jueves, 22 de enero de 2026

El apellido de las mujeres

 (de Aurora Tamigio)


Aquí tenéis la espléndida reseña de la última tertulia a cargo de nuestra fiel cronista Josune. Como siempre, gracias.


                                          Reseña sobre El apellido de las mujeres

            Casi todos reconocimos haber leído con inmenso agrado esta novela, que nos permite recorrer el siglo XX de la mano de una familia siciliana a través de tres generaciones de mujeres presentadas en el primer capítulo. La abuela, Rosa, y sus tres nietas, Patrizia, Lavinia y Marinella, rodean a Selma, hija de la primera y madre de las muchachas, encamada desde hace tiempo. El 18 de junio de 1970 asisten al terremoto que se produce bajo sus pies y que precede al otro cataclismo, el de la muerte de la enferma.

            A continuación la historia se presenta organizada cronológicamente en bloques correspondientes a cada una de las cinco mujeres y dividido cada bloque en un número de capítulos que, a partir de los tres que componen la historia de Rosa, irá sumando uno con respecto al bloque de la protagonista anterior, en una creciente estructura que acaso intente sugerir de qué modo los avatares de cada una nutren y hacen progresar la existencia de la siguiente, mediante una trabajosa extensión que va desplazando los límites impuestos a la condición femenina desde comienzos del siglo XX hasta 1983, fecha en la que concluye la historia.

            Se trata de una obra amena, dinámica, sorprendente, que capta el interés del lector desde la primera línea y sabe mantenerlo sin decaimiento, con un estilo brillante, ágil y poético, que recuerda, en la soltura narrativa y en lo irreal y fantasmagórico, a los relatos de Isabel Allende, por ejemplo. Podríamos situarla en una especie de Realismo mágico europeo, aunque más próximo a la realidad que al ensueño, sembrada aquella, eso sí, de las creencias y supersticiones propias de la cultura y tradición de los países latinos.


            Los personajes están muy bien perfilados y los conocemos fundamentalmente a través de sus acciones, de su comportamiento. El protagonismo de la narración recae en las cinco mujeres, y cada retrato, enfocado en el bloque titulado con su nombre, se va completando en los bloques sucesivos, puesto que entre todas sostienen el hilo que va tejiendo el tapiz del clan al que pertenecen, y esto lo hacen con tanta eficacia que atenúa lo que se podría considerar la principal carencia de la novela: la falta de una mayor profundización psicológica en las protagonistas. Y así, cuanto sucede contribuye al desarrollo de una historia familiar estrechamente ligada al contexto espaciotemporal que la encuadra  ̶ la localización geográfica y la datación son continuas ̶ , y en la que el espíritu combativo de Rosa alienta la trepidante y compleja peripecia vital de sus descendientes, con personalidades tan atractivas como diversas.

            Aunque resulta indudable que el mundo de las mujeres ocupa en esta novela un espacio mayor que el de los hombres, estos son tratados con rigor y desde el respeto a su individualidad. Los primeros retratos masculinos que conocemos, el padre maltratador y los hermanos de Rosa, inauguran una galería que, para alivio de ella, mejorará con el joven que habrá de convertirse en su marido, Sebastiano Quaranta, quien «no tenía padre, madre ni hermanas, por lo que Rosa había dado con el único hombre del mundo que no sabía golpear a una mujer.»  Junto a él cabe destacar a Fernando y Donato, sus dos hijos varones, leales a la familia y protectores de sus sobrinas durante toda su vida;  a Peppino Incammisa, el amigo fiel que considera a Donato su verdadero padre; a Cosimo Passalacqua, cuya paciencia y perseverancia finalmente lo convertirán en marido de la temperamental Patrizia; a Luciano Vaglio, el caballeroso enamorado de Marinella. Mención especial merece Santi Maraviglia, o Santidevidrio, con quien se casó Selma sin percatarse de que «no era nada del otro mundo» y junto al que tuvo a sus tres hijas en un matrimonio infeliz como tantos otros. Su peor versión, de padre injusto y violento, aparecerá tras la muerte de Selma y al irrumpir en su vida Carolina Brancaforte, con quien contraerá nuevas nupcias y que resultará una auténtica madrastra de cuento para las muchachas, las cuales acabarán abandonando el domicilio familiar después del altercado entre Patrizia y Valentino Brancaforte, de la misma calaña que su hermana. Es decir, la novela no es en absoluto maniquea al presentar a los personajes femeninos y masculinos. Todos resultan, en general, seres humanos imperfectos   -aunque unos más que otros-, reales y creíbles.

            Patrizia y Lavinia ingresan por mediación de su tío Donato en el internado de Santa Anastasia, y Patrizia, excelente estudiante y con vocación de maestra, llega a matricularse en la universidad gracias a una beca; sin embargo, no acabará la carrera. Las circunstancias obligarán a las dos hermanas a trabajar para poder vivir independientes de Santi Maraviglia y su nueva familia, haciéndose cargo ellas de Marinella, quien probablemente sí logrará culminar su formación. Esta era muy pequeña cuando murió su madre y pierde a su padre cuando entra en la mayoría de edad.  Parece que el rencor hacia él no llega a anidar en ella como sí lo hace en sus hermanas, tal vez por eso la busca Santi el día de su decimoctavo cumpleaños para darle su regalo y pedirle que le diga a Patrizia que debe comunicarle cosas importantes; en realidad, quiere hablar con las tres. Nunca se producirá ese encuentro. Santi Maraviglia habrá de conformarse con ver de vez en cuando a Marinella. Ella será la única que lo vea muerto y acuda a su funeral: « (…) Santi Maraviglia moría donde había muerto Selma. Por supuesto, no tenía a Patrizia montando guardia en la puerta, ni a Lavinia presidiendo la cama: pero tenía a Marinella, sentada en el otro extremo de la colcha, que solo podía mirarlo. También a su madre solo había podido mirarla.»


En la escena final de la novela, Patrizia, acompañada por sus hermanas, se está probando su traje de novia. Las tres conversan sobre la posibilidad que ya concede la ley a las mujeres de conservar una vez casadas su apellido de solteras.Y aunque, tal como matiza Patrizia, es siempre el apellido de un hombre, ellas se muestran decididas a mantenerlo, en un gesto de reivindicación de su identidad y de su propia historia familiar frente a la de su marido. Así lo afirma Lavinia: «una puede decir: de ahora en adelante, mi apellido es el mío y de nadie más.» No parece casual la referencia, en el primer capítulo de la obra, al apellido: «Maraviglia» es lo que quería bordarle Selma a la menor de sus hijas para coserlo en el delantal del colegio, y duda si ponerle solo la inicial, que coincide con la de su nombre. Es decir, el asunto del apellido no constituye, a mi juicio, una cuestión menor. Además de figurar en el título, creo que enmarca la narración en una circularidad calculada. Desde la infancia de Rosa, bajo un patriarcado ejercido con infame violencia y absoluto desprecio hacia las mujeres, estas han ido ejecutando su rebeldía con inteligencia, determinación y coraje, guiándose unas a otras, tejiendo resistentes redes familiares desde el amor, el respeto y una generosidad a veces traducida en fértil renuncia  ̶ Patrizia y Lavinia no cumplirán sus sueños, pero gracias a sus desvelos Marinella tendrá la oportunidad de alcanzar los suyos ̶ . Y en ese proceso imparable las mujeres se han visto acompañadas también por hombres cabales, entregados con naturalidad y sincera convicción a una causa que han hecho suya.

Para concluir se me ocurre que un apellido puede resultar una ventaja o un lastre, un motivo de orgullo o de vergüenza, o no ser más que una palabra que nos coloca en el tapiz infinito de la historia humana, que nos sitúa en el espacio y en el tiempo en que nos ha tocado vivir, que nos recuerda nuestra pertenencia a una estirpe y una herencia genética o material. Apropiarnos de él del modo que sugieren las palabras de Lavinia no deja de ser un acto liberador de afirmación de la identidad particular, del derecho a escribirlo con el trazo genuino e inimitable de nuestro puño y letra, y llenarlo del valor,  único e intransferible, de la propia vida.

 


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