martes, 24 de enero de 2023

Doblete literario: Hamnet y El antropoide

 (de Maggie O'Farrell y Fernando Parra, respectivamente).


Nuestra cronista oficial, Josune, nos resume en esta doble reseña las dos últimas citas literarias que hemos tenido: la tertulia sobre Hamnet, de Maggie O'Farrell (el 18 de octubre) y la de El antropoide, de Fernando Parra, el 20 de diciembre. Gracias por tus siempre inspiradas y evocadoras palabras, mater fundatrix.


Hamnet, de Maggie O'Farrell.


              Ha sido un verdadero hallazgo esta novela, Hamnet, de la irlandesa Maggie O’Farrell, con la que iniciamos en octubre el presente curso tertuliano y de cuya lectura casi todos disfrutamos muchísimo. El hecho que la inspira despierta fácilmente el interés del lector, y la propia autora lo menciona como “Referencia histórica” en las primeras páginas del libro. Hamnet murió a los once años en 1596 y cuatro años más tarde su padre escribió una obra de teatro titulada Hamlet. Por si aún nos quedara alguna duda sobre la obvia relación entre ambos hechos, a continuación se nos explica que Hamnet y Hamlet son dos formas intercambiables del mismo nombre, dato documentado en los anales de Stratford de aquella época. Concluida la novela, Maggie O’Farrell advierte que se trata de una obra de ficción inspirada en la muerte de Hamnet Shakespeare, pero ni el apellido ni el nombre del genial dramaturgo aparecen en ningún momento, como si el inexplicable silencio que durante más de cuatro siglos nos ha impedido saber que la tragedia, antes que representada sobre un escenario, se produjo en la vida real, reclamara su sitio en esta historia. Hay silencios tensos, incómodos, cobardes y hasta ofensivos; y los hay dulces, cómplices, heroicos y fértiles como la buena tierra. De esta última condición es el que ha precedido a la escritura de tan espléndida obra. Se me ocurre que tal vez no en vano Shakespeare decidió que las últimas palabras pronunciadas por el desventurado príncipe de Dinamarca fueran precisamente estas: “El resto es silencio”. Y así quizá todo ha sucedido como había de suceder…

            “Un niño baja unas escaleras”. Esta sencilla oración abre la novela y otra aún más sencilla y escueta la cierra: “Recuérdame”. Principio y final constituyen siempre los más delicados momentos creativos de una historia. Uno nos capta, nos atrapa, nos arranca de la realidad; el otro clausura el viaje y a esa misma realidad nos devuelve. Más de tres meses después de haber acabado de leerla, no se ha esfumado la fascinación que me acompañó desde que las primeras palabras me presentaron a ese niño que en un bochornoso día de finales de verano está buscando a algún adulto porque le preocupa Judith, su hermana gemela, la cual no se encuentra bien. Mira en su casa, luego en la de sus abuelos y no da con nadie: ni madre, ni abuelos, ni hermana mayor, ni tíos ni criada. A su padre no lo puede encontrar porque vive lejos, en Londres. Finalmente descubre al abuelo en el espacio prohibido del taller de guantes y lo halla de mal humor, puede que borracho, y recuerda las advertencias de su padre de no acercarse al hombre en ese estado. Saldrá de allí con una ceja cortada por la taza que el viejo le arroja encolerizado tras habérsele derramado sobre los objetos de la mesa el líquido de la jarra al intentar verterlo en la taza. En unas pocas páginas se nos ha presentado su situación familiar. Se nos dice también que “Hamnet es un chico despierto” ̶ se trata, pues, del niño que ha de morir ̶ pero un tanto distraído: “Tiene tendencia a escurrirse por los límites del mundo real y tangible para irse a otro sitio” -premonitoria afirmación-. Su recorrido en busca de ayuda resulta infructuoso; regresa junto a Judith, quien no está mejor, y, alarmado, decide traer al médico, tras asegurarle a su hermana que su madre viene enseguida.

            La secuencia siguiente nos sitúa a la madre, Agnes, a unos dos kilómetros, en una parcela en la que tiene un huerto y cría abejas. A estas alturas ya nos hemos acostumbrado al presente como tiempo verbal dominante en una narración que nos ha convertido en espectadores de un inmenso tapiz que la autora teje moviendo los hilos hacia delante y hacia atrás en una cadencia impredecible y con un lenguaje lleno de lirismo y delicadeza, acordes con la atmósfera de magia que incumbe a este personaje esencial en la novela: una mujer extraña, algo salvaje, dueña de una especie de halcón al que pasea al final del día, dotada de poderes adivinatorios y curativos, y de la que el joven preceptor de latín que instruye a sus hermanos menores se enamora perdidamente.

            El origen de Agnes está narrado como un cuento de hadas que se remonta a la misteriosa figura de su madre, surgida un día, según contaban, del interior del bosque: “había salido del mundo verde y sombrío y, desde entonces, el granjero, que estaba allí por casualidad, vigilando a sus ovejas, no pudo dejar de mirarla nunca más”.  Ese granjero la cuidó y la hizo su esposa. Tuvo a Agnes y después un niño enorme, sano y fuerte, Bartholomew, y murió al dar a luz al tercero, que tampoco sobrevivió. Es en ese trance en el que se gesta la fuerte unión entre los dos hermanos, alimentada por el hecho de que su padre se volvió a casar y tuvo con Joan, su nueva esposa, seis hijos más. Agnes era muy pequeña cuando perdió a su madre, pero recuerda el acontecimiento con nitidez. Cuenta con la antipatía y  el rechazo de Joan, su madrastra, quien recela de ella, de sus insólitos y quizá maléficos poderes de los cuales se siente víctima, y crece, protegiendo a su hermano, falta de cariño y aceptación, pero manteniendo vivo el recuerdo de “lo que era ser querida por lo que se es, no por lo que se debería ser”. Sabe que, si alguna vez comparece en su vida de nuevo la posibilidad de un amor así, se entregará a él sin permitir que nada se interponga en su camino.

            En las manos del preceptor de latín, en el pellizco a ese músculo entre los dedos pulgar e índice que a ella le fascina, que se abre y se cierra como el pico de un pájaro, percibe la información que necesita. Muy poco tarda él en sentirse cautivado por tan insólita criatura, ajena a las habladurías que suscita y libre como un ave. Así se la describe a su hermana Eliza: “Cuando mira a alguien le ve hasta el fondo del alma. No hay ni una gota de hostilidad en ella. Se toma a las personas por lo que son, no por lo que deberían ser.” Una de las más bellas escenas del libro es la que describe su primer encuentro sexual en la despensa de las manzanas. El tapiz narrativo se teje prodigiosamente en esas páginas convarios hilos: los de la furibunda negativa de Joan -viuda y, por tanto, cabeza de familia ̶  a que se casen, a pesar de que ellos ya se han prometido, y el desprecio vertido por la madrastra hacia el muchacho a cuenta de los sucios negocios de su padre, de sus deudas, entre las que figura la entablada con su propia familia y cuyo saldo tratan de rebajar sus servicios como preceptor de latín; los hilos de la ceremonia de su entrega amorosa, ese arrebato que no se parece a nada de lo vivido hasta entonces, presidido por una turbadora evidencia de facilidad y acierto, y felizmente convertido en el atajo más seguro hasta su matrimonio; y, por fin, el hilo de las manzanas, improvisadas bailarinas de una danza ancestral sostenida en el perfecto y poderoso ritmo del amor.

            Vencidos todos los obstáculos, se casan y forman una familia. Viven en una pequeña casita aneja a la casa familiar de él. Llevan una vida apacible. Ella aprende a leer y puede, por fin, aplicar los usos curativos de las plantas encerrados en el libro del boticario que le regaló su viuda, libro que esta vecina y su propia madre consultaban juntas. Agnes da a luz ella sola en el bosque a su primogénita, Susanna. Tarda más de la cuenta en comunicarle a su marido que se halla encinta de nuevo, pues lo percibe extraño, distante, y eso la inquieta. Tal vez se arrepiente de haberse casado con ella y, cuando se lo pregunta abiertamente, él responde: “Estoy perdido. He perdido el rumbo”. Entonces la intuitiva y generosa Agnes propiciará, con ayuda de Bartholomew, el giro que la vida del preceptor necesita para reaccionar: marchará a Londres para hacerse cargo de una nueva tienda de su padre. Ella lo empuja, sabe que es lo conveniente para él y, por tanto, para todos, y el tiempo le dará la razón. En Londres lo aguardan el éxito en los negocios y en el teatro. Estará ausente cuando ella dé a luz de nuevo, no la acompañará en su inquietud, en su corazonada de que algo no va a ir bien esta vez. No ha sido capaz de predecir si nacería un niño o una niña y al fin lo entiende cuando nacen los gemelos, Hamnet y Judith; sin embargo, la zozobra no cesa, la persigue la imagen de su propio lecho de muerte velado por dos hijos, y ya le han nacido tres. La muerte amenaza con llevarse a uno de ellos. Piensa en Judith, más frágil y pequeña que su hermano. Agnes se prepara para impedirlo y vigila: “Sabe que la puerta que lleva fuera de la habitación de los vivos está entreabierta para la niña; percibe la corriente fría, huele el aire helado. Sabe que solo va a tener dos hijos, pero no lo acepta. Se lo repite en las horas oscuras de la noche. No lo consentirá; ni esta noche, ni mañana ni nunca. Encontrará esa puerta y la cerrará de golpe.”

            Asistimos a partir de este momento al tramo más emocionante de la novela. Volvemos  a la


bochornosa tarde de finales de verano y a la angustia de Hamnet en busca de ayuda para su hermana enferma. A estas alturas ya se nos ha relatado el modo azaroso en que la peste ha llegado a la villa  ̶ secuencia que algunos tertulianos criticaron por su excesivo detallismo-.  El mal que aqueja a Judith es, por tanto, muy grave, pero Agnes por suerte ha regresado y, consciente de la situación, se afana en dominar su espanto y poner todos sus conocimientos al servicio de la sanación de su hija. Mary, su suegra, la acompaña incondicional y diligente.Tras largas horas de lucha, Agnes se queda dormida y, cuando despierta, algo ha ocurrido: Judith se muestra serena y repuesta; en cambio, es Hamnet ahora el enfermo. La descripción del modo en que el niño decide engañar a la muerte y ocupar el lugar de su hermana constituye un episodio conmovedor y magistral desde el punto de vista literario. No se siente capaz de vivir sin ella, la mitad de sí mismo. Su acto no parece sacrificio sino entrega: “Tú te quedas, le susurra, y yo me voy. Le manda estas palabras: Quiero que te quedes con mi vida. Es para ti. Te la doy.”

            No es fácil expresar el dolor seguramente más punzante e insoportable que un ser humano puede experimentar, el ocasionado por la muerte de un hijo, y Maggie O’Farrell lo logra. (Ella y también la traductora; es de justicia reconocer el magnífico trabajo de trasladar tanta belleza y emoción desde el inglés al castellano). La voz narradora se torna transparente y lo que contemplamos es la desolación absoluta de Agnes, el reproche a sí misma por haberlo permitido, la esterilidad de la imaginación para anticipar el resto de la vida con la ausencia del hijo muerto, la infinita ternura al amortajar su cuerpecillo desnudo y dormido para siempre, la crudeza de admitir ante su desconsolada hermana gemela que Hamnet se ha ido y que no volverá nunca más.

            El padre fue avisado por carta de la gravedad de su hija y emprendió viaje desde Londres. Es él quien llevará el cuerpo de Hamnet a enterrar. Después, su hogar se queda enfermo de pena, y Agnes y él mismo se transforman en otros. Él necesita volver a Londres y preparar con su compañía la nueva temporada. Las cosas le van muy bien y tiene planes de mejora para su familia. Ella no lo entiende pero da igual; él se va. La narración adquiere en las próximas páginas el ritmo cortante de episodios breves que perfilan el proceso de duelo vivido por Agnes y el creciente distanciamiento de su marido, quien sigue escribiendo cartas y viniendo de vez en cuando, y en el que percibe alguna vez el olor y las huellas de otras mujeres. Bartholomew ejecutará su encargo de comprar en su nombre una casa nueva y enorme, con un hermoso huerto, y a ella se trasladarán.

 El relato da un vuelco cuando llega a Stratford la noticia de que su marido ha estrenado una obra, esta vez una tragedia, de la que todo el mundo habla. Joan le muestra a Agnes el cartel: arriba del todo el nombre de su marido y en medio, como título, el de su hijo. Su estupor es inmenso y necesita con apremio comprender el sentido de lo que está ocurriendo. Acompañada por su hermano, marcha a Londres y acude a la representación. Llegamos así al final de la novela, tan perfecto como su principio. Agnes en primera fila contempla la escena en que el espectro del rey Hamlet narra a su hijo cómo murió y ella reconoce en esa fantasmal figura a su marido, igual que el muchacho rubio que interpreta al joven príncipe se parece de un modo asombroso a su hijo, a su niño ausente, pues se mueve como él, gesticula como él, es como él sería de haber seguido viviendo. Y entonces comprende el milagro obrado por su marido: “Mientras el fantasma habla, se da cuenta de que, al escribir esta obra, su marido se ha cambiado el sitio con su hijo. Ha cogido la muerte de su hijo y la ha hecho suya; se ha puesto él en las garras de la muerte y ha resucitado al hijo en su lugar. Ha convertido la muerte de su hijo en la suya propia. (…) Agnes comprende que ha hecho lo que habría deseado hacer cualquier padre, sufrir él para que no sufriera su hijo, ponerse en su lugar, ofrecerse a sí mismo a cambio para que el niño pudiera vivir.”

“Recuérdame” es la última palabra del espectro dirigida a su hijo, y la palabra con que concluye esta extraordinaria y hermosa novela. Se  sabe que Judith Shakespeare llegó a cumplir setenta años. Ahora, gracias al empeño de la autora irlandesa por explicar un silencio de siglos, sabemos también que su hermano Hamnet continúa vivo tras su dulce nombre, en una tragedia donde el amor y la memoria contenidos en la belleza y la emoción de las palabras vencen, una vez más, a la muerte y al olvido.

            


El antropoide, de Fernando Parra.


              El pasado 20 de diciembre concluimos el trimestre comentando El antropoide, de Fernando Parra, y contamos con la presencia del autor, circunstancia extraordinaria que no es la primera vez que se da en nuestro sofá y de la que siempre obtenemos un saldo positivo, pues es todo un lujo que quien ha escrito lo que hemos leído se preste con la mejor disposición a recibir nuestras impresiones y comentarios, y aclarar nuestra curiosidad y nuestras dudas.

            Fernando fue advertido al comienzo de la sesión de que en nuestro grupo prevalece la costumbre de la espontaneidad y la franqueza, ya que leemos de todo y por puro placer. No somos nada metódicos en la elección de títulos y autores, y contamos en nuestra historia con algunas obras (muy pocas) sobre las que nunca hemos llegado a hablar, por haber confiado en los que suelen leer más rápido y aconsejan una retirada a tiempo de la propuesta y un cambio de rumbo. No sabría decir qué criterio nos guía, pero sé que existe y que funciona, pues no ha habido una sola tertulia que no haya merecido la pena y hasta los libros que más nos han decepcionado han logrado esquivar la humillación de nuestro silencio. Nos gusta hablar tanto como leer; por eso, exiliados y todo, seguimos en pie.


            Con antelación a la tertulia formal solemos contrastar las impresiones iniciales que la obra nos está despertando, y debo decir que empecé a leerla antes de lo que acostumbro porque me intrigaba ese primer capítulo que tanto revuelo estaba causando. Así se lo expusimos al autor: nos parece que la novela no está presidida por un buen comienzo. La pedantería del personaje resulta tan antipática como la absoluta falta de delicadeza con que evoca con intención onanista a la chica del tren. No se lo dijimos enseguida, claro, antes le planteamos esa pregunta clave que seguramente le habrán formulado muchas veces: ¿de dónde sale la idea de esta novela?, ¿por qué este tema y por qué este tratamiento tan duro, tan sórdido y hasta hiriente? Y comenzada la explicación por parte del autor, todo resultó muy fácil. Fuimos dando voz a nuestras dudas y recibimos cuantas aclaraciones demandamos, sin abandonar en ningún momento el mismo tono franco y cordial. Y así supimos del inmenso trabajo de documentación que hubo de realizar para dotar de verosimilitud al descenso a los infiernos de la adicción al sexo desenfrenado y sin tabúes en que se embarca Eduardo, el protagonista; de su interés por un tema al que a través de internet tienen facilísimo acceso los adolescentes, con el riesgo evidente de que su educación sexual y sus primeras experiencias en este terreno se vean negativamente influidas por multitud de imágenes demasiado crudas, deshumanizadas y hasta violentas; de su propósito de indagar en el tema de la identidad y de la culpa, conceptos que, en mi opinión, sostienen con solidez el armazón de la novela.

            Destacamos como valores indiscutibles de El antropoide la fluidez con que la historia discurre en los capítulos centrales, salpicados de ironía y finísimo humor en escenas hilarantes como las relacionadas con la corrección de los anuncios clasificados en El pliego volandero, y apoyados en un estilo impecable y brillante, liberado en estas páginas de la afectación verbal que caracteriza al personaje y cuyo sentido quedó perfectamente explicado por el autor. Fernando Parra incidió, además, en la importancia que para él tiene como escritor el extrañamiento del lenguaje en tanto condición esencial del arte literario, y compartimos con él esa reivindicación del formalismo, a veces tan mal entendido y denostado. Sin embargo, la misteriosa naturaleza de las palabras, su insólito poder de situarnos con idéntica eficacia en los más sórdidos lodazales de la realidad y en sus paisajes más elevados y hermosos, convierten en delicadísima y sumamente difícil la tarea de maridar fondo y forma, expresión y contenido, como si de una melodía natural y espontánea se tratara, sin ninguna nota destemplada ni inoportuno chirrido. En esta novela “los lectores del sofá” hemos tropezado con algunas estridencias excesivamente cultas y con descripciones tan explícitas de la depravación a la que Eduardo se entrega que, como comentó alguien, podía percibirse el tacto pegajoso y el mal olor.

            La identidad y la culpa: Stevenson y Dostoievski. El autor mencionó su admiración por ambos autores (y otros, como Thomas Mann, por ejemplo) y su manera de abordar estos temas en sus obras. La referencia al primero es reiterada y el conflicto planteado en El antropoide se resume en una frase esencial de Cloe, la joven de la que Eduardo se enamora y a quien adjudica el papel de “salvadora” de su degeneración: “Y, sin embargo, él fue Jekyll todo el tiempo”. Aquí aparece formulada la idea clave de la obra, refrendada en su explicación por el autor. En el fondo, la peripecia de Eduardo supone una indagación valiente en las luces y las sombras de la condición humana, en la tentación contumaz de volver al abismo cuando logra escapar de él y en la necesidad de redención, aguijoneada por la culpa, a que lo aboca su depravada conducta. Cloe es, en efecto, la salvadora, y Virginia, la hermana de Eduardo, da voz a un planteamiento más abierto de las relaciones sexuales -aceptable desde el punto de vista moral, pues no está reñido con el amor ni implica deslealtad a la pareja- que intenta paliar el sufrimiento del protagonista y reconducirlo hacia una conducta que lo aleje de la autodestrucción. Es decir, de su hermana mayor recibe “el permiso” para vivir una sexualidad libre de convencionalismos  y, finalmente, la invitación a la sinceridad: “Tienes que contarle quién eres”. Si de verdad ama a Cloe, no puede omitir su sombra. En este punto se inicia el desenlace de la historia, que sorprendentemente convertirá lo leído en la novela que Esteban escribió para sincerarse con Camila y que pone en manos de su amigo Pablo, quien la concluye y edita, ya que Esteban padece una terrible enfermedad (la innombrable, repulsiva y maldita como lo fue la lepra), la cual, según el esquema moral subyacente en el conflicto identitario planteado por la obra, constituye, en mi opinión, el precio final, es decir, “el castigo”.

          


  Apenas abordamos, por falta de tiempo, otras cuestiones muy interesantes que el autor trata con humor y fina ironía, como los intereses comerciales del mundillo editorial, con frecuencia desentendidos de la calidad literaria, o los amiguismos y zancadillas propios del ámbito laboral. Sí recalamos en personajes secundarios, a los que él confesó conceder gran importancia, como el entrañable Paulino y su conmovedora situación personal; Guadalupe Hincapié, la dulce muchacha colombiana; o Rosario Peñafría, a quien dejamos en coma, en muy incierta situación…


            Comenzamos a hablar de El antropoide antes de celebrar la tertulia y continuamos haciéndolo después  -ya he dicho que en este grupo nos gusta tanto hablar como leer ̶ , con nuestras dudas ya aclaradas y, por tanto, con otra mirada más comprensiva hacia el libro a pesar de los coribantes frigios y similares rarezas, gracias al privilegio de haber podido conversar tranquilamente con el autor. Sospecho, además, que esta novela no será la última obra suya que leamos ni esta tertulia la última a la que lo invitemos, pues la experiencia ha resultado sumamente enriquecedora y muy grata. En nuestro sofá siempre habrá un sitio para él.

           

           



viernes, 29 de julio de 2022

Nuevo 2x1: La vida normal y Feliz final

 (de Dulce Maria Cardoso e Isaac Rosa, respectivamente)


Con las vacaciones de verano nos llegan las reseñas de la dos últimas tertulias, un impagable 2x1 que nos regala Josune para refrescarnos la memoria y el resto de nuestra acalorada anatomía. Gracias, como siempre, insigne cronista.


La vida normal, de Dulce Maria Cardoso (tertulia celebrada el 10 de mayo de 2022).


La vida normal nos descubrió a una autora interesante, Dulce Maria Cardoso, y nos trasladó a un país muy similar al nuestro. Lo pienso a menudo, que estamos muy cerca en todo, que casi somos lo mismo, habitantes de ese perfil peninsular que delimita y pone rostro a la vieja Europa, aquejados de un complejo de inferioridad difícil de superar y de un muy arraigado orgullo que aún no manejamos con suficiente eficacia.

La novela se lee con gusto, sin ninguna dificultad, de lo cual es en buena parte responsable su estilo, cuidado, dotado de fuerza, originalidad y lirismo, y que logra ensamblar perfectamente narración y diálogos aun en ausencia de verbo introductor y de guiones. El relato fluye entonado por una voz clara y potente que nos ofrece, a partir de una “vida normal”, la de Eliete, el retrato de tres generaciones: la suya, nacida en los primeros años sesenta, así como la de su madre y su abuela. Coincidimos en señalar, sin embargo, el modo un tanto sorprendente en que el personaje de la madre queda arrinconado, y lamentamos la escasa atención que se le concede.

 La narradora, una mujer de mediana edad, dedicada a su trabajo y a su familia, se ve en la tesitura de ocuparse de su abuela con demencia, primero acogiéndola en su casa e ingresándola en una residencia después. Este hecho inicia un exhaustivo recorrido por su memoria en una situación delicada para ella: siente que sus hijas, jóvenes e independientes, ya no la necesitan, y tampoco con su marido se encuentra en su mejor momento. Vive en un país aupado a la  modernidad con el amparo de la UE sobre los rescoldos de un pasado al que los jóvenes parecen ajenos y que ella evoca con ternura y melancolía.

Las relaciones familiares han incorporado el móvil y las redes sociales como un escenario en el que cada uno muestra o modifica con mayor o menor atrevimiento su identidad y como fuente de información para los demás que desplaza a la conversación directa. Son frecuentes las reflexiones de Eliete a propósito de lo que descubre en el Instagram de su hija menor, Inês, o en el Facebook de Jorge, su marido. Ella misma sucumbirá a la tentación de darse de alta en Tinder y lo hará precisamente en una noche muy especial, la de la victoria de Portugal sobre Francia en la final de la Eurocopa de 2016. En La vida normal los referentes históricos y sociológicos adquieren gran relevancia, y este acontecimiento deportivo es aprovechado por la autora como emblema de la revancha que una especie de azar justiciero acaba permitiendo a los que se consideran menos (pobres, corrientes, anodinos…). “Portugal es el campeón de Europa, hoy se ha hecho historia”, exclamaban los comentaristas, y para los emocionados televidentes “Portugal ya no era un país pequeño”. Qué fácil me resulta trasladarme al sentimiento compartido por millones de españoles cuando se celebraron las Olimpiadas del 92 (se cumplen ahora treinta años) o tras la victoria de la selección de fútbol en el Mundial de 2010… Lo he afirmado al principio: qué parecidas son nuestras tribus (si es que no son la misma, insisto). Y en el fondo de la euforia triunfal, Eliete afirma: “Me sentí sola, inhumanamente sola. Ya no era por no poder sintonizar con los demás (…), sino por estar sola en casa cuando todo el mundo estaba festejando en la calle, eso era un hecho.”

A partir de ahí la narradora emprende la aventura de convertirse en Mónica (“Mónica no era yo, pero tampoco podía decir que fuese mi contrario.”) y frecuenta Tinder como un juego cada vez más adictivo. Hubo contraste de pareceres en la tertulia sobre la verosimilitud de esta parte de la novela, no tanto por los hechos en sí como por la credibilidad que dábamos a esas experiencias en Eliete. Es decir, el comportamiento de Mónica es perfectamente posible, lo que resulta, en mi opinión, más que dudoso es el cambio operado en Eliete. La descripción detallada de cómo se entablan esas relaciones, las reflexiones sobre la infidelidad, el engaño o la culpa se aproximan en este tramo del relato a una crónica más sociológica que particular. Los perfiles de Eliete, nítidos al principio, se difuminan para darle realce a lo generacional, donde caben conductas, reivindicaciones y cuestionamientos de lo más diverso y contradictorio. Próximo el final, su historia con Duarte resulta algo más coherente, pero aún nos aguarda la última sorpresa, la revelación, Sagrado Corazón mediante, del vínculo de la protagonista con Salazar, mencionado en las primeras líneas de la novela.


A casi todos nos sorprendió este desenlace, que convierte al pintoresco personaje del abuelo saltimbanqui en mera invención. Varios juzgamos forzada e innecesaria esta pirueta argumental, explicada por otro contertulio en el contexto simbólico que cabe adjudicarle a la novela: el dictador trasciende su paternidad concreta y se erige en patriarca de todo un país y de un modo de ser y estar en el mundo, y los portugueses de hoy no acaban de saber sacudirse del todo su legado. Desde esta lectura el desenlace adquiere otro sentido que ya había sido apuntado en la obra y cierra el círculo insinuado un tanto misteriosamente en las primeras líneas de la novela: “Yo soy yo y Salazar que se joda. Un dictador gobierna Portugal durante casi medio siglo, y casi otro medio pasa desde su muerte hasta que aparece en mi vida.”

Novela recomendable, en definitiva, de grata lectura, más meritoria en su tono evocador de un pasado en el que, pese a todo, se asienta la auténtica identidad de una “vida normal” del Portugal de nuestros días, que en su faceta de crónica de una modernidad social incierta y cuestionada.


Feliz final, de Isaac Rosa (tertulia del 28 de junio de 2022).


        Concluimos este curso comentando Feliz final, de Isaac Rosa, con una interesantísima tertulia en la que hubo contraste de pareceres, interpretaciones varias, sentido del humor y algo que se da con frecuencia en nuestro sofá: intervenciones que muestran la identificación entre lo leído y lo vivido, mediante la expresión de sentimientos provocados por una ficción construida como un buen simulacro de realidad. De las muchas razones por las que quienes somos lectores seguimos leyendo y difícilmente dejaremos de hacerlo, me parece esencial la que a mi juicio mejor explica esta experiencia y es la necesidad imperiosa de saber que no estamos solos y el sorprendente regalo de, además de saberlo, poder sentirlo. La buena literatura nos recuerda una y otra vez que nunca seremos los únicos destinatarios de un sufrimiento grande o una dicha inmensa. La buena literatura atestigua una y otra vez que eso tan tremendo o tan maravilloso le ha sucedido a alguien más.

            Por encima de las diferentes valoraciones vertidas en nuestro diálogo sobre la obra de Isaac Rosa, todas cabales y bien fundadas, creo que hubo acuerdo en describir Feliz final como una novela sobre el tema del amor y la pareja, en este caso narrada desde la ruptura hasta el comienzo de la relación (de ahí el título), pasando por el desgaste, la decepción, la culpa, los mutuos reproches, el sufrimiento causado al otro, la infidelidad, los cambios acarreados por el ejercicio de la paternidad, sin olvidar la pasión, el deseo y el sexo, y la voluntad de durar (“Nosotros íbamos a envejecer juntos”). El autor no se deja fuera nada relacionado con la experiencia de la vida en pareja.


Alguien la calificó, pienso que con gran acierto, como “una historia tristísima”, pues emociones y sentimientos negativos son mostrados con absoluta crudeza, y contrastan amargamente con la convicción inicial de los amantes de que pasarían la vida juntos. Es también la crónica de un doloroso fracaso construida de un modo muy original: se apoya en la alternancia del discurso interior de los protagonistas escenificando un diálogo imposible en el que cada uno expone su particular versión de las situaciones y hechos mencionados, con frecuencia a modo de réplica a lo afirmado antes por el otro. El engranaje estructural se capta de inmediato, por lo que en principio parece innecesario el cambio de letra para identificar con claridad a cada uno, hasta llegar a un punto en que se  advierte lo erróneo de esta apreciación. Me estoy refiriendo a esas páginas, divididas en dos columnas, cuya lectura requiere esfuerzo añadido y se apoya en la guía de la variación tipográfica, y, ya próximo el final de la novela, es decir, llegado el momento del comienzo feliz y prometedor, el cambio de letra resulta imprescindible para distinguir las dos voces, fusionadas en el mismo párrafo como lo están los apasionados amantes en una voluntad de unión dichosa y duradera. Lo señalé en la tertulia e insisto en ello ahora: creo que la original forma de composición del relato constituye un valor fundamental y le permite al autor encarnar en dos seres humanos concretos y muy creíbles la fascinante complejidad de la vida de una pareja actual.

Al final del libro Isaac Rosa da las gracias entre otros “a quienes compartieron conmigo sus experiencias, inquietudes y reflexiones amorosas”, y reconoce de manera explícita que en su novela “resuenan ideas” de una larga lista de autores, lo cual demuestra su propósito de construir una historia anclada en la realidad. No obstante, hubo en la tertulia quienes expresaron su decepción ante la superficialidad de los personajes frente al amor, y calificaron algunas de sus reacciones como más propias de una serie televisiva de última hornada que de la vida misma. Así que la conversación que


mantuvimos resultó tan interesante o más que la propia novela y nos llevó a repasar algunos de los lugares comunes que parece imposible evitar cuando reflexionamos sobre las parejas, como por ejemplo el  diferente modo de afrontar la crianza de los hijos, la gran repercusión de los problemas laborales y económicos en la armonía conyugal (muy bueno el detalle de la gráfica), la tendencia masculina a no consumar una ruptura sin tener preparado “el recambio”, el egoísmo de uno de los miembros de la pareja con la consiguiente soledad del otro al asumir las obligaciones impuestas por el cuidado de los niños, el sufrimiento de estos a causa de la separación…

Creo que nos referimos si no a todo, a casi todo lo que puede suscitar una obra que aborde este tema y, al margen de la variedad de nuestras apreciaciones y de la estimación recibida por la novela, me parece justo reconocerle el mérito de haber clausurado con un Feliz final el presente curso tertuliano.

¡Buenas vacaciones a todos! Volvemos a vernos a principios del otoño…




Como cada final de temporada, hicimos en la última reunión una votación para determinar cuál nos había parecido la mejor obra que habíamos leído este curso y cuál la mejor tertulia, que no tienen por qué coincidir (de hecho, nunca han coincidido). Como ganadoras quedaron Llévame a casa, de Jesús Carrasco como mejor novela, y El adversario, de Emmanuel Carrère como mejor tertulia. 


martes, 26 de abril de 2022

Doble reseña: El adversario y Punto de cruz

 (de Emmanuel Carrère y Jazmina Barrera, respectivamente)

Tenemos una vez más la suerte de contar con una increíble oferta de 2x1, dos reseñas en una misma entrada. Josune nos resume y comenta lo que se habló en  las dos últimas tertulias, la de El adversario, de Emmanuel Carrère, allá por febrero, y la de Punto de cruz, de Jazmina Barrera, a finales de marzo. Gracias, como siempre, por tu certera e inspirada pluma, Josune.


EL ADVERSARIO (Tertulia del 8 de febrero de 2022)

El pasado 8 de febrero comentamos El adversario, de Emmanuel Carrère, una obra que no dejó a nadie indiferente y que se lee sin dificultad debido a la naturaleza periodística de la narración, esencialmente escueta y descriptiva. Se centra en el caso de Jean-Claude Romand, quien durante dieciocho años se hizo pasar por un médico empleado en la OMS sin ser, en realidad, ni lo uno ni lo otro. Cuando, por asuntos de dinero, están a punto de descubrir su larga farsa, mata a su mujer e hijos y a sus padres. Los crímenes ocurrieron el 9 de enero de 1993.

El relato contiene el deseo de comprender por qué un ser humano es capaz de vivir en una mentira durante tanto tiempo. El asesinato de su familia, siendo una terrible atrocidad, creo que no es lo que más perturba, pues lamentablemente sucesos de esta índole han ocurrido siempre y con frecuencia se explican desde un arrebato de locura o enajenación mental. En el caso de Romand, es esa existencia previa, sostenida en la falsedad de forma calculada, lo que causa mayor estupor e intriga. Carrère refiere el interrogatorio en el juicio de modo que él mismo y, por tanto, los lectores, intentemos hacernos con la clave de la personalidad de este individuo, con aquello que pueda ayudar a entender su estremecedora historia. En mi opinión, el valor literario de la obra recae precisamente en ese recorrido realizado en una doble vía: por un lado, la biografía de Romand; por otro, la mirada de Carrère sobre la misma, a la que se asoma con profundo respeto y que desencadena en él sentimientos encontrados que van desde la curiosidad profesional hasta la repulsión y la vergüenza por haberse detenido a relatar un caso semejante. De hecho, los asesinatos perpetrados por el falso médico producen un efecto devastador en su círculo social, en el que cabe destacar a su mejor amigo, Luc, cuya hija, Sophie, ahijada de Jean-Claude, había dormido en su casa la noche anterior a la tragedia. Me parece que las emociones de Luc reflejan muy bien  la angustia causada por la sinrazón y el dolor de quien no puede aceptar que el amigo más querido fuera en realidad “la muerte personificada”.

La parte más interesante de nuestra tertulia la constituyó el contraste de pareceres sobre qué tipo de persona es Romand. Para unos, un hombre seriamente perturbado; para otros, un tipo normal, experto mentiroso, a quien la situación se le va de las manos. Explicar desde lo patológico los actos humanos más execrables no deja de ser un alivio: la enfermedad nos visita sin haber sido invitada y, si asedia nuestra psique, las consecuencias pueden ser devastadoras para nosotros y, peor aún, para los demás. “Se le fue la cabeza”, “se trastornó”, “se volvió loco”… La tragedia queda aclarada.

La otra opción resulta, sin duda, mucho más inquietante: no hablamos de un loco sino de un mentiroso, y mentir constituye una acción muy frecuente. Por un motivo u otro, todos mentimos. La militancia en la sinceridad como opción básica vital no nos va a librar de tener que fingir alguna vez, por más que nos duela. Varios tertulianos atestiguaron casos de engaños notables mantenidos mucho tiempo, alguno de ellos con la connivencia silenciosa de quienes conocían la verdad y nunca osaron hacerla valer ante el farsante. De todas las metáforas que los grandes creadores han utilizado para indagar a fondo en la realidad, la del mundo como Gran Teatro siempre me ha parecido una de las más sugerentes y atinadas, pues nos convierte a todos en participantes de una interminable representación en la que vamos conociendo las diversas posiciones, pasando por la observación pasiva, el aplauso entusiasta y la admiración o el rechazo más visceral hacia el otro, el protagonismo, deseado o impuesto, y la penumbra de los figurantes anodinos, tan cómoda como insignificante. Las circunstancias condicionan nuestros movimientos en armonía o en pugna con nuestra voluntad, y así vamos tejiendo el relato de la existencia con la enmarañada madeja de  realidad y ficción.

Reconocí en la tertulia mi desconcierto y sigo manteniendo que no sé qué pensar, pero me inclino más por la explicación del profundo desequilibrio que caracteriza a Jean-Claude Romand a lo largo de su vida y que radica en su ausencia de identidad, en la carencia de un ego que delimite su personalidad. Se trata de un individuo amable, correctamente gris, que no despierta grandes simpatías ni aversiones. Un hijo único de padres extremadamente normativos y exigentes que se inventa a sí mismo en función de satisfacer las expectativas de los demás. Creo que este es el rasgo esencial apuntado por el autor y que Romand va descubriendo tal como revelan las cartas del final dirigidas a Carrère: “Me parece también que esa imposibilidad que usted tiene de decir «yo» a propósito de mí procede en parte de mi propia dificultad de decir «yo» respecto a mí mismo.”

Por último, hablamos sobre la compasión, sentimiento presente en el relato en su sentido más puro y cordial. La experimenta el propio Carrère y esos extraordinarios “visitadores”, Marie-France y Bernard, cuya actitud resulta impactante, en tanto renuncian a juzgar a Romand, asumen su historia y su situación, lo acompañan y lo quieren. Su conducta aparece muy relacionada con su condición de creyentes, de fervientes católicos, algo que también caracteriza a Romand y a su círculo de amigos y que no resultaría raro que compartiera con ellos el autor, al menos en la época en que escribió el libro. En cualquier caso, confesión religiosa mediante o no, es de agradecer el protagonismo que adquiere la compasión en la recta final de una historia tan desgraciada, una de esas historias que confirman la supremacía de la realidad sobre la ficción en sus posibilidades más terrribles.

 

PUNTO DE CRUZ (Tertulia: 29 de marzo de 2022) 

 

La agilidad del estilo y ciertos destellos estéticos y emotivos en el tratamiento de la amistad y en el recuerdo de la adolescencia por parte de la narradora no logran evitar que se trate de una novela fallida. El sugerente título que la presenta e incluso las primeras páginas hacen pensar en una composición de doble tejido, literario y bordado; sin embargo, enseguida flaquean las expectativas generadas y nos vamos adentrando en un relato inarmónico que adolece de falta de una mínima estructura que pueda sostenerlo sin que las alusiones frecuentemente eruditas a la historia del bordado no resulten mayormente injustificadas.

            Las protagonistas son Mila (la narradora), Dalia y Citlali, tres amigas. Desata los recuerdos la noticia de la muerte, tal vez suicidio, de Citlali, que parece la más herida y desorientada de ellas. No se dan referentes fijos en el tratamiento del tiempo: presente y pasado se combinan de manera caprichosa, igual que la selección de peripecias evocadas. Su afición a la labor es uno de los vínculos que unen a las tres muchachas. A propósito de esto, intercambiamos opiniones sobre la verosimilitud de llevar a cuestas el equipo de bordado y sacarlo en ratos de descanso en medio de sus viajes, entre los cuales destaca el que realizaron por Europa. Sus primeros amores, sus rencillas y desencuentros, su participación en campañas veraniegas alfabetizadoras, su paso por la universidad, sus lecturas…, constituyen el recorrido posiblemente autobiográfico en el que reconocimos episodios emotivos, recreados con ternura y delicadeza, en medio de otros muchos bastante triviales.

Como en este grupo poseemos la habilidad de obtener el máximo provecho de cuanto vamos leyendo, el coloquio que mantuvimos sobre el bordado como tradición femenina en muchas culturas fue de lo más interesante; en mi opinión, bastante más que el libro. Hay quien reconoció su afición por esta actividad que vive ahora un momento dulce, coincidiendo con la reivindicación  de todo lo femenino, aunque al fin libre de prejuicios a menudo despectivos. Comentamos la costumbre popular española de reunirse un grupo de mujeres, en casa en invierno o en verano en la calle, a la fresca, para charlar y coser, bordar o hacer punto, hermanadas en un entretenimiento artesano, productivo y hermoso. Esa idea de la unión aparece también formulada en esta obra: “(…) Dalia sí que sabía estar sola. Leía y bordaba, y esas eran sus formas de estar a solas. Aunque luego pensé en nuestras lecturas platicadas y compartidas, y en nuestras sesiones de bordado juntas, y pensé que incluso cuando lo hacíamos a solas esa complicidad nos acompañaba. Eran nuestras formas de estar solas en compañía.”


Y para concluir, volvamos al título y a lo que la técnica del punto de cruz representa para Citlali: “(…) son figuras, cruces que parecen individuales pero que en realidad son una cadena y un solo hilo. La misma cosa.” El afán de fundir tejido de hilos y escritura constituye un bello propósito que, a nuestro juicio, la autora no ha logrado en esta obra, pese a lo cual platicamos un buen rato y tan a gusto.

(Por cierto, olvidé comentar en la tertulia que ha sido el aniversario de nuestro sofá: el día 22 de marzo… ¡16 años! ¡Felicidades a todos y que cumplamos muchos más!)

 

domingo, 9 de enero de 2022

Llévame a casa

 (de Jesús Carrasco)

En estos días de repunte pandémico, de virus que recorren sin tregua el alfabeto griego y de vuelta al cole a regañadientes, la reseña de Josune nos mitiga los rigores del invierno, recordándonos esos momentos de agradable conversación literaria que vivimos de vez en cuando, oasis de literatura en estos páramos en que nos toca vivir. Gracias, como siempre, por tus palabras.


En 2016 leímos Intemperie, la primera obra de Jesús Carrasco, inolvidable y estremecedora por su crudeza. El pasado 16 de noviembre nos reunimos para comentar su tercera novela, Llévame a casa, que lo confirma como un excelente escritor y que provocó una tertulia intensa, de esas que acreditan la capacidad de la buena literatura de remover nuestras más íntimas preocupaciones.

De nuevo la familia. Juan regresa desde Edimburgo, donde vive, para asistir al entierro de su padre. Sus planes de rápido retorno a su vida independiente se verán truncados por la inesperada noticia que recibe de su cuñado (“Tu madre tiene alzhéimer”) y de su hermana: en esta ocasión ella no puede hacerse cargo, pues va a trasladarse con su marido y sus hijos a Estados Unidos para llevar adelante un proyecto profesional que supone la gran oportunidad para su empresa. El asunto central es, por tanto, la respuesta de los hijos ante la necesidad de cuidado que demandan los padres; en este caso, la madre. Se trata de un tema delicado a partir del cual el autor construye una novela sobre un núcleo familiar en el que muchos de nosotros podemos vernos reflejados: padres humildes y trabajadores, crecidos en el esfuerzo y la pobreza de la posguerra, volcados en ofrecerles un futuro mejor a sus hijos, estos con estudios superiores e instalados lejos de su lugar de origen.

Uno de los indiscutibles valores de esta obra es el modo en que los hechos nos van ofreciendo el perfil psicológico de los personajes, es decir, los vamos conociendo por sus acciones. Poco a poco el narrador se asomará al pasado para explicar el presente en que los encontramos. Un solo párrafo constituye el brevísimo primer capítulo y en él está esbozado el conflicto sobre el que se asienta la historia: Juan Álvarez no ha estado junto a su padre la noche en que murió por no haber considerado urgentes los avisos enviados por su hermana Isabel. La tendencia de Juan a escabullirse y a refugiarse en su mundo y la de Isabel a actuar con resolución en los diversos ámbitos de su vida se manifiestan en estas primeras líneas, y afloran de manera evidente en la conversación mantenida por ambos tras el entierro del padre, casi a mitad de la novela. No se ahorran uno a otro ningún reproche e Isabel le presenta la situación a su hermano con absoluta claridad. También queda patente que ella se hartó de mandarle noticias sobre el estado de su padre y que se ahorró la última y definitiva  ̶ la que a él le habría hecho acudir de inmediato ̶  por temor a que en esa ocasión tampoco respondiera: «Lo siento, Juan. Me equivoqué. No quería arriesgarme a que me decepcionaras una vez más. No esta vez. Si, aun siendo clara, no hubieras cogido el primer vuelo, te habría perdido para siempre.»

Isabel ha tomado la decisión de irse con su familia a Estados Unidos durante un año: «Yo vendré dos o tres veces a España, puede que más, pero el día a día te lo vas a comer tú solo.» Así de clarito se lo dice a Juan; él, menos locuaz, sí sabe reconocer la verdad al menos ante sí mismo: «No estoy allí labrándome un brillante futuro profesional ni forrándome merecidamente como parece que estáis haciendo vosotros. Estaba apurando las últimas horas de libertad porque sabía que esto llegaría en algún momento. Y también sabía, o mis células sabían y yo no quería enterarme muy bien, que ahí estabas tú. Y sí, me he aprovechado de ti.»

En el siguiente capítulo comienza el proceso de Juan: su postergación inicial y su renuncia posterior a la vida independiente que llevaba en Escocia y la asunción de responsabilidades en el cuidado de su madre, lo cual lleva implícito afrontar también la situación precaria de la empresa de su padre. Esto es, vuelve al lugar del que necesitó salir, y vuelve para poner orden a su alrededor y en sí mismo, para cerrar sus propias heridas y acabar de crecer. Recupera los viejos afectos, el de su amigo Fermín, cuya franqueza le hace reaccionar («Te  quejas de que a estas horas estás aquí, pasando calor, en lugar de allí, removiendo estiércol. Tú eres gilipollas.»), o el de Germán, el fiel trabajador de la fábrica de puertas, que siempre lo trató como a un hijo. Descubre enseguida el rastro de la diligencia de Isabel en la nevera llena de comida (incluido el flan de huevo, que a él tanto le gusta) y, prendida de un imán en la puerta, en la nota con los datos relativos a la próxima cita médica de su madre y la indicación de dónde se encuentran sus papeles.

Resulta magistral el realismo con que el autor describe las nuevas obligaciones de Juan, su incomodidad, su irritación ante las dificultades que van surgiendo, a la vez que su empeño en hacer las cosas bien, en ocuparse de su madre como es debido, un proceso que le va a dispensar también inesperados regalos: las confidencias de la mujer, sentada a su lado en el viejo cuatro latas milagrosamente recuperado por Fermín, o el afecto sincero con que la tratan el cardiólogo y su amable enfermera. Juan va descubriendo la anchura de
la existencia de sus padres, poblada de acontecimientos y de personas ajenas al núcleo familiar. Va reconstruyendo un pasado menos amargo y más hermoso que el de sus recuerdos, en el que sus padres eran jóvenes y se amaban, y su hermana y él eran niños, y jugaban y disfrutaban con lo que tenían, en aquellos años de austeridad y grisura, afeados por la confortable existencia de las rutilantes familias protagonistas de las series televisivas americanas que alimentaban los sueños de toda una generación de españoles.

Cuando Isabel viene a pasar unos días en Navidad, Juan ya no está enfadado por la situación sobrevenida, y la anima sinceramente a permanecer en América más tiempo si eso le conviene. Sin embargo, ella está decidida a volver al cumplirse un año, el plazo imprescindible para encauzar allí su empresa. Volverá para asumir, como está haciendo él ahora, su responsabilidad en la atención a su madre, cuyo deterioro irá avanzando de manera inevitable.

Dos elementos provocaron un contraste de opiniones en la tertulia: el final, que no agradó a todos, y la impresión de algunos de que el autor defiende explícitamente que los hijos tenemos la obligación de cuidar a nuestros padres. A mí sí me gustó el final, aunque admito que contiene un valor metafórico, poético, que sorprende por su contraste con el realismo predominante en la narración. A este respecto destacamos la habilidad de Jesús Carrasco para ambientar al lector en el medio rural interior, castellano o manchego, a través de un estilo valioso en sí mismo y que resulta una verdadera delicia. En cuanto al asunto central del que parte la novela, no interpreto que se nos plantee el cuidado personal de los padres como un deber, ni como la única salida frente a la cual otras son consideradas peores; sin embargo, sí percibo con claridad la idea de que acompañarlos en su enfermedad abocada al final puede ser para algunos hijos la opción más conveniente, con todo lo que ello implica.

Me explico. Si de algo hemos conversado en nuestro sofá ha sido de la familia, y creo que lo seguiremos haciendo. Algunos de nuestros momentos más intensos e inolvidables se han producido precisamente en esas tertulias, lo cual no es de extrañar, pues todos pertenecemos a una familia y resulta fácil, si la obra leída es buena, que algo de lo planteado en ella resuene en nuestro interior. Y ahí viene el debate, el intercambio de pareceres, incluso cierto enfado cuando sentimos que el autor ha tomado partido por una postura que puede no ser la nuestra. Creo que Jesús Carrasco no está defendiendo en su novela que el modo de actuar de Isabel y Juan con su madre enferma de alzhéimer sea el mejor o el único posible para cualquiera, sino que es el mejor y el más necesario para ellos. Isabel recupera a su hermano exigiéndole una implicación que ella durante un año no puede mantener porque ha decidido apostar por un buen proyecto personal y familiar. Actúa como una mujer adulta, libre y responsable, consciente de las consecuencias que su posición acarreará en Juan. Y finalmente, él acepta la tarea porque sabe que debe, puede y quiere hacerlo. Estoy convencida de que todas las otras opciones posibles para afrontar la situación de enfermedad y necesidad de cuidados que exigen más pronto o más tarde los padres no son censuradas ni desestimadas por el autor, pero si aquí no se ponen en práctica es porque estos hijos pueden
y, lo más importante, quieren aceptar esa carga. Tal decisión no los hace mejores ni peores que ninguno de nosotros ante nuestras determinaciones ya pasadas o futuras en un contexto similar. Son Juan e Isabel, los hijos de sus padres, quienes vuelven junto a su madre para llevarla, en el umbral de su desmemoria, a su casa, a los rincones más antiguos y queridos, al lugar donde dio sus primeros pasos, antes de que el sol deje de lucir en el valle y ella se aleje en la tarde.

                                                                                              

 

domingo, 14 de noviembre de 2021

Lluvia fina

 (de Luis Landero).


En estos días en que el frío empieza a asomar por nuestras tierras, la voz de nuestra simpar Josune nos arropa con su cálida reseña de lo que se habló en la tertulia  sobre Lluvia fina, de Luis Landero. Como siempre, gracias por tus acertadas e inspiradas palabras.



          El pasado 19 de octubre, martes, iniciamos el presente curso tertuliano comentando Lluvia fina, la última novela de Luis Landero, uno de nuestros autores más admirados. No hubo unanimidad en su valoración, aunque sí acuerdo en que no se trata de su mejor obra. Sin duda, a nadie dejó indiferente, y creo que provocó un jugoso coloquio.

          La narración atrapa fácilmente y crea de inmediato la expectación causada por el planteamiento inicial: a Gabriel se le ha ocurrido celebrar con una comida familiar el ochenta cumpleaños de su madre. Aurora, su mujer, la confidente de todos, no está convencida de que esa sea una buena idea e intenta disuadirlo. En capítulos predominantemente breves se despliegan las conversaciones telefónicas desencadenadas por la propuesta de Gabriel, así como el relato de una historia a la que cada cual aporta su particular perspectiva. La paciente y dulce Aurora custodia los secretos de los tres hermanos y conoce de sobra el enconado rencor que sus cuñadas, Sonia y Andrea, sienten hacia su madre, a quien responsabilizan de sus desdichas y frustraciones, así como el permanente reproche que dirigen a Gabriel, el benjamín, al que consideran, quizá por ello, el más mimado y su preferido.

          Ante el lector va surgiendo un núcleo familiar dañado por la temprana muerte del padre  ̶ soñador, fabulador, el gran rey de la infancia de sus hijos ̶  y por las decisiones adoptadas después por la madre  ̶ seca, rígida, autoritaria, amiga de la austeridad y, en su condición de viuda, preocupada por el sustento familiar-.  Las brillantísimas destrezas narratorias de Landero comparecen en todo su esplendor en la primera parte de la novela para iluminar la infancia de tres niños que imaginan el mundo con el colorido y la emoción de las aventuras del “Gran Pentapolín”, antepasado suyo, inmortalizado en un retrato que, desaparecido el padre, la madre rasgó en pedazos y arrojó a la basura. El relato se ensombrece a partir de la muerte del padre, lo cual resulta comprensible: con frecuencia un acontecimiento de esta índole clausura la infancia, o la sacude de tal modo que los niños quedan confundidos en un espacio incierto, condenados a la nostalgia perpetua de un paraíso que les fue arrebatado de manera inesperada y cruel.

          Algo de eso hay aquí, desde luego. Y también en principio resulta comprensible, e incluso admirable, la determinación con que la madre toma las riendas de la economía familiar, agarrada a su maletín de practicante y callista: La época legendaria y ociosa del padre había sido abolida, y ahora todo lo presidía el espíritu de la laboriosidad y del provecho. (p. 45). Es bastante frecuente que entre los progenitores no haya un reparto consensuado de papeles, y cuando el binomio lo componen los sueños y la realidad, quien carga con esta última suele cargar también con la implacable censura de los hijos. Tal impresión es la que de entrada puede obtenerse del lamento entonado por Sonia y Andrea al evocar aquel tiempo oscuro en que su madre cubrió el final de su niñez y su adolescencia de pensamientos sombríos, de desconfianza y de miedo.

No obstante, lo que inicialmente parece aceptable deja de serlo cuando entra en escena el siniestro Horacio, repulsivo a los ojos de Sonia, lanzada por su madre a sus brazos cuando solo era una niña. Este personaje causa inquietud desde el principio y las páginas en que se detallan sus aberraciones hieren por su descarnada sordidez y su violencia. Comentamos cuánto desentona este tramo narrativo en el universo ficcional a que nos tiene habituados Landero, y cuestionamos también su verosimilitud. Nos pareció muy poco creíble que semejantes acontecimientos se produzcan en el seno de una familia media que habita  en el Madrid de los años ochenta.

          La novela avanza sobre un creciente presentimiento de que algo trágico acabará ocurriendo si finalmente se celebra la reunión familiar. Concluida la narración de Sonia sobre su espeluznante relación con Horacio, cabe esperar un desenlace amargo, funesto, un peligroso estallido del rencor acumulado a lo largo del tiempo. Sin embargo, a la mayoría de nosotros el final nos sorprendió y, si intentamos comprenderlo e interpretar su sentido, resulta aciago y profundamente injusto.

          Somos nuestras palabras y con ellas construimos un relato que nos explica. Con las palabras, capaces de contener lo intangible, lo informe, hallamos siempre una insospechada salida, pues amansamos el sufrimiento, nuestra miseria y nuestras desventuras cuando los verbalizamos. Pero no sirve hablar a solas. Necesitamos quien nos escuche, un testigo silencioso que no se espante de lo que decimos, que no se duela tanto como nosotros, que permanezca ahí, a nuestro lado, asintiendo, respirando, sin más. Nada parece tan terrible cuando se vierte en el torrente desenfrenado de nuestra voz.


Sonia, Andrea y Gabriel lo saben bien. Esta novela poblada por personajes lastimados se sostiene en la escucha paciente y comprensiva que a todos les dispensa Aurora: (…) todos acaban contándole sus pequeñas alegrías, sus logros, sus tropiezos, y finalmente sus grandes infortunios. (p. 13). Todos descargan en Aurora, sin recato ni consideración. Ella, en cambio, atenta y perpleja en su mutismo, no reclama su derecho a contar  a alguien su propia historia, a mitigar su decepción y la soledad en que vive junto a Gabriel, al que tiene la sensación de no acabar de conocer de verdad, un supuesto filósofo de voluntad débil y enfermo de aburrimiento, incapaz de culminar ninguno de sus prometedores proyectos ni de reaccionar ante la enfermedad de Alicia, su hija.

Todos se confían a Aurora y tal vez por eso sobreviven. Ella, en cambio, no halla mejor salida que avanzar con decisión hacia la otra orilla de sus días, donde la espera el silencio inmortal.

 


martes, 31 de agosto de 2021

Otro 2x1: Fin de temporada y La hija única

 (de Ignacio Martínez de Pisón y Guadalupe Nettel, respectivamente).


Como un soplo de brisa fresca que nos alivia los rigores de este agosto que se nos va, nuevamente nuestra Josune nos susurra al oído con su refrescante prosa las reseñas de las dos últimas tertulias (Fin de temporada, de Ignacio Martínez de Pisón, y La hija única, de Guadalupe Nettel). Gracias por ayudarnos a sobrellevar lo que se nos viene encima a partir de mañana. Las penas, con literatura, son menos. 


FIN DE TEMPORADA

Creo que Ignacio Martínez de Pisón encabeza la lista de autores más leídos en nuestro sofá. Fin de temporada es la tercera obra suya que comentamos y la primera que nos ha decepcionado. Se trata de una novela fallida en la que, no obstante, hallamos algunos valores característicos de la narrativa del escritor zaragozano como son, por ejemplo, un brillante comienzo y un esbozo estructural acertadamente planteado, una trama bien llevada que se sigue con interés, una perfecta descripción de los lugares en los que se desarrolla la historia, y, por supuesto, un estilo impecable, cuidado y nada dificultoso. Ventajas de los buenos: su propia calidad amortigua sus errores y los salva de un desastre mayor. No obstante, los lectores podemos cometer la osadía de señalar qué sobra o qué falta en una obra que sin duda pudo ser bastante mejor.

            En los últimos años han pasado por mis manos varias novelas, todas de excelentes autores, que compartían un injustificado exceso de páginas. No me parece este un defecto menor. La extensión narrativa constituye un rasgo estrechamente relacionado con la intensidad, esa cualidad inherente a la mejor literatura. Las páginas sobrantes se convierten en habitaciones vacías que recorremos con escasa o nula atención mientras habitamos esa ficción mal medida. Pues bien, al concluir Fin de temporada mi impresión fue exactamente la contraria: echaba de menos un detenimiento mucho mayor en algunos momentos. Sirvan de muestra el recorrido de Iván por los lugares en los que ha vivido (el encuentro casual con Yolanda resulta del todo inverosímil) y la visita del propio Iván con su madre a la familia de esta, en la que tiene lugar una conversación tan melodramática que raya en lo ridículo (la mantenida por Rosa con su madre y su hermana).

            Ignacio Martínez de Pisón es un verdadero maestro en la construcción de universos familiares. El constituido por Rosa, Mabel e Iván resulta de lo más sólido y sugerente. Insisto en que la novela comienza muy bien, con ese salto temporal entre el prólogo y el primer capítulo: un accidente de coche

acabó con la vida de Juan e hizo que Rosa, en lugar de abortar, decidiera tener ese hijo, aunque lejos de su ciudad. Lo tuvo con la ayuda de su amiga Yolanda y se convirtió en una madre soltera itinerante hasta que conoció a Mabel, con quien se embarcó en el negocio de un camping en la Costa Dorada. El relato empieza a tambalearse cuando Iván decide ir en busca de sus orígenes y posteriormente se instala en Toulouse, donde parece enderezar su vida junto a Céline. Su partida y su prolongado silencio desencadenan una profunda crisis en Rosa. En mi opinión, es aquí donde la novela se quiebra definitivamente y ya no se levanta. Iván regresa al camping, animado por la propia Céline, quien ha mantenido contacto con Mabel y le comunica que su madre no está bien.

            No resulta fácil resumir el proceso de Rosa: el relato de Mabel a Iván dibuja un comportamiento propio de una persona profundamente desequilibrada, pero algunos aspectos quedan confusos: no llegamos a saber si Rosa quedó embarazada y el embarazo se malogró, o es eso lo que persigue y se desquicia al no conseguirlo (parece que intentó llevarse un bebé…); después Mabel la ingresa en un centro de salud mental. Por otro lado, el asunto de las cartas que Rosa escribe a personalidades importantes también desconcierta. Incluso podría reflejar una intención un tanto humorística por parte del autor; de lo contrario, ¿qué representan?, ¿qué tipo de trastorno afecta a Rosa para comportarse así?

            He mencionado antes una de las más destacadas destrezas de Martínez de Pisón: la impecable descripción de espacios y ambientes, precedida sin duda por un exhaustivo trabajo documental. Los lugares son mostrados en la narración con sumo detalle: la costa tarraconense donde se halla el camping, Plasencia, Toulouse…, igual que la central nuclear y su proceso de desmantelamiento. Asimismo, el huerto de Mabel con su proyecto de cultivar y vender flores de calabacín aparece perfectamente descrito y logra captar la atención del lector. Se diría que el autor es capaz de trasladar a la ficción fragmentos de realidad palpable de lo más variada sin disimular el interés que a él le despertaron y que sabe contagiar al lector. Sin embargo, en esta obra ambos asuntos (la central y el huerto) constituyen valiosas piezas en un puzle narrativo que no acaba de fraguar.

            El final de la novela resulta tan decepcionante como desolador y, sin embargo, tal vez sea lo más real de la historia, pues hay relaciones familiares así de destructivas para aquellos que se convierten en “cuidadores” con la intención de saldar una deuda de amor o de salvación. El complejo y delicado mundo de la familia aparece de manera recurrente en muchas de nuestras lecturas, ya sea como tema central o secundario, y con él tienen que ver algunas de las reflexiones más sentidas e interesantes que hemos compartido. Así ocurrió en esta tertulia. Todos lamentamos la renuncia de Iván a su vida en Francia junto a Céline. Mabel, antes de irse, lo acusa de “cobarde”. Puede tratarse de cobardía, ciertamente, pero también de un exceso de responsabilidad y de gratitud hacia una madre dependiente, manipuladora y desequilibrada, ya que él existe, pese a todo, porque ella se empeñó. Asomado a la posibilidad de no haber nacido, el pobre Iván hipoteca su vida para ocuparse de quien se la dio. No nos gusta que el muchacho acabe así después de todo, pero hemos de reconocer que su decisión, amén de otras cosas, constituye un acto de generosidad y de amor.

            Por último, como en este grupo no somos rencorosos, es muy probable que Ignacio Martínez de Pisón siga ostentando la marca de autor más leído de nuestro sofá porque es fácil que en algún momento volvamos a proponer otro título suyo. En la balanza siguen pesando mucho más sus numerosas magníficas obras y su indiscutible calidad que este  rotundo “patinazo”. Hasta los mejores alguna vez se equivocan, lo cual, en el fondo, no deja de ser un consuelo.


LA HIJA ÚNICA



Hemos cerrado el curso tertuliano con una excelente novela, La hija única, de la mexicana Guadalupe Nettel. No es extraño que haya sido la elegida en nuestra tradicional votación de clausura como la mejor de las obras leídas esta temporada. En primer lugar, se trata de una buena historia contada con agilidad, mediante un estilo preciso, cuidado y bien medido, y  dosificada con acierto en capítulos breves, extensión sumamente efectiva para desear seguir leyendo. Como sugerí en la tertulia, habremos de reflexionar algún día sobre este aspecto, pero se me ocurre ahora que la administración del relato en escuetas dosis favorece la atención expectante del lector y, por seguir con el símil de las habitaciones empleado en la anterior reseña, en esta fórmula las pequeñas estancias suelen ser todas esenciales y acogedoras, y nos vamos de ellas con la promesa de descubrir otras igualmente habitables y necesarias. La novela que nos ocupa está bien comenzada, bien desarrollada y bien terminada. Redonda y excelente, insisto.

            La clave de su construcción la constituye el trípode argumental que la sostiene: la extraordinaria historia de Alina y su hija Inés, la vida de Laura (la narradora) con sus relaciones, su casa, su balcón y su nido, y, por último, la dolorosa situación de Doris y Nicolás. El aparente tema de fondo podría ser la maternidad y sus contradicciones, las múltiples vivencias y sentimientos que suscita. De hecho, este supone el punto de partida del relato; sin embargo, mediante el cuestionamiento de lo que aparece aceptado como “normal” y “natural” en torno a la maternidad, creo que la autora dinamita también otras creencias y tipificaciones. Sirva como ejemplo la relación sentimental en que dejamos al final de la novela a Laura y Doris, ninguna de ellas lesbiana.

            Lo que a mí más me ha gustado en esta obra es cómo muestra la aventura que emprendemos cuando alguien nos importa y nos vemos empujados de modo irremediable a inmiscuirnos en su vida, a hacer algo que atenúe su desdicha porque su sufrimiento nos daña. Esto se ve muy bien en Laura y su proceso de acercamiento a sus ruidosos vecinos, y también se aprecia en Marlene, quien inicialmente despierta todas las inseguridades de Alina hasta que esta, transformada por cuanto le está sucediendo con su hija, acaba aceptándola como parte de su peculiar familia. Me parece una novela surgida de preocupaciones y sentimientos muy básicos, muy carnales, que no podemos negar y que coexisten con cuanto produce nuestra mente y nuestra dimensión social. En relación con ello, considero un detalle muy significativo el hecho de que lo relatado por Laura ocurre durante el proceso de redacción de su tesis, lo cual no deja de ser un enorme ejercicio intelectual que le exige horas de soledad y apartamiento. No obstante, presta atención a la comida, a menudo se refiere a los platos concretos que prepara para ella misma o para Nico y Doris, o a los desayunos con su madre. Con frecuencia Laura come o cena en el balcón, ese pequeño espacio en que la propia intimidad se abre al exterior. El balcón es también el lugar en que descubre el nido, cuyos moradores despiertan su curiosidad y protagonizan una pequeña historia que discurre en paralelo a todo lo que está sucediendo en la vida de Laura y su entorno, y así la biología queda hábilmente incorporada a una novela en la que, como ya he señalado, la maternidad constituye un asunto esencial.

            La maternidad y la no maternidad se plantean aquí como decisiones libres, intelectualmente elaboradas y enjuiciadas socialmente, adoptadas por mujeres valientes que se ven sorprendidas por el impredecible devenir de la vida, ejemplificado de manera asombrosa en el extraordinario caso de la gestación, nacimiento y, contra todas las predicciones médicas, la supervivencia de la pequeña Inés. Destacan como situaciones singulares la anunciada muerte de quien aún no ha nacido, la preparación del duelo y la dificultad de hallar expresión para ese dolor innombrado: «(…) no existe una palabra para los padres que pierden a sus hijos. A diferencia de otros siglos en que la mortandad infantil era muy alta, lo natural en nuestra época es que eso no suceda. Es algo tan temido, tan inaceptable, que hemos decidido no nombrarlo.» La vida de esa niña «empeñada en vivir», sus pequeñas conquistas, la lucha de sus padres, médicos y cuidadores por su bienestar se convierten en un proceso que los sorprende y transforma a todos, y que el lector sigue con verdadero interés.

            La hija única es también el relato de la amistad que une a Laura y Alina, un vínculo esencial y poderoso que se mantiene firme a pesar de la distancia, los cambios y las decisiones inesperadas que podrían alejarlas. El último capítulo contiene una visita de Alina a Laura. La primera comenta los progresos de Inés y lo contenta que está con sus gafas nuevas, y aprovecha el encuentro para preguntar a su amiga sobre la posibilidad de volver a enamorarse, pues no se le ha escapado que entre Laura y Doris hay algo (también sin nombre). Un rato después llama Doris al timbre y, antes de abrirle la puerta, Alina pronuncia las últimas palabras de la novela:

« ̶ No te pongas nerviosa  ̶ dijo ̶ . Pasará lo que tenga que pasar. Nadie se escapa de eso.»

            Magnífico final para una obra que aborda valientemente las innegables contradicciones en que incurrimos los humanos aun sin pretenderlo. Alguien en la tertulia comentó la paradoja de que Laura renuncie a tener hijos y acabe ocupándose de un niño conflictivo «que parece descontento con la vida».

Alina, quien tenía frente a la maternidad una actitud similar a la de su amiga, termina buscando ser madre y siéndolo de un modo totalmente imprevisto. Doris, esa mujer hundida,  superada por un niño difícil que repite las conductas observadas en su padre, va a ser rescatada por Laura, la fascinante narradora, incapaz de mantenerse indiferente al sufrimiento que percibe en sus vecinos. Cabe señalar aquí la afición de Laura a la quiromancia, el tarot y los horóscopos, igual que su simpatía por el pensamiento oriental y disciplinas como el yoga, en consonancia con su talante curioso y abierto, con su actitud vital de búsqueda y su desconfianza hacia las etiquetas y los prejuicios. Creo que su mirada perspicaz y sensible sobre la realidad y la voz franca y directa con que la refleja constituyen el mayor acierto de una novela cuya indiscutible calidad nos hará volver en próximas ocasiones al universo literario de su autora.