
« Intervine en la tertulia más bien tarde, bastante sorprendido de encontrar que la novela no había agradado a la mayoría de los contertulios. Mientras escuchaba estas impresiones negativas, me asaltaba interiormente la pregunta obvia: ¿por qué un libro puede producir opiniones tan opuestas?
Empecé, pues, mi intervención hablando de la subjetividad: leemos desde lo que somos, lo que sentimos, el momento concreto de nuestra vida en que abordamos un libro… La subjetividad es una buena excusa para justificar lo que encontré en una lectura intensiva de tres tardes, y que hizo que el libro me gustara.
Primero, filosofía. Ya al principio se plantea el sinsentido, el absurdo de la vida que toma cuerpo en la señora Michel, la portera. La experiencia del envejecimiento, la soledad o el temor a la muerte la llevan a “construir” en el presente, a valorar el momento, el kairos, el carpe diem. Tanto más, cuanto que parte de una infancia de privación –de afecto, de palabras, de todo- y de la experiencia traumática de su hermana, que le da su particular conciencia de clase, su rabia ante los ricos, a los que no les disculpa ni una coma mal puesta, pues lo han tenido todo mientras a ella le ha costado tanto. Con tesón, ella se ha hecho con el dominio del lenguaje y no les va a dar el placer de percibirlo, por lo que se convierte en un erizo… cuya elegancia sólo alcanzarán a conocer los que se cuelan en su vida (Manuela, Paloma, Ozu).
El segundo tema, conectado con el anterior, es el Arte. En un pasaje se dice que a veces la vida se nos antoja una comedia fantasma, y esos días es cuando uno necesita desesperadamente el Arte que lo salve del destino biológico. Sentido del absurdo de la vida y Arte como respuesta (la camelia sobre el musgo del templo japonés, la belleza de los abedules de Rusia…) Ante las naturalezas muertas del arte flamenco del XVII, se pregunta la protagonista de dónde nos viene la fascinación que sentimos ante ciertas obras de arte. Y se responde que proviene de que, en nosotros, alcanzan la certeza de una “adecuación intemporal”; identifica el arte con “una existencia sin duración, un placer sin deseo, una belleza sin voluntad (…) El Arte es la emoción sin el deseo”.
Y el tercer tema, el placer, que se saborea porque es efímero y único, que hace ver la grandeza de las cosas pequeñas, el rito del té con pastas de Renée y Manuela, la cena en casa de Ozu, las lecturas que superan “la prueba de las ciruelas claudias”, las buenas películas en casa…

Es posible que penséis que me he inventado un libro que no es. Lo que expuse en la tertulia y ahora escribo es el resultado de mi diálogo con la vida a través de este libro; me quedo con lo que me llama la atención del libro, lo que de él conecta conmigo, y a todo esto le doy coherencia… o incoherencia. No sé hacer un análisis formal del texto (lo escucho de los expertos y retengo lo que puedo), ni tampoco hablo de la credibilidad de los personajes o de la historia; tampoco me gusta el final: justo cuando entran en juego las relaciones entre los cuatro protagonistas, de golpe todo se corta de un tajo. Paloma es la menos creíble, pero su discurso tiene tanta enjundia que me hace olvidar que no es posible que una niña piense así (¡llegué a creer que la autora lo hace a propósito!)»
Gracias por tus reflexiones, Jesús, y perdón por resumirte de forma tan abrupta.