domingo, 14 de noviembre de 2021

Lluvia fina

 (de Luis Landero).


En estos días en que el frío empieza a asomar por nuestras tierras, la voz de nuestra simpar Josune nos arropa con su cálida reseña de lo que se habló en la tertulia  sobre Lluvia fina, de Luis Landero. Como siempre, gracias por tus acertadas e inspiradas palabras.



          El pasado 19 de octubre, martes, iniciamos el presente curso tertuliano comentando Lluvia fina, la última novela de Luis Landero, uno de nuestros autores más admirados. No hubo unanimidad en su valoración, aunque sí acuerdo en que no se trata de su mejor obra. Sin duda, a nadie dejó indiferente, y creo que provocó un jugoso coloquio.

          La narración atrapa fácilmente y crea de inmediato la expectación causada por el planteamiento inicial: a Gabriel se le ha ocurrido celebrar con una comida familiar el ochenta cumpleaños de su madre. Aurora, su mujer, la confidente de todos, no está convencida de que esa sea una buena idea e intenta disuadirlo. En capítulos predominantemente breves se despliegan las conversaciones telefónicas desencadenadas por la propuesta de Gabriel, así como el relato de una historia a la que cada cual aporta su particular perspectiva. La paciente y dulce Aurora custodia los secretos de los tres hermanos y conoce de sobra el enconado rencor que sus cuñadas, Sonia y Andrea, sienten hacia su madre, a quien responsabilizan de sus desdichas y frustraciones, así como el permanente reproche que dirigen a Gabriel, el benjamín, al que consideran, quizá por ello, el más mimado y su preferido.

          Ante el lector va surgiendo un núcleo familiar dañado por la temprana muerte del padre  ̶ soñador, fabulador, el gran rey de la infancia de sus hijos ̶  y por las decisiones adoptadas después por la madre  ̶ seca, rígida, autoritaria, amiga de la austeridad y, en su condición de viuda, preocupada por el sustento familiar-.  Las brillantísimas destrezas narratorias de Landero comparecen en todo su esplendor en la primera parte de la novela para iluminar la infancia de tres niños que imaginan el mundo con el colorido y la emoción de las aventuras del “Gran Pentapolín”, antepasado suyo, inmortalizado en un retrato que, desaparecido el padre, la madre rasgó en pedazos y arrojó a la basura. El relato se ensombrece a partir de la muerte del padre, lo cual resulta comprensible: con frecuencia un acontecimiento de esta índole clausura la infancia, o la sacude de tal modo que los niños quedan confundidos en un espacio incierto, condenados a la nostalgia perpetua de un paraíso que les fue arrebatado de manera inesperada y cruel.

          Algo de eso hay aquí, desde luego. Y también en principio resulta comprensible, e incluso admirable, la determinación con que la madre toma las riendas de la economía familiar, agarrada a su maletín de practicante y callista: La época legendaria y ociosa del padre había sido abolida, y ahora todo lo presidía el espíritu de la laboriosidad y del provecho. (p. 45). Es bastante frecuente que entre los progenitores no haya un reparto consensuado de papeles, y cuando el binomio lo componen los sueños y la realidad, quien carga con esta última suele cargar también con la implacable censura de los hijos. Tal impresión es la que de entrada puede obtenerse del lamento entonado por Sonia y Andrea al evocar aquel tiempo oscuro en que su madre cubrió el final de su niñez y su adolescencia de pensamientos sombríos, de desconfianza y de miedo.

No obstante, lo que inicialmente parece aceptable deja de serlo cuando entra en escena el siniestro Horacio, repulsivo a los ojos de Sonia, lanzada por su madre a sus brazos cuando solo era una niña. Este personaje causa inquietud desde el principio y las páginas en que se detallan sus aberraciones hieren por su descarnada sordidez y su violencia. Comentamos cuánto desentona este tramo narrativo en el universo ficcional a que nos tiene habituados Landero, y cuestionamos también su verosimilitud. Nos pareció muy poco creíble que semejantes acontecimientos se produzcan en el seno de una familia media que habita  en el Madrid de los años ochenta.

          La novela avanza sobre un creciente presentimiento de que algo trágico acabará ocurriendo si finalmente se celebra la reunión familiar. Concluida la narración de Sonia sobre su espeluznante relación con Horacio, cabe esperar un desenlace amargo, funesto, un peligroso estallido del rencor acumulado a lo largo del tiempo. Sin embargo, a la mayoría de nosotros el final nos sorprendió y, si intentamos comprenderlo e interpretar su sentido, resulta aciago y profundamente injusto.

          Somos nuestras palabras y con ellas construimos un relato que nos explica. Con las palabras, capaces de contener lo intangible, lo informe, hallamos siempre una insospechada salida, pues amansamos el sufrimiento, nuestra miseria y nuestras desventuras cuando los verbalizamos. Pero no sirve hablar a solas. Necesitamos quien nos escuche, un testigo silencioso que no se espante de lo que decimos, que no se duela tanto como nosotros, que permanezca ahí, a nuestro lado, asintiendo, respirando, sin más. Nada parece tan terrible cuando se vierte en el torrente desenfrenado de nuestra voz.


Sonia, Andrea y Gabriel lo saben bien. Esta novela poblada por personajes lastimados se sostiene en la escucha paciente y comprensiva que a todos les dispensa Aurora: (…) todos acaban contándole sus pequeñas alegrías, sus logros, sus tropiezos, y finalmente sus grandes infortunios. (p. 13). Todos descargan en Aurora, sin recato ni consideración. Ella, en cambio, atenta y perpleja en su mutismo, no reclama su derecho a contar  a alguien su propia historia, a mitigar su decepción y la soledad en que vive junto a Gabriel, al que tiene la sensación de no acabar de conocer de verdad, un supuesto filósofo de voluntad débil y enfermo de aburrimiento, incapaz de culminar ninguno de sus prometedores proyectos ni de reaccionar ante la enfermedad de Alicia, su hija.

Todos se confían a Aurora y tal vez por eso sobreviven. Ella, en cambio, no halla mejor salida que avanzar con decisión hacia la otra orilla de sus días, donde la espera el silencio inmortal.

 


martes, 31 de agosto de 2021

Otro 2x1: Fin de temporada y La hija única

 (de Ignacio Martínez de Pisón y Guadalupe Nettel, respectivamente).


Como un soplo de brisa fresca que nos alivia los rigores de este agosto que se nos va, nuevamente nuestra Josune nos susurra al oído con su refrescante prosa las reseñas de las dos últimas tertulias (Fin de temporada, de Ignacio Martínez de Pisón, y La hija única, de Guadalupe Nettel). Gracias por ayudarnos a sobrellevar lo que se nos viene encima a partir de mañana. Las penas, con literatura, son menos. 


FIN DE TEMPORADA

Creo que Ignacio Martínez de Pisón encabeza la lista de autores más leídos en nuestro sofá. Fin de temporada es la tercera obra suya que comentamos y la primera que nos ha decepcionado. Se trata de una novela fallida en la que, no obstante, hallamos algunos valores característicos de la narrativa del escritor zaragozano como son, por ejemplo, un brillante comienzo y un esbozo estructural acertadamente planteado, una trama bien llevada que se sigue con interés, una perfecta descripción de los lugares en los que se desarrolla la historia, y, por supuesto, un estilo impecable, cuidado y nada dificultoso. Ventajas de los buenos: su propia calidad amortigua sus errores y los salva de un desastre mayor. No obstante, los lectores podemos cometer la osadía de señalar qué sobra o qué falta en una obra que sin duda pudo ser bastante mejor.

            En los últimos años han pasado por mis manos varias novelas, todas de excelentes autores, que compartían un injustificado exceso de páginas. No me parece este un defecto menor. La extensión narrativa constituye un rasgo estrechamente relacionado con la intensidad, esa cualidad inherente a la mejor literatura. Las páginas sobrantes se convierten en habitaciones vacías que recorremos con escasa o nula atención mientras habitamos esa ficción mal medida. Pues bien, al concluir Fin de temporada mi impresión fue exactamente la contraria: echaba de menos un detenimiento mucho mayor en algunos momentos. Sirvan de muestra el recorrido de Iván por los lugares en los que ha vivido (el encuentro casual con Yolanda resulta del todo inverosímil) y la visita del propio Iván con su madre a la familia de esta, en la que tiene lugar una conversación tan melodramática que raya en lo ridículo (la mantenida por Rosa con su madre y su hermana).

            Ignacio Martínez de Pisón es un verdadero maestro en la construcción de universos familiares. El constituido por Rosa, Mabel e Iván resulta de lo más sólido y sugerente. Insisto en que la novela comienza muy bien, con ese salto temporal entre el prólogo y el primer capítulo: un accidente de coche

acabó con la vida de Juan e hizo que Rosa, en lugar de abortar, decidiera tener ese hijo, aunque lejos de su ciudad. Lo tuvo con la ayuda de su amiga Yolanda y se convirtió en una madre soltera itinerante hasta que conoció a Mabel, con quien se embarcó en el negocio de un camping en la Costa Dorada. El relato empieza a tambalearse cuando Iván decide ir en busca de sus orígenes y posteriormente se instala en Toulouse, donde parece enderezar su vida junto a Céline. Su partida y su prolongado silencio desencadenan una profunda crisis en Rosa. En mi opinión, es aquí donde la novela se quiebra definitivamente y ya no se levanta. Iván regresa al camping, animado por la propia Céline, quien ha mantenido contacto con Mabel y le comunica que su madre no está bien.

            No resulta fácil resumir el proceso de Rosa: el relato de Mabel a Iván dibuja un comportamiento propio de una persona profundamente desequilibrada, pero algunos aspectos quedan confusos: no llegamos a saber si Rosa quedó embarazada y el embarazo se malogró, o es eso lo que persigue y se desquicia al no conseguirlo (parece que intentó llevarse un bebé…); después Mabel la ingresa en un centro de salud mental. Por otro lado, el asunto de las cartas que Rosa escribe a personalidades importantes también desconcierta. Incluso podría reflejar una intención un tanto humorística por parte del autor; de lo contrario, ¿qué representan?, ¿qué tipo de trastorno afecta a Rosa para comportarse así?

            He mencionado antes una de las más destacadas destrezas de Martínez de Pisón: la impecable descripción de espacios y ambientes, precedida sin duda por un exhaustivo trabajo documental. Los lugares son mostrados en la narración con sumo detalle: la costa tarraconense donde se halla el camping, Plasencia, Toulouse…, igual que la central nuclear y su proceso de desmantelamiento. Asimismo, el huerto de Mabel con su proyecto de cultivar y vender flores de calabacín aparece perfectamente descrito y logra captar la atención del lector. Se diría que el autor es capaz de trasladar a la ficción fragmentos de realidad palpable de lo más variada sin disimular el interés que a él le despertaron y que sabe contagiar al lector. Sin embargo, en esta obra ambos asuntos (la central y el huerto) constituyen valiosas piezas en un puzle narrativo que no acaba de fraguar.

            El final de la novela resulta tan decepcionante como desolador y, sin embargo, tal vez sea lo más real de la historia, pues hay relaciones familiares así de destructivas para aquellos que se convierten en “cuidadores” con la intención de saldar una deuda de amor o de salvación. El complejo y delicado mundo de la familia aparece de manera recurrente en muchas de nuestras lecturas, ya sea como tema central o secundario, y con él tienen que ver algunas de las reflexiones más sentidas e interesantes que hemos compartido. Así ocurrió en esta tertulia. Todos lamentamos la renuncia de Iván a su vida en Francia junto a Céline. Mabel, antes de irse, lo acusa de “cobarde”. Puede tratarse de cobardía, ciertamente, pero también de un exceso de responsabilidad y de gratitud hacia una madre dependiente, manipuladora y desequilibrada, ya que él existe, pese a todo, porque ella se empeñó. Asomado a la posibilidad de no haber nacido, el pobre Iván hipoteca su vida para ocuparse de quien se la dio. No nos gusta que el muchacho acabe así después de todo, pero hemos de reconocer que su decisión, amén de otras cosas, constituye un acto de generosidad y de amor.

            Por último, como en este grupo no somos rencorosos, es muy probable que Ignacio Martínez de Pisón siga ostentando la marca de autor más leído de nuestro sofá porque es fácil que en algún momento volvamos a proponer otro título suyo. En la balanza siguen pesando mucho más sus numerosas magníficas obras y su indiscutible calidad que este  rotundo “patinazo”. Hasta los mejores alguna vez se equivocan, lo cual, en el fondo, no deja de ser un consuelo.


LA HIJA ÚNICA



Hemos cerrado el curso tertuliano con una excelente novela, La hija única, de la mexicana Guadalupe Nettel. No es extraño que haya sido la elegida en nuestra tradicional votación de clausura como la mejor de las obras leídas esta temporada. En primer lugar, se trata de una buena historia contada con agilidad, mediante un estilo preciso, cuidado y bien medido, y  dosificada con acierto en capítulos breves, extensión sumamente efectiva para desear seguir leyendo. Como sugerí en la tertulia, habremos de reflexionar algún día sobre este aspecto, pero se me ocurre ahora que la administración del relato en escuetas dosis favorece la atención expectante del lector y, por seguir con el símil de las habitaciones empleado en la anterior reseña, en esta fórmula las pequeñas estancias suelen ser todas esenciales y acogedoras, y nos vamos de ellas con la promesa de descubrir otras igualmente habitables y necesarias. La novela que nos ocupa está bien comenzada, bien desarrollada y bien terminada. Redonda y excelente, insisto.

            La clave de su construcción la constituye el trípode argumental que la sostiene: la extraordinaria historia de Alina y su hija Inés, la vida de Laura (la narradora) con sus relaciones, su casa, su balcón y su nido, y, por último, la dolorosa situación de Doris y Nicolás. El aparente tema de fondo podría ser la maternidad y sus contradicciones, las múltiples vivencias y sentimientos que suscita. De hecho, este supone el punto de partida del relato; sin embargo, mediante el cuestionamiento de lo que aparece aceptado como “normal” y “natural” en torno a la maternidad, creo que la autora dinamita también otras creencias y tipificaciones. Sirva como ejemplo la relación sentimental en que dejamos al final de la novela a Laura y Doris, ninguna de ellas lesbiana.

            Lo que a mí más me ha gustado en esta obra es cómo muestra la aventura que emprendemos cuando alguien nos importa y nos vemos empujados de modo irremediable a inmiscuirnos en su vida, a hacer algo que atenúe su desdicha porque su sufrimiento nos daña. Esto se ve muy bien en Laura y su proceso de acercamiento a sus ruidosos vecinos, y también se aprecia en Marlene, quien inicialmente despierta todas las inseguridades de Alina hasta que esta, transformada por cuanto le está sucediendo con su hija, acaba aceptándola como parte de su peculiar familia. Me parece una novela surgida de preocupaciones y sentimientos muy básicos, muy carnales, que no podemos negar y que coexisten con cuanto produce nuestra mente y nuestra dimensión social. En relación con ello, considero un detalle muy significativo el hecho de que lo relatado por Laura ocurre durante el proceso de redacción de su tesis, lo cual no deja de ser un enorme ejercicio intelectual que le exige horas de soledad y apartamiento. No obstante, presta atención a la comida, a menudo se refiere a los platos concretos que prepara para ella misma o para Nico y Doris, o a los desayunos con su madre. Con frecuencia Laura come o cena en el balcón, ese pequeño espacio en que la propia intimidad se abre al exterior. El balcón es también el lugar en que descubre el nido, cuyos moradores despiertan su curiosidad y protagonizan una pequeña historia que discurre en paralelo a todo lo que está sucediendo en la vida de Laura y su entorno, y así la biología queda hábilmente incorporada a una novela en la que, como ya he señalado, la maternidad constituye un asunto esencial.

            La maternidad y la no maternidad se plantean aquí como decisiones libres, intelectualmente elaboradas y enjuiciadas socialmente, adoptadas por mujeres valientes que se ven sorprendidas por el impredecible devenir de la vida, ejemplificado de manera asombrosa en el extraordinario caso de la gestación, nacimiento y, contra todas las predicciones médicas, la supervivencia de la pequeña Inés. Destacan como situaciones singulares la anunciada muerte de quien aún no ha nacido, la preparación del duelo y la dificultad de hallar expresión para ese dolor innombrado: «(…) no existe una palabra para los padres que pierden a sus hijos. A diferencia de otros siglos en que la mortandad infantil era muy alta, lo natural en nuestra época es que eso no suceda. Es algo tan temido, tan inaceptable, que hemos decidido no nombrarlo.» La vida de esa niña «empeñada en vivir», sus pequeñas conquistas, la lucha de sus padres, médicos y cuidadores por su bienestar se convierten en un proceso que los sorprende y transforma a todos, y que el lector sigue con verdadero interés.

            La hija única es también el relato de la amistad que une a Laura y Alina, un vínculo esencial y poderoso que se mantiene firme a pesar de la distancia, los cambios y las decisiones inesperadas que podrían alejarlas. El último capítulo contiene una visita de Alina a Laura. La primera comenta los progresos de Inés y lo contenta que está con sus gafas nuevas, y aprovecha el encuentro para preguntar a su amiga sobre la posibilidad de volver a enamorarse, pues no se le ha escapado que entre Laura y Doris hay algo (también sin nombre). Un rato después llama Doris al timbre y, antes de abrirle la puerta, Alina pronuncia las últimas palabras de la novela:

« ̶ No te pongas nerviosa  ̶ dijo ̶ . Pasará lo que tenga que pasar. Nadie se escapa de eso.»

            Magnífico final para una obra que aborda valientemente las innegables contradicciones en que incurrimos los humanos aun sin pretenderlo. Alguien en la tertulia comentó la paradoja de que Laura renuncie a tener hijos y acabe ocupándose de un niño conflictivo «que parece descontento con la vida».

Alina, quien tenía frente a la maternidad una actitud similar a la de su amiga, termina buscando ser madre y siéndolo de un modo totalmente imprevisto. Doris, esa mujer hundida,  superada por un niño difícil que repite las conductas observadas en su padre, va a ser rescatada por Laura, la fascinante narradora, incapaz de mantenerse indiferente al sufrimiento que percibe en sus vecinos. Cabe señalar aquí la afición de Laura a la quiromancia, el tarot y los horóscopos, igual que su simpatía por el pensamiento oriental y disciplinas como el yoga, en consonancia con su talante curioso y abierto, con su actitud vital de búsqueda y su desconfianza hacia las etiquetas y los prejuicios. Creo que su mirada perspicaz y sensible sobre la realidad y la voz franca y directa con que la refleja constituyen el mayor acierto de una novela cuya indiscutible calidad nos hará volver en próximas ocasiones al universo literario de su autora.

 

martes, 20 de abril de 2021

La buena suerte

 (de Rosa Montero).


Una vez más las siempre inspiradas palabras de Josune sobre nuestra última tertulia nos ayudan a sobrellevar esta "fatiga pandémica". Disfrutadlas y, como siempre. muchas gracias, Josune. La auténtica buena suerte es la nuestra al poder contar con tus reseñas y tu amistad.




La buena suerte es el segundo libro de Rosa Montero que leemos en nuestro sofá. Hay autores que frecuentamos porque resultan una apuesta segura: van a cumplir con unos mínimos a los que nos cuesta renunciar y es más que probable que nos ofrezcan una buena obra. La escritura de Rosa Montero, por quien sentimos unánime simpatía, siempre es ágil y vibrante, y nos atrapa con suma facilidad. Nos ha costado nada leer esta novela y la mayoría de nosotros la disfrutó; sin embargo, algunos mostraron su decepción y emitieron un juicio muy poco benévolo sobre ella. A ver si soy capaz de evocar y reconstruir el recorrido de una tertulia que resultó, en opinión de muchos, magnífica, y que vino a confirmar una tradición de nuestro sofá (nuestra antigüedad ya nos permite hasta levantar tradiciones): la de que no suelen ser las mejores obras las desencadenantes de las más intensas, brillantes y divertidas tertulias.

            Curiosamente la novela entró en Pynchon con una muy buena nota y salió de allí con la calificación algo (o bastante) disminuida. A su favor tiene, en primer lugar, un título prometedor, capaz de azuzar el ánimo en estos tiempos pandémicos, y  dos aciertos compositivos responsables de la facilidad con que se lee. Por un lado, la construcción de la intriga,  paralela a la presentación de los personajes, mostrada sin prolegómenos en un ritmo perfecto. Por otro, la brevedad de los capítulos. Con frecuencia se percibe en las ficciones de Rosa Montero esta deuda buena que la novelista tiene con su faceta periodística: la acertada dosificación del espacio narrativo. Ni le sobra ni le falta nada.

            Resulta muy hábil la tardía revelación del vínculo entre el protagonista y Marcos Soto. El lector tiende a sospechar que el motivo de la huida de Pablo Hernando está relacionado con su trabajo o con el mucho dinero que posee, cuando no es así. En general, la verosimilitud está bien manejada y los personajes, incluido el arquitecto, en principio parecen creíbles; sin embargo, cabe destacar algún detalle sorprendente como es el hecho de que Pablo entre a trabajar en el Goliat con extrema facilidad. ¿Trabaja sin contrato? Si su situación es legal, ¿cómo consigue los papeles? Estas circunstancias ni se mencionan.

            Se podría calificar de excesiva la reconcentrada fealdad de Pozonegro, en las antípodas de la exquisitez estética a la que Hernando está acostumbrado. Puede considerarse demasiado obvia, quizá, la simbología encerrada en algunos nombres como el topónimo anterior y el de la calle donde se halla su nueva casa: Resurrección. Es decir, no ha logrado la autora equilibrar la atmósfera realista y el consiguiente detallismo de la historia con el valor metafórico y la trascendencia temática que subyacen en ella. Y precisamente a propósito de los temas cabe resaltar que estos van surgiendo conforme se descubre el núcleo de la trama. Creo que el asunto fundamental tiene que ver con la bondad y la maldad como incontestables realidades humanas, por encima de la necesidad de huir y reinventarse, encarnada por Pablo en los primeros capítulos.

            La mejor persona del libro es Raluca, una mujer esencialmente buena, una “cuidadora”, en palabras del psiquiatra que la trató. Así la describe también su vecino Felipe, quien realiza una interesante clasificación de los seres humanos según su grado de bondad. El Mal y la Oscuridad quedan representados por Marcos Soto. Plantea la autora la posibilidad de un origen fisiológico del Mal al aludir a Incógnito. Las vidas secretas del cerebro, obra del neurocientífico David Eagleman. Las explicaciones y ejemplos reales contenidos en dicho libro e incluidos en la novela representan un consuelo en la medida en que sugieren la inevitabilidad del Mal, es decir, que este no es solo producto de la voluntad consciente. Mejor aún, la voluntad consciente del Mal no puede darse en “seres normales”, al menos si nos referimos al Mal en su expresión más terrible. En cualquier caso, ahí queda el interrogante.

En cuanto a la concreción de estas disquisiciones en La buena suerte, considero un enfoque argumental valiente la presentación del arquitecto protagonista como padre de un “monstruo”, de modo que el hundimiento vital de Pablo es desencadenado por la culpa que le produce su participación en la creación del mismo. El primer relato que inventa sobre su hijo de doce años ahogado porque él lo soltó apunta en esa dirección, y el contrapunto lo constituye Raluca, quien, criada en orfanatos, es la persona buena por antonomasia. Cabe resaltar que el Mal está reiteradamente enfocado en la novela en el ámbito familiar, doméstico, ejemplificado con varios casos reales de aberraciones cometidas por padres con sus hijos y en el episodio de Ana Belén, la madre maltratadora a la que Pablo acaba denunciando.

            Siempre brilla Rosa Montero en su estilo certero, de frase breve, adjetivación precisa y dosificado lirismo, así como en la construcción de diálogos y en el impecable manejo del perspectivismo: lleva la batuta del relato un narrador omnisciente que se sabe retirar cuando es oportuno, que sabe ocultarse muy bien tras el personaje. Leímos su novela con facilidad e interés, incluso la disfrutamos y recomendamos. Sin embargo, alguien concluyó que la autora es sobradamente capaz de ofrecer ficciones de una calidad superior a la alcanzada en La buena suerte y, en efecto, así es. No estamos ante su mejor obra, por supuesto que no, pero quiero explicar, para concluir la reseña, por qué la he regalado ya dos veces y, a pesar de todo, no soy capaz de adjudicarle menos de un rotundo notable.

            Quienes más críticos se mostraron aludieron a ese final feliz bastante inverosímil en el que Pablo y Raluca han iniciado una nueva vida en Madrid, esperan la llegada de un hijo y cuidan del bueno de Felipe, instalado muy cerca de ellos. Se refirieron también al tono un tanto cursi y pretencioso con el que la autora describe en las últimas páginas la transformación interior del arquitecto. Mencionaron la torpeza del episodio final de la banda de Benito y el Moka. Y hasta podríamos admitir que hay lugares comunes en esta novela coincidentes con los mantras propios de las publicaciones de autoayuda, es verdad. No obstante y pese a todo, reconozco haberla leído con gusto y no me molesta que no sea ni mucho menos una obra perfecta (por cierto: magnífico subtema el de la imperfección de la belleza que Pablo persigue como arquitecto y tiene en la atractiva Raluca espléndida encarnación). Me alegro de haberla leído porque en medio de tantas historias terribles también le concede un espacio decisivo a la bondad, igualmente real.

Por último, no quiero acabar esta reseña sin referirme a esas páginas finales de aclaraciones y agradecimientos, “Para terminar”, y que concluyen, a mi juicio, con una inesperada revelación:

            “Y un redoble de gracias para el formidable escritor Ignacio Martínez de Pisón, que fue la primera persona que leyó el borrador de este libro, y que con su generoso entusiasmo y sus sugerencias me sacó del hoyo de inseguridad en el que estaba. Gracias, amigo: te debo una.”

Hasta los mejores, los más grandes, aquellos a los que más admiramos patinan alguna vez. Y los más lúcidos de ellos, cuando esto les sucede, lo saben.

Nos vemos en la próxima tertulia con Fin de temporada, de Martínez de Pisón. Al final va a ser verdad que las casualidades no existen…

  

domingo, 31 de enero de 2021

El pan a secas y Lectura fácil

 (de Mohamed Chukri y Cristina Morales, respectivamente).


Tras un largo paréntesis en nuestras tertulias, provocado por el confinamiento y la posterior imposibilidad de realizar actos culturales, volvimos con ganas de hablar de literatura. Tanto es así, que lo hicimos sobre dos libros, dos, muy diferentes entre sí. Aquí nos cuenta Josune lo que debatió en tan esperada tertulia.


El pasado 23 de noviembre retomamos nuestra tertulia y con ella, un pedazo de normalidad, eso que solemos aprender a valorar con el tiempo, tras experimentar el extravío a que nos condena su interrupción no deseada. Todos estábamos encantados de volver a vernos, en algunos casos después de muchos meses, y de poder hablar de los libros que habíamos acordado leer. Estoy siendo consciente al escribir estas líneas de lo mismo que constaté al


redactar la última reseña, ya en período de confinamiento, que leemos con un estado de ánimo, con unas circunstancias y unas expectativas que afectan al proceso comunicativo abierto entre el autor y el receptor concreto de su obra. Acabo de formular una obviedad, pero necesito resaltarla por la intensidad con que durante este período la he reconocido. No puedo referirme a El pan a secas sin evocar las primeras semanas de confinamiento. Sé que lo estaba leyendo antes de que comenzara esta larga pesadilla; sin embargo, soy incapaz de recordar si el 14 de marzo ya lo había concluido o lo hice después. En cualquier caso, lo asocio a aquellos días tristes, y hasta creo que le guardo cierto rencor por no haber logrado lo que la literatura consigue con tanta frecuencia: arrancarnos de la situación que nos duele y llevarnos a otra más habitable.

            Todos coincidimos en señalar que se trata de un libro durísimo, puramente descriptivo en la mayor parte de sus páginas, alusivas a una pobreza y a una crueldad extremas. Carece de una mínima reflexión sobre cuanto acontece, ni siquiera mediante la referencia a lo que el personaje experimenta en su interior. Adolece de falta de elaboración estilística, de voluntad estética, del consuelo que procura la belleza literaria por encima del afán de trasladarnos a una realidad desgarradora. Alguien sugirió que esa sequedad formal tal vez sea pretendida, acorde con la aspereza vital que refleja y que es absolutamente real. Si esta apreciación fuera correcta, habría que reconocerle al autor el logro de convertir su expresión en espejo de un devenir penoso y desalentador. Chukri, analfabeto hasta los veintiún años, ofrece en este libro la descarnada crónica de la miseria y la brutalidad que lo envolvieron desde su nacimiento en 1935 en el Rif del protectorado español y que marcaron su infancia, adolescencia y primera juventud. Al margen de apreciaciones personales, resulta obligado reconocerle al autor el mérito de una trayectoria vital y artística que logra dejar atrás la miseria y ejercer desde la escritura un innegable compromiso con la realidad y la dignidad humanas.

            Si poco espacio de nuestro reencuentro le dedicamos a la novela de Mohamed Chukri, no ocurrió lo mismo con la de Cristina Morales, cuyo título se halla muy lejos de describir la experiencia lectora de la mayoría de nosotros: de fácil, nada. Fuimos varios los que mencionamos la desorientación causada por las primeras cien páginas (o más) y coincidimos en valorar como insufribles no pocos párrafos dedicados a disquisiciones ideológicas. Tal vez su mayor defecto sea el de la desmesura, la falta de dosificación de un planteamiento crítico y radical que, si bien le confiere una sorprendente audacia a la obra, enmaraña la narración de un modo que la desluce. Hubo acuerdo a la hora de resaltar la originalidad de una voz nueva y potente, sobradamente dotada de recursos lingüísticos y comunicativos, que parece disfrutar de lo lindo poniendo patas arriba numerosos preceptos de la corrección política. El mundo de los okupas, la religión del lenguaje eufemístico, el delicado universo de los discapacitados intelectuales, las trampas del aparato burocrático, la situación actual de la Cataluña del procés, por mencionar algunos asuntos, son diseccionados con dolorosa lucidez, finísimo humor y, en varios momentos, indiscutible ternura.

            La novela nos sacudió, cumplió  la intención provocadora que alienta la apuesta narrativa emprendida en ella por la autora. Genera polémica y ofrece multitud de cuestiones y planteamientos sobre los que aún podríamos estar debatiendo. Nos pareció interesante, recomendable, pero excesiva en su extensión y en la suma de sus pretensiones. Creo que una buena novela es también el resultado de un trabajo de renuncia y señalamiento de límites por parte del escritor, quien opera sobre un territorio necesariamente acotado, lo cual no reduce su libertad creadora ni rebaja el alcance de su voz, simplemente encauza sus propósitos y pone la palabra al servicio de la obra. Cuando esta difícil operación se ejecuta bien, en la armonía estética del resultado final logran brillar forma y contenido sin estorbarse. No es el caso de Lectura fácil, pues en ella no son escasos los momentos en que olvidamos dónde estamos, ante qué personaje nos hallamos y qué sentido tiene la deriva verborreica en que nos vemos sumidos.


Cristina Morales posee inteligencia, referentes culturales, fuerza, atrevimiento y manejo del lenguaje en dosis más que suficientes para construir relatos bien escritos, interesantes, que nos cuestionen y sacudan, y, dada su juventud, dispone de tiempo de sobra para dosificarse y no pretenderlo todo de una vez.

           



miércoles, 25 de marzo de 2020

Fiesta en la madriguera. // Si viviéramos en un lugar normal

(de Juan Pablo Villalobos)

¿Cómo lleváis este confinamiento, tertuliantes? Hoy, 25 de marzo, tocaba reunirnos para hablar de El pan a secas, de Mohammed Sukri. Dado que las circunstancias no lo permiten, sí que podemos disfrutar de las palabras de nuestra Josune reseñando nuestra última tertulia y otras inspiradas e inspiradoras reflexiones que nos regala. Aquí las tenéis:

«Creo que coincidimos todos en celebrar el descubrimiento de este autor. Con habilidad narrativa y humor inteligente nos ha lanzado al dramático interior de la realidad mexicana actual.
De la primera novela, Fiesta en la madriguera, se pueden alabar varias características. La primera, su brevedad. Se lee de tirón, no le sobra ni le falta nada, se da un perfecto equilibrio entre la gravedad de lo que quiere mostrar y la simbología elegida para ello. La perspectiva infantil ―y, por tanto, inocente— del narrador (Tochtli) nos permite recorrer la fastuosa guarida en la que vive recluido en su condición de hijo de uno de los más famosos narcotraficantes del país (Yolcaut), y soportar sin asfixia la normalidad de la violencia. Son las reflexiones de Tochtli, un niño de diez años fascinado con la muerte que vive aislado del mundo y rodeado de adultos, las que activan el humor como imprescindible protección frente a la desolación y el espanto del panorama social que se nos dibuja. En el centro de la acción se sitúa el deseo de Tochtli de tener un hipopótamo enano de Liberia para su zoológico, capricho que su padre tratará de satisfacer organizando un safari. »
Queridos contertulios:
Hasta aquí lo que tenía escrito para comenzar la reseña de nuestras últimas lecturas. Os confieso que me parece que haya pasado un siglo desde entonces y me resulta imposible recuperar “el sitio” desde el que intentaba asomarme a las novelas de Villalobos y a cuanto comentamos sobre ellas, que, como siempre, fue mucho, variado y enriquecedor. Sin embargo, una de mis manías más antiguas es acabar lo que he empezado, y tengo la impresión de que este confinamiento no la va a eliminar, de modo que hoy me dispongo a concluir mi comentario. Sé que saldrá algo extraño y sé también que lo comprenderéis, porque me veo incapaz de regresar al 22 de enero y describir aquella última reunión con mi mirada anterior a todo esto.  No puedo recobrarla, por más que lo intento.
Los primeros días me sobrecogía el silencio, exótica circunstancia en un país tan ruidoso y gritón como el nuestro. Reconozco que estoy aprendiendo a habitarlo sin recelo, como una nueva estancia que puede depararnos insospechados hallazgos, alguno de los cuales posiblemente se quede para siempre. Me alarmó la histeria inicial, hija del miedo, que vació estantes de supermercados y disparó la compulsiva y asombrosa necesidad de atesorar rollos de papel higiénico. Me fue tranquilizando la comprobación posterior de que somos capaces de disciplinarnos y comportarnos de modo civilizado guardando colas y distancias, ejercitando la paciencia, comprando lo necesario, papel higiénico también, pero ya sin vicio, que problemas de espacio hay en todas las casas. Me reconfortó el humor, desde el primer día, como una seña indeleble de nuestra identidad convertida en escudo antivírico, antidepresivo, antiapocalíptico. Y me acordé de Villalobos y su portentosa maña para camuflar la amargura real y palpable de su país en un envoltorio ingenioso, disparatado y estimulador de la risa. Alguien apuntó en la tertulia que lo había visto en una entrevista y era un tipo serio. Es que hay que serlo para afrontar determinados temas desde el humor; de lo contrario se corre el riesgo de que el enfoque resulte frívolo y ofensivo, y entonces pierde efectividad y simplemente hiere. En cambio, el humor en serio, inteligente y audaz, libera y sana, aunque desate emociones amargas y, en el fondo, profunda tristeza. Ese humor barrena el miedo, el hartazgo, la incertidumbre, y cala hasta dentro, atenúa el dolor mientras dura la mueca risueña, y luego nos deja lúcidos ante la realidad. Ese es su principal logro.
Si viviéramos en un país normal, la segunda novela que comentamos, presenta la pobreza como forma de vida de una familia numerosa perteneciente a una supuesta clase media (el padre del protagonista y narrador es profesor en “la prepa”) de un país destrozado por la corrupción, el desastre político y la inflación: el México de los años 80. Igual que en la anterior, la humorada ácida y grotesca sostiene la sucesión de situaciones dramáticas (la escasez de alimentos, la desaparición de “los gemelos de mentira”, la descarnada rivalidad entre los hermanos, la traición…) hasta desembocar en un final trágico sin paliativos, epílogo esperpéntico, surrealista, pura alucinación. Se apuntó en la tertulia la más que probable intención paródica del Realismo mágico por parte del autor, lo cual encaja con esa mirada crítica que pone patas arriba los cimientos de una sociedad y también de una cultura. Nos ha gustado leer estas novelas, insisto, nos ha hecho bien. Seguiremos a Juan Pablo Villalobos con interés y estaremos atentos a nuevas propuestas.
Si ahora viviéramos todos nosotros en un país normal, celebraríamos esta tarde de miércoles en Pynchon la tertulia programada. Además, este mes es nuestro aniversario. De hecho, ya lo ha sido. El sofá en el exilio comenzó como El sofá del Pla el 22 de marzo de 2006, el día en que ETA anunciaba un alto el fuego permanente (y mi padre cumplía 75 años). Aunque lamentablemente  ETA volvió a matar, aquella primavera supuso el principio del final. Mi padre recibió la noticia como el mejor de los regalos. No vivió tiempo suficiente para ver el cese definitivo de la actividad armada de esa banda terrorista de vascos que tanto dolor ha causado a tantas personas, pero se aferró a la convicción de  que el final estaba muy cerca. Era un optimista, un entusiasta de la vida y de la fuerza de la razón y la bondad humanas.
Año tras año recuerdo  esa fecha y esa coincidencia, y me gusta hacerlo por otro motivo: el nacimiento de la tertulia fue lo mejor que nos pasó a unos cuantos en un tiempo oscuro y difícil del IES El Pla. El sofá se trasladó del Pla al exilio, pero resistió, creció, se convirtió en itinerante, circunstancia que ya no nos incomoda, porque lo principal sigue vivo, en pie: la alegría que nos causa leer y juntarnos para hablar de lo que hemos leído, sea lo que sea y donde sea.
Pido disculpas por la falta de rigor analítico del que adolece esta reseña. Debía haber recalado en el estilo, en la profusión de un vocabulario precioso, en la simbología de los nombres propios que caracteriza a las dos narraciones, en la galería de personajes que las pueblan… Estas obras merecen un elogio más detallado del que aquí ofrezco, lo sé, pero en estos días extraños mi pensamiento se pasea por caprichosos vericuetos. En uno de ellos he dado con un hallazgo magnífico que me va a ayudar a concluir. Se trata del título de una de las novelas de mi admirado Benedetti (podríamos leerla en El sofá, por cierto): Primavera con una esquina rota.
Al fin, cuando logremos doblar esa esquina, nos seguirá aguardando la primavera.
Un abrazo muy grande a todos.

                                                                                     Josune










lunes, 13 de enero de 2020

Sobre los huesos de los muertos

(de Olga Tokarczuk)


Aquí tenemos una vez más las palabra de nuestra inspirada Josune.




Queda un poco lejos aquella tarde de noviembre en que comentamos este libro, pero me van a ayudar mis notas a refrescar la memoria. “Novela desconcertante” es lo primero que apunté, y lo mantengo, porque comienza muy bien, arranca con una potente sensación de intriga, de misterio, y en un tono narrativo original, ayudado por curiosos nombres y preciosas descripciones de una naturaleza fastuosa. El invierno traspasa las palabras y se cuela en nuestra piel. Ahora que por fin lo sentimos aquí, en esta tarde de Reyes en que me he decidido a redactar estas líneas, es lo que evoco con más intensidad y placer. Siempre he juzgado injusto e inmerecido el desprestigio del invierno, aunque me pregunto si pensaría igual bajo las nieblas y heladas de otros lugares… El caso es que la estética paisajística invernal me gusta mucho y en esta novela adquiere gran protagonismo. En realidad, la naturaleza en su conjunto es protagonista fundamental de esta obra. Uno de nuestros tertulianos viajeros, conocedor de la zona donde transcurren los hechos (región montañosa del suroeste de Polonia), nos detalló las maravillas de ese territorio, en el que se halla una especie de reserva natural boscosa extraordinariamente protegida.

La narradora, Janina Duszejko, es una extravagante y solitaria mujer mayor, aquejada de diversas dolencias, antaño ingeniera de caminos y dedicada en el presente a enseñar inglés en una escuela rural de Kotlina Klodzka. Su vida gira en torno a su amor por los animales, su obsesiva afición por la astrología y su devoción por el poeta William Blake. Para completar tan estrafalaria semblanza cabe destacar que se ocupa del cuidado y vigilancia de las propiedades de sus vecinos ausentes durante el invierno. El interés inicial del relato recae en su empeño en aclarar los misteriosos asesinatos de unos hombres que comparten un rasgo: su comportamiento cruel con los animales, pues se trata de cazadores furtivos.

 Sin embargo, el desconcierto al que he comenzado refiriéndome viene dado, a mi juicio, por la suma de características que no acaban de estar bien ensambladas en la novela. El tema ecologista, de indiscutible relevancia, armoniza con muchas de las reflexiones efectuadas por Janina sobre el necesario respeto a la naturaleza, pero se presenta con frecuencia en un tono de discurso, de excesiva y prescindible obviedad. Los elementos que alientan la sospecha de que nos encontramos en un universo simbólico (los nombres, las explicaciones astrológicas, los versos, la extravagancia de los personajes —tanto de la protagonista como de los secundarios―, la recurrente aparición de los corzos…),  por lo que el misterio debería resolverse en clave mágica o sobrenatural, quedan “desactivados” desde un desenlace nada coherente. Resultó interesante en la tertulia el contraste entre quienes lo juzgamos del todo inesperado y quienes lo intuyeron pronto. Es cierto que a la luz del final, las primeras líneas de la novela pueden leerse de otra manera, pero yo reconozco que en la linealidad del relato en ningún momento imaginé semejante remate. Preparada como estaba para aceptar la aparición de unos “corzos justicieros” y dado mi convencimiento de que la construcción novelesca debe apoyarse en una sólida coherencia, encajé muy mal la narración de esa venganza ejecutada de un modo calculado y atroz  por una señora tan astral y sensitiva con la naturaleza. Es verdad que los individuos asesinados tuvieron un comportamiento execrable, pero creo que, siendo justos, no podemos adjudicarle a ella un calificativo menor. Pese a todo, sus amigos la protegen y la salvan. Curioso. En general, pienso que podíamos haber entrado a polemizar más sobre el conflicto de fondo y su discutible resolución, pero no lo hicimos. Seguro que tendremos ocasión de volver sobre él en el futuro.

Alguien comentó que esta novela constituye “una rareza” en el conjunto de la producción de su autora. El caso es que recibió por nuestra parte una acogida desigual: a unos les gustó mucho y a otros, entre los que me incluyo, más bien poco. No obstante, pasamos un buen rato, como de costumbre: cada uno llega a la tertulia con un libro leído y se marcha con ese libro siempre mejorado por las palabras de los demás. ¡Qué suerte la nuestra!





 Nos vemos el próximo 22 de enero para hablar de dos novelas de Juan Pablo Villalobos, Fiesta en la madriguera y Si viviéramos en un lugar normal. ¡Feliz (doble) lectura!
 



martes, 19 de noviembre de 2019

Todo cuanto amé

(de Siri Hustvedt)

Aquí os transcribo la magnífica reseña de Josune:



Al comienzo de su discurso en el Acto de entrega de los Premios Princesa de Asturias 2019, Siri Hustvedt se remontó a su infancia y se refirió al asombro emocionado que le causaba la contemplación de pequeñas cosas, de insignificantes objetos y situaciones cotidianas que menudean en nuestra vida. Había ya entonces en ella, y así lo atestigua su memoria, un modo atento e intenso de mirar alrededor. Por lo que conocemos de su obra, su vasta formación humanística le procuró herramientas con que analizar las múltiples formas que la vida adquiere, y su talento creativo le ha permitido traducir esa observación lúcida, esa comprensión sagaz de lo real en expresión poética, reflexión ensayística o construcción narrativa.
          Me vienen más momentos de su bello discurso, pronunciado con pasión y alegría (¡qué contenta se la veía después al recibir el galardón y saludar emocionada al público!): “…cuanto más sé, más me pregunto: ¿por qué? ¿Cómo sabemos lo que sabemos? Piénsenlo de nuevo: ¿y si fuera diferente?”. Reflexionó con sutileza sobre varias cuestiones, la identidad entre ellas, a propósito de lo cual aludió a una pregunta formulada de pequeña por su hija: “Mamá, cuando sea mayor, ¿seguiré siendo Sophie?” Buen interrogante…
          El pasado 17 de octubre nuestra tertulia inició la temporada en la nueva Pynchon —¡magnífico lugar! Ojalá tengan la suerte y el éxito que su apuesta merece― comentando una novela de Siri Hustvedt, Todo cuanto amé. Sin despertar un juicio unánimemente positivo, creo que la obra provocó un diálogo tan variado y lleno de matices como ella misma. Algunos manifestamos habernos sentido atrapados desde el principio por esos cinco personajes principales muy bien descritos en las primeras páginas, y habernos mantenido interesados todo el tiempo. Otros, en cambio, confesaron no haber llegado a entrar en la propuesta de la autora o, si lo hicieron, fue experimentando fases de descenso en el interés al hilo de un argumento revestido en un buen tramo de thriller psicológico, sin abandonar esa mirada vigilante de un narrador que describe con minucia similar a la que contempla y escruta, lo cual se traduce en un decaimiento de la acción y la intriga a favor de la introspección y el discurso reflexivo.
          En mi opinión, nos hallamos ante una espléndida novela que muestra en la variedad de temas propuestos la potente intelectualidad de su autora, a la vez que acredita, en la delicadeza con que selecciona los detalles y expresa emociones ―el dolor, el deseo, la pasión o la rabia—, su naturaleza indiscutiblemente poética. Siempre he pensado que la creación artística más auténtica es una irremediable extensión de la vida, por eso no me abandona la impresión de que el autor produce su obra con los mismos mimbres con que encarna y habita su particular existencia, lo cual, llevado a la literatura, equivale a formular algo así: “Escribimos como somos y como vivimos”. En el caso de Siri Hustvedt, esto me parece muy cierto. Y por supuesto me refiero a un pálpito esencial compatible con la invención más desaforada, con la fabulación más audaz. No se trata de describir y narrar con afán autobiográfico, sino de crear desde la íntima verdad que sostiene a ese ser humano, aprendiz de demiurgo, embarcado en la aventura siempre incierta de construir una novela.
          Todo cuanto amé comienza con un movimiento retrospectivo. El narrador, Leo Hertzberg, refiere que “ayer” encontró las cartas de Violet a Bill, escondidas por este en uno de sus libros. Alude a las dificultades que tiene en su vista, las cuales motivaron que tardara largo rato en leerlas. Cuando acabó, supo que iba a escribir este libro. Uno de los fragmentos de la cuarta carta menciona un cuadro de Bill para el que Violet posa. A continuación el narrador nos sitúa en el tiempo: la primera vez que él vio ese cuadro fue veinticinco años atrás y entonces no conocía a ninguno de los dos, ni a Bill ni a Violet. Se trata de un cuadro sugerente, que cautiva al narrador, donde se atisba cierto misterio y gran detallismo: los mocasines, el taxi diminuto en una mano de la mujer retratada, el cardenal debajo de la rodilla… Es el origen de la historia, incluso el esbozo de los conflictos de Bill, el pintor, con dos mujeres: Lucille, con la que en ese momento está casado, y Violet, a la que se unirá después.
          Por otro lado, también a partir del cuadro el narrador menciona a Erica Stein, su esposa, y cuenta cómo se conocieron. Ambos pertenecen a familias de judíos alemanes de clase media y son profesores. Ella, de Lengua Inglesa en la Universidad de Rutgers y él, de Historia del Arte en la de Columbia.
          El nombre completo de Bill, el pintor, es William Wechsler. Estudió Artes Plásticas, Historia del Arte y Literatura en la Universidad de Yale, donde conoció a Lucille Alcott, poetisa e hija de un profesor de la Facultad de Derecho. Unos años después se casaron.

          Por último, Violet Blom, la modelo, es una estudiante de Historia que cursa un posgrado  en la Universidad de Nueva York e investiga para su tesis sobre la histeria en Francia en el cambio de siglo. Bill la califica como “una chica muy lista” y “una persona fuera de lo corriente” (p. 26). Será la segunda y definitiva pareja de Bill tras la ruptura de su matrimonio con Lucille.
          Presentados los cinco personajes, el lector asiste en la primera parte de la novela al relato de su amistad, encendida por el interés de Leo en la obra mencionada, Autorretrato, y enseguida por la fascinación que el artista ejercerá sobre el crítico. Leo destaca el encanto de Bill, emanado de su absoluto aire de independencia. A través del recuerdo de Leo de aquella primera visita al taller del pintor, vamos conociendo las peculiaridades creativas de este ―“En mi obra, yo intento crear dudas” (p. 22)— y lo que más impresiona a aquel: “la ambigüedad”, “el hecho de no saber adónde mirar en sus lienzos”, “la narrativa oculta en sus obras” porque “para él, las historias eran como la sangre que recorre un cuerpo: senderos de vida. Era una metáfora reveladora, y nunca la he olvidado”. “Como artista, Bill perseguía lo no visto a través de lo visto. Lo paradójico era que él había optado por presentar ese momento invisible por medio de una pintura figurativa, lo que no es sino una aparición estática, una superficie.” (pp. 23 y 24).
          La ambigüedad y la confusión propias de la vida reflejadas en las obras de Bill y la función del arte constituyen, a mi juicio, los temas esenciales de esta primera parte, junto con el ya mencionado de la amistad, que se mantendrá a lo largo de toda la obra. La vida de las dos familias, el afecto creciente entre los personajes, el descubrimiento de sus complejas individualidades, el nacimiento de sus hijos, Matthew y Mark, en fechas muy próximas, la buena relación entre ellos, que, siendo diferentes, se quieren y se llevan bien…, compondrán la línea argumental de este primer bloque que concluye con la alusión al campamento al que acudirán los dos muchachos.
          La segunda parte de Todo cuanto amé comienza de un modo inesperado y tristísimo: con la muerte accidental de Matt en dicho campamento. A partir de aquí asistimos a un tramo de la historia en el que los estados emocionales de los protagonistas adquieren absoluta relevancia. El narrador expresa en páginas más que conmovedoras su infinita desolación, el desgarro profundo al que lo ha condenado la muerte de su hijo, un chico sensible, inteligente, bondadoso, dotado para el arte. La pareja formada por Leo y Erica se rompe. Ella se marcha. Violet y Bill se convierten en el apoyo de Leo, lo sostienen, se ocupan de que no se derrumbe. La intimidad generada en torno al hecho de cenar juntos a diario lo amarra a la vida: “Dejé que Violet y Bill me cuidaran, y mientras lo hacían sentí como si volviera a conocerles de nuevo. Su intensidad me hacía sentir levemente conmocionado, como un hombre que, tras pasar años en una oscura y lóbrega mazmorra, consiguiera al fin salir de ella.” (p. 206)
          Poco a poco la novela modifica su rumbo para situar su centro de gravedad en Mark y su extraña conducta. En un ejercicio de simetría estructural, la segunda parte, que se abrió con la muerte de Matt, se cierra con otra muerte, la de Bill. De nuevo la tristeza anega la existencia de Violet y Leo, y otra vez la solidez de su amistad los sostiene. Mark y su extravío se convierten en la principal preocupación de ambos.  La narración adquiere una atmósfera y un ritmo propios de un thriller, que tiene como momento culminante el viaje emprendido por Leo en busca de Mark, aderezado por el miedo y la tensión latentes en la amenazante cercanía de Giles y el propio Mark, dos seres desequilibrados. Nos hallamos ya en la tercera parte.
No he mencionado aún, y debo hacerlo, la alusión al mundo del arte en su ámbito más ruin, el de las envidias y egolatrías que salpican las críticas, los juicios sobre las obras, y la falsedad de algunos creadores. Ahí es precisamente donde situamos a Giles, ese joven psicópata junto al que Mark experimentará su proceso de degradación personal, probablemente justificado también por algún trastorno de personalidad.  Otra cuestión que considero importante: los estudios de Violet sobre las mujeres obesas y anoréxicas; los sorprendentes análisis psicológicos en torno a lo que refleja de nosotros el trato que le damos a nuestro cuerpo. Tampoco me he detenido en las páginas dedicadas a describir las obras de Bill, sus series de cajas…
En fin, es esta una novela inmensa que contiene la diversidad de intereses y conocimientos de su autora, de ahí la enorme dificultad de sintetizarla y comentarla de un modo justo. Sé que dejo fuera de estas líneas, demasiado extensas hace rato, otros aspectos merecedores de alguna referencia, y lo lamento. Sin embargo, debo concluir. Voy a hacerlo aludiendo al final, a esa aparición inesperada de un testigo que acarrea la exculpación de Mark en el asesinato de Rafael. Algunos juzgamos este movimiento un tanto extraño, algo forzado, como si la autora no se atreviese a culminar el desastre vital de Mark y lo salvara en el último momento. Se apuntó que quizá fuera Lazlo, el fiel y misterioso Lazlo, quien se ocupó de construir eficazmente tan decisiva coartada. Se alabó la decisión narrativa de  que Mark continuara libre para seguir ejecutando su destino, pues esto confería a la novela y al personaje un interés mayor. Dejémoslo así, con esa intriga, como algo abierto.
No obstante, no quiero cerrar mi comentario con este hecho. Me voy a un momento también mencionado en la tertulia, a un detalle pequeño, modesto, insignificante casi, un vaso de agua cuya observación desata en Leo un llanto incontenible. “El agua parece ser un símbolo de ausencia” (p. 199). La escena tiene lugar durante una clase, rodeado de sus alumnos. La dolorosa ausencia de su hijo lo inunda inopinadamente y desencadena, al fin, la expresión de su dolor en angustiosos sollozos y quejidos. Vuelvo al comienzo de mi reflexión, a esas palabras de Hustvedt evocadoras de su asombro infantil ante detalles de la realidad, sus sagaces interrogantes: ¿por qué?, ¿cómo sabemos lo que sabemos?...
Creo que esta hermosa novela constituye en el fondo una indagación de la autora en cuanto aspira a conocer y comprender, de ahí su amplitud de temas, enfoques y ámbitos. Orquestado por una viva inteligencia y una extrema sensibilidad, el relato se recrea en lo visible y se zambulle con audacia en lo que permanece oculto, escondido, con el aval de la fascinación ejercida por el arte como misterio y refugio. Pero finalmente son los personajes los que nos atrapan: en su persecución del conocimiento de sí mismos y del mundo, en su búsqueda de la dicha, en su entrega a la pasión, al amor, o al peligro y la destrucción. Y se sostienen unos a otros con la lealtad inquebrantable de la amistad verdadera, capaz de sobrevivir a   todos los estragos de la existencia. También a la desolación infinita en que nos sume la muerte.



Nos vemos en la próxima tertulia, el 27 de noviembre, esta vez hablando de la última galardonada con el Premio Nobel de Literatura, la escritora polaca Olga Tokarczuk, y su novela Sobre los huesos de los muertos.