Nuestra Josune nos vuelve a ilustrar con la última reseña de este curso:
Cerramos el curso tertuliano con El
olvido que seremos, del colombiano Héctor
Abad Faciolince. El título, bellísimo, extraído de un hermoso soneto de
Borges, nos rondaba hacía tiempo y, aunque su lectura no ha suscitado un
entusiasmo unánime, en general nos ha parecido interesante y recomendable.
No se trata de una novela, como muchos creíamos,
sino más bien un libro de memorias o una biografía novelada del padre del
autor, Héctor Abad Gómez, médico
comprometido con la defensa de los derechos humanos y la tolerancia, asesinado
en Medellín el 25 de agosto de 1987. Un hombre extraordinario y admirable, a cuya figura
rinde emocionado tributo su hijo
escritor.

La referencia concreta a lo que el autor reconoce
como defectos de su padre no constituye un contrapeso suficiente que dote de
objetividad a esta semblanza, y este rasgo ha sido subrayado por algunos de
nosotros como deficiencia del relato, mientras que para otros supone, además de
una legítima opción, un enfoque inusual en el tema de las relaciones
paternofiliales, el cual ha dado a la Historia de la literatura páginas
memorables en torno a un ajuste de cuentas a menudo amargo y poco benévolo. El
libro se desmarca por completo de esta tradición y se inscribe en la del
homenaje emocionado a un progenitor que transmite de manera permanente a su
hijo el mensaje de que su existencia es valiosa por definición, sin necesidad
de hacer méritos ni alcanzar grandes logros, y digna de todo su amor. Así
comienza la obra, con el recuerdo de una infancia feliz marcada por la
protección paterna, por la guía de un hombre de ideología híbrida —según su
propia opinión―: cristiano en religión,
por la figura amable de Jesús y su evidente inclinación por los más débiles;
marxista en economía, porque detestaba la explotación económica y los abusos
infames de los capitalistas; y liberal en política, porque no soportaba la
falta de libertad y tampoco las dictaduras, ni siquiera la del proletariado,
pues los pobres en el poder, al dejar de ser pobres, no eran menos déspotas y
despiadados que los ricos en el poder. (p.55)
Tal vez uno de los aspectos más interesantes de los
primeros recuerdos del autor lo constituya la alusión a las familias de ambos progenitores, con
especial protagonismo de la atmósfera católica en los Faciolince. Su madre,
huérfana de padre, se había criado con su tío, Joaquín García Benítez,
arzobispo de Medellín, quien había apoyado la fundación de la orden de las
Hermanitas de la Anunciación, una de las cuales, la hermanita Josefa, cuidó de
sus hijos pequeños cuando aquella decidió ponerse a trabajar. Los rosarios en
casa de la abuela Victoria, las procesiones en honor a la Virgen por los
pasillos de su propia casa, el Costurero del Apostolado, su formación en un
colegio de la órbita espiritual del Opus Dei, al que accedió gracias a la
influencia de su tío Javier, hermano de su padre y cura de la Obra…: Yo sentía como si en mi propia familia se
viniera librando una guerra parecida entre dos concepciones de la vida, entre
un furibundo Dios agonizante a quien se seguía venerando con terror, y una
benévola razón naciente. (…) Esta guerra sorda de convicciones viejas y
convicciones nuevas, esta lucha entre el humanismo y la divinidad, venía de más
atrás, tanto en la familia de mi mamá como en la de mi papá. (p. 81) El
tema es tratado por el autor con humor, delicadeza y hondura, y en repetidas
ocasiones subraya la fortuna de haber contado en su educación con la libertad
de pensamiento y el raciocinio inoculados por su padre: Entre dos pasiones religiosas insensatas, una masculina, en el colegio,
y otra femenina, en la casa, yo tenía un asilo nocturno e ilustrado: mi papá.
(p. 98) Además de su amor incondicional, el mayor legado del doctor Abad para
sus hijos probablemente sea su ausencia de dogmatismo, su humanismo tolerante
con los diversos modos de vivir y de explicar la vida, siempre que respeten unos
principios éticos irrenunciables. Esa ética radical sostenía, además, la
armónica relación que mantuvo siempre con su esposa: Mi papá y mi mamá eran contradictorios en sus creencias y en sus
comportamientos, pero complementarios y de un trato muy amoroso en la vida
diaria. (…) La contradicción, sin embargo, no parecía alejarlos, sino atraerlos
el uno al otro, tal vez porque compartían de todas maneras un núcleo de ética
humana con el que estaban identificados. (p. 131)

He comentado al principio que la valoración del
libro ha sido diversa, pero todos coincidimos en elogiar su estilo, la
facilidad de su lectura, y la lección de ética e historia que supone. Algunos
tertulianos echaron de menos la incursión del autor en un terreno de la
intimidad de su padre en el que se resiste a entrar, y que bien pudiera
tratarse de su escondida homosexualidad, aunque esta interpretación no la
compartíamos otros. En cualquier caso, El olvido que seremos nos pareció a
casi todos una lectura más que recomendable, y un buen colofón para esta
temporada, en la que La ley del menor, de Ian McEwan, ha resultado elegida como
la mejor obra de las seis que hemos leído, y la mejor tertulia, la celebrada
sobre El cuento de la vida, con la impagable asistencia de su autor, Fernando Villamía.
A ver lo que nos depara Todo cuanto amé, de Siri Hutsvedt, flamante Premio Princesa
de Asturias de las Letras 2019. Nos vemos a comienzos del otoño en la nueva
Pynchon… ¡Felices vacaciones a todos!