martes, 3 de noviembre de 2026

El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes

(de Tatiana Ţîbuleac) 


Damos comienzo a nuestro curso "tertuliacadémico" con la reseña  sobre esta novela que tanto nos ha impactado y que Josune ha sabido condensar con su siempre certera pluma. Gracias, mater.



Reseña sobre El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, de Tatiana Ţîbuleac

            Con el comentario de esta interesante obra abrimos el curso tertuliano 2026/2027. Algunos reconocimos el esfuerzo que nos exigió la lectura de esas primeras páginas en que el narrador muestra un desprecio radical hacia su madre; otros, en cambio, hallaron en la expresión de ese rechazo sin concesiones un incuestionable valor. Se trata, sin duda, de un comienzo arriesgado y original, cuyo núcleo lo constituye la descripción de la mujer que lo trajo al mundo como un ser feo, deforme, repulsivo, carente de gusto en el vestir, con un solo rasgo positivo, sus ojos: «Mi madre tenía unos ojos verdes tan bonitos que parecía un despropósito malgastarlos en un rostro fermentado como el suyo» (p. 16).

            Diez oraciones salpicadas entre los capítulos de la novela tienen como sujeto sintáctico esos ojos. Los atributos que completan dichas construcciones sirven para jalonar las fases de un proceso encaminado al perdón y la reconciliación. Entre la primera, «Los ojos de mi madre eran un despropósito», y la última, «Los ojos de mi madre eran brotes a la espera», la compasión y el amor se van abriendo paso en medio de una historia desgraciada  donde una desenfrenada fatalidad parece campar a sus anchas.

Alguien acertadamente calificó de “minimalista” esta obra, en tanto ofrece solo la información indispensable para involucrar al lector en la comprensión del desequilibrio emocional y conductual de Aleksy, narrador y protagonista. El verano aludido en el título lo pasarán juntos en un pequeño pueblo de Francia por deseo de su madre, quien el día de su treinta y nueve cumpleaños lo recoge en el centro en que él ha estado recluido para llevárselo de vacaciones. Se trata de un centro para chicos con problemas psiquiátricos, donde estudian y reciben tratamiento y terapia. Ese tiempo es evocado por un Aleksy adulto, convertido en pintor de éxito, a sugerencia del psiquiatra que lo trata, con el fin de superar el bloqueo artístico que en esos momentos padece. También aquel verano conoce a Moira, quien tiempo después será su mujer, y junto a la que más adelante sufrirá un accidente de tráfico que lo dejará sin piernas.

            En el primer capítulo se menciona un hecho fundamental ocurrido en su infancia, la muerte de Mika, su hermana pequeña. Más adelante se nos describirá la reacción de su madre ante este infortunio: no habló durante siete meses y, cuando él, que aún no le llegaba a la cintura (él contaba ocho años y Mika, seis), trataba de abrazarla, era despedido a patadas. Incapaz de asimilar tan traumáticas experiencias, la muerte de Mika y el rechazo de su madre, reaccionó con extrema violencia contra los demás y contra sí mismo. Por eso lo ingresaron, y ella no fue a visitarlo.


            Uno de los valores más admirables de esta novela radica en el estilo, en la extraordinaria habilidad de la autora para darle voz a una psique tan lastimada. El capítulo 17 ejemplifica muy bien este rasgo. Recoge la descripción de una de sus crisis, en este caso motivada por la afirmación que le hace un chaval (en el funeral de Aneta, la amiga de su abuela) de que Mika y él no eran hermanos. La revelación era una media verdad, pues sabremos que Mika y él han nacido de la misma madre pero cada uno de un padre distinto. El de Aleksy era Pavel, un polaco de ojos azules, como los suyos, “que murió en la obra aplastado por un muro”. El hombre a quien Aleksy, ignorante de la verdad, ha llamado y seguirá llamando padre es un alcohólico maltratador que abandonará a su madre por otra mujer, rehará su vida y, sorprendentemente, acudirá con sus hijos pequeños a su primera exposición.

            Se va operando poco a poco un cambio en la relación con su madre. Tras el episodio del funeral, se produce un paulatino acercamiento. Su madre lo cuida, le hace palomitas y le suministra unos calmantes que le sientan de maravilla. «Me parecía extraño que mi puño no se apretara ya. Me parecía extraño no querer ver ya a mi madre muerta.» (p. 72) Unas cuantas páginas después, su madre le confiesa el motivo de su empeño en pasar juntos ese verano: padece “un cáncer maligno y rabioso” y pronto va a morir. «Y ella quería un verano. Un último verano para vivirlo también ella como un cáncer rabioso. Un verano para morir viviendo hasta el final.» (p. 89)

            A partir de ahí la intensa rabia de la que brotaba aquel lenguaje tan despectivo y hostil del principio se va transformando en fortaleza y capacidad de amar. Aleksy la contempla con ojos nuevos  ̶ «Mi madre, aunque había desaparecido casi por completo, era indeciblemente guapa.» (p. 189) ̶ , la atiende y acompaña hasta el final, con entrega y delicadeza  ̶ «Nunca habría pensado que llegaría a dar de comer a mi madre con una cucharita o a hacer otras cosas que había empezado a hacer esos días.» (p. 197)-   ,y paralelamente la expresión también se dulcifica: «Mi madre parecía un saquito de huesos. Me asusté al verla y le dije que no podía permitir que se metiera en la bañera ella sola. La cogí en brazos y la deposité poco a poco en el agua, como un velero de papel.» (p. 159) En ese proceso resulta decisivo el momento en que su madre le pide perdón, así como su reconocimiento de haber hecho lo que ha podido. Esa actitud lo desarma por completo y, aunque ella muere sin saber que la ha perdonado, Aleksy cumplirá su promesa: «Me acuerdo de mi madre todos los días, tal y como le prometí a orillas del Océano.» (p. 245)


            Cabe resaltar que los recuerdos emergen a borbotones, sin orden. Se diría que Aleksy compone su pasado a brochazos, quizá como sus cuadros, cuyos títulos acreditan la singularidad de su arte: El secreto de los abortones de flores, Iglesia con faro violáceo, Ola con relleno de madre, Arcoíris moribundo, El festín de un diablo y de una mujer calva, Muerte con manzanas y nueces… Tras la muerte de su madre, otra fuerte crisis lo conduce a un nuevo ingreso psiquiátrico durante cinco meses. Al salir de allí se dirige a casa de su abuela, ciega: «Esta mujer (…) hizo por mí en unas pocas semanas más que todos los psiquiatras durante el resto de mi vida». (p. 235) Dos años después se casa con Moira, ausente desde hace tiempo en su vida actual de pintor inválido.

            Cierra la novela un brevísimo capítulo compuesto por un párrafo de apenas siete líneas en que, separadas por puntos y seguido, se suceden diez enunciaciones negativas que contradicen los hechos acontecidos. La última de ellas es esta: «El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes no terminó jamás». En la difícil y desventurada existencia de Aleksy, ese es el tiempo que emerge como su más preciado recuerdo, el que restaura su condición de hijo merecedor de atención y de amor, capaz él también de experimentar el poder transformador del perdón y la compasión, braceando en un océano de dolor y locura del que emana, como un inesperado consuelo, la expresión artística alimentada por el genio creador y la sed de belleza.


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