lunes, 5 de marzo de 2018

El cuento de la Criada

(de Margaret Atwood)

De nuevo Josune nos cuenta cómo transcurrió la última tertulia. Gracias por tus palabras, es un placer leerte.




La tertulia resultó breve y muy interesante. Las opiniones reflejaron lo poco que, en general,  ha gustado la novela por varios motivos. Parte de un planteamiento original que despierta en el lector expectativas  lamentablemente defraudadas en el desarrollo de la trama. En dos o tres momentos puntuales el argumento parece precipitarse hacia algo sorprendente y clarificador; sin embargo, luego no es así, y nada llega a compensar una espera que resulta demasiado prolongada, al compás de una lectura plana desde el punto de vista estilístico.
          Este aspecto suscitó uno de los mejores instantes de nuestra charla. Recordamos lo esencial de la forma en una novela y en toda la Literatura. Alguien apuntó que tal vez ese estilo seco tratara de ajustarse a la dureza del contenido; no obstante, de inmediato recordamos títulos de obras posiblemente más amargas y desgarradoras en las que el milagro de la belleza formal, incluso del lirismo hallado en medio de la sordidez o el horror, nos hizo soportable e inolvidable su lectura: Las uvas de la ira, Las baladas del ajo, En la orilla, El gran cuaderno
          Observamos también que la construcción de una distopía requiere una estructura mejor trabada y un juego de simbolismos comprensibles en el entramado de la obra. Hay cuestiones explicadas en las páginas finales relativas al Congreso de estudiosos de la “Era Gileadiana”, pero cabe señalar que la aclaración resulta tardía e insuficiente, como si la propia autora respondiera en ese momento a la necesidad de explicitación exigida por una apuesta narrativa tan audaz como incompleta.
          En lo que sí coincidimos todos es en reconocer la eficacia con que la novela concentra comportamientos alienantes registrados en diferentes lugares y épocas de la historia de la humanidad, tras los que el miedo se erige en infalible mecanismo fortalecedor de la ignominia frente al riesgo del dolor y la muerte, además del irreductible instinto humano de supervivencia, que tiene en la adaptación al medio ―aunque este sea el peor de los escenarios posibles— a la vez su trampa y su salvación. “Duramos” porque nos acostumbramos a todo y logramos de este modo salvar el pellejo. También comentamos que esta rendición “a lo que sea” queda patente en la obra.
          La novela fue defendida por su capacidad de enganchar al lector y por el  acierto con que transmite  la sensación de ahogo y aburrimiento que cubre la falta de libertad en la que vive la protagonista, aderezada por el recuerdo de todo aquello que añora y que pertenece a un pasado mejor.
Es probable que con el tiempo recordemos El cuento de la criada al menos por el inquietante aviso que contiene: no estamos libres los seres humanos de echar a perder lo más valioso —la libertad, el amor, la belleza de la expresión artística― cuando nos atenaza el miedo sembrado por el fanatismo y el autoritarismo ideológico. Casi nada…




Para la próxima tertulia, que tendrá lugar el 27 de marzo, leeremos La uruguaya, de Pedro Mairal.

Annobón

(de Luis Leante)

Ya ha pasado un tiempo desde que nos reunimos con uno de nuestros autores preferidos para comentar su última novela. Josune nos hace una estupenda y precisa crónica, como siempre, de lo que allí hablamos.


La novela reúne las virtudes que suelen caracterizar a las narraciones de Luis: agilidad, interés e impecable armazón. Yo añadiría un valor más que singulariza a esta obra: su potente oralidad.
         El punto de partida lo constituye la investigación emprendida por un escritor a raíz de una impactante noticia: el hallazgo, en una localidad del sur de Francia, del cadáver momificado de una mujer. El azar irá encadenando los movimientos de su indagación hasta situarlo en el hecho central: el asesinato, en noviembre de 1932, del Gobernador de Guinea a manos del sargento de la Guardia Civil Restituto Castilla González cuando aquel visitaba Annobón, la pequeña isla en la que Castilla, inspirado por los principios de la República, había fundado una comunidad. El sargento será juzgado y condenado por este crimen y Alfonso Pedraza Ruiz ejercerá de abogado defensor. La novela cuenta la historia de los dos personajes a través del relato de sus respectivas hijas, Cesárea Castilla Martín y Pilar Pedraza Pardo. Sin embargo, la verdadera protagonista es Teresa Martín Martos, la hermosa mujer con la que, en épocas distintas, los dos estuvieron casados. Cabe destacar que uno de los alicientes principales de la lectura lo constituye la curiosidad que despierta este hecho, y así el modo en que Teresa forma parte esencial de la vida de ambos se convierte en un soporte básico del esqueleto narrativo.
Annobón nos traslada a unos años tristes, a vidas desdichadas, injustamente truncadas por la Guerra. Sirva de ejemplo el propio Alfonso Pedraza Ruiz, quien obtuvo el número uno en las oposiciones a judicatura a mediados de 1936 y nunca llegó a ocupar su plaza, primero por el estallido de la contienda y luego por la orden de un ministro de impugnar el resultado de las pruebas. Ya en Madrid, su tarea es defender a multitud de encarcelados, entre ellos Restituto Castilla, quien quizá lo salvara de la cárcel en un desgraciado incidente en que se vio envuelto a los dieciséis años. Pedraza utiliza la influencia de su suegro, Pardo Andújar, para que liberen a la mujer de Castilla, Teresa, y a su hija, Cesárea, injustamente retenidas. Ahí comienza su perdición.
Además del hecho de amar a la misma mujer, Restituto Castilla y Alfonso Pedraza tienen en común un rasgo primordial de su carácter: la entrega irracional y finalmente destructiva a aquello en lo que creen y que consideran su deber vital, aunque por el camino sucumban a la pasión o a una extraña forma de locura y se extravíen. Creo que por esos derroteros transcurre el tema de fondo de la obra, junto con la otra cuestión a mi juicio importante: la imposibilidad de hallar una sola verdad en la explicación del pasado, tal como nos demuestran con sus respectivas versiones Cesárea Castilla y Pilar Pedraza.
         En la tertulia se fueron mezclando varios relatos: la novela que Luis ha escrito y nosotros hemos leído, la narración que cada una de las hijas ofrece a su interlocutor desde interpretaciones bien distintas de unos hechos que llegan incluso a no parecer los mismos, y el que procede de la apasionante descripción que el autor, allí presente,  nos regaló sobre cómo y de dónde surge el embrión de esta obra. (Por cierto, ¡qué bien cuenta Luis cualquier cosa!). Más de una vez le he oído decir que suele acudir a hechos históricos como punto de partida de sus novelas porque le falta imaginación, apreciación que como lectora yo no comparto. Es verdad que siempre se entrega a una exhaustiva labor de documentación; sin embargo, la trasciende desde el momento en que ha decidido convertirla en materia novelesca y la ficción entra en juego. A propósito de esto, también le he escuchado en repetidas ocasiones que, llegado un punto, se siente incapaz de recordar qué fue real y qué inventado, y es que en la novela eso ya no importa, es del todo irrelevante. Trajo a colación una vez más al escritor peruano Julio Ramón Ribeyro y a su recomendación de “contar la verdad de modo que parezca mentira y la mentira como si fuese verdad”, algo que Luis Leante consigue en sus obras con indiscutible maestría.
         Además de sus novelas, los tertulianos del Sofá siempre le agradeceremos a Luis que responda encantado a nuestra llamada y venga a confiarnos  ese otro relato, el de lo acontecido desde la búsqueda tenaz de documentos, su lectura minuciosa y la oscuridad amenazadora de las dificultades que se ciernen sobre el empeño creativo, hasta la fulgurante claridad de sus palabras en la hermosa penumbra que para la ficción novelesca tejen, bajo su batuta de consumado fabulador, la verdad y la mentira.

jueves, 31 de agosto de 2017

Middlesex

(de Jeffrey Eugenides)


Las vacaciones tocan a su fin y la reseña de nuestra última tertulia, postergada hasta el extremo, lucha por salir a la luz. Ya hace más de un mes que nos reunimos para hablar de Middlesex, la estupenda novela de Jeffrey Eugenides.

Todos estuvimos de acuerdo en la profundidad y la delicadeza con las que trata un tema para nosotros tan desconocido, el de la intersexualidad. La obra narra el drama personal de un hermafrodita, que no es más que la excusa para el gran tema de la novela: la rareza, el monstruo, el sentimiento de ser diferente. Esta rareza ya empieza en los orígenes de la familia, el incesto inicial que se nos presenta como la única salida lógica y viable para los personajes de Desdémona y Lefty. Todo esto nos lo cuenta un narrador al tiempo autobiográfico y omnisciente, aparente contradicción, y va pasando de  una a otra condición con naturalidad, de forma simétrica a la doble naturaleza femenina y masculina del protagonista. El narrador asume este juego, él lo sabe todo y al mismo tiempo es un yo participativo.

El no delimitar las dos voces supone un riesgo: como narrador omnisciente, incluso antes de su nacimiento conoce los acontecimientos que le suceden a su familia (conocimiento justificado a posteriori por la confesión de su abuela). Aunque durante gran parte de la obra verá el mundo solamente desde su perspectiva, en la parte final volverá a la omnisciencia.

El telón de fondo histórico es el auténtico protagonista de la primera parte de la novela. de hecho, se podría hablar de dos novelas perfectamente ensambladas: la que trata el tema de la intersexualidad y la que se centra en los acontecimientos históricos. Todos los momentos clave de la obra tienen su trasfondo histórico: la catástrofe de Esmirna, las revueltas de Detroit... El autor documenta a la perfección cada época de las que se ocupa, y de forma especialmente detallada la crisis que sucedió a la gran depresión del 29 (las crisis suelen ser muy literarias, pues suceden cosas que en circunstancias normales no ocurren).

En algunos momentos la novela se transforma en una auténtica road movie, como en el episodio de la huida de Cal con solo catorce años por Estados Unidos, con sus aventuras, los personajes que se va encontrando, su viaje interior de autoafirmación, de descubrimiento de quién es y de aceptación. Es en esta parte cuando se tropieza con personas de su misma condición y vuelve a cobrar protagonismo -si es que lo había perdido en algún momento- el tema de la rareza: cuando uno se siente raro, diferente, el primer consuelo es saber que a otros también les pasa lo mismo, que no se es el único en esa "rareza", sea del tipo que sea.

Debatimos en la tertulia sobre el tabú que sigue suponiendo el tema de la intersexualidad, más aún que la transexualidad: el problema mayor viene dado cuando el intersexual quiere quedarse con los dos sexos, o cuando -como en el caso de Cal- se educa a la persona en el sexo en el que no se siente cómoda. El protagonista de la novela se decanta finalmente por lo masculino, aunque sigue teniendo su vertiente femenina por la educación como chica de la que ha sido objeto. Lo dramático es que la sociedad obliga a decantarse por una de las dos opciones, no se puede estar entre dos aguas. La solución del doctor Luce estaba acorde con la sexología de la época: amputar para definir un solo sexo, aunque esto comporte la privación total del placer sexual.

Otro tema de relevancia en la obra y del que también no ocupamos es el mestizaje cultural, los griegos, turcos y demás pueblos que llegan a Estados Unidos y echan raíces, esa mezcla simbolizada por la casa, Middlesex, "un sitio concebido para un nuevo tipo de ser humano que habitaría un mundo nuevo", una casa sin divisiones tan taxativas y tan claras y con ese nombre tan premonitorio.

También abordamos el tema de los referentes clásicos presentes a lo largo de la novela, como el que resulta más evidente, el mito de Hermafrodito, o el personaje de Tiresias (representado en la función del instituto por Cal), adivino que transitó por ambos sexos a lo largo de su vida.

Como cada final de curso, procedimos a la votación sobre cuál nos había parecido la mejor novela y qué tertulia nos había resultado la más interesante. En la categoría de mejor novela, ganaron ex aequo  el primer puesto Patria, de Fernando Aramburu, y Middlesex. Como tertulia, nos pareció la mejor la de La mujer de sombra, de Luisgé Martín.





Para la apertura del próximo curso leeremos la última obra de Luis Leante, Annobón.

lunes, 3 de abril de 2017

Patria

(de Fernando Aramburu)


RESEÑA DE JOSUNE

Han pasado varias semanas desde que celebramos nuestra última tertulia y, sin embargo, me resulta muy fácil recordarla. Acudimos prácticamente todos, llenábamos el espacio que se nos reservó en Pynchon y tuvimos que concluir porque nos dijeron que era hora de cerrar. De algún modo, la tertulia continuó. Posiblemente continúa aún, no solo entre nosotros, sino entre quienes han leído Patria en Alicante, en el País Vasco y en España entera. Así lo atestiguan conversaciones en las que participamos, y críticas que no dejan de aparecer en la prensa, en alguna de las cuales incluso reconocemos opiniones vertidas aquella tarde de febrero.
         A ninguno de los asistentes le desagradó la novela y la inmensa mayoría se mostró gratamente impresionada. Es preciso indicar, antes de seguir recordando cuanto dijimos, que la última obra de Aramburu ha tenido una extraordinaria repercusión social, de modo que hablar sobre ella implica hablar también de la realidad histórica de la que parte, realidad tan triste, amarga, injusta e intolerable que tengo la sensación de que en algunos momentos le lanzamos a la novela reproches que en el fondo queríamos dirigir a lo ocurrido en la sociedad vasca durante los largos años del terrorismo de ETA. Después me referiré a las objeciones que algunos contertulios le pusieron a esta obra, objeciones acertadas y bien fundadas, pero no quiero perder la oportunidad de repetir aquí algo de lo que afirmé al abrir la tertulia: a mí me parece una novela inmensa, valiente y verdadera, que obedece a una deuda de carácter moral contraída por el propio autor y por todos los que sentimos vergüenza al reconocer lo poco que hicimos —tal vez nada― y lo mucho que callamos.
         La sociedad vasca que yo he conocido es familiar, tribal y gregaria. Si en condiciones extremas de peligro a los humanos nos salva nuestro arraigado instinto de supervivencia, cuando el riesgo que corremos es el de la exclusión y el rechazo social, lo que se activa es nuestra inconmensurable capacidad de adaptación al grupo. Lo sabemos hace mucho tiempo: sobrevive el que mejor se acomoda. Se trata de seguir vivos y de no estar solos, aunque para ello tengamos que anestesiarnos frente a la crueldad, la violencia, la extorsión, el terror y, en definitiva, la alienación a la que nos entregamos en un execrable proceso de deshumanización. Y, ya que, como dice la sabiduría popular, ningún mal dura cien años, todo pasa. El efecto de la anestesia se termina. Los supervivientes miran atrás, algunos recapacitan y se preguntan, entre perplejos y avergonzados, cómo pudieron ser partícipes de tanta infamia. Creo que esta es la razón de que Patria haya traspasado el ámbito literario y se haya convertido en la excusa de un debate más sociológico que artístico. Sin embargo, por más que pueda parecer otra cosa, este impresionante libro solo es una novela.
         Patria ofrece, a mi juicio, dos valores apreciables desde el principio: la ubicación espaciotemporal de la historia ―el presente del País Vasco sin el terrorismo de ETA— y la prodigiosa oralidad que se desprende tanto de sus diálogos como de la narración indirecta de los mismos. La lectura se transforma en atenta escucha de unas voces  tan reales  que desde ellas resulta muy fácil dibujar todo lo demás, de modo que leer es oír y ver a sus personajes moviéndose en su vida. Los personajes son sus palabras o sus silencios, y, en medio, esas frases inacabadas como sugerentes brochazos que el lector, espectador y oyente cómplice, concluye.
La narración fluye de un modo asombroso, sin que el lector perciba la existencia de una estructuración fija del tiempo. Pasamos del presente de cada personaje a un tramo concreto de su pasado con absoluta naturalidad  y volvemos al momento actual conociendo lo que precisamos conocer. La extensión de la obra (642 páginas) no es un obstáculo y la brevedad de los capítulos constituye, sin duda, un gran acierto. Se lee sin fatiga ninguna.
Además, resulta muy original la mezcla del narrador omnisciente con el yo en la misma secuencia, incluso en la misma frase, como si el autor se desplazara desde la distancia al interior del personaje en un movimiento que para mí define su posición frente al tema de la novela: entre la objetividad y la clemencia que implica la comprensión. 
         El centro de la trama lo ocupan dos mujeres que fueron como hermanas, Miren y Bittori, muy parecidas en lo esencial, aunque enfrentadas por las circunstancias. Reconocemos sus similitudes, por ejemplo, en el modo áspero de tratar a sus maridos, en la predilección por sus hijos varones (Joxe Mari y Xabier), en el choque con sus hijas (Arantxa y Nerea). También sus respectivos esposos (Joxian y el Txato) se parecen en su actitud hacia ellas: leales y resignados se refugian en su camaradería y en su cotidianidad (salen en bici, comen y beben juntos). Al comienzo de la obra sabemos que el Txato fue asesinado por ETA y que Joxe Mari lleva años en la cárcel por pertenencia a la banda. El punto de partida del relato es la novedad de la paz, la noticia de que ETA abandona las armas. La justicia pendular ofrecida por el devenir de la historia parece ponerse ahora del lado de las víctimas: Bittori regresa a su pueblo, del que salió tras el asesinato del Txato. Quiere recuperar su espacio, dejarse ver por todos los que le dieron la espalda a su marido, lo dejaron solo y lo convirtieron en un condenado a muerte. Quiere saber si fue Joxe Mari, ese chaval al que el Txato compraba helados de pequeño, su asesino. Quiere, antes de morir, que le pidan perdón.
         Las dos familias están muy bien retratadas y en las dos se percibe un velo de infelicidad que cubre a todos sus miembros. Bittori y sus hijos jamás se repondrán de lo ocurrido. Xabier, el médico, no se permite ser feliz, y se hace cargo de su madre hasta el final; Nerea no puede afrontar la muerte de su padre y no acude al funeral, algo que su madre jamás le perdonará. En Nerea se refleja también el modo en que muchos jóvenes asistían a las manifestaciones, sin convencimiento ninguno, simplemente porque había que dejarse ver. Lo mismo le sucedía a Gorka, el hijo pequeño de Miren, gran lector, escritor, pusilánime y homosexual. Lo salva su dominio del euskera, pero es un creador cautivo: no puede escribir lo que quiere.
         Joxe Mari, primario y simplón, cae fácilmente en las redes de ETA y enseguida cuenta con el apoyo incondicional de su madre. Acaba en la cárcel, y es ahí donde alcanza dolorosa conciencia de haber malgastado su juventud por una causa en la que ya ha dejado de creer. Por último, Arantxa, la más lúcida, la más valiente, «la mejor de todos ellos», en opinión de Bittori, vive atrapada en las graves secuelas físicas provocadas por un ictus, pero posee la fuerza y la determinación de una mujer libre e indómita. Se trata de un personaje espléndido. Ella mediará para que Joxe Mari le escriba a Bittori y le pida perdón.

         No tenía fácil Aramburu concluir su obra con un final adecuado; sin embargo, lo ha conseguido: El encuentro se produjo a la altura del quiosco de música. Fue un abrazo breve. Las dos se miraron un instante a los ojos antes de separarse. ¿Se dijeron algo? Nada. No se dijeron nada.
         Un libro inmenso, insisto, valiente y, por más que me duela, lleno de verdad. He afirmado antes que no es más que una novela, y una sola novela no tiene por qué mostrarlo todo, explicarlo y reflejarlo todo, abarcar otras miradas posibles. Las opiniones críticas de nuestra tertulia apuntaban esta carencia y se preguntaban, por ejemplo, dónde están en Patria los nacionalistas sensatos, inteligentes, capaces de defender su ideología con un discurso mínimamente racional y complejo. Es cierto, aquí no están, y a mí no me parece necesario que estén porque seguro que para ellos existirá otra novela.
Creo que la obra de Fernando Aramburu ha definido las voces de una sociedad que, presa del miedo y el fanatismo, se fue degradando hasta extremos insospechados, se acostumbró a convivir con la violencia y a guardar las propias ideas en el silencio. Sería algo muy bueno y muy esperanzador que esta magnífica novela se convirtiera, especialmente en el País Vasco, en un libro imprescindible, de esos que te sacuden el entendimiento, te pellizcan el alma y, desde la responsabilidad compartida, encienden la necesidad urgente de trascender la vergüenza y pedir perdón. Una y mil veces perdón, y nunca serán bastantes.


Recordad que la próxima tertulia (fecha aún por determinar) versará sobre Middlesex, de Jeffrey Eugenides.

          

sábado, 7 de enero de 2017

La mujer de sombre

(de Luisgé Martín)

RESEÑA DE JOSUNE

La tertulia sobre esta novela será difícil de olvidar. El tema era peliagudo: las relaciones sexuales heterodoxas, por decirlo de un modo neutro, en el ámbito de otro tema de fondo que es el de «lo oscuro», «la sombra», la parte escondida, poco presentable, de la naturaleza humana. Muy apropiada me parece para el planteamiento adoptado por el autor al construir su obra la cita de Céline que la encabeza, perteneciente a Viaje al fin de la noche: «Todo lo que es interesante ocurre en la sombra. No se sabe nada de la verdadera historia de los hombres».

         El argumento se resume en pocas líneas: Guillermo y Olivia forman una pareja estable y bien avenida. Acaban de tener un hijo, lo cual supone para Guillermo una experiencia extraordinaria y gozosa. Pocos días antes de morir en un accidente, se encuentra con su amigo Eusebio, a quien confiesa que mantiene relaciones sexuales sadomasoquistas con una misteriosa mujer. El relato, por otra parte inesperado, enciende en Eusebio una curiosidad creciente por conocerla. Cuando por azar lo logra, no le revela la verdad (que sabe quién es y que Guillermo ha muerto) y, subyugado por ella, entabla una relación amorosa presidida por la ternura, con sexo plácido, carente de dolor ni sufrimiento, y emprende, paralelamente, un arriesgado camino de experimentación sexual nada ortodoxa. En este recorrido, sin duda, lo que más impacto nos causó a todos fue el episodio de pedofilia ―terrible, durísimo—, que motivó también el momento más delicado de la tertulia y el que se pueda considerar este relato como la crónica de una depravación.

         Desde la unanimidad en el rechazo radical hacia este tipo de actos, se suscitó un inquietante debate sobre qué puede empujar a un adulto a comportarse así. Se aludió a la dificultad  de abordar sin prejuicios la materia sexual, sometidos como estamos a determinados moldes culturales. Se mencionó la naturaleza cambiante y pasajera de esos moldes, que condenan en un tiempo lo que en otro aprueban. Se defendió como razón universal, por encima de los vaivenes espaciotemporales, la de rechazar absolutamente aquello que cause daño —físico, mental, espiritual― a otro.

         Hay ámbitos de la realidad que cuesta nombrar. El sexo es uno de ellos. Por eso la apuesta de Luisgé Martín resulta arriesgada y valiente. Se sumerge, además, en una cuestión de gran actualidad: el anonimato que facilita internet y  su fuerte poder adictivo. La posibilidad de penetrar en el abismo, en «el fin de la noche», en silencio y sin testigos, bajo la máscara de otra identidad (muy significativo a este respecto el juego de varios personajes con sus nombres: Guillermo/Segismundo, Olivia/Nicole, Julia/Marcia).

         El final de la novela resulta descorazonador. Julia descubre la verdad sobre Eusebio y le envía una carta reveladora. Ella, que había encontrado con él el placer de la ternura, lo cita en su casa: No sé si lo que puedo ofrecerte es brutalidad o dulzura. Eusebio acude: Piensa que la vida es un cenagal, una emboscada. Luego el cerrojo se descorre.

         Podemos sospechar que tras esa puerta Eusebio va a hallar la crueldad y el dolor que la misteriosa Marcia (Julia) infligiera a su amigo Guillermo, culminando así su obsesiva y delirante búsqueda. Los dos (Eusebio y Marcia/Julia) son personajes extraños, al servicio de la exploración que el autor se propone realizar sobre las oscuridades de la conducta sexual. Toda la construcción novelesca, el ritmo del relato, la asepsia del tono descriptivo, el empleo del presente como tiempo que facilita la visualización de lo narrado, la inmediatez con que Eusebio y Julia se convierten en una pareja, el drástico cambio operado en ella, del sadomasoquismo a la delicadeza y el cariño, el perfil del protagonista ―rico, ocioso, con todo el tiempo libre, sin obligaciones ni responsabilidades—…, todo se halla al servicio de esa indagación cruda, despiadada, atroz, en las prácticas sexuales heterodoxas.

         Yo no sé si es por completo acertada la cita de Céline que he mencionado al principio. Desde luego es sugerente, como lo es la sombra, lo oscuro, lo secreto, lo escondido, lo que no se ve, lo que no se dice. Sin embargo, me parece a mí que verdad es todo. También la luz, la claridad, la transparencia, lo que aflora a la superficie, lo que se descubre, lo que vemos, lo que nombramos. En esa penumbra mestiza de día y noche, en ese incierto claroscuro, se desenvuelve nuestra historia.

         En la misma época en que los grandes novelistas franceses del Realismo levantaban algunos de los mejores monumentos de la literatura universal, un grupo de jóvenes poetas, los llamados Simbolistas, habitaban noctívagos los tugurios parisinos, empeñados en apresar la negrura, que la rutilante sociedad burguesa negaba, para convertirla en materia poética. Probablemente el resultado más notable de tal propósito lo constituye Las flores del mal, de Charles Baudelaire, cuya publicación en 1857 le costó a su autor un proceso judicial que acabó en una multa y en la obligación de excluir algunos poemas, y que le supuso, por encima de todo, un gran dolor moral. El valor y la importancia de esta obra se hallan hace ya tiempo fuera de toda discusión. En su título está contenida su esencia: la belleza de lo oscuro, la innegable humanidad del mal. Vuelvo al comienzo de estas líneas: insisto en mi opinión de que el tema subyacente en esta novela es la dolorosa conciencia de nuestra condición humana, dual y contradictoria, viajera entre las alturas y el abismo. Así lo expresó Baudelaire en su «Himno a la Belleza»:

                   ¿Que vengas del Infierno o del Cielo, qué importa,
                   ¡Belleza! ¡Monstruo enorme, ingenuo y espantoso!
                   Si tus ojos, tu risa, tu pie, me abren la puerta
                   De un infinito al que amo y nunca he conocido?

         Ya lo he dicho, tertulia difícil de olvidar. Novela arriesgada, valiente, durísima, poblada de escenas desasosegantes, difícilmente transitables. No ha resultado cómodo leerla ni comentarla, pero, si algo hemos aprendido en nuestro sofá, es a leer de todo y a intentar comprender la realidad que nos descubren las palabras.


Os recordamos que la próxima tertulia, para el 9 de febrero, versará sobre la novela Patria, de Fernando Aramburu.


sábado, 17 de diciembre de 2016

El corazón es un cazador solitario

(de Carson McCullers)

RESEÑA ESCRITA POR JOSUNE.

        Carson McCullers tenía veintitrés años cuando escribió esta novela de espléndido título que tanto me recuerda en la atmósfera recreada y en el tono narrativo a Matar un ruiseñor. El calor del sur, la quietud y el tedio de una población rural difuminada en gris, el color que se disputan para hacer suyo el blanco y el negro. Blancos y negros son sus habitantes, cuyas vidas discurren entre los márgenes de la conformidad y la rebeldía.

         El corazón es un cazador solitario no se sostiene en una acción trepidante, tal vez por eso alguien comentó en la tertulia: «No pasa nada». En parte, así es, pero solo en parte. La materia de esta historia la componen el interior de sus personajes principales y los acontecimientos fortuitos, a veces trágicos, que estallan de modo inesperado y modifican el rumbo de algunas vidas, e incluso lo frenan, lo detienen para siempre. Pienso en el disparo, por suerte no mortal, que sale del rifle manejado por el pequeño Bubber, hiere a Baby y acarrea el desastre económico a su familia. O en la desgracia de Willie, que acabará inválido en una prisión.

         La novela comienza de un modo perfecto. El primer capítulo sorprende y atrapa con la historia de una insólita pareja de amigos: dos sordomudos. Dicho capítulo posee la intensidad y autonomía de un cuento redondo, cerrado a medias por la melancolía y la soledad en que queda sumido el personaje principal de la novela, el mudo Singer, cuando su amigo Antonapoulos es arrancado de su lado por decisión de su primo, quien lo ingresa en una institución estatal en la que pueden cuidarlo y ocuparse de él convenientemente. Estas son las últimas líneas de tan magnífico arranque: En su rostro se reflejaba la melancólica paz que suele verse  en quienes sufren mucho o son muy sabios. No obstante, continuaba deambulando por las calles de la ciudad, siempre solo y en silencio.

         Ese hombre silencioso, pacífico y solitario se va a convertir en el testigo, el compañero, el escuchante ideal de los otros cuatro personajes importantes de la novela: la pequeña Mick; Biff Brannon, dueño del Café New York; Blount, alcohólico y anarquista; y el doctor Copeland, entregado a la reivindicación de los derechos de los negros.

         Si tuviera que destacar algún episodio, me inclinaría, sin duda, por esa escena en la que los cuatro coinciden en la habitación de Singer y apenas son capaces de hablar entre ellos (Singer se sentía confundido. Siempre habían tenido mucho que decir. Sin embargo, ahora que estaban juntos permanecían silenciosos. (…) Cada uno de ellos dirigía sus palabras principalmente al mudo. Sus pensamientos parecían converger en su persona como los radios de una rueda en torno a su eje.)

         Singer es un hombre blanco afable, paciente y compasivo. Él, que escucha siempre, aun sin comprender, resulta un enigma para sus visitantes, quienes, sin embargo, no precisan saber más, conocerlo mejor. Por su parte, tampoco él los necesita a ellos. Su vida se sustenta en la existencia de su «único amigo», Antonapoulos, a quien escribe a pesar de que el griego no sabe leer.

Cuando el primo se lo lleva del pueblo, Singer logra recuperarse porque periódicamente acude a visitarlo y pasa unos días con él. La detallada descripción que la autora hace de los preparativos de estas escapadas nos permite participar de la emoción del personaje, cuyo amor hacia el otro mudo se nos muestra como una conmovedora realidad: No nací para estar solo y menos separado de ti, que eres quien me comprende, escribe en la que será su última carta. Por eso el final, trágico y tristísimo, es más que coherente y comprensible. Muerto Antonapoulos, Singer no puede seguir viviendo.

Los demás sí lo harán, más solos que antes. El negro, el del bigote, el dueño del Café (así los identificaba Singer para su amigo), con su pasado a cuestas. Mick, antaño entregada a los sueños que encendía en su interior su pasión por la música, ya no es tan niña y trabaja en unos grandes almacenes porque hace falta dinero en su casa. Se siente engañada, «entrampada», pero aún confía en que suceda «algo bueno». Igual que el extraño Biff, que empieza un nuevo día en su café dispuesto a esperar «el sol de la mañana».



 Los cuatro siguen viviendo. Guía sus pasos y alienta su esperanza el latido de un cazador hambriento de amor y solitario.

miércoles, 20 de julio de 2016

Un lugar de paso

(de Josune Intxauspe)

Este final de temporada no ha podido tener mejor colofón que la lectura de la novela Un lugar de paso,  de nuestra querida compañera, amiga y alma indiscutible de esta tertulia Josune Intxauspe. Ya hace años nos deleitó con su opera prima El color del tiempo (Editorial Gollarín, 2007) y ahora vuelve a sorprendernos con una obra intimista, reflexiva y, en opinión de muchos de los que asistimos a la tertulia, magistral.
Se trata de una obra profunda, densa, escrita con un manejo excelente del idioma, que nos obliga a veces a releer determinados párrafos.  La voz de la autora, para nosotros tan conocida, se oye a lo largo de numerosas páginas, sobre todo en las partes dedicadas al diario de Jana; llega un  momento en que desaparece, al sumergirse en el universo de Enrique Orés.

Precisamente el  personaje de Enrique fue el más difícil de construir para la novelista. Al abordar el tema de la creación literaria, Josune reconoce estar tanto en Marta -lectora empedernida de Orés y escritora en ciernes-  como en Enrique (aunque espera no convertirse en Enrique, a pesar de su redención final); este personaje, pese a (o precisamente por) su talento, es profundamente infeliz. Incluso las obras que ha escrito Orés son esbozos de novelas de la propia autora, de su "arsenal de anotaciones".  Enrique es un "escritor de personajes", como confiesa ser la propia Josune; ella primero decide los temas, pero realmente no hay novela hasta que no dibuja los personajes. Por su parte, el  personaje de  Marta posee un concepto tan elevado de la escritura y, al mismo tiempo, se siente una persona tan normal, que piensa que es imposible convertirse en escritora. La autora reconoce que ella misma ha tenido que superar ese temor, esa falta de autoconfianza, y ha tenido que dejar de idealizar y mitificar a los escritores; así,  le intenta "bajar los humos" al personaje de Orés, pues a pesar de su calidad como escritor, sus amigos lo superan en calidad humana; esos amigos que lo han apoyado e impulsado siempre, gracias a los cuales es quien es.

Nos emocionó el retrato de otros personajes, como el de Arturo: sorprende la energía que emplea en conseguir que Enrique se convierta en un escritor de éxito, su constante e inflexible apoyo; hay que ser muy valiente para reconocer la propia falta de talento, y muy generoso para ver que quien lo tiene es el de al lado. Todos los personajes a lo largo de la obra tienen unos valores similares, un afán de superación parecido. A juicio de algunos, podría tratarse de variaciones sobre un mismo tema (la insatisfacción con lo que uno mismo es), pero distribuidas en diferentes personajes.

Nos dio la impresión en la tertulia de que nuestra autora  se expone constantemente en la novela, que revela muchas claves sobre ella misma; sin embargo, ella opina que no se expone tanto como al lector le puede parecer y, tal como nos reconoció,  en la obra están tanto ella misma como su imaginación. El tratamiento de las emociones forma parte de su narrativa y, aunque en la obra nos parezca verla experimentando esos sentimientos, la autora afirma que no habla solo de cosas que ella haya sentido. Para indagar una emoción y escribir sobre la misma, tiene que imaginar que la siente: ha tenido que “habitar” a Enrique Orés para escribir sobre él.  Josune declara con rotundidad que cree en la ficción y que escribe ficción, y, aunque siempre hay pequeños detalles, reflexiones y emociones que son suyas, es mucho más lo que inventa e imagina.

La insatisfacción vital que sienten algunos personajes (Marcelo, Nora...) no se explicita  claramente, ya que la propia autora reconoce no saber el porqué, sus personajes cobran vida propia. Los fantasmas del interior de cada mente son un tema que siempre ha preocupado a nuestra novelista; por ejemplo, siempre se ha preguntado qué pasa por la cabeza de una persona para querer irse de esta vida.

Es de vital importancia el papel de la estación como metáfora de la vida, de un lugar por el que todos pasan pero del que todos se marchan. Parte de la inspiración de esta novela reconoce la autora que se encuentra en la estación modernista de Canfranc, así como en el magnífico museo parisino de Orsay, otra estación transformada para usos culturales. La estación, cuya transformación nace de una idea de Orés, le da a la autora el motivo de la vuelta a Siaro y su redención: no puede existir el personaje de Enrique Orés sin la estación. Es su lugar propio, se siente reflejado en ella, es donde se conocieron sus padres, donde él tiene sus primeros escarceos amorosos...

Un motivo que atraviesa toda la novela es el mito de Orfeo y Eurídice, sobre todo en su tratamiento en la ópera de Gluck; Josune lo trae a colación por su relación entre el amor y la muerte. Es el tema con el que comienza la obra y con el que también se cierra. Jana, que conoce por su madre la versión operística, no puede entender cómo Orfeo ha bajado hasta los infiernos a buscar a Eurídice y es incapaz de mirarla. Ella quiere un amor real, quiere que Enrique la mire como Orfeo (que en la versión de la ópera no pierde a Eurídice).

Nos sorprendió que el discurso que pronuncia Orés, a cuya redacción va encaminado todo el hilo argumental, no se dejara para el final; en su lugar, la autora ha optado por la historia de Diego, que supone un giro inesperado en la trama, una pequeña obra maestra para algunos. Es como una pequeña novela que recoloca las cosas en su sitio (el trabajo de Diego, el porqué del nombre de Jana...). Tanto esta historia final como la parte del diario de Jana supusieron un placer creativo para la autora, que reconoce haber sufrido para crear la parte central, la historia del escritor; nos confesó  que, cuando se estancaba en la trama central, se iba a las otras dos, pues parecían fluir solas. La parte central se cierra con el regreso de Enrique y la incertidumbre sobre Jana; Orés alcanza la paz consigo mismo, el discurso ha supuesto su redención ante Siaro, ante su familia y amigos. Así la parte final constituye una sorpresa para el lector, la autora intenta paliar la ausencia de una intriga potente con una estructura interesante, y quiere que este final resulte el lazo que anude un esquema argumental compacto.

Con todas estas reflexiones y muchas más que se nos quedaron en el tintero por falta de tiempo, cerramos esta temporada de tertulias y procedimos, como viene siendo tradición, a votar cuál nos ha parecido la mejor obra que hemos leído este curso y cuál la mejor tertulia. La modestia y el pudor de nuestra Josune nos impidió incluir en la lista Un lugar de paso, que obviamente habría resultado ganadora en ambas categorías. Así, se proclamó ganadora como mejor novela Yo confieso, de Jaume Cabré, y como mejor tertulia la de La loca de la casa, de Rosa Montero.

También decidimos las obras para nuestros próximos encuentros, que serán Posesión, de A. S. Byatt, y El corazón es un cazador solitario, de Carson McCullers. Esperamos poder encontrarnos de nuevo a la vuelta de las vacaciones en la librería Pynchon&Co., que tan amablemente nos acoge en sus encantadoras instalaciones.

¡Feliz verano y felices lecturas!