Reseña de Josune.
Yo confieso de Jaume
Cabré fue mi lectura principal del pasado verano y, como dije en la
tertulia, me encantó. Poco más recuerdo de lo que comentamos aquel jueves, 22
de octubre, ya lejano, aunque seguro que mi memoria se va despejando en cuanto
la apriete un poco, con el fin de escribir la reseña más tardía y perezosa de
la historia de nuestro sofá… Pido disculpas por ello.

Cuando,
antes de decidir que la leeríamos, le pregunté a Lluís de qué iba, él
respondió: «Es la historia de un violín». Breve y certero. Otras muchas cosas
podrían añadirse a esta, desde luego, mas ninguna capaz de enmendarla, pues el
violín es el principal responsable de la melodía narrativa de la obra: un storioni de 1764 convertido en
valiosísima antigüedad, portador de una historia dolorosa y terrible. La
peripecia de este objeto sostiene la estructura básica de una novela tejida,
además, por innumerables relatos e incontables personajes, habitantes de
diversos tiempos, que aparecen y se esfuman sin previo aviso entre las
palabras. Este detalle, comentado en la tertulia como uno de los mayores inconvenientes
para la lectura, constituye a la vez una de las razones de su amenidad e
interés. En este aspecto, Yo confieso se parece a esas novelas
extensas, difícilmente resumibles, que acaban dejando en el lector la huella
profunda de un largo viaje, o el extravío voluntario por un intrincado bosque,
lleno de secretos y hermosura. Yo me he perdido en las páginas de esta obra con
una entrega similar a la que le concedí a Guerra y Paz, por ejemplo, o a Bomarzo.
Mi intento por sintetizar sus argumentos no serviría jamás como espejo de la
aventura intelectual, emocional y estética alcanzada con su lectura.
Por
otro lado, junto con el storioni quiero recordar algunos nombres, al menos los
de los dos violinistas, Adrià Ardèvol,
el protagonista, y su amigo Bernat
Plensa, y el de la mujer a la que va destinado el relato, Sara Voltes-Epstein; los padres de Adrià, Fèlix Ardèvol y Carme Bosch,
por quienes su hijo dice no haberse sentido nunca querido… El índice de
personajes incluido al final ayuda a recordar aquellos más relevantes, sí, pero
no es suficiente para evocar con exactitud las muchas historias que en esta
monumental novela se entrecruzan. Ya lo he comentado antes, entramos y salimos
de ellas de manera sorprendente, con esa alternancia de espacios y tiempos
presente también en la voz narrativa: un yo
desdoblado en un él. No llegamos a
ningún acuerdo al tratar de explicar esta rareza. Es verdad que, conforme nos
aproximamos al final y vamos conociendo la situación de Adrià, enfermo de Alzheimer, esa dualidad yo/él puede quedar justificada por el propio naufragio memorístico del
personaje, perdido él mismo en el frondoso bosque de su biografía, identificado
y enajenado a partes iguales.

Tampoco
hubo unanimidad en nuestra tertulia a la hora de valorar e interpretar el
final, momento siempre delicado en
cualquier obra. Cómo no iba a serlo en esta monumental novela. No era fácil
para el autor, creo yo, salir de este jardín. A mí me parece que lo resuelve
con coherencia y sobre todo con belleza. No es un desenlace racional, exacto y
cerrado, pero sí hermoso:
La daga destelló en la claridad de la escasa
luz antes de hundirse en su alma. La llama de su vela se apagó y no vio ni
vivió nada más. Nada más. Ni pudo decir dónde estoy porque ya no estaba en
ningún sitio.
Estas líneas me sirven para destacar uno de los
rasgos principales de Yo confieso: el lirismo, la
intensidad y exquisitez de su estilo, lo cual constituye un mérito más que
loable en semejante inmensidad de páginas. Más allá del empeño por reconstruir
una época terrible de la historia europea, realizar un ajuste de cuentas con
las propias traiciones y explicar las ajenas, o rendir un merecido homenaje a
quienes les tocó la peor parte, más allá de todo esto, tan presente en la obra,
lo que yo me llevo de ella para siempre es la reivindicación del arte, en
cualquiera de sus formas, como el consuelo más hondo y conmovedor que nos
brinda la vida, al compás de una música de violín o en el murmullo inagotable
de las palabras más bellas y oportunas.
¡Feliz Año a todos, queridos tertulianos!
La próxima tertulia (prevista para finales de enero) versará sobre Los infinitos, de John Banville.