domingo, 17 de noviembre de 2024

Nunca me abandones

 (de Kazuo Ishiguro)


Primera reseña del curso, como siempre a cargo de nuestra incombustible Josune. Aquí la tenéis.



            Comenzamos el pasado 21 de octubre nuestro curso tertuliano con una conversación interesantísima sobre Nunca me abandones, obra del Nobel Kazuo Ishiguro, escritor nacido en 1954 en Japón, pero formado en Inglaterra, adonde su familia se trasladó en 1960. La obra sorprendió a la mayoría de nosotros y provocó un contraste de opiniones a través de las cuales intentamos descubrir la propuesta esencial formulada por el autor en esta estremecedora y amarga distopía.

            Durante muchas páginas  ̶posiblemente demasiadas ̶  asistimos a la pormenorizada descripción de las relaciones entre un grupo de adolescentes cuya vida transcurre en el internado de Hailsham (Inglaterra). La narradora es Kathy H., quien, tal como afirma al comienzo del relato, situado a finales de la década de 1990, tiene treinta y un años y lleva más de once siendo “cuidadora”. Este último término adquiere sentido enseguida en esta primera página al referirse a los “donantes” de quienes se ocupa, y al mencionar “la cuarta donación”. Poco a poco iremos acumulando suficiente información sobre estos chicos  ̶ Kathy recuerda también episodios de su infancia ̶  para comprender su singularidad: carecen de familia, no podrán tener hijos y existen para convertirse en donantes de órganos hasta “completar”, o sea, morir (cabe destacar que el término “muerte” no aparece hasta bien avanzada la novela). En el capítulo 12  se alude con claridad a su condición de seres clonados de un original denominado “posible”. Poco después, con absoluta crudeza, Ruth formula una inquietante revelación: «Todos lo sabemos. Se nos modela a partir de gentuza. Drogadictos, prostitutas, borrachos, vagabundos. Y puede que presidiarios, siempre que no sean psicópatas. De ahí es de donde venimos.»

            Las personas encargadas de su cuidado e instrucción son sus “custodios” y el centro periódicamente recibe la visita de Madame, quien revisa las creaciones artísticas de los chicos y, al parecer, selecciona las mejores para integrarlas en “la Galería”. Los alumnos saben que la creatividad es clave en su formación y desarrollo, aunque ignoran por qué. Pero Tommy, por ejemplo, sufre al sentirse inferior a sus compañeros en ese terreno, hasta que la señorita Lucy lo tranquiliza al respecto, restándole valor al hecho de que sea menos creativo que los demás.

Debe señalarse el concepto de “aplazamiento”: circula el rumor de que una pareja realmente enamorada puede solicitar que se postergue el momento del inicio de las donaciones. Posiblemente las obras de arte creadas por ellos ayudarán a sus custodios a valorar la autenticidad de sus sentimientos y, en función de ello, satisfacer o no su demanda.

A mi parecer, resulta demasiado extensa la parte de la novela en la que lo narrado se centra en las relaciones entre los personajes, sobre todo los que se convierten en protagonistas: Kathy, Ruth y Tommy. La amistad, la inocencia, el egoísmo, los celos, el afán de protagonismo subyacen en sus comportamientos, mostrados y descritos con absoluto detalle. La otra objeción principal se refiere al estilo, caracterizado por una asepsia que despoja a las palabras de una mínima calidez e intención artística. Y es precisamente la planicie formal la que nos lleva a preguntarnos si ese rasgo, lejos de suponer ausencia de preocupación estética, falta de brillo en la elección del lenguaje, no revelará la voluntad por parte de Ishiguro de  utilizar la forma para incomodar, extrañar, sorprender negativamente al lector como constructor también de esta distopía. Hubo en la tertulia quienes se decantaron por esta interpretación y la justificaron desde la opinión de que estos seres clonados no son plenamente humanos, y por eso sus reacciones, reflejadas mediante una expresión tan neutra, nos parecen nimias; igual que nos choca que ninguno se rebele ante la crueldad de su destino. Esta resultó la cuestión más polémica de nuestro debate, ya que para otros la completa humanidad de los protagonistas queda fuera de toda duda.

Resulta esencial en la comprensión de la novela el  momento en que Tommy y Kathy llegan a la casa donde supuestamente vive Madame, y allí ella misma y la señorita Emily les explican cuanto ellos ignoran. Les aclaran que no existen los aplazamientos y cuál es el sentido de los trabajos artísticos: «(…) pensábamos que nos permitirían ver vuestra alma. O, para decirlo de un modo más sutil, para demostrar que teníais alma.»  A partir de aquí se van desvelando las claves de la concepción distópica y, al responder a las incógnitas planteadas por los chicos, ambas mujeres mencionan un mundo mucho peor del que ellos han conocido. Pienso que la narración da un giro sorprendente en este punto y eleva la gravedad del asunto central, puesto que, sin necesidad de detallarla, se alude a una realidad más terrible que aquella a la que pertenecen los protagonistas y sus instructores. Es decir, Hailsham constituye una excepción dentro del sistema, un lugar en el que un grupo de personas se subleva frente a la crueldad de las donaciones y trata de demostrar que esos muchachos son de verdad humanos, tienen alma, y poseen una singularidad individual expresada a través de la creatividad y el arte.

Conviene recordar algunos datos sobre el contexto en el que este sistema es ideado: después de la guerra, a comienzos de los años cincuenta, los avances científicos permiten vislumbrar la posibilidad de curar las enfermedades. Lo que le preocupaba a la gente era salvar sus vidas y las de sus seres queridos, y las donaciones suponían un remedio eficaz para numerosas enfermedades antes incurables. «De forma que durante mucho tiempo se os mantuvo en la sombra, y la gente hacía todo lo posible por no pensar en vuestra existencia. Y, si lo hacían, trataban de convencerse a sí mismos de que no erais realmente como nosotros. De que erais menos que humanos, y por tanto no había que preocuparse. Y así es como estaban las cosas hasta que irrumpió en escena nuestro pequeño movimiento.» Es decir, considerar no humanos a los seres clonados apacigua la mala conciencia de quienes se atreven a reflexionar sobre ello.

Poco después la señorita Emily explica en qué consistió el escándalo Morningdale, al que da nombre un científico que llevó demasiado lejos sus investigaciones, encaminadas a ofrecer la posibilidad de mejorar el físico y la inteligencia de los hijos. Tal propósito hizo resurgir un miedo antiguo, el de crear  seres superiores que llegarían a tener el poder en la sociedad, de manera que el experimento se detuvo. Y relata también que el afán reformador asumido por Hailsham fue perdiendo apoyos políticos y sociales y el centro acabó cerrando: «El mundo no quería que se le recordase cómo funcionaba realmente el programa de donaciones. No quería pensar en vosotros, los alumnos, o en las condiciones en que fuisteis traídos a este mundo. En otras palabras, queridos míos, quería que volvierais a las sombras.»

Reconozco la dificultad que me está suponiendo reseñar esta obra y reflejar cuanto comentamos sobre ella, y la verdad es que no sé por qué, puesto que no ha transcurrido tanto tiempo desde la tertulia y aquí tengo como apoyo mis notas. Tal vez hubiéramos precisado más información sobre el espinoso tema de la ingeniería genética, o puede que no sea solo cuestión de manejar más datos. Intuyo que saber más de lo que sabemos no nos ahorraría el vértigo y la desazón que nos provoca la contemplación de un mundo posible, muy avanzado en lo científico y lo tecnológico en detrimento de lo que nos hace más humanos: la lucidez y la compasión, la consciente y serena aceptación de nuestra naturaleza frágil, efímera y mortal.

Para ir concluyendo quiero referirme al título de la novela, que lo es también de una canción muy importante para Kathy. Seguramente la escena en que ella está bailando con los ojos cerrados abrazada a una almohada y descubre a Madame, que la contempla llorosa, es una de las más emotivas de la obra. La narradora expone lo que sentía en esos instantes: que la canción trataba de una mujer que había tenido un hijo, a pesar de que le habían dicho que eso no podría suceder, y lo apretaba contra su pecho con todas sus fuerzas, temerosa de que algo pudiera separarlos. Por eso repite «Nunca me abandones. Oh, baby, baby… Nunca me abandones…» En el encuentro final, Madame, que recuerda perfectamente la escena, le revela a Kathy el motivo de sus lágrimas: «Cuando te vi bailando aquella tarde, vi también algo más. Vi un mundo nuevo que se avecinaba velozmente. Más científico, más eficiente. Sí. Con más curas para las antiguas enfermedades. Muy bien. Pero más duro. Más cruel. Y veía a una niña, con los ojos muy cerrados, que apretaba contra su pecho el viejo mundo amable, el suyo, un mundo que ella, en el fondo de su corazón, sabía que no podía durar, y lo estrechaba con fuerza y le rogaba que nunca, nunca la abandonara. Eso es lo que yo vi. No te vi realmente a ti, ni lo que estabas haciendo. Pero te vi y se me rompió el corazón. Y jamás lo he olvidado.»

Creo que a Madame se le rompió el corazón porque a través de Kathy se vio a sí misma aferrándose a ese viejo mundo más amable que se está extinguiendo, y creo también que estos chicos  ̶ “pobres criaturas”, en palabras de la atribulada mujer ̶ son humanos. Utilizados vilmente, degradados a meros instrumentos al servicio de la buena salud de otros, condenados a una existencia custodiada, dirigida, acotada, carente de auténtica libertad y cercenada en sus expectativas, sí, pero humanos. Sienten, padecen, sueñan, experimentan ira y frustración,  recuerdan, aman, poco a poco despedazados y finalmente mueren.

Los del exterior, quienes, contagiados por la quimera científica de la omnipotencia, sostienen el perverso aparato de la clonación de donantes y se benefician del mismo, igualmente lo son. Y puede que esta evidencia sea la que se ha apoderado de mi ánimo al escribir estas líneas y justifique la dificultad con que esta vez estoy acometiendo una tarea que siempre me resulta muy grata. Lo afirmó alguien en la tertulia: hay libros que no existen para complacer, sino para inquietar e incomodar. Esta suele ser la intención de una distopía. Mencioné en nuestro Sofá lo mucho que a mis catorce años me impactó Un mundo feliz de Aldous Huxley, pero no me dejó ni de lejos un sabor tan amargo como Nunca me abandones. Seguramente porque con sesenta ya sé que algunas negras visiones son superadas con creces por la realidad y esa constatación me entristece y me asusta.

Sin embargo, el sol sale todos los días, las danas se esfuman, los charcos se se
can, la voluntad de muchos brazos aparta el barro, la luz de la mañana lo ilumina todo: la devastación, la cobardía, la irresponsabilidad, igual que la colaboración desinteresada, la generosidad, la compasión, la conciencia doliente de que ese horror pudo habernos caído encima a otros… El sol sale todos los días, también para Kathy, quien, en la escena final de la novela, se permite la pequeña fantasía de que su amigo Tommy, aunque haya muerto, no la ha abandonado, y con su recuerdo, al volante de su coche y dueña de sí misma, se encamina a su incierto destino. Quiero pensar que tal vez no se halle lejos el momento en que ella pueda comenzar a salir  para siempre de las sombras.






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