Resulta curioso cómo las novelas
que menos aceptación tienen en nuestra tertulia son precisamente las que
mejores y más animadas tertulias provocan. Ese es el caso de Los asquerosos, de Santiago Lorenzo,
obra que ha gozado de un gran éxito de crítica y público, hecho que ha
sorprendido tanto al propio autor como a la mayor parte de nuestros
contertulios.
Ya de entrada el título es
bastante desafortunado; si lo que se pretende es impactar desde ese primer
momento, realmente se consigue, aunque sea a costa de la estética. Bien es
cierto que esos asquerosos a los que el protagonista hace referencia están muy
presentes en toda la obra, hasta el punto de que él mismo se considera uno de
ellos, con la salvedad de que al menos a él no lo tiene que aguantar nadie.
El principio de la novela
consigue enganchar al lector. Su estilo original, su sentido del humor, su
constante innovación lingüística y su mezcla de registros captan nuestra
atención desde las primeras páginas. A esto hay que añadir también como logro
del autor el ritmo casi cinematográfico de la primera parte, donde se narra la
huida de Manuel; Santiago Lorenzo hace
aquí uso de su experiencia en el mundo del cine y consigue que el lector se
imagine a la perfección cada plano y cada escena que describe.

La trama se remonta por fin, tras
el largo paréntesis de inactividad campestre, con la aparición de los mochufas. Estos personajes, capitaneados
por la inconmensurable Joaqui, levantan el tono de la novela e introducen el
caos en la vida de Manuel y la alegría en la del lector, que ya no aguantaba
más homenajes interminables al televisivo MacGyver.

Precisamente esa falta de
dosificación nos pareció uno de los grandes fallos de la novela; el autor se
extiende demasiado en el desarrollo de algunos temas, hasta llegar a
exasperarnos, mientras que otros que podrían ser más interesantes los toca solo
de pasada. Se echa en falta una reflexión más profunda sobre la soledad, el consumismo, la educación…
Otro fallo a nuestro entender es
la pretensión al final de la obra de
dejar todo el tema judicial de Manuel atado y bien atado; no creímos verosímil
la conversación con el policía y ese afán por cuadrar cada detalle en favor del
protagonista, sin que quede ningún cabo suelto. Igual de inverosímil nos
pareció el narrador, esa trampa del autor de las conversaciones diarias entre
tío y sobrino para justificar el punto de vista del narrador omnisciente.
De cualquier manera, pese a los abundantes fallos que le vimos a la obra y a no quedarnos clara la intención que perseguía Santiago Lorenzo en ella (crítica social, elogio de la soledad, sátira del consumismo… o ninguna de estas, tal vez), llegamos al acuerdo de considerarla una novela recomendable, aunque no imprescindible; divertida, pero no hilarante; original aunque a veces exasperante y, si bien un tanto sobrevalorada, al menos su lectura proporciona momentos amenos, que no es poco en estos tiempos.