en elogiar la técnica de transcribir los diálogos engarzados en la narración, sin que en ningún momento el lector pierda la referencia de quién es cada uno de los interlocutores.

En fin, que aunque breve, disfrutamos de una tertulia intensa y emotiva en la que tuvimos el placer de contar con el autor, que nos ayudó a ver con otros ojos su obra. Gracias por tu presencia y tus palabras, Luis. Te deseamos mucho éxito con esta novela y con las muchas más que seguro aparecerán próximamente.
 
 
El libro sobre el que versará la próxima tertulia es El día de mañana, de Ignacio Martínez de Pisón.

 

 

 

miércoles, 4 de julio de 2012

Matar un ruiseñor

(de Harper Lee).

Como corresponde a una flamante clausura de curso, en esta ocasión nos honra con su ilustrada (e ilustradora) pluma nuestra mater fundatrix en persona, nuestra querida Josune. Disfrutad de la reseña.


Matar un ruiseñor (o Matar a un ruiseñor, como gustéis) entró en mi vida cuando yo tenía doce años y empecé a sentir curiosidad por los libros que mi madre leía en la cama y que descansaban durante el día en su mesilla de noche. Era un libro voluminoso, de letra pequeña, tapas duras y título sugerente. Para mí era un libro distinto de los que acostumbraba a leer por entonces los de internados ingleses de mi admirada Enid Blyton, tanto en su aspecto como en las expectativas que en mí despertaba: ese era un libro “de mayores” y yo no tenía ni idea de lo que los libros “de mayores” encerraban, pero estaba decidida a descubrirlo.
La primera parte de la novela me dio confianza pues describía el empeño de tres niños por entretenerse en los largos días del verano, algo que yo comprendía muy bien. La fijación que ellos mostraban con la silenciosa mansión de los Radley y sus misteriosos habitantes se parecía bastante a la obsesión que toda mi pandilla tenía con Pío y Pantxika, el anciano matrimonio que vivía en el caserío más próximo a mi barrio y del que nos inventábamos truculentas historias mientras espiábamos su sosiego en la hora de la siesta. Para mi sorpresa, en los libros “de mayores” cabían las fantasías y aventuras de unos niños, pero estaba claro que esa historia debía contener otros ingredientes que no se hallaban en mis anteriores lecturas. No tardaría en descubrirlos, con asombro y con dolor, porque el caso de Tom Robinson me conmovió como lo hacían algunas circunstancias reales de las que yo tenía noticia y sobre las que, si preguntaba, se me daban pocas y muy escuetas explicaciones. La historia de Tom Robinson era de una injusticia y de una crueldad intolerables. Sin embargo, no estaba todo perdido en aquel lugar ni en el mundo: existían Atticus Finch,  Maudie,  Calpurnia,  Heck Tate y Boo Radley, a quien finalmente Jem y Scout le deben la vida. Sobre todo, existía Atticus Finch. Y ahora, tantos años después, puedo afirmar que mi fijación con esta novela se debe, sin duda, a lo que este personaje representa.
Comentamos varias cosas en torno a él en nuestra tertulia. Alguien afirmó que resultaba inverosímil su perfección, su perfil de una integridad sin fisuras, que tal vez responde a un contexto histórico y social en el que se hacía necesario un “héroe” así. Puede ser. No obstante, también se indicó que su actitud combativa con el racismo imperante en la sociedad sureña estadounidense de aquellos años puede equipararse a otras muchas posiciones necesarias y difíciles de mantener en ámbitos y contextos históricos y sociales muy diversos. Maudie, la atenta vecina de los Finch, les explica a Jem y Scout algo esencial sobre su padre y que guarda estrecha relación con lo que estoy comentando: Quiero deciros sencillamente que en este mundo hay hombres que nacieron para hacer los trabajos desagradables que nos corresponderían a los otros. Vuestro padre es uno de tales hombres. (p. 340)
 En otro momento de la novela, es el propio Atticus quien expone a su hija por qué ha aceptado un caso tan polémico: Este caso, el caso de Tom Robinson, es algo que entra hasta la esencia misma de la conciencia de un hombre… Scout, yo no podría ir a la iglesia y adorar a Dios si no probara de ayudar a aquel hombre. (pp. 168 y 169) Atticus Finch hace, sencillamente, lo que cree que debe hacer para estar en paz consigo mismo y poder seguir siendo un referente para sus hijos. Y eso, hacer lo debido a pesar del riesgo y los inconvenientes que ello le va a suponer, es lo que las buenas gentes de Maycomb necesitan que Atticus haga por ellos. Es el de este personaje un heroísmo de carácter moral y si tanto impacto nos produce es, en mi opinión, porque en la vida de todos aparece alguna vez un acontecimiento así: una realidad extremadamente injusta y la necesidad de que alguien acepte la responsabilidad de hacer lo debido y, asumiendo las consecuencias de su decisión, lo haga.
Desde el punto de vista literario, Matar un ruiseñor me parece una delicia. La composición de la novela resulta impecable. Otra de las cosas que comentamos es la viveza con que la narradora refiere hechos pasados, por lo que en algunos momentos llegamos a pensar que los está contando Scout niña y no adulta, cuando no es así. El mundo de los niños abre y cierra la historia, y enmarca el desgraciado caso de Tom Robinson. El desenlace supone un epílogo de algún modo reparador de la insufrible injusticia que se ha cometido con Tom y que lo conduce a la muerte. Al final muere el verdadero responsable de todas las desgracias ocurridas, y es el sensato sheriff del Condado de Maycomb, Heck Tate, quien formula la versión oficial de que Bob Ewell se cayó sobre su propio cuchillo, de modo que Boo Radley, el silencioso y vigilante “ruiseñor”, pueda seguir viviendo en paz, a salvo del mundo.

También hablamos, cómo no, sobre la espléndida película que Robert Mulligan hizo con esta novela. Por lo visto, fue la propia autora la que eligió a Gregory Peck para el papel de Atticus. Indiscutible acierto. Cabe destacar también que Matar un ruiseñor es la única novela de su autora, Harper Lee. Consiguió el Premio Pulitzer en 1961 y no ha dejado de editarse desde entonces. A mí me sigue pareciendo una novela imprescindible y estoy muy contenta de que al fin haya pasado a formar parte de nuestra tertulia.
Por cierto, en la ya clásica encuesta de fin de curso, la novela más votada fue El abrecartas de Vicente Molina Foix y la tertulia que más gustó, la de La conquista del aire de Belén Gopegui.
¡Felices vacaciones a todos!
                                                                                    Josune

Os recordamos que la próxima obra sobre la que departiremos, allá por septiembre, será la última novela de Luis Leante, Cárceles imaginarias (Alfaguara, 2012). Si todo sale como está previsto, podremos contar con la presencia del propio autor en la tertulia.
Acabamos con una foto de los tertuliantes casi al pleno (faltan figuras señaladas, lo sabemos, pero es lo que tiene el "fugarse" la despedida...)
 


 


viernes, 27 de abril de 2012

La conquista del aire

(de Belén Gopegui)

Hoy estrenamos cronista de lujo: recién llegada del reino de León, nos deleita con su fluida prosa nada menos que nuestra insigne contertulia Josefina. Esperemos que este sea el principio de una larga serie de colaboraciones, tanto suyas como de otros tertuliantes que se animen a darle vidilla a este blog. Aquí tenéis la reseña, recién salida del horno:



            La conquista del aire (Belén Gopegui, 1998) sitúa la trama a mediados de la década de los 90 , en los últimos años del gobierno de Felipe González, y nos cuenta cómo las vidas y los ideales de tres amigos se verán trastocados por algo  tan simple como un préstamo . Carlos Maceda necesita capital para mantener a flote su empresa y pide prestados 8 millones de pesetas a sus amigos, Marta Timoner  y Santiago Álvarez. La historia no es más que eso y la autora no necesitaba - como señalaron algunas contertulias a las que no les gustó demasiado la obra – páginas y páginas de reflexiones sobre lo justo y lo injusto, lo que se debe hacer y lo que no. Un amigo necesita tu ayuda y tú, si puedes, se la prestas y ya está. Punto.
            Pero la historia sí es más que eso. No es un préstamo cualquiera; Marta y Santiago le están prestando dinero a su amigo para ayudarle a mantener un proyecto de vida, unos ideales que se están tambaleando, y eso es lo que significa la empresa de Carlos para estos amigos: es el proyecto de todos ellos, el reducto donde salvaguardar esos ideales; son  gente de izquierdas, convencidos de sus ideas y de su lucha por un mundo mejor, coherentes –o eso creen- en su estilo de vida y en búsqueda constante de la justicia social. Por eso aceptan prestar todos sus ahorros sin dudarlo.
Sin embargo, todo cambia cuando empiezan a plantearse por qué  lo hicieron ¿por voluntad propia?, ¿por obligación? Y es entonces cuando esa búsqueda de la felicidad, esos ideales se dan de bruces con la realidad, con personajes como Manuel Soto, Leticia Tineo o Lucas, que viven esa realidad sin prejuicios; y llega la soledad, el miedo al fracaso, la mala conciencia, las contradicciones, la sensación de estar, no donde han elegido, sino donde han decidido: Elegir… significaba determinar los fines de acuerdo con la razón. Tomar decisiones era sólo escoger entre los deseos de un muestrario concebido por el apetito propio o ajeno, casi siempre ajeno. (página 221).
La vida de cada uno de ellos se trastoca y ese dinero condiciona las decisiones y las elecciones posteriores sin que ellos puedan o quieran ya controlarlo : Tu problema es qué haces con lo que puedes controlar, le dice Sol a Santiago que se va a casar con una “pija”  (así apodamos a la pobre e ingenua Leticia Tineo en la tertulia)  que lo llevará de vacaciones a Bali.
            Y a pesar de todo, los tres amigos organizarán sus vidas con sorprendente facilidad y cada uno encontrará su lugar en el mundo en el sitio más insospechado y del que hubieran renegado dos años atrás: Santiago en una apacible vida burguesa junto a una mujer totalmente diferente a su antigua compañera,  Carlos en su trabajo en una multinacional y Marta en la relación recuperada con Guillermo en la nueva casa que alquirán cerca de un parque.  Las primeras y últimas frases del libro describen, real y metafóricamente, la  evolución vital de los tres amigos: No dormían. Era martes 11 de octubbre de 1994, la noche había caído sobre  Madrid(…), Carlos Maceda, Santiago Álvarez y Marta Timoner se debatían con el insomnio, y 324 páginas después: En la madrugada del 26 de noviembre de 1996, Carlos Maceda, Santiago Álvarez  y Marta Timoner duermen. Sobre su piel cansada, el mundo está ordenado aparentemente. Es la evolución de unos jóvenes, idealistas y soñadores, que siempre estaban en alerta, intentando conquistar el aire que se les escapaba entre los dedos, hacia unos jóvenes ,ya maduros, que diríamos ahora, que han aceptado ya las razones de los otros, las reglas del juego de la realidad en la que viven y esa aceptación les da, por fin, cierta paz.
            Respecto al libro, había opiniones diversas entre los  que llegamos al final de la historia. Es una obra de una estilo bastante original que contiene mucha información y un gran dominio del discurso político y filosófico; todo aderezado ,a veces, con cierto tono poético que obliga a una lectura pausada y concentrada.  A algunos nos gustó el libro, por la historia y por la forma de escribir de su autora; a otra le pareció un rollo, pero le gustó haberlo leído; a otras les parecieron demasiadas páginas para una historia tan simple…
Aún así, creo que a nadie nos dejó indiferente y la tertulia se fue haciendo cada vez más interesante a medida que evocábamos nuestros propios ideales de juventud, las largas conversaciones sobre lo divino y lo humano en la universidad, las reuniones con grupos cristianos, etc. Hay que tener en cuenta que la mayoría de nosotros somos de “la quinta” de los protagonistas y nos veíamos reflejados en muchas situaciones del libro.  Recordamos, con cierta nostalgia,  lo habitual que era entonces hablar y hablar durante horas sobre cualquier tema de índole socio-político-filosófico y nos dimos cuenta cuán diferentes son las inquietudes y aspiraciones de los treintañeros de ahora.
            Y para los que habéis conseguido llegar al final de la reseña aquí os dejo el poema que evocan Sol y Santiago en su último encuentro. En la belleza de los últimos versos sí que estuvimos de acuerdo todos los contertulios.
Mantos de cielo
Si tuviera los mantos bordados del cielo,
tejidos del oro y la plata de la luz,
Los mantos azules, oscuros y negros del cielo
De la noche, de la luz y la media luz
desplegaría los mantos bajo tus pies:
pero siendo pobre no tengo más que mis sueños,
he desplegado mis sueños bajo tus pies
pisa suavemente... porque pisas mis sueños.
Son versos de William Butler Yeats (1865-1939), poeta, prosista y dramaturgo irlandés, Nobel de Literatura de 1923. Son de The Wind Among the Reeds - (El viento entre las cañas) de 1899.                           

Josefina Domínguez



Por cierto, ¿concéis la película que se rodó sobre esta novela (Las razones de mis amigos, de Gerardo Herrero, 2000)? 


La próxima tertulia versará sobre Matar un ruiseñor, de Harper Lee, y se celebrará el próximo 8 de junio.