Resulta curioso cómo las novelas
que menos aceptación tienen en nuestra tertulia son precisamente las que
mejores y más animadas tertulias provocan. Ese es el caso de Los asquerosos, de Santiago Lorenzo,
obra que ha gozado de un gran éxito de crítica y público, hecho que ha
sorprendido tanto al propio autor como a la mayor parte de nuestros
contertulios.
Ya de entrada el título es
bastante desafortunado; si lo que se pretende es impactar desde ese primer
momento, realmente se consigue, aunque sea a costa de la estética. Bien es
cierto que esos asquerosos a los que el protagonista hace referencia están muy
presentes en toda la obra, hasta el punto de que él mismo se considera uno de
ellos, con la salvedad de que al menos a él no lo tiene que aguantar nadie.
El principio de la novela
consigue enganchar al lector. Su estilo original, su sentido del humor, su
constante innovación lingüística y su mezcla de registros captan nuestra
atención desde las primeras páginas. A esto hay que añadir también como logro
del autor el ritmo casi cinematográfico de la primera parte, donde se narra la
huida de Manuel; Santiago Lorenzo hace
aquí uso de su experiencia en el mundo del cine y consigue que el lector se
imagine a la perfección cada plano y cada escena que describe.
No obstante, este ritmo cae en
picado con el retiro del protagonista en la aldea; las descripciones de cada
tarea que emprende Manuel para adaptarse al campo, de cada bricolaje y cada
demostración de sus habilidades, llegan a resultar para muchos tediosas e insoportablemente
largas. No sabemos si con esto el autor pretende que el tiempo se dilate
también para el lector, que también nosotros tengamos esa sensación de que los
días se hacen interminables cuandono se
tiene nada que hacer. Aunque también podría ser un elogio a la vida retirada,
un beatus ille del siglo XXI que, de tan insistente, resulta
agotador y consigue el efecto contrario.
La trama se remonta por fin, tras
el largo paréntesis de inactividad campestre, con la aparición de los mochufas. Estos personajes, capitaneados
por la inconmensurable Joaqui, levantan el tono de la novela e introducen el
caos en la vida de Manuel y la alegría en la del lector, que ya no aguantaba
más homenajes interminables al televisivo MacGyver.
El retrato social de esta familia
es de lo más acertado de la obra. Su crítica divertida y ácida a las costumbres
y usos sociales, a la cuestionable educación de los niños como pequeños
tiranos, a ese querer estar en el campo sin renunciar a las comodidades, se
convierte en un soplo de aire fresco en una trama que había encallado en las
peligrosas marismas del aburrimiento. Claro que todo se ha de dosificar en su
justa medida, in medio virtus: tan
exagerada y desproporcionada resulta la crítica a este modo de vida, que corre
el riesgo de producir el efecto contrario y hacernos desear precisamentelo que señala con el dedo acusador; todos
somos en el fondo un poco (o muy) mochufas,disfrutamos más tomando una copa en medio de un paraje idílico que
convirtiendo una malla de naranjas en un escurreplatos, y además lo
retransmitimos por las redes sociales para que quede constancia.
Precisamente esa falta de
dosificación nos pareció uno de los grandes fallos de la novela; el autor se
extiende demasiado en el desarrollo de algunos temas, hasta llegar a
exasperarnos, mientras que otros que podrían ser más interesantes los toca solo
de pasada. Se echa en falta una reflexión más profundasobre la soledad, el consumismo, la educación…
Otro fallo a nuestro entender es
la pretensiónal final de la obra de
dejar todo el tema judicial de Manuel atado y bien atado; no creímos verosímil
la conversación con el policía y ese afán por cuadrar cada detalle en favor del
protagonista, sin que quede ningún cabo suelto. Igual de inverosímil nos
pareció el narrador, esa trampa del autor de las conversaciones diarias entre
tío y sobrino para justificar el punto de vista del narrador omnisciente.
De cualquier manera, pese a los
abundantes fallos que le vimos a la obra y a no quedarnos clara la intención
que perseguía Santiago Lorenzo en ella (crítica social, elogio de la soledad,
sátira del consumismo… o ninguna de estas, tal vez), llegamos al acuerdo de
considerarla una novela recomendable, aunque no imprescindible; divertida, pero
no hilarante; original aunque a veces exasperante y, si bien un tanto
sobrevalorada, al menos su lectura proporciona momentos amenos, que no es poco
en estos tiempos.
(de Ian McEwan) Nuevamente nos ilustra nuestra Josune con la reseña de la última tertulia. Gracias por tus inspiradas palabras, tan brillantes como siempre.
En nuestra última tertulia dijo Fernando Villamía, autor de El cuento de la vida, la obra que
aquella tarde comentamos, que McEwan
era de los que «había que leer de rodillas», y creo que no le falta razón. Es
la segunda novela de este escritor británico que comentamos —la anterior fue Expiación―
y seguro que no será la última. En varias ocasiones he afirmado que es bueno
leer de todo, en clara referencia a títulos que nos han causado cierto
desconcierto o decepción, incluso tratándose a veces de autores reconocidos y
de obras precedidas por elogiosos comentarios de lectores y críticos. No voy a
desdecirme; mantengo que es bueno leer de todo, entre otras razones para
saborear con fruición la buena literatura, a la que, a mi juicio, La
ley del menor pertenece.
Reconozco
que el tema me atrajo desde el principio: la cuestión religiosa examinada en
una situación de vida o muerte. Adam Henry,
un adolescente enfermo de leucemia,miembro de los Testigos de Jehová y próximo a la mayoría de edad, se
niega a recibir una transfusión de sangre imprescindible para salvarle la vida.
El caso está en manos de Fiona Maye,
jueza experimentada y solvente, especializada en derecho de familia, que
atraviesa en ese momento una delicada situación personal: su marido acaba de
manifestarle su deseo de vivir una aventura extraconyugal con una joven, no
porque haya dejado de amarla, sino como necesidad de huir de la falta de pasión
y disfrute sexual en que se hallan desde hace tiempo. Ambos rondan los sesenta
años (la infancia de la vejez): Jack ya los tiene y Fiona los cumplirá
pronto.
Uno
de los valores del libro lo constituye el equilibrado reparto de la información
en cinco capítulos de extensión bastante similar, piezas de una insospechada
estructura cuya solidez acaba de manifestarse en los últimos párrafos.
Doscientas diez páginas le bastan al autor para plantear, desarrollar y
resolver tan complejos asuntos con la hondura que merecen. Sirva como ejemplo
la perfección del primer capítulo, tras el cual el lector posee un completísimo
retrato de Fiona y los datos necesarios para seguir con interés la trama en su
doble vertiente, la relacionada con el trabajo de la jueza, íntimamente unida a
la vida del muchacho, y la referida al cataclismo vital y sentimental en que la
ha sumido la propuesta de su marido y el rechazo de ella a la misma. Al final
de dicho capítulo, Fiona afronta su jornada en el juzgado tras comprobar que
Jack se ha ido de casa.
Resulta
encomiable en esta historia la red temática tejida por McEwan, en la que ningún
asunto es menor. Lo apuntado en el resumen inicial nos muestra la religión y la
ley como cuestiones esenciales, a las que hemos de añadir la libertad, el sexo,
la importancia de la reputación y, por último, la belleza a la que se accede a
través del arte. Pero si la novela funciona desde las primeras líneas y
sostiene el interés sin desmayo es por la redondez del personaje principal,
Fiona, y la fuerza de su imperfecta humanidad. El relato minucioso de sus
movimientos a lo largo de unas horas va acompañado de la exposición de otros casos
en los que su conocimiento profundo de la ley y su brillante raciocinio se
aliaron para dictar una sentencia en la que, por encima de todo, se pretende garantizar
el bienestar del menor. Sin embargo, la magistrada Maye lleva consigo el poso
amargo de algunos procesos capaces de zarandear las convicciones, principios y
moralidad del mejor y más íntegro de los mortales. La estremecedora historia de
los gemelos siameses subyace en el origen de su apatía emocional y sexual: Pero se había vuelto aprensiva con los
cuerpos, casi incapaz de mirarse el suyo o el de Jack sin sentir repulsión.
¿Cómo iba a hablar de esto? (…) Durante una temporada, alguna parte de ella se
había enfriado al mismo tiempo que el pobre Matthew. Ella era la que había
expulsado del mundo a un bebé, la que le había negado la existencia con
argumentos expuestos en treinta y cuatro páginas elegantes. (pág. 39)
El
encuentro de Fiona con su colega Sherwood
Runcieintroduce en el tema de la
ley la desasosegante realidad de sus errores, a veces irreparables. La
incomodidad que ella siente, incluso a su pesar, cuando se topa con Runcie
subraya un rasgo de la personalidad de Fiona que ya conocíamos: el
perfeccionismo que subyace tras su competencia profesional. El relato del caso
en cuestión incide en la vulnerabilidad de quien dicta sentencia, permeable a
las corrientes de opinión que vociferan juicios emanados desde la corrección
política o la emocionalidad social, dibujando un panorama que añade a los
cargos de la persona procesada la repercusión colectiva y mundana de su
historia particular. El veredicto, erróneo, como se sabrá demasiado tarde, le
costará la vida a Martha Longman. La
jueza Maye experimenta ante su colega el escozor no tanto de la herida aún
abierta ocasionada por un yerro fatal como de la amenaza real de protagonizar
ella misma un acontecimiento parecido: En
momentos de desilusión con la justicia, le bastaba evocar el caso de Martha
Longman y el error de Runcie para confirmar un sentimiento pasajerode que la ley, por mucho que Fiona la amara,
en el peor de los casos no era un asno, sino una serpiente, una serpiente
venenosa. (pág. 58) El desarrollo de
la trama, cada vez más centrada en el caso de Adam una vez que Fiona decide
sustraerse de su drama personal y entregarse a su trabajo, arrincona el nombre
de Sherwood Runcie y lo incluye en la relación de asuntos judiciales detallados
en la novela, reveladores, además, de un impecable y concienzudo trabajo de
documentación por parte del autor.
El capítulo 3 contiene dos momentos de
extraordinaria altura literaria: el primero, la entrevista en el hospital entre
Fiona y Adam, su conversación sobre los motivos del muchacho para negarse a la
transfusión, la constatación por parte de ambos de la asombrosa coincidencia en
sus aficiones y sensibilidad artísticas y, en especial, la insólita imagen del
enfermo interpretando con su violín una canción entonada por la jueza, episodio
clave en el desarrollo posterior de los acontecimientos. El otro momento cumbre
lo constituye el texto de la sentencia. Como era previsible, Fiona Maye ordena
que se realice la transfusión para
protegerlo de su religión y de sí mismo. No ha sido fácil resolver este asunto.
He tenido muy presente la edad de A, el respeto que debemos a su fe y la
dignidad del individuo que reclama su derecho a rechazar un tratamiento. A mi
juicio, su vida es más preciosa que su dignidad. (pág. 124)
Un nuevo Adam, presa de la euforia que le reporta el
descubrimiento de la vida sin el corsé de una doctrina religiosa, escribe a
Fiona ―Pienso que usted me ha acercado a
algo distinto, a algo muy hermoso y profundo, pero en realidad no sé qué es.
(pág. 140)— y le demanda una respuesta que ella nunca le dará. Poco después,
resulta sorprendente el giro que se produce en la novela cuando Adam se
presenta en Newcastle, al noreste de Inglaterra, adonde la jueza Maye se había
desplazado por motivos de trabajo, y le expone su deseo de irse a vivir con
ella. Adam expresa su propuesta con franqueza y sencillez: ―Podría hacerle pequeños trabajos, tareas domésticas, recados. Y usted
me daría listas de lectura, ya sabe, todo lo que crea que debería conocer…
(pág. 166) Naturalmente, la réplica de Fiona es negativa. En los movimientos
finales de la despedida, tiene lugar el episodio del beso, a medias fortuito, a
medias voluntario, y, en cualquier caso, para ella extraordinariamente
turbador. Pronto la dominará el arrepentimiento por su conducta irreflexiva y
una desmedida inquietud por su reputación en caso de que la escena hubiera
contado con algún testigo. Tales preocupaciones empañan su habitual perspicacia
y le impiden comprender en esos momentos el verdadero sentido de la petición
del muchacho. Comprenderá después, con descarnada lucidez, pero ya tarde.
La asombrosa estructura de esta novela tiene en el
último capítulo un remate perfecto cuyo centro lo constituye la actuación de
Fiona, ahora brillante pianista, con su colega Mark Berner, destacado tenor. Hace
gala McEwan de un prodigioso conocimiento del arte musical a través de una
descripción exquisita capaz de sostener una atmósfera delicada e inefable.
Cuando está a punto de comenzar la actuación, resurge Runcie, quien comunica a
Fiona algo de su interés, algo que ella parece no poder (o no querer) entender
bien, al menos en esos instantes. La actuación le reserva otra sorpresa: Mark
no canta en alemán sino en inglés aquellos hermosos versos que ella entonó en
la habitación de un Adam gravemente enfermo: Estábamos junto al río mi amor y yo en un campo, / y en mi hombro
inclinado ella posó su mano de nieve. / Me pidió que tomara la vida con calma,
/ tal como la hierba crece en las riberas; / pero yo era joven e insensato y ahora
soy todo llanto. (pág. 199)
Concluida la soberbia interpretación, calurosamente
aplaudida, Fiona abandona el escenario y regresa a las palabras de Sherwood
Runcie para acabar de descifrar el enigma acallado con dolor bajo la música y
asumir la tragedia ocasionada por su equivocación. La trabajadora social que
llevó el caso le confirma la muerte de Adam, enfermo de nuevo y ya mayor de
edad, tras negarse a recibir otra transfusión imprescindible. Entonces, Fiona
comprende: Sin la fe, qué abierto y
hermoso y aterrador debió de parecerle el mundo. (pág. 208) Adam había ido a buscarla y ella no le había
ofrecido nada en lugar de la religión, ninguna protección, aun cuando la Ley
era clara, su consideración prioritaria era el bienestar del menor. (pág.
209) Y por último: Pensóque sus responsabilidades terminaban dentro
de las paredes del tribunal. Pero ¿cómo podían terminar allí? Él fue a
buscarla, quería lo mismo que quiere todo el mundo y que sólo podían darle los
librepensadores, no los seres sobrenaturales. Un sentido. (pág. 209)
Creo que en estas últimas citas se concentra la
cuestión fundamental que McEwan ha querido abordar al tratar el tema religioso:
la ayuda que el hombre inteligente y sensible aferrado a la religión necesita
cuando es capaz de intentar vivir sin sus consignas. Históricamente el miedo ha
abonado la adhesión a creencias religiosas, de modo que abandonar la creencia
no garantiza la eliminación del mismo. El miedo sigue estando en la naturaleza
del creyente, y puede prender de nuevo y atenazarlo, y devolverlo a un sistema
que lo cobije y lo salve de su propia angustia. Esa es la dialéctica en que se
ve atrapado el joven Adam, y lo que expone McEwan con gran acierto es que se
trata de un asunto mucho más complejo y delicado de lo que se pueda pensar, y
que quienes lo viven como conflicto precisan una ayuda que está más allá de la
asepsia legal. La ley protegió a Adam Henry de su religión y de sí mismo, y le
salvó la vida una vez. Sin embargo, se quedó indefenso, confundido, demasiado
solo. Abatido y decepcionado, se abandonó a la muerte.
En la escena final de esta espléndida novela Fiona y
Jack están juntos. Él ha velado su sueño, ella se lo agradece y le pregunta si
seguirá amándola cuando conozca toda la historia de la que él casi nada sabe. Claro que sí, responde Jack. Entonces
Fiona le habló en voz baja y firme de su
vergüenza, de la pasión por la vida de aquel dulce chico y del papel que ella
había desempeñado en la muerte de Adam. (pág. 210) Seguro que, como ella
misma sospecha, Jack intentará convencerla de que no ha sido suya la culpa. Sin
embargo, Fiona Maye sabe que el caso de Adam Henry constituirá para siempre la
herida real causada por el veneno de la serpiente, esa ley que ella venera
porque trata de ordenar el caos del mundo con raciocinio y equidad, esa ley
falible, imperfecta y audaz. En el fondo, un peligroso aunque necesario instrumento
ideado por los hombres para protegerse de sí mismos.
Siempre es un auténtico lujo
contar en nuestras tertulias con la presencia de autores que nos hablen de sus
obras. Ya en otras ocasiones hemos disfrutado de la compañía de Luis Leante, de nuestra querida Josune Intxauspe (en su faceta de
novelista) o de Lola López Mondéjar.En nuestra última cita tuvimos el placer de
contar con Fernando Villamía, que
nos hechizó con sus palabras al igual que antes lo había hecho con su novela El cuento de la vida.
La obra, que obtuvo el XIX Premio de Novela Ciudad de Badajoz,
nos cuenta la vida de un exoficial nazi, sus relaciones con el ocultismo y las
circunstancias que rodean su truculenta muerte. Con una prosa exuberante y que
en ocasiones coquetea con lo poético, Villamía nos sumerge en una intriga
propia de la más genuina novela negra salpicada por doquier de auténticos
cuentos que adquieren entidad propia. De hecho, el mismo autor reconoce que se
mueve con más comodidad en el relato breve (prueba de ello es su gran cantidad
de relatos premiados en numerosos certámenes literarios, entre los que podemos destacarEl traje, ganador del XXX
Concurso Hucha de Oro 2002, Polaroid, premio Los Monegros 2014, ¿Puedo ir a lavarme las manos?, premio Gabriel Miró 2008 o Concierto para sirenas, relato galardonado con el premio Max Aub 2013).
Pese a esa supuesta y reconocida
incomodidad con el formato novelístico, Villamía nos conduce de forma magistral
a lo largo de las páginas de su obra sin que en ningún momento decaiga el
interés. Los relatos de los trabajadores de la Fundación Gnosis, aunque pudiera
parecer que ralentizan el transcurrir de la trama, incitan al lector a esperar
qué va a narrar el siguiente, como si de una moderna Sherezade se tratara.
Nos contó el autor cómo surgió la
idea de la novela durante un viaje a Noruega, cuando conoció la existencia de
los Lebensborn, las “granjas
reproductoras” de la raza aria, e investigó en las consecuencias que estos
experimentos de eugenesia tuvieron en la población y en las desdichadas vidas
de los miles de niños y niñas que dejó tras de sí esta demencial práctica. A
este respecto se han escrito numerosas obras y filmado algunas películas, entre
las que podemos destacar la producción germano-noruega de 2012 Dos vidas, basada en una novela de la
escritora alemana Hannelore Hippe.
El tema del ocultismo, tan
presente en la obra, parece ser que realmente obsesionó a los altos mandos
nazis, quizás por sentirse ellos también de algún modo tocados por la
divinidad. Villamía afirmó que, tras la rigurosa labor de documentación que
tuvo que realizar para poder hablar de este mundo, también él llegó a estar
interesado en este universo mágico, aunque no hasta el punto de fundar el Museo
del Quizás que aparece en su novela.
También nos confesó que, tras una
relectura de su propia obra, quedan detalles que no acaban de gustarle, como el
hecho de que haya una sola voz narrativa y que todos los personajes, pese a sus
variadas características y orígenes, se expresen con un mismo tono, un mismo
estilo (el del autor, en definitiva). Lo que el propio autor considera un
defecto nosotros lo vimos como una opción literaria, tan válida como la de
adoptar diferentes tonos.
De la lectura de El cuento de la vida, así como de su
anterior novela Judith y Holofernes(editorial
Algaida 2009, XXVII Premio de Novela Felipe Trigo) podemos extraer la
conclusión de que Fernando Villamía tiene especial predilección por
presentarnos a unos personajes femeninos dotados de una espectacular fuerza
tanto vital como vengativa, semejantes a walkirias del siglo XXI, mujeres
provistas de un enorme poder para manejar el mundo que las rodea. Las
pinceladas con las que nos describe su perfil psicológico resultan magistrales,
tanto como su indiscutible habilidad para lograr las bellísimas descripciones
que pueblan las páginas de sus novelas, descripciones que en ocasiones rayan el
preciosismo.
De nuevo aprovechamos la ocasión
para agradecer a Fernando Villamía su presencia en nuestra tertulia y para
felicitarlo por su buen hacer novelístico, al tiempo que esperamos con ansiedad
la publicación de sus nuevas creaciones literarias.
La próxima tertulia, el 28 de marzo, se centrará en La ley del menor, de Ian McEwan. Hasta entonces, ¡feliz lectura!
Antes de la tertulia sobre la última novela que leímos, tuvimos la suerte unos cuantos miembros de nuestro club de lectura de cenar con la autora, Piedad Bonnet. Además de otros temas extraliterarios de los que hablamos a lo largo de la velada, la poeta y novelista colombiana tuvo la amabilidad de dedicarnos una palabras sobre la génesis de El prestigio de la belleza. Transcribimos aquí su aportación a nuestra tertulia:
" Yo iba en un largo viaje en avión, leyendo a una autora
belga que me gusta mucho, Amelie Nothomb. Estaba leyendo Biografía del hambre, para mí una de sus mejores obras. Ese libro desencadenó mis
recuerdos de la infancia y, como suelo hacer, en las dos últimas páginas del
libro escribí todas las ideas que se me ocurrieron en el momento. Por aquel
entonces yo estaba trabajando en una novela sobre un chico que abandona todo y
cae en la indigencia, a raíz de una historia que mi hijo me contó alguna vez
(lo cuento en Lo que no tiene nombre).
No quería seguir escribiendo ese libro, porque era doloroso para mí, y pensé
que iba a empezar a escribir a partir de este torrente de emociones que me vino.
Amelie Nothomb suele
contar que ella era una niña extremadamente bella y reverenciada por todos, una
especie de “diosecita”; yo, sin embargo, de pequeña sentía lo contrario, tenía
la idea de que a mi mamá no le parecía bonita. Soy la primogénita, y mi mamá
era una mujer muy hermosa. Cuando yo nací, creo que no salí como ella quería,
así que mi mamá empezó a esperar que yo mejorara, pero eso no sucedía. Luego
nació mi hermana, muy bonita, y después también mi hermano, con mucho pelo, los
ojos grandes… todo lo que yo no tenía. Ella inmediatamente le achacó esto a la
herencia de mi papá. En Antioquia, [en Colombia], donde yo viví hasta los siete
años, la belleza es un valor extraordinario; además, en América Latina, eso
está unido a la raza, a la clase social: importa si eres más blanco, más
moreno, más mulato… Esto ahora ha cambiado, pero en ese tiempo era muy
estricto. En casa de mi madre era así, tenías que ser blanco del todo, con los
ojos grandes: eran de esa forma de pensar española, completamente medieval.
Subrayé esa frase de Amelie Nothomb “el prestigio de la
belleza”, pensando en que era cierta, y empecé a recordar el entorno en que
crecí. Me vinieron todos los recuerdos de la cuestión religiosa, los temores,
la primera vez que supe de la enfermedad… Fui reconstruyendo mi infancia a
ráfagas, y ya de regreso a Bogotá me puse a escribir la novela. Decidí comenzar
como en una película que había visto, con la abuela acuclillada ante la madre y
el bebé naciendo (trato así de romper el realismo, empezando en el momento del
nacimiento). Mi mamá me contó que yo había tardado en nacer dos días, con
muchos dolores por su parte, y que nací llena de meconio, la primera deposición
(que no es propiamente una deposición, por así decirlo, es como si el bebé se
cagara de terror), como si fuera una experiencia de la muerte antes de nacer.
Yo he podido sentir y revivir en mi imaginación que nací en medio del temor a
la muerte, y empecé a construirme desde ese momento.
Mi mamá me ponía moños y otras cosas para tratar de embellecerme,
y en su afán, como mi papá era muy inteligente, decidió hacerme como él.
Encontró un recurso, que era el abominable arte de la recitación; empezó a
enseñarme a recitar, y me acordé de la primera vez que, con cinco años, estuve
sobre un escenario. Era de noche, estaba delante de mucha gente y alguien me
cogió por debajo del vestido. Recuerdo esa intromisión de unas manos que me
bajaron de allí... Empecé a desarrollar ese sentimiento y quise llevar este
tema hasta los quince años, cuando me llevaron a un internado, porque yo era
muy insoportable.
En esta novela
intento hacer las paces con los dolores de la infancia, pero además poner el
dedo en la llaga de una sociedad que tiene los valores invertidos y que, con
buenas intenciones como las de mi mamá, puede hacer mucho daño. En poesía ya lo
dije en algún momento, “esos extraños gestos del amor”, cómo te van haciendo
daño con la excusa del amor. Es la única de mis novelas que tiene humor de
verdad. Yo me considero una persona con un gran sentido del humor en la vida
real, pero no es así en mis novelas. Aquí todo es un poquito esperpéntico,
exagerado, pero también con un fondo serio."
Recordamos que la próxima lectura de la tertulia será El cuento de la vida, de Fernando Villamía, autor que tendrá la gentileza de honrarnos con su presencia el 10 de enero. Hasta entonces, felices vacaciones y feliz lectura.
La novela que nos ocupó en la última tertulia, Un amor, de Alejandro Palomas, suscitó
opiniones diversas y alguna que otra crítica. Desde un principio todos
estuvimos de acuerdo en que se trata de una obra que atrapa al lector, lo
engancha y hace que quiera seguir leyendo y sabiendo más de esos personajes tan
peculiares. Es amena, divertida, en ocasiones hilarante y otras tantas roza lo
trágico. Ese carácter agridulce y su facilidad de lectura hacen que sea
altamente recomendable como literatura de evasión, como una obra que no nos
hace plantearnos demasiados quebraderos de cabeza.
Sin embargo, muchos de nuestros contertulios echaron en
falta un buen armazón narrativo, una trama central que vertebrara esa serie de
anécdotas, narradas de forma brillante pero que perfectamente podrían haberse prolongado
a lo largo de cien páginas más o haberse interrumpido mucho antes. Los
“secretos” que supuestamente han de crear intriga y animar al lector a seguir
devorando páginas hasta llegar a su resolución resultan ser bastante
previsibles y en modo alguno tan tremendos como se podría esperar, dada la
importancia que se les otorga en diferentes momentos de la narración.
El personaje de Amalia, la madre, fue el que más controversia
nos provocó. Por mucho que algunos defendían que, en efecto, existen personas
tan peculiares como ella, a la mayoría no le pareció muy verosímil ese cúmulo
de rarezas en un solo personaje: aunque pueda haber madres así, no parece muy
real la relación de los hijos con ella, esa obsesión por destacar su bondad por
encima de todo, por disculpar sus excentricidades. En este punto se dijo que el
personaje más real sería Silvia, que, con todos sus defectos, es la que más
tiene los pies en la tierra, aunque en ciertos momentos se la quiera hacer aparecer
como “la mala”.
Si hay un hilo conductor en la novela, este sería la mentira:
Amalia utiliza la mentira como una coraza para sobrevivir desde muy pequeña, al
sentirse rechazada. Con la mentira intenta protegerse siempre, al igual que Fer
teje una mentira sobre su relación con Sven para –supuestamente- proteger a su
madre, aunque Oxana (brillante y rotundo personaje que para algunos merecería
más protagonismo) le hace ver que es a sí mismo al que intenta proteger.
También se podrían considerar las relaciones familiares como
otro hilo conductor, hecho que mereció alguna crítica por centrarse demasiado
la narración en los personajes como miembros de la familia, mientras que otros
aspectos, como podría ser el mundo del trabajo de cada uno de ellos, aparecen
tratados de forma demasiado tangencial.
Mención aparte merece el tratamiento del tema de la soledad,
que atraviesa toda la obra tocando a todos los personajes: el miedo a la
soledad de Emma (que en algún momento declara que prefiere estar mal acompañada
a estar sola), la soledad de Silvia acompañada de un marido al que no quiere,
la de Fer que inventa relaciones para enmascararla, o la soledad
voluntariamente elegida de la madre, que en realidad es la menos sola, pues
todos los demás la arropan.
El final de la novela, que a todos nos pareció lo mejor, nos
hace cambiar por completo la perspectiva sobre Amalia, que se nos presenta
ahora como un personaje valiente y fiel a sus principios, ocultando a todos sus
intenciones para que no la hagan cambiar de parecer. A pesar de sus
excentricidades, la comprendemos y empezamos a entender su lucidez, extraña
pero lúcida al fin y al cabo.
La próxima tertulia (probablemente el 10 de enero) versará sobre El cuento de la vida, de Fernando Villamía, autor con cuya presencia tendremos la inmensa suerte de contar.
Tras meses de silencio, nuestro blog despierta de su letargo con una reseña de la tres últimas obras que nos ocuparon en nuestra tertulia. Gracias, Josune, no sé qué haríamos sin ti...
Reseñas de La uruguaya, Me llamo Lucy Barton y La
ciudad solitaria
Pasé por Pynchon hace unos días para recoger un
libro que había encargado y me preguntaron por la fecha de nuestra próxima
tertulia. No me acordaba con exactitud y al llegar a casa lo miré en mi
cuaderno: martes 25 de septiembre a las siete de la tarde. Fue lo último que
escribí, tras el resultado de la votación con que cerramos el curso tertuliano
y los dos títulos elegidos para comenzar la nueva temporada. Entonces recordé (para
mi sonrojo) que de las cinco obras leídas, solo teníamos comentadas dos y he
decidido reparar esa falta. Cada una de las tres ausentes merece una reseña
individual y extensa que, por haber transcurrido demasiado tiempo, me siento
incapaz de producir, y lo lamento. A cambio, van a tener el privilegio de
inaugurar una reseña tipo «Tresenuna», fórmula inédita en nuestro blog. Lo que
sea con tal de rescatarlas de un injustificado
silencio…
La lectura de La uruguaya, de Pedro Mairal, que comentamos un martes de febrero, nos sentó como
nos sentaría ahora una buena lluvia en este agosto húmedo y sofocante. Resultó fresca, ágil, divertida, de las que
permiten ser leídas de tirón. La construcción de la peripecia mantiene el
interés del lector, al tiempo que lo arrastra hacia la sospecha del estropicio
en que concluirá la aventura sentimental del protagonista. La obra adquiere
profundidad a medida que transcurre la acción. El autor distribuye en sabias y
proporcionadas dosis la ligereza de la trama y la hondura de algunas
reflexiones. Lo que en principio puede parecer una confesión para pedir perdón
se convierte, a la luz de las últimas páginas, en la reconstrucción de la
historia de una pareja ya rota, en la nómina sintética de sus fisuras. En
medio, impagables secuencias de diversa índole: las que tienen que ver con su
oficio de escritor, su ambición y sus trampas y mezquindades; los apuros económicos;
su condición de padre… Uno de los mayores logros de esta breve novela radica en
la hechura de su estilo, entre coloquial y lírico, alentado por la ironía que sostiene
el relato y que le confiere entidad y brillantez.
En general, nos gustó mucho. Celebramos su hallazgo
(y sobre todo el de su autor) y la juzgamos muy recomendable.
Me llamo Lucy Barton, de la estadounidense Elizabeth Strout, nos convocó en mayo. Sin tener nada que ver con
la anterior, también fue de nuestro agrado y desencadenó la que hemos
considerado mejor tertulia del curso.
Un gran trasfondo social se vislumbra en esta novela
que aborda con habilidad un tema siempre incómodo y espinoso: las heridas que
deja la pobreza. Con ese telón de fondo
la autora se apoya en dos cuestiones no menos delicadas: la necesidad vital del
amor de madre, de su presencia, de su compañía, y la elaboración de la propia
identidad, vaticinada por la frase que constituye el título. El pasado de las
dos mujeres, madre e hija, reunidas por la hospitalización de la segunda, se
reconstruye a través de sus diálogos y del pensamiento de la joven, quien acude
a su memoria para apropiarse del dolor sufrido y convertirlo en su irrenunciable propiedad ―(…) esto es mío, esto es mío, esto es mío— (pág. 207). El estudio
le permitió escapar de la sordidez en que vivía su familia, le permitió dejar
de ser gentuza, pero no pudo salir
indemne: el dolor de la infancia dura toda la vida y haberlo padecido no impide
infligirlo en los hijos —Esto es lo que
les he hecho a mis hijas― (pág. 207). Ese dolor adquiere, en el caso de la
protagonista, la forma de una perpetua inseguridad, frecuentemente manifestada
en sus expresiones (creo…, me parece…), así como en las dudas sobre
la fidelidad de sus recuerdos. Algunos acontecimientos no quedan explicitados (la Cosa, por ejemplo, claramente alusiva
a alguna acción reprobable de su desequilibrado padre). Otros, en cambio, son
descritos con toda crudeza, como el episodio en que el padre castiga
públicamente a su hermano (ese que duerme con los cerdos antes de matarlos) por
haberse disfrazado de chica. Por último, queda patente la importancia de la
escritura en su vida, en la que es determinante el encuentro con la autora
Sarah Payne.
Y a finales de junio concluimos las tertulias del
curso con una propuesta novedosa: La ciudad solitaria, de Olivia Laing, la primera incursión que
hacemos en el género ensayístico. Se trata de un análisisserio del sentimiento de soledad relacionado
con el arte, con la necesidad de contacto, de comunicación. Un recorrido por el
mundo de los raros, de los marginados, frecuentemente hermanados por una
infancia de maltrato y sufrimiento. Una suma deseres estigmatizados por diversos motivos, como la enfermedad (el sida)
o la sexualidad diferente. Llama la atención el hecho de que esos artistas extraños
y heridos (Edward Hopper, Andy Warhol, Valerie Solanas, David
Wojnarowicz, Klaus Nomi, Henry Darger…) logran expresar su singularidad a través de una obra
en algunos casos muy reconocida y valorada.
En este hermoso libro queda patente la importancia
de la comunicación, de las palabras, y la estremecedora dificultad de algunos
seres para manejarlas (Warhol, por ejemplo). Precisamente a
nosotros, los integrantes de nuestro sofá, que llevamos años reuniéndonos para
hablar de ellas, nadie tiene que convencernos de su valor, de su belleza, de su
poder, del inagotable misterio que las envuelve.
¡Feliz
recta final de las vacaciones y hasta septiembre!
Como ya ha anticipado Josune, en esta última tertulia del curso procedimos a la votación sobre la mejor obra leída en estos meses y sobre la mejor tertulia. La primera categoría (mejor obra) la ganaron ex aequoLa ciudad solitaria y La uruguaya, y como mejor tertulia Me llamo Lucy Barton.
Para septiembre leeremos el último premio Nadal, Un amor, de Alejandro Palomas.
De nuevo Josune nos cuenta cómo transcurrió la última tertulia. Gracias por tus palabras, es un placer leerte.
La tertulia resultó breve y muy interesante. Las
opiniones reflejaron lo poco que, en general,ha gustado la novela por varios motivos. Parte de un planteamiento
original que despierta en el lector expectativaslamentablemente defraudadas en el desarrollo
de la trama. En dos o tres momentos puntuales el argumento parece precipitarse
hacia algo sorprendente y clarificador; sin embargo, luego no es así, y nada
llega a compensar una espera que resulta demasiado prolongada, al compás de una
lectura plana desde el punto de vista estilístico.
Este aspecto
suscitó uno de los mejores instantes de nuestra charla. Recordamos lo esencial
de la forma en una novela y en toda la Literatura. Alguien apuntó que tal vez
ese estilo seco tratara de ajustarse a la dureza del contenido; no obstante, de
inmediato recordamos títulos de obras posiblemente más amargas y desgarradoras
en las que el milagro de la belleza formal, incluso del lirismo hallado en
medio de la sordidez o el horror, nos hizo soportable e inolvidable su lectura:
Las
uvas de la ira, Las baladas del ajo, En la
orilla,El gran cuaderno…
Observamos
también que la construcción de una distopía requiere una estructura mejor
trabada y un juego de simbolismos comprensibles en el entramado de la obra. Hay
cuestiones explicadas en las páginas finales relativas al Congreso de
estudiosos de la “Era Gileadiana”, pero cabe señalar que la aclaración resulta
tardía e insuficiente, como si la propia autora respondiera en ese momento a la
necesidad de explicitación exigida por una apuesta narrativa tan audaz como
incompleta.
En lo
que sí coincidimos todos es en reconocer la eficacia con que la novela concentra
comportamientos alienantes registrados en diferentes lugares y épocas de la
historia de la humanidad, tras los que el miedo se erige en infalible mecanismo
fortalecedor de la ignominia frente al riesgo del dolor y la muerte, además del
irreductible instinto humano de supervivencia, que tiene en la adaptación al
medio ―aunque este sea el peor de los escenarios posibles— a la vez su trampa y
su salvación. “Duramos” porque nos acostumbramos a todo y logramos de este modo
salvar el pellejo. También comentamos que esta rendición “a lo que sea” queda
patente en la obra.
La
novela fue defendida por su capacidad de enganchar al lector y por el acierto con que transmitela sensación de ahogo y aburrimiento que
cubre la falta de libertad en la que vive la protagonista, aderezada por el
recuerdo de todo aquello que añora y que pertenece a un pasado mejor.
Es probable que con el tiempo recordemos El
cuento de la criada al menos por el inquietante aviso que contiene: no
estamos libres los seres humanos de echar a perder lo más valioso —la libertad,
el amor, la belleza de la expresión artística― cuando nos atenaza el miedo
sembrado por el fanatismo y el autoritarismo ideológico. Casi nada…
Para la próxima tertulia, que tendrá lugar el 27 de marzo, leeremos La uruguaya, de Pedro Mairal.