(de Tatiana Ţîbuleac)
Damos comienzo a nuestro curso "tertuliacadémico" con la reseña sobre esta novela que tanto nos ha impactado y que Josune ha sabido condensar con su siempre certera pluma. Gracias, mater.
Reseña
sobre El verano en que mi madre tuvo los
ojos verdes, de Tatiana Ţîbuleac
Con el comentario de esta interesante obra abrimos el
curso tertuliano 2026/2027. Algunos reconocimos el esfuerzo que nos exigió la
lectura de esas primeras páginas en que el narrador muestra un desprecio
radical hacia su madre; otros, en cambio, hallaron en la expresión de ese
rechazo sin concesiones un incuestionable valor. Se trata, sin duda, de un
comienzo arriesgado y original, cuyo núcleo lo constituye la descripción de la
mujer que lo trajo al mundo como un ser feo, deforme, repulsivo, carente de
gusto en el vestir, con un solo rasgo positivo, sus ojos: «Mi madre tenía unos ojos verdes tan bonitos que parecía un despropósito
malgastarlos en un rostro fermentado como el suyo» (p. 16).
Diez oraciones salpicadas entre los capítulos de la
novela tienen como sujeto sintáctico esos ojos. Los atributos que completan dichas
construcciones sirven para jalonar las fases de un proceso encaminado al perdón
y la reconciliación. Entre la primera, «Los
ojos de mi madre eran un despropósito», y la última, «Los ojos de mi madre eran brotes a la espera», la compasión y el
amor se van abriendo paso en medio de una historia desgraciada donde una desenfrenada fatalidad parece
campar a sus anchas.
Alguien
acertadamente calificó de “minimalista” esta obra, en tanto ofrece solo la
información indispensable para involucrar al lector en la comprensión del
desequilibrio emocional y conductual de Aleksy, narrador y protagonista. El
verano aludido en el título lo pasarán juntos en un pequeño pueblo de Francia por
deseo de su madre, quien el día de su treinta y nueve cumpleaños lo recoge en
el centro en que él ha estado recluido para llevárselo de vacaciones. Se trata
de un centro para chicos con problemas psiquiátricos, donde estudian y reciben
tratamiento y terapia. Ese tiempo es evocado por un Aleksy adulto, convertido
en pintor de éxito, a sugerencia del psiquiatra que lo trata, con el fin de
superar el bloqueo artístico que en esos momentos padece. También aquel verano conoce
a Moira, quien tiempo después será su mujer, y junto a la que más adelante
sufrirá un accidente de tráfico que lo dejará sin piernas.
En el primer capítulo se menciona un hecho fundamental ocurrido en su infancia, la muerte de Mika, su hermana pequeña. Más adelante se nos describirá la reacción de su madre ante este infortunio: no habló durante siete meses y, cuando él, que aún no le llegaba a la cintura (él contaba ocho años y Mika, seis), trataba de abrazarla, era despedido a patadas. Incapaz de asimilar tan traumáticas experiencias, la muerte de Mika y el rechazo de su madre, reaccionó con extrema violencia contra los demás y contra sí mismo. Por eso lo ingresaron, y ella no fue a visitarlo.
Uno de los valores más admirables de esta novela radica
en el estilo, en la extraordinaria habilidad de la autora para darle voz a una
psique tan lastimada. El capítulo 17 ejemplifica muy bien este rasgo. Recoge la
descripción de una de sus crisis, en este caso motivada por la afirmación que
le hace un chaval (en el funeral de Aneta, la amiga de su abuela) de que Mika y
él no eran hermanos. La revelación era una media verdad, pues sabremos que Mika
y él han nacido de la misma madre pero cada uno de un padre distinto. El de
Aleksy era Pavel, un polaco de ojos azules, como los suyos, “que murió en la obra aplastado por un muro”.
El hombre a quien Aleksy, ignorante de la verdad, ha llamado y seguirá llamando
padre es un alcohólico maltratador que abandonará a su madre por otra mujer,
rehará su vida y, sorprendentemente, acudirá con sus hijos pequeños a su
primera exposición.
Se va operando poco a poco un cambio en la relación con
su madre. Tras el episodio del funeral, se produce un paulatino acercamiento.
Su madre lo cuida, le hace palomitas y le suministra unos calmantes que le
sientan de maravilla. «Me parecía extraño
que mi puño no se apretara ya. Me parecía extraño no querer ver ya a mi madre
muerta.» (p. 72) Unas cuantas páginas después, su madre le confiesa el
motivo de su empeño en pasar juntos ese verano: padece “un cáncer maligno y rabioso” y pronto va a morir. «Y ella quería un verano. Un último verano
para vivirlo también ella como un cáncer rabioso. Un verano para morir viviendo
hasta el final.» (p. 89)
A partir de ahí la intensa rabia de la que brotaba aquel lenguaje tan despectivo y hostil del principio se va transformando en fortaleza y capacidad de amar. Aleksy la contempla con ojos nuevos ̶ «Mi madre, aunque había desaparecido casi por completo, era indeciblemente guapa.» (p. 189) ̶ , la atiende y acompaña hasta el final, con entrega y delicadeza ̶ «Nunca habría pensado que llegaría a dar de comer a mi madre con una cucharita o a hacer otras cosas que había empezado a hacer esos días.» (p. 197)- ,y paralelamente la expresión también se dulcifica: «Mi madre parecía un saquito de huesos. Me asusté al verla y le dije que no podía permitir que se metiera en la bañera ella sola. La cogí en brazos y la deposité poco a poco en el agua, como un velero de papel.» (p. 159) En ese proceso resulta decisivo el momento en que su madre le pide perdón, así como su reconocimiento de haber hecho lo que ha podido. Esa actitud lo desarma por completo y, aunque ella muere sin saber que la ha perdonado, Aleksy cumplirá su promesa: «Me acuerdo de mi madre todos los días, tal y como le prometí a orillas del Océano.» (p. 245)
Cabe resaltar que los recuerdos emergen a borbotones, sin
orden. Se diría que Aleksy compone su pasado a brochazos, quizá como sus
cuadros, cuyos títulos acreditan la singularidad de su arte: El secreto de los abortones de flores, Iglesia con faro violáceo, Ola con relleno de madre, Arcoíris moribundo, El festín de un diablo y de una mujer calva, Muerte con manzanas y nueces… Tras la muerte de su madre, otra
fuerte crisis lo conduce a un nuevo ingreso psiquiátrico durante cinco meses.
Al salir de allí se dirige a casa de su abuela, ciega: «Esta mujer (…) hizo por mí en unas pocas semanas más que todos los
psiquiatras durante el resto de mi vida». (p. 235) Dos años después se casa
con Moira, ausente desde hace tiempo en su vida actual de pintor inválido.
Cierra la novela un brevísimo capítulo compuesto por un
párrafo de apenas siete líneas en que, separadas por puntos y seguido, se
suceden diez enunciaciones negativas que contradicen los hechos acontecidos. La
última de ellas es esta: «El verano en
que mi madre tuvo los ojos verdes no terminó jamás». En la difícil y desventurada existencia de Aleksy, ese es el tiempo que
emerge como su más preciado recuerdo, el que restaura su condición de hijo
merecedor de atención y de amor, capaz él también de experimentar el poder
transformador del perdón y la compasión, braceando en un océano de dolor y
locura del que emana, como un inesperado consuelo, la expresión artística alimentada
por el genio creador y la sed de belleza.


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