sábado, 18 de agosto de 2018

Lucy, la uruguaya solitaria

Tras meses de silencio, nuestro blog despierta de su letargo con una reseña de la tres últimas obras que nos ocuparon en nuestra tertulia. Gracias, Josune, no sé qué haríamos sin ti...


Reseñas de La uruguaya, Me llamo Lucy Barton y La ciudad solitaria

Pasé por Pynchon hace unos días para recoger un libro que había encargado y me preguntaron por la fecha de nuestra próxima tertulia. No me acordaba con exactitud y al llegar a casa lo miré en mi cuaderno: martes 25 de septiembre a las siete de la tarde. Fue lo último que escribí, tras el resultado de la votación con que cerramos el curso tertuliano y los dos títulos elegidos para comenzar la nueva temporada. Entonces recordé (para mi sonrojo) que de las cinco obras leídas, solo teníamos comentadas dos y he decidido reparar esa falta. Cada una de las tres ausentes merece una reseña individual y extensa que, por haber transcurrido demasiado tiempo, me siento incapaz de producir, y lo lamento. A cambio, van a tener el privilegio de inaugurar una reseña tipo «Tresenuna», fórmula inédita en nuestro blog. Lo que sea con tal de rescatarlas de un  injustificado silencio…

La lectura de La uruguaya, de Pedro Mairal, que comentamos un martes de febrero, nos sentó como nos sentaría ahora una buena lluvia en este agosto húmedo y sofocante.  Resultó fresca, ágil, divertida, de las que permiten ser leídas de tirón. La construcción de la peripecia mantiene el interés del lector, al tiempo que lo arrastra hacia la sospecha del estropicio en que concluirá la aventura sentimental del protagonista. La obra adquiere profundidad a medida que transcurre la acción. El autor distribuye en sabias y proporcionadas dosis la ligereza de la trama y la hondura de algunas reflexiones. Lo que en principio puede parecer una confesión para pedir perdón se convierte, a la luz de las últimas páginas, en la reconstrucción de la historia de una pareja ya rota, en la nómina sintética de sus fisuras. En medio, impagables secuencias de diversa índole: las que tienen que ver con su oficio de escritor, su ambición y sus trampas y mezquindades; los apuros económicos; su condición de padre… Uno de los mayores logros de esta breve novela radica en la hechura de su estilo, entre coloquial y lírico, alentado por la ironía que sostiene el relato y que le confiere entidad y brillantez.

En general, nos gustó mucho. Celebramos su hallazgo (y sobre todo el de su autor) y la juzgamos muy recomendable.

Me llamo Lucy Barton, de la estadounidense Elizabeth Strout, nos convocó en mayo. Sin tener nada que ver con la anterior, también fue de nuestro agrado y desencadenó la que hemos considerado mejor tertulia del curso.

Un gran trasfondo social se vislumbra en esta novela que aborda con habilidad un tema siempre incómodo y espinoso: las heridas que deja la pobreza.  Con ese telón de fondo la autora se apoya en dos cuestiones no menos delicadas: la necesidad vital del amor de madre, de su presencia, de su compañía, y la elaboración de la propia identidad, vaticinada por la frase que constituye el título. El pasado de las dos mujeres, madre e hija, reunidas por la hospitalización de la segunda, se reconstruye a través de sus diálogos y del pensamiento de la joven, quien acude a su memoria para apropiarse del dolor sufrido y convertirlo en su  irrenunciable propiedad (…) esto es mío, esto es mío, esto es mío— (pág. 207). El estudio le permitió escapar de la sordidez en que vivía su familia, le permitió dejar de ser gentuza, pero no pudo salir indemne: el dolor de la infancia dura toda la vida y haberlo padecido no impide infligirlo en los hijos —Esto es lo que les he hecho a mis hijas― (pág. 207). Ese dolor adquiere, en el caso de la protagonista, la forma de una perpetua inseguridad, frecuentemente manifestada en sus expresiones (creo…, me parece…), así como en las dudas sobre la fidelidad de sus recuerdos. Algunos acontecimientos no quedan explicitados (la Cosa, por ejemplo, claramente alusiva a alguna acción reprobable de su desequilibrado padre). Otros, en cambio, son descritos con toda crudeza, como el episodio en que el padre castiga públicamente a su hermano (ese que duerme con los cerdos antes de matarlos) por haberse disfrazado de chica. Por último, queda patente la importancia de la escritura en su vida, en la que es determinante el encuentro con la autora Sarah Payne.

Y a finales de junio concluimos las tertulias del curso con una propuesta novedosa: La ciudad solitaria, de Olivia Laing, la primera incursión que hacemos en el género ensayístico. Se trata de un análisis  serio del sentimiento de soledad relacionado con el arte, con la necesidad de contacto, de comunicación. Un recorrido por el mundo de los raros, de los marginados, frecuentemente hermanados por una infancia de maltrato y sufrimiento. Una suma de  seres estigmatizados por diversos motivos, como la enfermedad (el sida) o la sexualidad diferente. Llama la atención el hecho de que esos artistas extraños y heridos (Edward Hopper, Andy Warhol, Valerie Solanas, David Wojnarowicz, Klaus Nomi, Henry Darger…) logran expresar su singularidad a través de una obra en algunos casos muy reconocida y valorada.

En este hermoso libro queda patente la importancia de la comunicación, de las palabras, y la estremecedora dificultad de algunos seres para manejarlas (Warhol, por ejemplo). Precisamente a nosotros, los integrantes de nuestro sofá, que llevamos años reuniéndonos para hablar de ellas, nadie tiene que convencernos de su valor, de su belleza, de su poder, del inagotable misterio que las envuelve.



¡Feliz recta final de las vacaciones y hasta septiembre!


Como ya ha anticipado Josune, en esta última tertulia del curso procedimos a la votación sobre la mejor obra leída en estos meses y sobre la mejor tertulia.  La primera categoría (mejor obra) la ganaron ex aequo La ciudad solitaria y La uruguaya, y como mejor tertulia Me llamo Lucy Barton.

Para septiembre leeremos el último premio Nadal, Un amor, de Alejandro Palomas. 


lunes, 5 de marzo de 2018

El cuento de la Criada

(de Margaret Atwood)

De nuevo Josune nos cuenta cómo transcurrió la última tertulia. Gracias por tus palabras, es un placer leerte.




La tertulia resultó breve y muy interesante. Las opiniones reflejaron lo poco que, en general,  ha gustado la novela por varios motivos. Parte de un planteamiento original que despierta en el lector expectativas  lamentablemente defraudadas en el desarrollo de la trama. En dos o tres momentos puntuales el argumento parece precipitarse hacia algo sorprendente y clarificador; sin embargo, luego no es así, y nada llega a compensar una espera que resulta demasiado prolongada, al compás de una lectura plana desde el punto de vista estilístico.
          Este aspecto suscitó uno de los mejores instantes de nuestra charla. Recordamos lo esencial de la forma en una novela y en toda la Literatura. Alguien apuntó que tal vez ese estilo seco tratara de ajustarse a la dureza del contenido; no obstante, de inmediato recordamos títulos de obras posiblemente más amargas y desgarradoras en las que el milagro de la belleza formal, incluso del lirismo hallado en medio de la sordidez o el horror, nos hizo soportable e inolvidable su lectura: Las uvas de la ira, Las baladas del ajo, En la orilla, El gran cuaderno
          Observamos también que la construcción de una distopía requiere una estructura mejor trabada y un juego de simbolismos comprensibles en el entramado de la obra. Hay cuestiones explicadas en las páginas finales relativas al Congreso de estudiosos de la “Era Gileadiana”, pero cabe señalar que la aclaración resulta tardía e insuficiente, como si la propia autora respondiera en ese momento a la necesidad de explicitación exigida por una apuesta narrativa tan audaz como incompleta.
          En lo que sí coincidimos todos es en reconocer la eficacia con que la novela concentra comportamientos alienantes registrados en diferentes lugares y épocas de la historia de la humanidad, tras los que el miedo se erige en infalible mecanismo fortalecedor de la ignominia frente al riesgo del dolor y la muerte, además del irreductible instinto humano de supervivencia, que tiene en la adaptación al medio ―aunque este sea el peor de los escenarios posibles— a la vez su trampa y su salvación. “Duramos” porque nos acostumbramos a todo y logramos de este modo salvar el pellejo. También comentamos que esta rendición “a lo que sea” queda patente en la obra.
          La novela fue defendida por su capacidad de enganchar al lector y por el  acierto con que transmite  la sensación de ahogo y aburrimiento que cubre la falta de libertad en la que vive la protagonista, aderezada por el recuerdo de todo aquello que añora y que pertenece a un pasado mejor.
Es probable que con el tiempo recordemos El cuento de la criada al menos por el inquietante aviso que contiene: no estamos libres los seres humanos de echar a perder lo más valioso —la libertad, el amor, la belleza de la expresión artística― cuando nos atenaza el miedo sembrado por el fanatismo y el autoritarismo ideológico. Casi nada…




Para la próxima tertulia, que tendrá lugar el 27 de marzo, leeremos La uruguaya, de Pedro Mairal.

Annobón

(de Luis Leante)

Ya ha pasado un tiempo desde que nos reunimos con uno de nuestros autores preferidos para comentar su última novela. Josune nos hace una estupenda y precisa crónica, como siempre, de lo que allí hablamos.


La novela reúne las virtudes que suelen caracterizar a las narraciones de Luis: agilidad, interés e impecable armazón. Yo añadiría un valor más que singulariza a esta obra: su potente oralidad.
         El punto de partida lo constituye la investigación emprendida por un escritor a raíz de una impactante noticia: el hallazgo, en una localidad del sur de Francia, del cadáver momificado de una mujer. El azar irá encadenando los movimientos de su indagación hasta situarlo en el hecho central: el asesinato, en noviembre de 1932, del Gobernador de Guinea a manos del sargento de la Guardia Civil Restituto Castilla González cuando aquel visitaba Annobón, la pequeña isla en la que Castilla, inspirado por los principios de la República, había fundado una comunidad. El sargento será juzgado y condenado por este crimen y Alfonso Pedraza Ruiz ejercerá de abogado defensor. La novela cuenta la historia de los dos personajes a través del relato de sus respectivas hijas, Cesárea Castilla Martín y Pilar Pedraza Pardo. Sin embargo, la verdadera protagonista es Teresa Martín Martos, la hermosa mujer con la que, en épocas distintas, los dos estuvieron casados. Cabe destacar que uno de los alicientes principales de la lectura lo constituye la curiosidad que despierta este hecho, y así el modo en que Teresa forma parte esencial de la vida de ambos se convierte en un soporte básico del esqueleto narrativo.
Annobón nos traslada a unos años tristes, a vidas desdichadas, injustamente truncadas por la Guerra. Sirva de ejemplo el propio Alfonso Pedraza Ruiz, quien obtuvo el número uno en las oposiciones a judicatura a mediados de 1936 y nunca llegó a ocupar su plaza, primero por el estallido de la contienda y luego por la orden de un ministro de impugnar el resultado de las pruebas. Ya en Madrid, su tarea es defender a multitud de encarcelados, entre ellos Restituto Castilla, quien quizá lo salvara de la cárcel en un desgraciado incidente en que se vio envuelto a los dieciséis años. Pedraza utiliza la influencia de su suegro, Pardo Andújar, para que liberen a la mujer de Castilla, Teresa, y a su hija, Cesárea, injustamente retenidas. Ahí comienza su perdición.
Además del hecho de amar a la misma mujer, Restituto Castilla y Alfonso Pedraza tienen en común un rasgo primordial de su carácter: la entrega irracional y finalmente destructiva a aquello en lo que creen y que consideran su deber vital, aunque por el camino sucumban a la pasión o a una extraña forma de locura y se extravíen. Creo que por esos derroteros transcurre el tema de fondo de la obra, junto con la otra cuestión a mi juicio importante: la imposibilidad de hallar una sola verdad en la explicación del pasado, tal como nos demuestran con sus respectivas versiones Cesárea Castilla y Pilar Pedraza.
         En la tertulia se fueron mezclando varios relatos: la novela que Luis ha escrito y nosotros hemos leído, la narración que cada una de las hijas ofrece a su interlocutor desde interpretaciones bien distintas de unos hechos que llegan incluso a no parecer los mismos, y el que procede de la apasionante descripción que el autor, allí presente,  nos regaló sobre cómo y de dónde surge el embrión de esta obra. (Por cierto, ¡qué bien cuenta Luis cualquier cosa!). Más de una vez le he oído decir que suele acudir a hechos históricos como punto de partida de sus novelas porque le falta imaginación, apreciación que como lectora yo no comparto. Es verdad que siempre se entrega a una exhaustiva labor de documentación; sin embargo, la trasciende desde el momento en que ha decidido convertirla en materia novelesca y la ficción entra en juego. A propósito de esto, también le he escuchado en repetidas ocasiones que, llegado un punto, se siente incapaz de recordar qué fue real y qué inventado, y es que en la novela eso ya no importa, es del todo irrelevante. Trajo a colación una vez más al escritor peruano Julio Ramón Ribeyro y a su recomendación de “contar la verdad de modo que parezca mentira y la mentira como si fuese verdad”, algo que Luis Leante consigue en sus obras con indiscutible maestría.
         Además de sus novelas, los tertulianos del Sofá siempre le agradeceremos a Luis que responda encantado a nuestra llamada y venga a confiarnos  ese otro relato, el de lo acontecido desde la búsqueda tenaz de documentos, su lectura minuciosa y la oscuridad amenazadora de las dificultades que se ciernen sobre el empeño creativo, hasta la fulgurante claridad de sus palabras en la hermosa penumbra que para la ficción novelesca tejen, bajo su batuta de consumado fabulador, la verdad y la mentira.

jueves, 31 de agosto de 2017

Middlesex

(de Jeffrey Eugenides)


Las vacaciones tocan a su fin y la reseña de nuestra última tertulia, postergada hasta el extremo, lucha por salir a la luz. Ya hace más de un mes que nos reunimos para hablar de Middlesex, la estupenda novela de Jeffrey Eugenides.

Todos estuvimos de acuerdo en la profundidad y la delicadeza con las que trata un tema para nosotros tan desconocido, el de la intersexualidad. La obra narra el drama personal de un hermafrodita, que no es más que la excusa para el gran tema de la novela: la rareza, el monstruo, el sentimiento de ser diferente. Esta rareza ya empieza en los orígenes de la familia, el incesto inicial que se nos presenta como la única salida lógica y viable para los personajes de Desdémona y Lefty. Todo esto nos lo cuenta un narrador al tiempo autobiográfico y omnisciente, aparente contradicción, y va pasando de  una a otra condición con naturalidad, de forma simétrica a la doble naturaleza femenina y masculina del protagonista. El narrador asume este juego, él lo sabe todo y al mismo tiempo es un yo participativo.

El no delimitar las dos voces supone un riesgo: como narrador omnisciente, incluso antes de su nacimiento conoce los acontecimientos que le suceden a su familia (conocimiento justificado a posteriori por la confesión de su abuela). Aunque durante gran parte de la obra verá el mundo solamente desde su perspectiva, en la parte final volverá a la omnisciencia.

El telón de fondo histórico es el auténtico protagonista de la primera parte de la novela. de hecho, se podría hablar de dos novelas perfectamente ensambladas: la que trata el tema de la intersexualidad y la que se centra en los acontecimientos históricos. Todos los momentos clave de la obra tienen su trasfondo histórico: la catástrofe de Esmirna, las revueltas de Detroit... El autor documenta a la perfección cada época de las que se ocupa, y de forma especialmente detallada la crisis que sucedió a la gran depresión del 29 (las crisis suelen ser muy literarias, pues suceden cosas que en circunstancias normales no ocurren).

En algunos momentos la novela se transforma en una auténtica road movie, como en el episodio de la huida de Cal con solo catorce años por Estados Unidos, con sus aventuras, los personajes que se va encontrando, su viaje interior de autoafirmación, de descubrimiento de quién es y de aceptación. Es en esta parte cuando se tropieza con personas de su misma condición y vuelve a cobrar protagonismo -si es que lo había perdido en algún momento- el tema de la rareza: cuando uno se siente raro, diferente, el primer consuelo es saber que a otros también les pasa lo mismo, que no se es el único en esa "rareza", sea del tipo que sea.

Debatimos en la tertulia sobre el tabú que sigue suponiendo el tema de la intersexualidad, más aún que la transexualidad: el problema mayor viene dado cuando el intersexual quiere quedarse con los dos sexos, o cuando -como en el caso de Cal- se educa a la persona en el sexo en el que no se siente cómoda. El protagonista de la novela se decanta finalmente por lo masculino, aunque sigue teniendo su vertiente femenina por la educación como chica de la que ha sido objeto. Lo dramático es que la sociedad obliga a decantarse por una de las dos opciones, no se puede estar entre dos aguas. La solución del doctor Luce estaba acorde con la sexología de la época: amputar para definir un solo sexo, aunque esto comporte la privación total del placer sexual.

Otro tema de relevancia en la obra y del que también no ocupamos es el mestizaje cultural, los griegos, turcos y demás pueblos que llegan a Estados Unidos y echan raíces, esa mezcla simbolizada por la casa, Middlesex, "un sitio concebido para un nuevo tipo de ser humano que habitaría un mundo nuevo", una casa sin divisiones tan taxativas y tan claras y con ese nombre tan premonitorio.

También abordamos el tema de los referentes clásicos presentes a lo largo de la novela, como el que resulta más evidente, el mito de Hermafrodito, o el personaje de Tiresias (representado en la función del instituto por Cal), adivino que transitó por ambos sexos a lo largo de su vida.

Como cada final de curso, procedimos a la votación sobre cuál nos había parecido la mejor novela y qué tertulia nos había resultado la más interesante. En la categoría de mejor novela, ganaron ex aequo  el primer puesto Patria, de Fernando Aramburu, y Middlesex. Como tertulia, nos pareció la mejor la de La mujer de sombra, de Luisgé Martín.





Para la apertura del próximo curso leeremos la última obra de Luis Leante, Annobón.

lunes, 3 de abril de 2017

Patria

(de Fernando Aramburu)


RESEÑA DE JOSUNE

Han pasado varias semanas desde que celebramos nuestra última tertulia y, sin embargo, me resulta muy fácil recordarla. Acudimos prácticamente todos, llenábamos el espacio que se nos reservó en Pynchon y tuvimos que concluir porque nos dijeron que era hora de cerrar. De algún modo, la tertulia continuó. Posiblemente continúa aún, no solo entre nosotros, sino entre quienes han leído Patria en Alicante, en el País Vasco y en España entera. Así lo atestiguan conversaciones en las que participamos, y críticas que no dejan de aparecer en la prensa, en alguna de las cuales incluso reconocemos opiniones vertidas aquella tarde de febrero.
         A ninguno de los asistentes le desagradó la novela y la inmensa mayoría se mostró gratamente impresionada. Es preciso indicar, antes de seguir recordando cuanto dijimos, que la última obra de Aramburu ha tenido una extraordinaria repercusión social, de modo que hablar sobre ella implica hablar también de la realidad histórica de la que parte, realidad tan triste, amarga, injusta e intolerable que tengo la sensación de que en algunos momentos le lanzamos a la novela reproches que en el fondo queríamos dirigir a lo ocurrido en la sociedad vasca durante los largos años del terrorismo de ETA. Después me referiré a las objeciones que algunos contertulios le pusieron a esta obra, objeciones acertadas y bien fundadas, pero no quiero perder la oportunidad de repetir aquí algo de lo que afirmé al abrir la tertulia: a mí me parece una novela inmensa, valiente y verdadera, que obedece a una deuda de carácter moral contraída por el propio autor y por todos los que sentimos vergüenza al reconocer lo poco que hicimos —tal vez nada― y lo mucho que callamos.
         La sociedad vasca que yo he conocido es familiar, tribal y gregaria. Si en condiciones extremas de peligro a los humanos nos salva nuestro arraigado instinto de supervivencia, cuando el riesgo que corremos es el de la exclusión y el rechazo social, lo que se activa es nuestra inconmensurable capacidad de adaptación al grupo. Lo sabemos hace mucho tiempo: sobrevive el que mejor se acomoda. Se trata de seguir vivos y de no estar solos, aunque para ello tengamos que anestesiarnos frente a la crueldad, la violencia, la extorsión, el terror y, en definitiva, la alienación a la que nos entregamos en un execrable proceso de deshumanización. Y, ya que, como dice la sabiduría popular, ningún mal dura cien años, todo pasa. El efecto de la anestesia se termina. Los supervivientes miran atrás, algunos recapacitan y se preguntan, entre perplejos y avergonzados, cómo pudieron ser partícipes de tanta infamia. Creo que esta es la razón de que Patria haya traspasado el ámbito literario y se haya convertido en la excusa de un debate más sociológico que artístico. Sin embargo, por más que pueda parecer otra cosa, este impresionante libro solo es una novela.
         Patria ofrece, a mi juicio, dos valores apreciables desde el principio: la ubicación espaciotemporal de la historia ―el presente del País Vasco sin el terrorismo de ETA— y la prodigiosa oralidad que se desprende tanto de sus diálogos como de la narración indirecta de los mismos. La lectura se transforma en atenta escucha de unas voces  tan reales  que desde ellas resulta muy fácil dibujar todo lo demás, de modo que leer es oír y ver a sus personajes moviéndose en su vida. Los personajes son sus palabras o sus silencios, y, en medio, esas frases inacabadas como sugerentes brochazos que el lector, espectador y oyente cómplice, concluye.
La narración fluye de un modo asombroso, sin que el lector perciba la existencia de una estructuración fija del tiempo. Pasamos del presente de cada personaje a un tramo concreto de su pasado con absoluta naturalidad  y volvemos al momento actual conociendo lo que precisamos conocer. La extensión de la obra (642 páginas) no es un obstáculo y la brevedad de los capítulos constituye, sin duda, un gran acierto. Se lee sin fatiga ninguna.
Además, resulta muy original la mezcla del narrador omnisciente con el yo en la misma secuencia, incluso en la misma frase, como si el autor se desplazara desde la distancia al interior del personaje en un movimiento que para mí define su posición frente al tema de la novela: entre la objetividad y la clemencia que implica la comprensión. 
         El centro de la trama lo ocupan dos mujeres que fueron como hermanas, Miren y Bittori, muy parecidas en lo esencial, aunque enfrentadas por las circunstancias. Reconocemos sus similitudes, por ejemplo, en el modo áspero de tratar a sus maridos, en la predilección por sus hijos varones (Joxe Mari y Xabier), en el choque con sus hijas (Arantxa y Nerea). También sus respectivos esposos (Joxian y el Txato) se parecen en su actitud hacia ellas: leales y resignados se refugian en su camaradería y en su cotidianidad (salen en bici, comen y beben juntos). Al comienzo de la obra sabemos que el Txato fue asesinado por ETA y que Joxe Mari lleva años en la cárcel por pertenencia a la banda. El punto de partida del relato es la novedad de la paz, la noticia de que ETA abandona las armas. La justicia pendular ofrecida por el devenir de la historia parece ponerse ahora del lado de las víctimas: Bittori regresa a su pueblo, del que salió tras el asesinato del Txato. Quiere recuperar su espacio, dejarse ver por todos los que le dieron la espalda a su marido, lo dejaron solo y lo convirtieron en un condenado a muerte. Quiere saber si fue Joxe Mari, ese chaval al que el Txato compraba helados de pequeño, su asesino. Quiere, antes de morir, que le pidan perdón.
         Las dos familias están muy bien retratadas y en las dos se percibe un velo de infelicidad que cubre a todos sus miembros. Bittori y sus hijos jamás se repondrán de lo ocurrido. Xabier, el médico, no se permite ser feliz, y se hace cargo de su madre hasta el final; Nerea no puede afrontar la muerte de su padre y no acude al funeral, algo que su madre jamás le perdonará. En Nerea se refleja también el modo en que muchos jóvenes asistían a las manifestaciones, sin convencimiento ninguno, simplemente porque había que dejarse ver. Lo mismo le sucedía a Gorka, el hijo pequeño de Miren, gran lector, escritor, pusilánime y homosexual. Lo salva su dominio del euskera, pero es un creador cautivo: no puede escribir lo que quiere.
         Joxe Mari, primario y simplón, cae fácilmente en las redes de ETA y enseguida cuenta con el apoyo incondicional de su madre. Acaba en la cárcel, y es ahí donde alcanza dolorosa conciencia de haber malgastado su juventud por una causa en la que ya ha dejado de creer. Por último, Arantxa, la más lúcida, la más valiente, «la mejor de todos ellos», en opinión de Bittori, vive atrapada en las graves secuelas físicas provocadas por un ictus, pero posee la fuerza y la determinación de una mujer libre e indómita. Se trata de un personaje espléndido. Ella mediará para que Joxe Mari le escriba a Bittori y le pida perdón.

         No tenía fácil Aramburu concluir su obra con un final adecuado; sin embargo, lo ha conseguido: El encuentro se produjo a la altura del quiosco de música. Fue un abrazo breve. Las dos se miraron un instante a los ojos antes de separarse. ¿Se dijeron algo? Nada. No se dijeron nada.
         Un libro inmenso, insisto, valiente y, por más que me duela, lleno de verdad. He afirmado antes que no es más que una novela, y una sola novela no tiene por qué mostrarlo todo, explicarlo y reflejarlo todo, abarcar otras miradas posibles. Las opiniones críticas de nuestra tertulia apuntaban esta carencia y se preguntaban, por ejemplo, dónde están en Patria los nacionalistas sensatos, inteligentes, capaces de defender su ideología con un discurso mínimamente racional y complejo. Es cierto, aquí no están, y a mí no me parece necesario que estén porque seguro que para ellos existirá otra novela.
Creo que la obra de Fernando Aramburu ha definido las voces de una sociedad que, presa del miedo y el fanatismo, se fue degradando hasta extremos insospechados, se acostumbró a convivir con la violencia y a guardar las propias ideas en el silencio. Sería algo muy bueno y muy esperanzador que esta magnífica novela se convirtiera, especialmente en el País Vasco, en un libro imprescindible, de esos que te sacuden el entendimiento, te pellizcan el alma y, desde la responsabilidad compartida, encienden la necesidad urgente de trascender la vergüenza y pedir perdón. Una y mil veces perdón, y nunca serán bastantes.


Recordad que la próxima tertulia (fecha aún por determinar) versará sobre Middlesex, de Jeffrey Eugenides.

          

sábado, 7 de enero de 2017

La mujer de sombre

(de Luisgé Martín)

RESEÑA DE JOSUNE

La tertulia sobre esta novela será difícil de olvidar. El tema era peliagudo: las relaciones sexuales heterodoxas, por decirlo de un modo neutro, en el ámbito de otro tema de fondo que es el de «lo oscuro», «la sombra», la parte escondida, poco presentable, de la naturaleza humana. Muy apropiada me parece para el planteamiento adoptado por el autor al construir su obra la cita de Céline que la encabeza, perteneciente a Viaje al fin de la noche: «Todo lo que es interesante ocurre en la sombra. No se sabe nada de la verdadera historia de los hombres».

         El argumento se resume en pocas líneas: Guillermo y Olivia forman una pareja estable y bien avenida. Acaban de tener un hijo, lo cual supone para Guillermo una experiencia extraordinaria y gozosa. Pocos días antes de morir en un accidente, se encuentra con su amigo Eusebio, a quien confiesa que mantiene relaciones sexuales sadomasoquistas con una misteriosa mujer. El relato, por otra parte inesperado, enciende en Eusebio una curiosidad creciente por conocerla. Cuando por azar lo logra, no le revela la verdad (que sabe quién es y que Guillermo ha muerto) y, subyugado por ella, entabla una relación amorosa presidida por la ternura, con sexo plácido, carente de dolor ni sufrimiento, y emprende, paralelamente, un arriesgado camino de experimentación sexual nada ortodoxa. En este recorrido, sin duda, lo que más impacto nos causó a todos fue el episodio de pedofilia ―terrible, durísimo—, que motivó también el momento más delicado de la tertulia y el que se pueda considerar este relato como la crónica de una depravación.

         Desde la unanimidad en el rechazo radical hacia este tipo de actos, se suscitó un inquietante debate sobre qué puede empujar a un adulto a comportarse así. Se aludió a la dificultad  de abordar sin prejuicios la materia sexual, sometidos como estamos a determinados moldes culturales. Se mencionó la naturaleza cambiante y pasajera de esos moldes, que condenan en un tiempo lo que en otro aprueban. Se defendió como razón universal, por encima de los vaivenes espaciotemporales, la de rechazar absolutamente aquello que cause daño —físico, mental, espiritual― a otro.

         Hay ámbitos de la realidad que cuesta nombrar. El sexo es uno de ellos. Por eso la apuesta de Luisgé Martín resulta arriesgada y valiente. Se sumerge, además, en una cuestión de gran actualidad: el anonimato que facilita internet y  su fuerte poder adictivo. La posibilidad de penetrar en el abismo, en «el fin de la noche», en silencio y sin testigos, bajo la máscara de otra identidad (muy significativo a este respecto el juego de varios personajes con sus nombres: Guillermo/Segismundo, Olivia/Nicole, Julia/Marcia).

         El final de la novela resulta descorazonador. Julia descubre la verdad sobre Eusebio y le envía una carta reveladora. Ella, que había encontrado con él el placer de la ternura, lo cita en su casa: No sé si lo que puedo ofrecerte es brutalidad o dulzura. Eusebio acude: Piensa que la vida es un cenagal, una emboscada. Luego el cerrojo se descorre.

         Podemos sospechar que tras esa puerta Eusebio va a hallar la crueldad y el dolor que la misteriosa Marcia (Julia) infligiera a su amigo Guillermo, culminando así su obsesiva y delirante búsqueda. Los dos (Eusebio y Marcia/Julia) son personajes extraños, al servicio de la exploración que el autor se propone realizar sobre las oscuridades de la conducta sexual. Toda la construcción novelesca, el ritmo del relato, la asepsia del tono descriptivo, el empleo del presente como tiempo que facilita la visualización de lo narrado, la inmediatez con que Eusebio y Julia se convierten en una pareja, el drástico cambio operado en ella, del sadomasoquismo a la delicadeza y el cariño, el perfil del protagonista ―rico, ocioso, con todo el tiempo libre, sin obligaciones ni responsabilidades—…, todo se halla al servicio de esa indagación cruda, despiadada, atroz, en las prácticas sexuales heterodoxas.

         Yo no sé si es por completo acertada la cita de Céline que he mencionado al principio. Desde luego es sugerente, como lo es la sombra, lo oscuro, lo secreto, lo escondido, lo que no se ve, lo que no se dice. Sin embargo, me parece a mí que verdad es todo. También la luz, la claridad, la transparencia, lo que aflora a la superficie, lo que se descubre, lo que vemos, lo que nombramos. En esa penumbra mestiza de día y noche, en ese incierto claroscuro, se desenvuelve nuestra historia.

         En la misma época en que los grandes novelistas franceses del Realismo levantaban algunos de los mejores monumentos de la literatura universal, un grupo de jóvenes poetas, los llamados Simbolistas, habitaban noctívagos los tugurios parisinos, empeñados en apresar la negrura, que la rutilante sociedad burguesa negaba, para convertirla en materia poética. Probablemente el resultado más notable de tal propósito lo constituye Las flores del mal, de Charles Baudelaire, cuya publicación en 1857 le costó a su autor un proceso judicial que acabó en una multa y en la obligación de excluir algunos poemas, y que le supuso, por encima de todo, un gran dolor moral. El valor y la importancia de esta obra se hallan hace ya tiempo fuera de toda discusión. En su título está contenida su esencia: la belleza de lo oscuro, la innegable humanidad del mal. Vuelvo al comienzo de estas líneas: insisto en mi opinión de que el tema subyacente en esta novela es la dolorosa conciencia de nuestra condición humana, dual y contradictoria, viajera entre las alturas y el abismo. Así lo expresó Baudelaire en su «Himno a la Belleza»:

                   ¿Que vengas del Infierno o del Cielo, qué importa,
                   ¡Belleza! ¡Monstruo enorme, ingenuo y espantoso!
                   Si tus ojos, tu risa, tu pie, me abren la puerta
                   De un infinito al que amo y nunca he conocido?

         Ya lo he dicho, tertulia difícil de olvidar. Novela arriesgada, valiente, durísima, poblada de escenas desasosegantes, difícilmente transitables. No ha resultado cómodo leerla ni comentarla, pero, si algo hemos aprendido en nuestro sofá, es a leer de todo y a intentar comprender la realidad que nos descubren las palabras.


Os recordamos que la próxima tertulia, para el 9 de febrero, versará sobre la novela Patria, de Fernando Aramburu.


sábado, 17 de diciembre de 2016

El corazón es un cazador solitario

(de Carson McCullers)

RESEÑA ESCRITA POR JOSUNE.

        Carson McCullers tenía veintitrés años cuando escribió esta novela de espléndido título que tanto me recuerda en la atmósfera recreada y en el tono narrativo a Matar un ruiseñor. El calor del sur, la quietud y el tedio de una población rural difuminada en gris, el color que se disputan para hacer suyo el blanco y el negro. Blancos y negros son sus habitantes, cuyas vidas discurren entre los márgenes de la conformidad y la rebeldía.

         El corazón es un cazador solitario no se sostiene en una acción trepidante, tal vez por eso alguien comentó en la tertulia: «No pasa nada». En parte, así es, pero solo en parte. La materia de esta historia la componen el interior de sus personajes principales y los acontecimientos fortuitos, a veces trágicos, que estallan de modo inesperado y modifican el rumbo de algunas vidas, e incluso lo frenan, lo detienen para siempre. Pienso en el disparo, por suerte no mortal, que sale del rifle manejado por el pequeño Bubber, hiere a Baby y acarrea el desastre económico a su familia. O en la desgracia de Willie, que acabará inválido en una prisión.

         La novela comienza de un modo perfecto. El primer capítulo sorprende y atrapa con la historia de una insólita pareja de amigos: dos sordomudos. Dicho capítulo posee la intensidad y autonomía de un cuento redondo, cerrado a medias por la melancolía y la soledad en que queda sumido el personaje principal de la novela, el mudo Singer, cuando su amigo Antonapoulos es arrancado de su lado por decisión de su primo, quien lo ingresa en una institución estatal en la que pueden cuidarlo y ocuparse de él convenientemente. Estas son las últimas líneas de tan magnífico arranque: En su rostro se reflejaba la melancólica paz que suele verse  en quienes sufren mucho o son muy sabios. No obstante, continuaba deambulando por las calles de la ciudad, siempre solo y en silencio.

         Ese hombre silencioso, pacífico y solitario se va a convertir en el testigo, el compañero, el escuchante ideal de los otros cuatro personajes importantes de la novela: la pequeña Mick; Biff Brannon, dueño del Café New York; Blount, alcohólico y anarquista; y el doctor Copeland, entregado a la reivindicación de los derechos de los negros.

         Si tuviera que destacar algún episodio, me inclinaría, sin duda, por esa escena en la que los cuatro coinciden en la habitación de Singer y apenas son capaces de hablar entre ellos (Singer se sentía confundido. Siempre habían tenido mucho que decir. Sin embargo, ahora que estaban juntos permanecían silenciosos. (…) Cada uno de ellos dirigía sus palabras principalmente al mudo. Sus pensamientos parecían converger en su persona como los radios de una rueda en torno a su eje.)

         Singer es un hombre blanco afable, paciente y compasivo. Él, que escucha siempre, aun sin comprender, resulta un enigma para sus visitantes, quienes, sin embargo, no precisan saber más, conocerlo mejor. Por su parte, tampoco él los necesita a ellos. Su vida se sustenta en la existencia de su «único amigo», Antonapoulos, a quien escribe a pesar de que el griego no sabe leer.

Cuando el primo se lo lleva del pueblo, Singer logra recuperarse porque periódicamente acude a visitarlo y pasa unos días con él. La detallada descripción que la autora hace de los preparativos de estas escapadas nos permite participar de la emoción del personaje, cuyo amor hacia el otro mudo se nos muestra como una conmovedora realidad: No nací para estar solo y menos separado de ti, que eres quien me comprende, escribe en la que será su última carta. Por eso el final, trágico y tristísimo, es más que coherente y comprensible. Muerto Antonapoulos, Singer no puede seguir viviendo.

Los demás sí lo harán, más solos que antes. El negro, el del bigote, el dueño del Café (así los identificaba Singer para su amigo), con su pasado a cuestas. Mick, antaño entregada a los sueños que encendía en su interior su pasión por la música, ya no es tan niña y trabaja en unos grandes almacenes porque hace falta dinero en su casa. Se siente engañada, «entrampada», pero aún confía en que suceda «algo bueno». Igual que el extraño Biff, que empieza un nuevo día en su café dispuesto a esperar «el sol de la mañana».



 Los cuatro siguen viviendo. Guía sus pasos y alienta su esperanza el latido de un cazador hambriento de amor y solitario.