sábado, 13 de febrero de 2016

Los infinitos

(de John Banville)


La tertulia sobre Los infinitos fue quizás una de las menos concurridas; John Banville no consiguió congregar en esta ocasión más que a una docena de lectores que, todo hay que decirlo, nos reunimos para decir lo poco que nos había gustado en general.

Un arranque brillante y prometedor, con unas descripciones sugerentes y a veces magistrales, no terminaron de engancharnos a una historia que languidece por momentos y se remata con un final para muchos de nosotros decepcionante. Si bien es cierto que la prosa de Banville es de un virtuosismo en ocasiones preciosista (arropado por una traducción excepcional), nos faltó a muchos la magia que nos hace desear seguir leyendo sin parar, que nos mantiene pegados a las páginas de un libro: más bien algunos acabaron la novela por simple disciplina lectora, y otros incluso desistieron de llegar al final.

Unos personajes con trazos geniales (esa Petra autista que se autolesiona en una ceremonia de elegancia nipona, o el joven Adam siempre vestido con ropas prestadas,  la alcohólica Ursula o la criada Ivy de enigmático pasado) no están todo lo desarrollados que nos gustaría y no terminan de hallar su sitio en una narración que conduce al lector por caminos que no acaban en ninguna parte.

El planteamiento inicial promete más de lo que cumple el autor: una familia reunida en torno al padre en coma espera la muerte de este de manera inminente. A esto le añadimos un narrador omnisciente, nada menos que el propio dios Hermes, y un trasfondo mitológico con parte del Olimpo campando a sus anchas por sus páginas; se recrea el mito del nacimiento de Heracles, con la seducción de Alcmena por parte de Zeus bajo la figura humana de su esposo Anfitrión, e incluso parece justificarse la eterna presencia de Hermes en calidad de conductor de las almas al reino de los muertos (psicopompo) a la espera de acompañar al viejo Adam en su último viaje. Todos estos elementos podrían dar como resultado una profunda reflexión sobre la muerte, sobre la familia o sobre la infinitud, como apunta el título (tema de estudio e investigación del padre moribundo durante gran parte de su vida). Pero esa reflexión no termina de cuajar. O al menos no supimos verlo.

No todo fueron comentarios negativos; también reconocimos la belleza de algunas escenas descritas como hermosos cuadros que salpican la novela por doquier, o la teatralidad de la obra, con los personajes encerrados en un único escenario y la limitación del tiempo a poco menos de veinticuatro horas (las normas aristotélicas para la tragedia). Basándose en la alternancia de la voz narrativa entre Hermes y el agonizante Adam, se apuntó incluso la posible interpretación de todo el relato como una elucubración del viejo matemático desde su lecho de muerte.

Llegamos así entre todos a la conclusión de que Los infinitos nos parecía una obra fallida de un excelente escritor, que además tiene la capacidad de desdoblarse en su alter ego  Benjamin Black para crear novelas negras de una calidad inmejorable. Y, por supuesto, esta novela tiene, aparte de los valores que no supimos descubrir, el mérito de habernos reunido para pasar un buen rato  hablando de literatura.


Para la próxima tertulia, que se celebrará el 25 de febrero, leeremos La loca de la casa, de Rosa Montero. 


jueves, 7 de enero de 2016

Yo confieso

(de Jaume Cabré)


Reseña de Josune.

Yo confieso de Jaume Cabré fue mi lectura principal del pasado verano y, como dije en la tertulia, me encantó. Poco más recuerdo de lo que comentamos aquel jueves, 22 de octubre, ya lejano, aunque seguro que mi memoria se va despejando en cuanto la apriete un poco, con el fin de escribir la reseña más tardía y perezosa de la historia de nuestro sofá… Pido disculpas por ello.
         Hacía tiempo que Lluís mencionaba este libro como propuesta, pero su extensión desanimaba un poco (848 páginas). Hasta que nos lanzamos, e hicimos bien. Es una novela espléndida, original, compleja y ambiciosa. Según se indica al final, fue escrita a lo largo de ocho años, entre 2003 y 2011, y definitivamente concluida el 27 de enero de este último año, día del aniversario de la liberación de Auschwitz, detalle al parecer importante para su autor, pues así lo destaca al inicio de los agradecimientos.
         Cuando, antes de decidir que la leeríamos, le pregunté a Lluís de qué iba, él respondió: «Es la historia de un violín». Breve y certero. Otras muchas cosas podrían añadirse a esta, desde luego, mas ninguna capaz de enmendarla, pues el violín es el principal responsable de la melodía narrativa de la obra: un storioni de 1764 convertido en valiosísima antigüedad, portador de una historia dolorosa y terrible. La peripecia de este objeto sostiene la estructura básica de una novela tejida, además, por innumerables relatos e incontables personajes, habitantes de diversos tiempos, que aparecen y se esfuman sin previo aviso entre las palabras. Este detalle, comentado en la tertulia como uno de los mayores inconvenientes para la lectura, constituye a la vez una de las razones de su amenidad e interés. En este aspecto, Yo confieso se parece a esas novelas extensas, difícilmente resumibles, que acaban dejando en el lector la huella profunda de un largo viaje, o el extravío voluntario por un intrincado bosque, lleno de secretos y hermosura. Yo me he perdido en las páginas de esta obra con una entrega similar a la que le concedí a Guerra y Paz, por ejemplo, o a Bomarzo. Mi intento por sintetizar sus argumentos no serviría jamás como espejo de la aventura intelectual, emocional y estética alcanzada con su lectura.
         Por otro lado, junto con el storioni quiero recordar algunos nombres, al menos los de los dos violinistas, Adrià Ardèvol, el protagonista, y su amigo Bernat Plensa, y el de la mujer a la que va destinado el relato, Sara Voltes-Epstein; los padres de Adrià, Fèlix Ardèvol y Carme Bosch, por quienes su hijo dice no haberse sentido nunca querido… El índice de personajes incluido al final ayuda a recordar aquellos más relevantes, sí, pero no es suficiente para evocar con exactitud las muchas historias que en esta monumental novela se entrecruzan. Ya lo he comentado antes, entramos y salimos de ellas de manera sorprendente, con esa alternancia de espacios y tiempos presente también en la voz narrativa: un yo desdoblado en un él. No llegamos a ningún acuerdo al tratar de explicar esta rareza. Es verdad que, conforme nos aproximamos al final y vamos conociendo la situación de Adrià, enfermo de Alzheimer, esa dualidad yo/él puede quedar justificada por el propio naufragio memorístico del personaje, perdido él mismo en el frondoso bosque de su biografía, identificado y enajenado a partes iguales.
         Como en esas grandes novelas con las que Yo confieso se halla emparentada, la relación de temas planteados es amplia, y varía según la atención y los intereses de cada lector. Por citar alguno que a mí me ha conmovido especialmente señalaré la crudeza con que el personaje se reconoce falto de amor paterno, la delicadeza que rodea a cuanto se relaciona con la música, y las magníficas reflexiones sobre el arte en sus expresiones diversas.
         Tampoco hubo unanimidad en nuestra tertulia a la hora de valorar e interpretar el final, momento  siempre delicado en cualquier obra. Cómo no iba a serlo en esta monumental novela. No era fácil para el autor, creo yo, salir de este jardín. A mí me parece que lo resuelve con coherencia y sobre todo con belleza. No es un desenlace racional, exacto y cerrado, pero sí hermoso:
 La daga destelló en la claridad de la escasa luz antes de hundirse en su alma. La llama de su vela se apagó y no vio ni vivió nada más. Nada más. Ni pudo decir dónde estoy porque ya no estaba en ningún sitio.
Estas líneas me sirven para destacar uno de los rasgos principales de Yo confieso: el lirismo, la intensidad y exquisitez de su estilo, lo cual constituye un mérito más que loable en semejante inmensidad de páginas. Más allá del empeño por reconstruir una época terrible de la historia europea, realizar un ajuste de cuentas con las propias traiciones y explicar las ajenas, o rendir un merecido homenaje a quienes les tocó la peor parte, más allá de todo esto, tan presente en la obra, lo que yo me llevo de ella para siempre es la reivindicación del arte, en cualquiera de sus formas, como el consuelo más hondo y conmovedor que nos brinda la vida, al compás de una música de violín o en el murmullo inagotable de las palabras más bellas y oportunas.

¡Feliz Año a todos, queridos tertulianos!



La próxima tertulia (prevista para finales de enero) versará sobre Los infinitos, de John Banville.

martes, 14 de julio de 2015

El gran cuaderno

(de Agota Kristof).


Nos reunimos numerosas personas para hablar de El gran cuaderno,  primera parte de la trilogía Claus y Lucas, de Agota Kristof. El local donde nos encontramos es ruidoso y no nos oímos bien entre nosotros. Aun así, no nos abate el desaliento y la tertulia transcurre de manera animada.

Nuestra guía espiritual destaca la adaptación del estilo a la  historia que se cuenta. Todo está narrado con crudeza y objetividad.  "Debemos escribir lo que es, lo que vemos, lo que oímos, lo que hacemos. (...) Las palabras que definen sentimientos son muy vagas; es mejor evitar usarlas y atenerse a la descripción de los objetos, de los seres humanos y de uno mismo, es decir, a la descripción fiel de los hechos."
Alguien plantea el tema central de la novela. Dice que es el proceso de insensibilización del ser humano, proceso que culmina en la peor de las pruebas: la separación. Los demás asienten. Otro añade que la autora trata de manera novedosa las consecuencias de la guerra en los niños.  Esto lleva a alguno a hablar de la crueldad infantil, que en la obra adquiere gran importancia.

Alguien habla de la enorme construcción literaria que suponen los gemelos; resulta difícil que puedan existir personajes tales.  Ningún niño puede ser así, ni escribir así. Pero es posible dentro del juego literario. Pasamos a hablar de los monstruos creados por la guerra. No se salva ningún personaje. Pero al mismo tiempo todos consiguen que te compadezcas de ellos.

A algunos les han conmocionado pasajes de la obra tan impactantes como el de Cara de Liebre y el perro; otros ven en la novela ecos de cuentos infantiles, como los tópicos de los niños abandonados o la bruja, aunque con giros inesperados que no aparecen en esos cuentos.

Alguien saca a colación los ejercicios de endurecimiento que practican los niños, auténticos ejercicios de deshumanización para vencer todo aquello que hace daño. Tal vez se puedan explicar por el gran dolor que supone el no ser querido.

Por último, hablamos del único momento de emotividad que se permiten los gemelos, el capítulo en que se guardan por turnos la carta de la madre bajo la camisa, junto al corazón.

Esta tertulia es el cierre del presente curso. Como manda la tradición, votamos cuál ha sido la mejor novela que hemos leído este año.  Sale ganadora El gran cuaderno. Nuevamente votamos para decidir qué tertulia ha sido la mejor.  Otra vez resulta vencedora El gran cuaderno.


Alguien quiere saber qué libro vamos a leer para la tertulia posterior al verano. Le respondemos que la novela de Jaume Cabré Jo confesso, disponible también en su traducción al castellano, Yo confieso.








martes, 26 de mayo de 2015

El guardián invisible

(de Dolores Redondo)

Hace unas semanas que nos reunimos a cambiar impresiones sobre El guardián invisible, de Dolores Redondo. Cuando se propuso leer esta novela ya se nos advirtió de lo que íbamos a encontrar en sus páginas: literatura de entretenimiento, lectura fácil y una más que discutible calidad literaria. En estos puntos coincidimos la mayoría: se trata de un best seller y como tal hay que tomarlo; es indudable que este tipo de novela policíaca de asesinos en serie vive una época dorada (baste recordar a los escandinavos Stieg Larsson, Karin Fossum, Jussi Adler-Olsen o Asa Larsson entre otros), reforzada además por el éxito del género en otros formatos tanto cinematográficos (La isla mínima, por ejemplo) como televisivos (True detective).

La principal crítica que se le hizo a la obra fue lo que alguien calificó de desaliño estilístico: constantes repeticiones, descripciones que parecen directamente extraídas de la wikipedia o de algún manual de criminología, diálogos  de teleserie... incluso se apuntó cierta descoordinación cronológica en el transcurso de la trama, circunstancias todas estas que podrían haberse enmendado con una revisión más rigurosa y menos precipitada del texto.

Otra cuestión que suscitó un animado debate fue la inclusión de elementos de la mitología vasca en el argumento; mientras que a unos les pareció loable que rescatara personajes del folclore que aportaran un toque mágico y misterioso a la novela, otros los consideraron un añadido innecesario y artificial que no encajaba bien con el resto de la obra. Incluso quedan aspectos sin aclarar en absoluto, hecho que parece deberse a la pertenencia a una trilogía.

En efecto, según quienes han leído las otras dos partes de la Trilogía del Baztán (Ofrenda a la tormenta y Legado en los huesos), algunos elementos cobran sentido en las siguientes obras, y personajes que en El guardián invisible quedan solo esbozados o dejan numerosas incógnitas abiertas adquieren mayor sentido y consistencia en las novelas posteriores.


En conclusión, la obra nos pareció recomendable para quien busque precisamente eso, literatura de entretenimiento sin más pretensiones. Se trata de una novela idónea para todo el que se esté iniciando en el placer de la lectura -en una tertulia donde predominan los docentes era inevitable que se sugiriera su lectura a los alumnos- , pues, como bien se dijo, hay tantos lectores como paladares: tan suculenta puede resultar la comida rápida en un determinado momento como la alta cocina en otras ocasiones.



Para la próxima tertulia (con cena y clausura de curso) leeremos El gran cuaderno, de Agota Kristof (primera parte de la trilogía Claus y Lucas). Tenemos fecha prevista: el martes 16 de junio.

martes, 10 de marzo de 2015

Todo se desmorona

(de Chinua Achebe).


Nuevamente nos ilustra Josune con sus siempre acertadas palabras. Os transcribo su inspirada reseña de la última tertulia:



«Ya os comenté que con esta novela me he estrenado como lectora en formato digital, y la experiencia no ha sido mala, no es esa la palabra, sí rara, diferente. Me faltaba mi lápiz para subrayar, mi costumbre de volver atrás a menudo, como  si en las páginas anteriores me hubiera dejado de manera involuntaria algo importante y necesitara retroceder para recogerlo. Sí, ya sé que la lectura en pantalla también permite esas revisiones y que nada me impide anotar y guardar lo que anoto. Todo eso lo sé y me parece genial que otros lo hagan. Pero a mí no me gusta leer así. Ni siquiera suelo enzarzarme ya en románticas defensas del libro de papel, aunque tampoco creo haber aceptado del todo la posibilidad de que acabe desapareciendo. No sé qué sucederá finalmente. Lo que sí sé es que he leído esta novela de un modo extraño, y esta circunstancia se sumará a la impresión también extraña que me ha dejado.

Reconozco que empezó gustándome poco. Me parecía un relato liso, de escaso interés literario, casi un mero documento antropológico que me ofrecía la oportunidad de sumergirme en una cultura para mí lejana y desconocida. Leí durante muchas páginas con actitud similar a la que puedo dedicar a un reportaje curioso. Sin duda, la parte que he seguido con mayor atención es lo que desencadena la llegada de los misioneros, cuando, en efecto, el mundo que se nos ha descrito comienza a derrumbarse.

Todo se desmorona fue escrita en inglés por el nigeriano Chinua Achebe y publicada en 1958. Alguien apuntó en la tertulia que tal vez el peculiar estilo en que está narrada se deba al intento, por parte del autor, de reproducir la estructura y la sencillez de una lengua primitiva, ligada a las rutinas y tradiciones de su cultura originaria, la de los “igbo”. Sugerente y sensata explicación. No me extrañaría nada que así fuera.

La historia se desarrolla en el corazón del África de finales del siglo XIX, en puertas de la colonización europea, y tiene como protagonista a Okonkwo, un líder respetado por los suyos, que ha alcanzado su poder y su prestigio a base de esfuerzo, guiado siempre por la obsesión de no ser como su padre, bebedor, vago e indolente. El mayor temor de Okonkwo es el de parecer débil, por lo que hace de la crueldad su aval, su escudo protector. Su participación en el asesinato de Ikemefuna, su hijo adoptivo, por el que siente un gran afecto, ejemplifica perfectamente esta actitud. Lejos de mantenerse al margen en este terrible acto, interviene de manera decisiva. El cumplimiento del deber por encima de todo, el respeto a la tradición, la sumisión a los designios del oráculo…  Ezeudu, un anciano muy respetado en el clan, le había dicho: “Ese muchacho te llama padre. No tengas nada que ver con su muerte.” (p. 33) Pero Okonkwo sucumbió a su propio terror; de ningún modo podía parecer débil: “Ciego de miedo, Okonkwo sacó el machete y lo atravesó. Le daba miedo que lo considerasen débil.” (p. 35) Nada será igual a partir de ese momento, ni para él, que arrastrará siempre una culpa sorda e hiriente, ni para su propio hijo, Nwoye, que quería a Ikemefuna como a un hermano.

Tiempo después, Okonkwo mata accidentalmente a un niño y es condenado a un destierro de siete años en Mbanta, la tierra de su madre. Aquí aparecen algunos de los pasajes que más me han conmovido, los que aluden a ese territorio femenino que acoge cuando todo falla, el lugar de la expiación, de la misericordia:

“Lo único que podía hacer Okonkwo era huir del clan. El matar a un miembro del propio clan era un crimen contra la diosa de la tierra, y el hombre que cometía ese crimen había de huir del país. El crimen tenía dos sexos, el masculino y el femenino. Okonkwo había cometido el femenino, porque había sido sin querer.” (p. 70)

La marcha de Okonkwo provoca una gran tristeza en Obierika, su mejor amigo:

“Obierika era un hombre que reflexionaba sobre las cosas. Cuando quedó realizada la voluntad de la diosa se sentó en su obi y lamentó la calamidad de su amigo. ¿Por qué tenía que padecer tanto un hombre por una falta que había cometido sin querer? Pero aunque estuvo mucho rato pensándolo, no halló respuesta. No logró más que meterse en complicaciones mayores. Recordó los dos gemelos que había tenido su mujer y a los que había echado al bosque. ¿Qué crimen habían cometido ellos? La Tierra había decretado que ofendían al país y que era necesario destruirlos. Y si el clan no imponía un castigo por una culpa contra la gran diosa, ésta descargaba su ira sobre el país y no sólo sobre el culpable. Como decían los ancianos, si un dedo se metía en el aceite manchaba a todos los demás.” (p. 70)

Todo hombre bueno se pregunta alguna vez por el sentido de las normas establecidas en su mundo, las cuestiona, trata de razonarlas, y llega hasta donde puede en su contestación. El caviloso Obierika lo intenta pero no saca nada en claro. Sus reflexiones sobre la desgracia de su amigo lo envuelven en la confusa marea de su propia historia. Algo superior impone su voluntad y no acatarla puede acarrear una desgracia colectiva.

Cumplido su destierro, Okonkwo y su familia regresan a Umuofia. Todo está muy cambiado. Los misioneros blancos se han establecido en la aldea y han logrado que muchos se conviertan. Los primeros, los parias, los marginados, y aquí surge para mí el valor más importante de la obra, la universalidad de lo que en esencia plantea: toda cultura humana constituye un sistema de poder regido por un código que se debe acatar y en cuyo seno conviven los líderes, las personas corrientes y los excluidos. Son estos últimos los que primero se apuntan a otro sistema que en principio los recibe con los brazos abiertos. Así lo experimenta el propio Nwoye: “No era la lógica absurda de la Trinidad lo que lo había cautivado. No la comprendía. Era la poesía de la nueva religión, algo que sentía en la médula de los huesos. El himno acerca de los hermanos que estaban sumidos en las tinieblas y el temor parecía responder a una pregunta indefinida y persistente que atormentaba su alma de adolescente: la de los gemelos que lloraban en la maleza y la de la muerte de Ikemefuna.” (p. 82)

Naturalmente, Okonkwo vive la conversión de su hijo como una intolerable traición y lo repudia. Además, intenta por todos los medios frenar la catástrofe que se avecina, el hundimiento de su mundo. Pero los blancos van aumentando el número de adeptos y la opción del enfrentamiento violento que Okonkwo ve como única salida no es la que triunfa. Su clan no entablará una guerra con los europeos. Okonkwo se queda solo, definitiva y completamente solo. Por eso, antes de que todo se desmorone, él se ahorca.

Alguien remarcó con gran acierto el carácter épico de la obra. Debo decir que recordando la tertulia y repasando algunos episodios he logrado encontrar más razones para valorar esta novela. ¿Y si me la compro en papel y la leo como a mí me gusta, lápiz en mano, rastreando entre sus páginas el temor del guerrero Okonkwo a ser débil, vulnerable y a tener sentimientos? Ya os contaré… »
 
Gracias por tus sabias reflexiones, Mater Fundatrix.
La próxima tertulia (en fecha todavía por determinar) versará sobre El guardián invisible, de Dolores Redondo.
Que tengáis una feliz y amena lectura.
 

jueves, 4 de diciembre de 2014

Lo que me queda por vivir

(de Elvira Lindo)


En esta ocasión nos deleita Socorro con sus palabras; gracias por tu crónica.



Elvira,  ¡y lo que me queda por escribir! De momento, me daré por satisfecha si consigo acabar esta
reseña. Allá voy.
Antonia es la protagonista de la novela que nos ha tenido entretenidos este mes (a unos más que a otros, como siempre).  Antonia…y sus circunstancias.  Pero estas circunstancias…en fin, que no nos hemos encontrado ni con Antígona ni con Juana de Arco. Pongámonos en situación: Madrid, años 80. Niña normal de familia normal de clase media normal pierde a su madre. Niña ya adolescente conoce a chico progre del barrio, mayor que ella, que la encandila con su aire moderno y su palabrería de izquierdas propia del momento. La adolescente, que sigue siendo una niña, se casa con chico progre y muy pronto tienen un hijo. El joven progre abandona a chica y niño de cuatro años porque conoce a otra tan moderna como él. La adolescente-niña-esposa-madre abandonada no sabe cómo llevar la situación. Vida alocada y desordenada. Depresión. Intento de suicidio. Punto de inflexión. Cambio de vida. Nueva pareja. Niño ya en la universidad. Estabilidad. Fin.
¡Qué fácil es resumir lo que otro ha escrito! ¡Qué fácil es juzgarlo! ¡Y qué injusto! Porque no he resumido  en pocas líneas tan sólo el argumento de una novela, he resumido,  y además pretendiendo  cierta frivolidad, 10 años de una vida…. poco atractiva, es cierto, pero  al fin y al cabo, una vida. Y tal vez por ese pequeño “portero cotilla”  que todos llevamos dentro, la historia de la novela se pone interesante al descubrir que entre la vida simplona de esa Antonia y la vida de la autora de la novela hay coincidencias. ¿Cuántas? ¿Cuáles? ¡Qué más da! Lo que importa es que las hay, y a quien ahora vemos contándonos una época de su vida con sus miedos, sus dudas, sus miserias, sus fracasos…ya no es sólo a Antonia, sino también a Elvira Lindo, a la que todos, en mayor o menor medida, conocemos.
Pero nosotros no nos reunimos el pasado jueves a las 18,30 en la agradable librería Pynchon &Co para hablar de la vida de Elvira Lindo  tomando unas consumiciones. Aunque las referencias a su vida fueran inevitables, lo que  queríamos era hablar de su novela Lo que me queda por vivir, y eso hicimos.
 Lo primero que nos sugieren sus páginas es que parecen escritas como un ejercicio de reconciliación con un pasado del que Antonia/Elvira no parece muy satisfecha. De poner, por fin,  las cartas sobre la mesa y decir pues sí, esta fui yo. Y esto hice. Y estas fueron las consecuencias de mis inseguridades y posiblemente mi hijo vivirá también con sus inseguridades, de las que yo me confieso RESPONSABLE. Y ya está, ya pasó.
¡Ay, la responsabilidad, qué lastre más pesado! Pero… ¿por qué? Las personas somos, en buena medida, consecuencia de lo que hemos vivido y de lo que nos toca vivir en cada momento. Con 21 años, Antonia está sola, perdida y cansada. Sin referencias. Pero la vida la ha llevado a ese punto. Antonia es la menor de cuatro hermanos y por ser la pequeña está más tiempo con su madre, vive más de cerca su enfermedad y tras su muerte, nota más su ausencia. Su padre, “socializador” nato al que nadie desearía como compañero de asiento de tren en un viaje de  largo recorrido,  con las ideas muy claras de lo que son sus hijos y lo serán toda la vida porque lo dice él  -¡qué típicas de los padres estas clasificaciones, qué evocadoras de nuestra infancia y adolescencia  nos resultan!-  no le sirve de mucha ayuda, más bien lo contrario, lo sufre, y convencido el hombre como está de que el éxito es el  único valor que hay que perseguir y que la palabra fracaso no está ni en su vocabulario ni estará en el de sus hijos,  no se  va a ocupar mucho de su hija pequeña, que tiene ya la vida solucionada porque “atrae al dinero”. El barrio, los amigos… bueno, toca ser un poco ateo, un poco comunista y siempre gregario y leal al grupo y a las ideas de partido si no quieres que te tilden de traidor, pero sin mucha convicción de nada. Y sin apenas darse cuenta, se ve con un vestido de novia comprado en el rastro por su revolucionario novio para asombro y bochorno de sus tíos y tías de provincias, que se han vestido de gala para la ocasión y que no entienden nada, ni esa ceremonia civil, ni los invitados, ni el banquete: unos “pinchos” en unas bandejas que, ante la desorganización total del evento, acabarán llevando ellas mismas a sus mesas, más bien, asientos bajos con cojines morunos, pero todo se lo disculpan, al fin y al cabo, “ era la boda de una huérfana…” Y al año llega Gabi, y un trabajo fijo en una emisora de radio en la costa,  adonde se va con Gabi. Pero sigue sola.  Y regresa a Madrid y descubre que Alberto, su marido, el gurú y líder de la progresía del barrio, se ha ido con otra que se lo merece más que ella porque ha tenido que sufrir más en la vida y no lo ha tenido tan  fácil. Y ahí te quedas, Antonia, que me voy con Marga, pero como realmente a la que quiero es a ti, no te digo yo que no vaya a volver alguna vez, ya me lo voy pensando, y mientras tanto pues  hablamos…    Sinceramente, con semejante panorama, lo raro habría sido encontrarnos con una Antonia cabal  y con las ideas claras en todo momento. Y así lo entendimos en la tertulia, y por eso disculpamos todos esos episodios de entradas y salidas a horas intempestivas, novios, cervezas, billares….por otra parte tan normales en una joven de 24 años y que cualquiera habría entendido, incluso la propia Antonia/Elvira. Y entonces, ¿dónde está el problema? ¿Por qué ese afán de revisar un pasado doloroso, ya muy pasado, de recordar y asumir errores? ¿Por qué darle tanta trascendencia a unos años? Pues tal vez porque Antonia se sentía sola, sí, pero no lo estaba. Estaba con ella también Gabi, un niño de cuatro años al que quiere, pero no sabe  si le trasmite ese amor, un niño que es su prioridad, pero al que deja sólo en casa mientras se prueba en una tienda un conjunto de ropa interior u olvida que está en la bañera, con el agua ya fría, mientras habla con Alberto,  un día y otro día a la misma hora, esperando con ansiedad su llamada a las 20:30 y que por fin una noche le diga, sí, vuelvo con vosotros. Gabi, que tiene pocos años pero “es muy maduro”, escucha todas las noches la misma conversación, sabe que después su madre llorará y no puede evitar sentirse culpable por la pena de su madre. Es insomne, tiene pesadillas, un poco enfermizo, y quiere a su madre… Y Antonia se pregunta por qué no puede ser una madre como las otras madres, que no se quedan hasta las tantas de la noche en el sofá viendo la televisión con los ceniceros llenos de colillas, llevan y recogen a sus hijos de la guardería con puntualidad, van siempre con el mismo hombre, no dejan que sus hijos estén mucho tiempo en casa viendo vídeos, no llevan el pelo rojo y las cejas negras…Siente que no tiene fuerzas, que no sabe hacer las cosas bien, que cae una y otra vez en los mismos errores, se acuerda de su madre, y sobre todo piensa en su querida tía Celia, - ¡qué maravillosa persona/personaje”-  y desearía en ocasiones dejar a Gabi en sus manos, “entregárselo a alguien mejor que yo, dejarlo unos meses, una temporada, como mi madre hizo con nosotros cuando estaba débil…..pero no sé pedírselo”. Esta desazón no va a desaparecer con los años, siempre estará rondando a Antonia y por eso, cuando Gabi tenga ya 14 años  le preguntará si le gustó su infancia, si fue feliz y Gabi le dirá que sí, “claro que me gustó mi infancia, es la que tuve y es la que quiero….” Y esa misma desazón será la que, ya muchos años después, con una nueva vida por fin serena y “ordenada”, con nueva pareja y en otro país, le haga adelantar su regreso a Madrid advertida por su amigo Jabato y su mujer Gloria de que Gabi, ya un universitario de 17 años, deambula sólo por las calles a las horas en las que debería estar en clase, y aunque Antonia intente tranquilizarse pensando que es normal, que también ella lo hacía, sin embargo “hay algo que no me cuadra: la soledad recurrente. Imaginarlo sólo sentado solo, callejeando solo, me genera una inquietud insoportable”. Y lo hace porque le quiere, porque se lo debe, porque del bienestar de Gabi y de su “salvación”  sigue dependiendo la suya,  y porque sabe que, si consiguió superar los años de tanta confusión  fue gracias a él, fue él quien la recuperó para la vida que le queda por vivir. Vista así, la novela no es ya sólo un ejercicio de reconciliación de Antonia/Elvira con su pasado, de reconocimiento de errores y asunción de responsabilidades sino la expresión de la necesidad de explicarse ante su hijo, pedirle perdón y entonces sí, pasar página definitivamente.
Gabi y Alberto, su mayor preocupación y su mayor obsesión. Pero hay más personajes en torno a  la vida de Antonia: sus compañeros de trabajo, primero en la radio y luego en la televisión, su hermana, su padre, su tía Celia, su amiga Marga… y sobre todo Jabato, sin duda el personaje que más nos gustó. Jabato, su amigo de la infancia primero, amante después y de nuevo amigo en la madurez, quien con su sinceridad sin paliativos y sus verdades como puños nos permite conocer a esa otra Antonia, que no le gusta ser una víctima, porque eso significa asumir una derrota  “y tu papá no os enseñó a aceptar la derrota, porque al que pierde no lo quiere, lo ignora”, pero va de víctima con Alberto,  sólo para intentar que regrese con ella, porque “lo que te ocurre es que no puedes entender que alguien a quien tampoco querías tanto haya dejado de quererte. No aceptas esa humillación”. Jabato le enseña lo que es la lealtad, la amistad, las relaciones familiares, el amor. Antonia lo utiliza, lo busca, lo desprecia…jamás consigue estar a su altura. Es Gabi quien acabará rescatando a Antonia, pero es Jabato quien le hace sentir “ese mareo que produce una verdad a la que hasta antes no le habíamos dado forma” y consigue, tal vez, hacerla reaccionar.
 Para ir ya terminando, porque me costó empezar a escribir, pero ahora ya no hay quien me pare, también recordamos en la tertulia momentos de la novela muy “Elvira Lindo”  que nos parecieron  divertidos, como la comida con el cirujano y la llegada del camarero en plena exploración mamaria o la compra de peluches navideños que resultaron ser “el juguete del año” y salieron gratis para sorpresa de Antonia, a la que sólo le faltó que le colocaran una banda en la juguetería para felicitarla por su buena suerte. Pero que en tan sólo 200 páginas aparezcan comunistas, drogas, homosexuales, abortos, cirugías plásticas y hasta  el 23-F en Valencia….y todo relacionado con la misma persona… es posible, es cierto,  pero lo encontramos  un poco exagerado y encajado  a la fuerza para reflejar una época de cambio.
¿Nos gustó la novela? Pues a algunos sí, a otros… bueno y a otros, los menos, nada.  ¡Eso es lo divertido! Pero lo más importante, o al menos lo más importante para mí, es que hablar de la novela nos permitió hablar un poco de nosotros mismos, de errores que cometemos una y otra vez, de parejas que nos abandonan sin saber por qué ni qué pueden ver en los otros que nosotros no tengamos, de esos “pájaros” como Alberto que todas hemos tenido alguna vez en nuestra vida…y todo ello en un ambiente cómodo, con cierta intimidad y la confianza que proporciona ver caras ya tan familiares desde hace muchos años.
Los Olímpicos, iguales a nosotros excepto  por ese pequeño detalle de la inmortalidad, y  poseedores de  nuestros mismos defectos, nos perdonan todo a los humanos salvo el engaño y la hybris: la soberbia, la arrogancia. A mí me han castigado. Y de empezar leyendo la novela de Elvira Lindo con prejuicios, haciendo comparaciones injustas con otros autores y, lo que es peor, pensando que cualquiera podría escribir así, he terminando admirando su estilo fresco, ágil, evocador, que sabe expresar lo que quiere expresar de una manera clara y directa, sin necesidad de complicaciones sintácticas. ¡Ni en el mejor de mis sueños sería yo capaz de escribir algo semejante! Termino así mi reseña, algo descabalada, como la vida de Antonia,  declarándome, sin ningún tipo de reservas,  Elvirista convencida.
Y aprovecho la ocasión para desearos Felices Fiestas a todos.



Nos veremos de nuevo ya en el 2015 para hablar de la novela Todo se desmorona, de Chinua Achebe.

lunes, 10 de noviembre de 2014

En la orilla

(de Rafael Chirbes)


Una vez más la serena prosa de nuestra mater Josune nos hechiza con sus palabras, hablándonos de lo que aconteció a un grupo de lunáticos que se reunieron alrededor de un libro.



¿Por qué estoy tan contenta de haber leído una novela que me ha hecho sufrir, que a ratos me ha costado, que me ha obligado a hacer pausas para tomar aire, dejar que se recompusiera mi estómago y cesara un poco el olor a podrido de las aguas del pantano?

Unos días después de haber celebrado nuestra última tertulia —que, por cierto, me pareció estupenda― ya me encuentro en condiciones de responder. Hacía tiempo que barajábamos la posibilidad de leer algo de Chirbes. Yo lo descubrí años atrás con La buena letra y La larga marcha, dos novelas espléndidas. Un amigo me recomendó En la orilla y me advirtió de su dureza. Leí las primeras cincuenta páginas de una sentada; creo que el arranque es extraordinario. Al poco empezó la dificultad.

Esteban, el protagonista, nos ofrece el análisis de un lúcido observador de la realidad a través de su discurso interior, un discurso obsesivo, agobiante y amargo. A los setenta años vive solo con su padre enfermo, de quien se ocupa. Hasta que se ejecuta el desastre económico cuenta con la ayuda doméstica de Liliana, inmigrante colombiana que despierta en él tanto deseo como cariño de padre protector. Desde la minuciosa descripción de su desengañada visión de la vida y de los humanos, nos va dibujando su biografía y la de quienes son o han sido sus referentes fundamentales: su familia, el único amor de su vida (Leonor), su amigo Francisco, su socio Pedrós, los empleados de la carpintería, que se quedan en la calle cuando él se arruina…

La sensación de fracaso vital condiciona por completo su perspectiva. Hijo de un perdedor de la Guerra Civil, parece heredar las maneras y aspiraciones de artista de su padre, pero su horizonte de salir del pueblo y conquistar una buena vida (una vida propia) se malogra cuando se acaba su historia de amor con Leonor, quien decide, para amargura y frustración infinita de él, no llevar adelante el embarazo fruto de su relación. Lo que hereda entonces es el oficio de su padre, carpintero, en cuyo negocio se queda respirando el aire enrarecido de todas las derrotas, la suya y la de los de alrededor. Esteban vive con el peso creciente de sus carencias (“Mi única propiedad es lo que me falta. Lo que no soy capaz de alcanzar, lo que he perdido, eso es lo que tengo, lo que es de verdad mío, ése el vacío que soy. Tengo lo que carezco.”), y con la conciencia de su pasividad. Ni siquiera el desastre final al que se ve abocado parece consecuencia de un súbito arrojo sino más bien el precio de haberse dejado embaucar por otros, siempre más resolutivos y ambiciosos que él.

Pero si el relato resulta áspero no es solo por la personalidad del protagonista, cuya voz narrativa lleva el peso de la novela, sino porque a través de él Chirbes nos ofrece una crónica ―sin concesiones, dijo alguien en la tertulia con gran acierto— sobre el apestoso estallido de la burbuja inmobiliaria con todos sus desmanes y corruptelas, y localizado en un entorno tristemente reconocible y familiar: el nuestro, la Comunidad Valenciana. No hace falta que Olba y Misent sean topónimos reales, ya lo son los lugares que nombran, ya lo son los paisajes y, sobre todo, su paisanaje. Tal vez por esa proximidad nos incomoda tanto, nos escuece más. La crisis es, por desgracia, un triste y sangrante patrimonio nacional, pero si los territorios de esta España nuestra rivalizaran por ofrecer la maqueta más representativa y completa de ella, no me extrañaría nada que nos lleváramos el premio. Todo el tiempo percibo en la novela el dolor caliente de lo que nos toca muy de cerca, el sonrojo, la vergüenza y la perplejidad con que nos preguntamos cómo hemos podido llegar a esto.

¿Por qué la tertulia me pareció estupenda? En primer lugar, porque las opiniones sobre la obra fueron muy variadas. Hemos leído novelas espléndidas que han suscitado una unanimidad apabullante e incompatible con la polémica. Este no ha sido el caso. La novela ha gustado muchísimo a muy pocos y nada a otros tantos; algunos incluso confesaron que no han terminado de leerla ni lo piensan hacer, porque el tema no les interesa y el localismo ya mencionado les desagrada, les produce gran rechazo. Y con este último comentario tiene que ver otra de las  razones de mi contento: la absoluta libertad con la que leemos y nos expresamos sobre lo que hemos leído. A veces hemos llegado a verbalizar que parece que hayamos leído obras distintas, a juzgar por el contraste entre las opiniones vertidas. Y a mí eso no solo me gusta, me reconforta. Leemos de todo: títulos sobre los que tenemos escasa información, clásicos, obras de escritores consagrados, hasta de Premios Nobel. Nos hemos atrevido con alguna rareza, nos hemos “rajado” y hemos dejado para otro momento alguna obra mítica… De todo, en fin, y pienso que eso está muy bien. Alguien dijo que no podría afirmar que la novela le había gustado pero que estaba segura de algo: nunca la olvidaría. Creo que no se puede expresar mejor ni con más sencillez: hay obras ante las que resulta difícil pronunciarse con parámetros de agrado o desagrado pero que por la razón que sea nos han impactado, extrañado, inquietado o conmovido. En efecto, causar desconcierto también es un viejo propósito de la literatura, sembrar desazón, combatir la desmemoria. En la orilla pertenece, en mi opinión, a esa estirpe de novelas, incómodas, inolvidables y necesarias.

Dije en la tertulia que, aunque admiraba la crudeza con que Chirbes retrataba una realidad incontestable y del todo reconocible, yo echaba de menos un poco de esperanza. Me ocurre siempre. Me falta el aire en las novelas que diseccionan lo peor de nuestra condición. Las leo con absoluto respeto, con la humildad y el reconocimiento que concedo a lo que en la literatura y el arte en general me parece audaz, valiente, incluso heroico. No abandono si semejante empeño está en manos de un buen autor que me ofrece buena literatura. Ya lo he comentado en alguna otra ocasión: la buena literatura hace soportable la historia más amarga y cruel.  En una novela como esta, espléndida, soy capaz de resistir el sufrimiento, el olor a podrido, la rabia y la pena. Hacen falta historias así, me digo, y sigo adelante, pero si resisto es también porque hasta la última línea yo no dejo de confiar en la posibilidad de hallar un grieta, una “concesión”, una enmienda, por minúscula que sea, a la desesperanza… Y creo que di con ella. No la mencioné en la tertulia, no sé por qué. Tal vez porque en la globalidad de la obra resulta poco relevante. Sin embargo, me ha producido gran alegría recordarla  y  quiero compartirla con vosotros como cierre a mi comentario.

Páginas 332 y 333: Esteban recuerda a su tío. “Mientras camino pienso que mi tío me ha enseñado casi todo lo que sé hacer. (…) Me lo ha enseñado casi todo excepto esa manera desesperanzada de mirar el mundo, la seguridad de que no hay ser humano que no merezca ser tratado como culpable. Eso lo he heredado con la sangre de mi padre, se me ha transmitido con la aspereza de su voz y la dureza de su mirada. (…) Eso sí que me lo ha enseñado él, que no me toleró ni un gramo de la ingenuidad que se necesita para poder aspirar a algo.” En estas últimas palabras del narrador es donde yo he hallado esa grieta, la identificación de su carencia principal: ni un gramo de ingenuidad para intentar ser su propio proyecto.

 No me parece casual que a continuación mencione esos objetos que en manos de un carpintero artista se convierten en pequeñas obras, cuyo valor trasciende la mera funcionalidad. Otra vez el retrato de lo que pudo ser y no fue, la permanente frustración en el personaje con respecto a su oficio: si no pudo (o no quiso) ser escultor, al menos podía haber creado con la madera pequeñas obras de arte. Pero ni eso: “Ni fui escultor, ni he sido ebanista (…). Ni siquiera he sido un carpintero. (…) nunca mi padre me pidió que hiciéramos algo a medias, ni me enseñó a valerme por mí mismo, a llegar a ser un ebanista que deja algunas piezas para admiración o disfrute de otros cuando se va. Rechacé su proyecto y me dio por perdido. Me di por perdido yo mismo.” Ahí, en la admisión de su propia responsabilidad sentí cierto alivio, igual que en la mención de la ingenuidad como imprescindible actitud para encarar la vida con coraje y un mínimo optimismo me detuve para respirar, cuando aún quedaba un tramo duro de la historia…

Son abundantes las minuciosas descripciones de cuanto despierta en Esteban la proximidad de su padre enfermo, su decrepitud, los cuidados y atenciones que, pese a todo, le dispensa. Y si tuviera que elegir alguna, destacaría, en la recta final de la novela, la última vez que lo lava: “Ya sé que te hago daño, pero hay que limpiar bien, le digo, mientras sigo frotando con fuerza en los lugares que ha cubierto el pañal. Tenemos que lavar a fondo toda esa porquería que se infiltra en los poros. Que te quedes como un recién nacido”.  Tremenda imagen, como si en ese aseo meticuloso de la piel de su padre oficiara Esteban una ceremonia de redención, una purga de las miserias de ambos, en un desesperado intento por renacer, antes de entregarse, bajo el lastre amargo de todas sus derrotas, al descanso definitivo en el corazón del pantano.

Yo también sé que esta imagen nunca la voy a olvidar.
 




La próxima tertulia (que tendrá lugar hacia finales de noviembre) versará sobre Lo que me queda por vivir, de Elvira Lindo.