Ya hace varias semanas que tuvo lugar la tertulia sobre Las
baladas del ajo, de Mo Yan, pero por unas cosas o por otras hemos ido dejando la
elaboración de esta crónica por asuntos más urgentes (de índole vacacional, básicamente).

Esta acumulación de elementos negativos (violencia,
crueldad, dolor, odio, malos tratos, suciedad, pobreza, abuso de poder, y un
largo etcétera) dio pie a un debate sobre si la obra reflejaba la realidad de
la China rural en los años 80 o si simplemente era una abstracción literaria
del autor para poner de relieve tales miserias. No es posible -dijeron algunos-
que confluyan en una sola familia, en un solo pueblo, tantas desgracias, sin un
pequeño rayo de luz que dé alguna esperanza. Se comparó la novela con Los
santos inocentes, de Delibes: la realidad de la España rural en la postguerra
podría no ser tan terrible como allí se plasma, pero es cierto que hechos como
los que nos presenta Delibes ocurrían en el campo extremeño (y en muchos otros)
aunque no todo fuera así.
Esta presentación de la realidad china con toda su crudeza,
sin paliativos ni elipsis poéticas, podría interpretarse como una crítica al
sistema comunista; los abusos cometidos por los oficiales son en parte el
desencadenante de los sucesos que se cuentan, pero también es cierto que se
trata de una desviación de la idea original del comunismo: los oficiales suponen
la personificación de la corrupción y del abuso de poder, mientras que el joven
militar abogado (uno de los únicos personajes positivos de la novela) encarnaría
los ideales puros del comunismo sin adulterar -alguien apuntó que podría
tratarse del alter ego del autor-. Así se explicaría que la novela, como el
resto de la producción de Mo Yan, no haya tenido problemas con la censura del régimen.
Se comparó este hecho con la posición de Leonardo Padura en Cuba: sus novelas
presentan la realidad cubana con todos sus claroscuros, y pese a ello son
permitidas por el régimen cubano. Otra explicación que se apuntó fue la
posibilidad de que ambos regímenes permitan estos casos de "disidencia
literaria" como una muestra de aperturismo, para dar a entender al mundo
exterior que no son tan terribles como los pintan estos escritores.

Un respiro a tanta desgracia y escatología lo representan
las coloristas descripciones de paisajes, así como los elementos mágicos que
salpican la narración (aunque a veces la magia no está reñida con la crueldad y
el ensañamiento, como el episodio del feto parlante del hijo nonato de Jinju).
Por último se hizo hincapié en dos grandes aciertos de la
novela: su compleja y elaborada estructura, con su comienzo in medias res y sus
continuos saltos temporales hacia atrás y adelante, y su soberbia escena final
con la huida en la nieve, de un lirismo y una dramática plasticidad que cierran
"con broche de oro" (permítaseme una expresión tan rancia) una obra
que, guste o no guste al lector, es imposible que lo deje indiferente.
El próximo libro del que hablaremos en la tertulia es El
ruido de las cosas al caer, del colombiano Juan Gabriel Vásquez (premio
Alfaguara 2011). Si no hay cambios, nos reuniremos el jueves 16 de mayo. Que la
tercera evaluación os sea leve.